¿Parte de nuestra sociedad desconoce el costo de las decisiones económicas o políticas que se toman o, por el contrario, incorporó ese costo como algo normal?
Nadie puede adelantar escenas, mirar otra pestaña, scrollear, responder mensajes o acelerar la velocidad de reproducción. La obra dispone un ritmo común, de comunidad.
La memoria colectiva vive en las historias que una sociedad se cuenta a sí misma, que pone en circulación. Les da vida al volverlas relato. Eso también pasó con la dictadura.
A raíz de dos películas, Nuestra Tierra, de Lucrecia Martel, y El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, aparece un factor común que se presenta como ineludible: qué hacer cuando otro vive una injusticia.
Frente a una mentira hay algunos que creen, otros que sospechan y quienes deschavan la verdad. ¿Por qué confiamos más en la narrativa de alguien que en la evidencia?
Las prácticas comunales como algo que se cultiva, que se cuida como un acto político y cultural, ante la amenaza de su destrucción por el individualismo de moda.
Si antes las empresas y los gobiernos trabajaban en silencio para fabricar desconocimiento, hoy buena parte de la sociedad lo defiende como bandera de autenticidad.