La Argentina desentendida
¿Parte de nuestra sociedad desconoce el costo de las decisiones económicas o políticas que se toman o, por el contrario, incorporó ese costo como algo normal?
En La zona de interés, la película del director británico Jonathan Grazer, la familia que vemos en pantalla vive en una preciosa casa junto al campo de concentración y exterminio de Auschwitz. La historia está basada en la vida de Rudolf Höss, el criminal de guerra que ocupó el cargo de comandante de ese campo y se trasladó allí con todos los suyos. Desde esa idílica casa se oyen disparos, gritos, trenes, hornos, y la familia recibe objetos y beneficios que les llegan del campo. Hedwing, la mujer de Höss, defiende lo que considera su “vida soñada”. Incluso, cuando el trabajo del marido le exige trasladarse para seguir ampliando la maquinaria de muerte, ella le pide a Höss que consiga que dejen a su familia permanecer allí, y así sucede. Una pregunta sobrevuela durante toda la película: los que viven en esa casa, ¿saben o no saben? Pero de inmediato surge otra pregunta que es aún más inquietante: si saben, ¿cómo se vive sabiendo?
En la película de Grazer, basada en el libro homónimo de Martin Amis, el mal está normalizado como parte de la rutina doméstica. Con respecto a la primera pregunta, creo que podemos alcanzar el consenso con cierta facilidad: todos saben y, aun así, la vida continúa organizada alrededor del confort, el jardín, los hijos, los proyectos. Para responder a la segunda, recomiendo la lectura de Desentendimiento -una forma perversa de la razón- de la filósofa eslovena Alenka Zupančič. Zupančič plantea el desentendimiento no como ignorancia, sino como convivencia con el horror, sin dejar que nada interfiera en la vida cotidiana.
La hipótesis del libro no es que vivimos en la negación, -“eso no está pasando”- sino en algo más sofisticado: sabemos perfectamente lo que pasa, lo reconocemos abiertamente, pero ese saber no produce consecuencias en nuestra conducta. Zupančič recupera la fórmula de Octave Mannoni: “Ya lo sé, pero aun así…” (Je sais bien, mais quanti même) con la que describía cómo una persona puede saber racionalmente que algo no es cierto y aún así actuar como si lo fuera. El mecanismo da paso a un saber con permiso para continuar igual -o peor-; y no es sólo individual.
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Candela Potente, la traductora de Zupančič, defiende el uso de la palabra “desentendimiento” en la edición de Caja Negra que acaba de salir –verleugnung, en el alemán de Freud-, argumentando que se trata de un término relativo al conocimiento que conecta la discusión teórica con la realidad social y polìtica. Y dice la misma Zupančič: “En términos políticos, parecemos atrapados en un baile macabro en el que la negación (…) por un lado, y el desentendimiento perverso (…) por el otro, constituyen las dos opciones políticas principales que compiten, alimentándose la una a la otra con sus respectivas patologías y casi siempre respondiéndose entre sí, en lugar de responder a cualquier realidad social”.
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SumateTraigamos el concepto a nuestro país. ¿Qué formas de desentendimiento organizan hoy la escena argentina? ¿Parte de nuestra sociedad desconoce el costo de las decisiones económicas o políticas que se toman o, por el contrario, incorporó ese costo como algo normal? Hay un cierto cinismo en el mecanismo que plantea Zupančič que nos resulta cercano, “Sí, genera exclusión y precarización, pero aun así…”. Y, para peor, el “aun así” deja de ser excepción y se convierte en norma. Por momentos, parece que hubieran conseguido convertir a la Argentina en un laboratorio del “ya lo sé, ¿y qué?”. El desentendimiento funciona como una crueldad anestesiada que no niega el sufrimiento -incluso el propio-, pero lo normaliza e incorpora al reescribirlo: “Aunque sé que empeora mi situación, es necesario”.
En Argentina el deterioro salarial, el endeudamiento personal, la situación de personas con discapacidad y de los jubilados, los ataques a la ciencia, al periodismo y a la cultura, los recortes a la salud y a la educación, o el agotamiento institucional, ya no parecen interrumpir la normalidad. ¿Sabemos y nos adaptamos? “Fingimos demencia”, esa frase que hoy escuchamos a diario y vemos en stickers o memes que compartimos. Porque el desentendimiento no siempre adopta tono serio, sino que muchas veces aparece revestido de humor para que podamos digerir mejor lo que sabemos y decidimos olvidar.
