La Odisea de perder el pacto de confianza

El estreno de la nueva de Nolan trajo un clásico a la boca de todos. Volvemos con mayor interés a Homero cuando el mundo en el que vivimos se parece otra vez al suyo.

A partir del estreno de La Odisea, de Christopher Nolan, la gesta inmortalizada por Homero entró en la conversación pública. Mientras pasan los días y se suman espectadores, se incorporan a esa conversación admiradores y detractores. Hay quienes disfrutan la película y quienes la padecen. Como suele suceder con adaptaciones de textos que muchos dicen haber leído, aparecen quienes cuestionan los apartamientos del original, mientras otros sostienen que Nolan tiene derecho a hacer una lectura actual, rescatando lo que para él son los aspectos de la historia que le hablan al presente. 

Mary Beard, reconocida especialista en el mundo clásico, dijo que le gustó la película y que admira la ambición de Nolan –a quien considera uno de los pocos que podía haber abarcado semejante obra monumental–. Pero se queja de algunos puntos: que en la película se perdió la ironía de Homero, que desapareció cierta sensualidad que había en el original, que se simplificó el tratamiento de algunos personajes femeninos. Sin embargo, agradece algo que no es menor: el enorme favor que la película puede hacerle a los clásicos si miles de espectadores salen del cine con ganas de leer a Homero.  

Emily Wilson, considerada la traductora más moderna de La Odisea –la primera mujer que tradujo la obra completa en una versión muy celebrada–, agradeció también la cantidad de personas que Nolan llevará a Homero, pero consideró que la película cambia el centro moral del poema, dándole mayor énfasis a la culpa frente a otras cuestiones. También señaló que para ella en la versión cinematográfica Penélope pierde parte de su importancia y se lamentó de la reducción del papel de los dioses, que en el original representan las fuerzas imprevisibles que condicionan la vida humana. Pero lo que parece preocuparle más es que cree que Odiseo resigna en el film su complejidad. En su traducción, ella sostiene que la característica principal del héroe es ser polytropos –algo así como que tiene muchos recursos–, a diferencia de Nolan que enfatiza el sufrimiento por sobre su capacidad de reinventarse. Wilson cambió la traducción más usada de esa palabra, “ingenioso”, “astuto”, por “complejo”. Según ella la película capta muy bien la dimensión épica y emocional del regreso, pero simplifica la extraordinaria plasticidad del personaje.

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Yo estoy, definitivamente, entre quienes disfrutaron mucho la película de Nolan, recomienda enfáticamente que la vean, y acepta sin quejas que el director haya hecho los recortes que entiende necesarios para traer el poema de Homero a nuestro tiempo y a los asuntos que quiera destacar. Una adaptación audiovisual de un texto literario es una lectura más sobre ese texto, y cada quien hace la propia. Un artista como Nolan toma un poema clásico y nos cuenta lo que elaboró a partir de esa lectura, qué cosas quiso traer al presente, qué escenas son producto de sus propias obsesiones, qué simplificaciones cree necesarias para que un texto literario funcione en la pantalla. Y lo cierto es que este film funciona: su estreno a nivel mundial tuvo cifras extraordinarias, fue la película de Nolan que históricamente logró el mejor arranque, y en la Argentina vendió 150.000 entradas en cuatro días (incluido el domingo 19, con muchos cines cerrados por el partido final del Mundial 2026). Como dijeron la clasicista Beard y la traductora Wilson, vayan a ver esta Odisea, y si luego les dan ganas de leer el texto, grandioso. 

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¿Por qué una película de tres horas basada en un poema de hace casi tres mil años llena salas en 2026? La respuesta más fácil sería decir que Christopher Nolan es uno de los pocos directores capaces de convertir cualquier proyecto en un acontecimiento. Pero esa explicación no alcanza. “¿Viste La Odisea?”, es una pregunta que se repite en estos días. “Andá a verla”, es la respuesta que más aparece. Que el boca a boca funcione como el mejor recomendador, supone la suma de distintos factores. Los clásicos sobreviven a siglos de lecturas no porque cuenten siempre la misma historia, sino porque cada época encuentra en ellos aspectos que hace propios. Volvemos con mayor interés a Homero cuando el mundo en el que vivimos se parece otra vez al suyo. La lectura que hace Nolan no es arqueológica ni intenta reconstruir la Grecia antigua, hace lo que hacen los grandes narradores: usar un mito para hablar del presente.

Por eso al salir del cine, una vez que decanta la superficie de la historia, la conversación no gira sólo alrededor de los efectos visuales –Imax o no Imax– o de la reconstrucción del mundo homérico, o del casting, sino alrededor de preguntas mucho más incómodas: ¿cómo se vuelve de una guerra?, ¿qué hacemos con la culpa?, ¿qué nos convierte, todavía, en una comunidad? ¿nos cansamos finalmente de tanto viaje y necesitamos llegar?

La Odisea suele resumirse como la historia de un hombre que quiere volver a su casa después de la guerra de Troya, pero ese viaje de regreso le toma años porque aparecen distintos escollos, estímulos y peripecias. Sin embargo, en la película llegar a Ítaca pesa más que la aventura; como si Nolan hubiera entendido que el poema de Homero no es en realidad sobre el viaje, sino sobre aquello que hace que alguien quiera volver al lugar de donde partió, aunque ese lugar, tal como lo dejó, no exista más. Aunque él ya no sea el mismo. Odiseo no aparece en la película como el héroe ingenioso que derrota monstruos, con la intervención –para bien o para mal– de los dioses. El personaje que construye Nolan es un hombre perseguido por aquello que hizo para ganar la guerra, y la victoria dejó de ser una celebración para convertirse en la carga que implica sentirse responsable de los excesos de esa guerra.

Matt Damon interpreta a Odiseo en la nueva de Nolan

¿Qué le pesa a Odiseo? ¿De qué se culpa? En primer lugar, de haber violado la ley de Zeus de hospitalidad. Y cree que los años de oscuridad que seguirán a la guerra de Troya serán la consecuencia de esa acción que habilitó la crisis de la confianza. En el mundo de Homero, esa confianza tenía un nombre preciso: xenía, la hospitalidad sagrada que regulaba el vínculo entre desconocidos. La xenía (ξενία) era una de las instituciones morales más importantes de la antigua Grecia. Se suele traducir como hospitalidad, pero era mucho más que ser amable con un visitante, casi un pacto sagrado entre anfitrión y huésped. La palabra xénos significaba a la vez extranjero, forastero, huésped e incluso amigo unido por un vínculo de hospitalidad. La xenía establecía obligaciones recíprocas: el anfitrión debía recibir al viajero, ofrecerle comida, baño, refugio y protección antes incluso de preguntarle quién era, y el huésped debía comportarse con respeto, no abusar de la hospitalidad y, al partir, podía intercambiar regalos con su anfitrión. Ese vínculo podía heredarse: los descendientes de ambas familias seguían reconociéndose como unidos por la xenía. La institución estaba protegida por Zeus Xenios, uno de los epítetos de Zeus. Violar la xenía no era simplemente una falta de educación, sino una ofensa religiosa.

En La Odisea, la xenía estructura casi toda la historia. Cada isla que visita Odiseo pone a prueba esa ley. ⁠Los feacios representan el ideal de la hospitalidad: reciben a un desconocido, lo alimentan y finalmente lo ayudan a regresar a Ítaca. ⁠El Cíclope Polifemo es el ejemplo contrario: en lugar de acoger al visitante, lo encierra y se lo come, pero su barbarie no consiste solo en el canibalismo, sino en romper la xenía. ⁠Los pretendientes que ocupan el palacio de Odiseo también violan la xenía, porque llegan como huéspedes, pero saquean la casa, consumen sus bienes y pretenden apropiarse de su esposa y su reino.