Lo más preocupante del desentimiento es cuando empieza a pernear a la sociedad toda, no sólo a los que esgrimen con rapidez: “Es exactamente lo que voté”. Hay frases que deberían alertarnos de que vamos camino a adoptarlo: “Sí, todo está mal, pero qué le vamos a hacer”, “Ya fue”, “Es lo que hay”, “Son todos iguales”, o la ya mencionada “Fingir demencia”. Porque el punto más incómodo de Zupančič es que logra transmitirnos que el problema no es necesariamente los otros -los votantes del partido que no nos gusta, los apáticos consuetudinarios, los desaprensivos, los cínicos, una parte de la supuesta oposición que nada hace, sino que llega un punto en que quienes soteníamos ciertos valores o prácticas bajamos los brazos y empezamos a administrar el mecanismo del desentendimiento cotidiano, primero a cuentagotas, luego con una creciente y alarmante frecuencia. Nos decimos que elegimos las causas porque de lo contrario no quedará resto para ocuparse de todas, elegimos las batallas que daremos resignando otras. Así, no reaccionamos frente a todos los hechos con la misma intensidad porque la política no funciona solo por evaluación racional del daño, sino también por identidad, pertenencia, economía afectiva, y hasta por cansancio.
¿Por qué ciertas personas toleran costos sociales altos, pero se activan ante determinadas cuestiones? Para decirlo de una manera más gráfica, ¿por qué personas que apoyan un plan económico como el actual se desentienden de que repriman cada miércoles a jubilados a los que no les alcanza el dinero para comer o comprar remedios, pero les indigna profundamente una cascada en la casa de un funcionario que, todo indicaría, no puede justificar sus ingresos? Desde la psicología política se habla de razonamiento motivado, no es que primero vemos los hechos y después decidimos, muchas veces primero protegemos una identidad o una apuesta política y después interpretamos los hechos para sostenerla.
Leído con la lupa de Zupančič no sería “sé que los jubilados o las personas con discapacidad están mal y no me importa”, sino algo más complejo: “Sé que hay costos, pero acepto ese costo porque si no tambalea algo más grande en lo que invertí deseo, esperanza e identidad”. El sufrimiento social se vuelve parte del precio a pagar -aunque lo paguen otros-, la crítica al Gobierno se vive como amenaza al proyecto, defender una figura pública se convierte en defender la propia decisión. Cuando una identidad política se consolida, la información deja de entrar como dato para convertirse en confirmación o en amenaza. El desentendimiento no consiste en no ver al jubilado o a la persona con discapacidad, sino en que si quien eligió desentenderse acepta que los ve tendría que revisar demasiado de sí mismo. Finalmente, actúa en defensa propia y de su propio relato.
Hay una escena de La zona de interés que me siguió dando vueltas mucho tiempo: la madre de Hedwig llega a esa casa con jardín de día, feliz, pero después de un tiempo se va de noche, como escapando del lugar. Cada uno interpretará si esa huida fue una toma de conciencia completa, o más bien que no toleró la cercanía física del humo, del olor, de los ruidos, sin ponerle la verdadera carga ética que merecían.
Después de haber dado testimonio ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Andrea Krichmar declaró durante el juicio a las juntas en el año 1985. Tiempo antes, iba caminando por la calle Corrientes cuando vio la larga cola que se había formado frente al Teatro San Martín, donde los integrantes de la CONADEP recogían testimonios de quienes tuvieran algo para decir acerca de la desaparición de personas por el terrorismo de estado. Ajena al asunto, ella preguntó para qué era esa cola, le respondieron, y entonces pensó que tal vez tenía algo para decir. No sabía qué tan importante era aquello o no, pero decidió ponerse en la fila.
Andrea había sido compañera de escuela de una hija de Rubén Chamorro, el oficial de la Armada a cargo del funcionamiento del centro clandestino de detención y exterminio de la ESMA. Como compañera de la hija de Chamorro, Andrea había ido en distintas oportunidades a ese chalet, ubicado a pocos metros de Capucha y Capuchita -los lugares de tortura, partos clandestinos y aislamiento del centro-, donde vivía el oficial con su familia. Había sido invitada a ese sector “residencial” dentro del predio para jugar con su amiga, tomar la leche, hacer tareas escolares, una visita infantil a un espacio aparentemente cotidiano. Desde ese chalet, en medio de una escena de vida familiar, vio a través de una ventana el traslado de una mujer encapuchada y custodiada, a quien bajaban de un vehículo. Le preguntó a su amiga si sabía qué era eso, y la niña hija de Chamorro respondió: “Es como S.W.A.T” — la exitosa serie policial de mediados de los setenta-, le restó importancia y siguió jugando. Ese “es como S.W.A.T” habrá sido la respuesta que le daban a ella misma sus padres. Pero en el caso de Andrea Krichmar, la imagen quedó grabada, no hubo desentendimiento y en 1985 dio un valioso testimonio en el juicio a las juntas militares.
Hay quien se desentiende y quien no. Percibir el mecanismo en otros, con la ayuda de Zupančič, parece sencillo o hasta obvio. Pero quizás deberíamos preguntarnos también de qué cosas nos hemos desentendido cada uno de nosotros, aplicando ese “ya lo sé, pero aun así…”. Seguramente encontraremos más de lo que quisiéramos. Y, tal vez, hasta caigamos en la cuenta de que el desentendimiento propio fue una de las causas por las que llegamos a donde llegamos. No sé si la más importante, pero la que estaba en nuestras manos.