Así las cosas, el regreso de Odiseo no es solo la recuperación de un trono. También es la restauración de un orden moral quebrado. En muchas interpretaciones contemporáneas –y también en la lectura que hace Nolan–, Odiseo carga con la culpa de haber quebrado él mismo ese orden en distintos momentos de la guerra y del viaje. Cerca del final de la película, el Odiseo de Nolan en una escena de super acción, mata a cada uno de los que ingresaron a su palacio acompañando a pretendientes de Penélope, pero intenta dejar al margen a su hijo Telémaco para que no cargue con ese peso. Y en una última escena algo ambigua, luego de vencer, este Odiseo elige partir. Parece haber comprendido que su tiempo ya pasó, que después de haber destruido aquello que tenían, él y sus contemporáneos deben dar un paso al costado, porque la reconstrucción del mundo le corresponde a las nuevas generaciones.

¿Vale la pena traer esa ley de hospitalidad al presente? Nolan cree que sí. La xenía era un pacto de civilización, entre personas que no se conocían existía una confianza básica sin la cual ninguna comunidad podía sostenerse. El caballo de Troya rompe ese pacto. Los troyanos abren las puertas de la ciudad creyendo aceptar una ofrenda, caen en la trampa y la hospitalidad deja de ser un puente que acerca a las personas para convertirse en un arma letal. En la lectura de Nolan no sólo Odiseo padece la culpa por los excesos sanguinarios de la guerra –muestra varias veces mujeres degolladas frente a él–, sino por la ruptura de las reglas que hacen posible convivir incluso en tiempos de guerra. Y esa es una de las preguntas de nuestro tiempo.

Pero todavía hay una vuelta de tuerca más que acerca este concepto al presente. Vivimos rodeados de tecnologías que dependen de la confianza. Abrimos un correo, hacemos clic en un enlace, compartimos nuestros datos, dejamos entrar a una inteligencia artificial en nuestra vida cotidiana. Y, al mismo tiempo, nunca desconfiamos tanto. Vivimos desconfiando. Estamos precavidos, alertas a no caer en una estafa, en no sucumbir ante la manipulación o la desinformación, ante videos falsos o mensajes generados por una máquina. Como los troyanos, ya no sabemos si el regalo que llega a nuestra puerta es realmente un regalo o una trampa. La política tampoco parece ajena a esa erosión: las instituciones sobreviven, pero el pacto de confianza que las sostenía se vuelve cada vez más frágil. La caída de las civilizaciones no se da sólo por la violencia, sino que empieza cuando se deja de creer en las reglas mínimas que permiten vivir juntos.

¿Qué sostiene a Odiseo tantos años como para que logre volver? Según la versión de Nolan no sería sólo su deseo de recuperar aquel lugar de donde vino sino su propia identidad, saber quién es después de haber hecho todo lo que hizo. En una época atravesada por algoritmos que conocen nuestros deseos antes que nosotros mismos, la batalla por no perder la identidad resulta sorprendentemente contemporánea.

Durante años –antes de la mirada de Nolan y de la edad que tengo– yo repetía los versos del poema Ítaca, de Constantino Cavafis como una celebración del viaje: “Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca, pide que el camino sea largo”. Era una invitación a disfrutar del recorrido más que de la llegada. Sigo pensando que el viaje es fundamental, cada experiencia vivida, cada persona con la que nos encontramos. Sólo que parecería que nuestra época convirtió el viaje en un mandato. En las redes sociales nos atosigan nuevas experiencias por vivir, nuevos destinos, nuevas versiones de nosotros mismos. Tal vez por eso la obsesión de Odiseo conmueve tanto: quiere volver a ese lugar donde todavía alguien pronuncie su nombre y ese nombre siga significando algo. Tal vez esa sea una de las principales razones por la que una historia escrita hace casi tres mil años llena salas de cine. No porque necesitemos héroes antiguos, sino porque seguimos buscando, en medio de tantas guerras, pantallas y simulaciones, un camino de regreso hacia una forma de confianza humana que todavía merezca llamarse civilización.