Del insulto como irrupción al insulto como sistema
Cuando las malas palabras se vuelven frecuentes se genera un clima pesado, de hartazgo. Análisis del vocabulario del presidente y una propuesta.
No me gusta el concepto “mala palabra”. La supuesta maldad de una palabra se la da el contexto histórico y social en que se la use, no su valor lingüístico. No es la existencia de malas palabras lo que define un clima político y social –todas las sociedades las tienen–, sino quién las dice, desde dónde y con qué intención.
Una palabra nunca nace mala, la sociedad la carga de sentido, y esa valoración va cambiando con el tiempo. En la intimidad, cada quien las usa como le place; en el espacio público la cosa cambia y hay que rechazar la trampa de la simetría, porque el “todos insultan” es una forma de dilución.
Existe una ciencia que estudia las cuestiones relacionadas con insultos y términos equivalentes: la Sociolingüística, que tiene por objeto analizar cómo el lenguaje refleja normas sociales, poder y valores. Y desde ese lugar, señala fuentes similares para las palabras que podrían considerarse como tales: lo sagrado y lo prohibido por tabú religioso (me cago en Dios); el cuerpo y lo sexual (boludo, puta, quilombo); la degradación de otra persona (infeliz, imbécil, inútil, ignorante, despreciable).
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Estas últimas son hoy las más usadas por el poder político argentino para referirse especialmente a periodistas, pero también a empresarios, economistas, artistas y adversarios políticos. Por eso, puede ser interesante detenerse a pensar qué está pasando con el uso público de groserías e insultos, en un país en el que el presidente –después de prometer hace unos meses que no insultaría más– durante la última Semana Santa tuvo un desborde de posteos y reposteos en la red social X, cargados de improperios.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateExiste un antecedente histórico del insulto en la vida pública: el carnaval. Es lo que analiza Mijail Bajtin en su libro La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. Bajtin describe el carnaval como el tiempo en que se suspenden las jerarquías sociales, se invierten los valores (lo alto y lo bajo; lo sagrado y lo profano) y se habilita una libertad expresiva excepcional. Durante el carnaval estaban permitidas profanaciones y burlas. El pueblo tenía permiso de parodiar al culto religioso y al poder político. En la “fiesta de los locos” se ridiculizaba la jerarquía eclesiástica; en las letanías satíricas se utilizaba incluso lenguaje grosero dirigido a temas políticos. La sátira podía apuntar directamente a militares, clero y autoridades, desacralizando el orden feudal. De este modo, el carnaval funcionaba como una válvula de escape que permitía liberar tensiones sociales reprimidas.
Pero esta libertad de expresión, que implicaba una abolición de jerarquías y privilegios –el de abajo insultaba al de arriba– era temporal y reglada, solo tenía lugar en plazas y procesiones durante esos días. Además, el insulto no era individual, sino un código cultural compartido, la risa circulaba entre pares en un marco común. Era como “Fiesta”, la canción de Joan Manel Serrat: “Y hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano, sin importarles la facha”. Terminado el carnaval, exactamente el Miércoles de Cenizas, el orden jerárquico se restablecía porque, de algún modo, esa válvula de escape evitaba una ruptura real.
A lo largo de la historia, el insulto ha sido festivo, catártico, incluso creativo. En la literatura argentina, el uso de lo vulgar o lo insultante ha tenido densidad estética y política. Y, por lo general, aparecía en textos de autores que, en principio, ocuparon un lugar marginal en el campo literario, por distintos motivos. Cuando sus personajes usan este vocabulario políticamente incorrecto, ellos salen a disputar un sentido en ese campo literario.
En Roberto Arlt, la violencia verbal es síntoma de una sociedad fracturada, sus personajes viven en tensión, frustrados, y ese uso del lenguaje produce más inquietud que risa, los insultos actúan como forma de humillación verbal. “Imbécil”, “canalla” o “miserable” pueden convivir con delirios filosóficos o revolucionarios. En Manuel Puig, el habla coloquial, con sus desvíos y excesos es identitario, construye identidad, refleja el hablar de la gente cuando nadie la corrige, y esconde el deseo: “atorrante”, “sinvergüenza”, “desgraciado”, los puede decir uno de sus personajes acerca de otro a quien ama.
En los textos de Roberto Fontanarrosa, que defendía el valor expresivo de las malas palabras, el insulto tiene la potencia del humor y una precisión que el lenguaje normado no logra. Un detalle paradójico: en el discurso que dio en Rosario en la apertura del Congreso de la Lengua de 2004, aquel que dedicó a las “malas palabras”, Fontanarrosa destacó, entre todas ellas, una que llamó “maravillosa”: carajo. Me imagino que hoy, si Fontanarrosa viviera, más allá del enojo que tal vez le provocaría la apropiación de esa palabra desde el poder, o gracias a ese enojo, nos haría reír a carcajadas con conversaciones entre Inodoro Pereyra y Mendieta, acerca del uso actual de “carajo” desde las más altas esferas de gobierno.
Los textos de Osvaldo Soriano, Camila Sosa Villada, Dolores Reyes, Aurora Venturini, son otros ejemplos del uso de estas palabras en la literatura argentina. Paradójicamente, a algunos de estos autores –en especial autoras– les valió denuncias o intentos de censura desde los mismos sectores que aprueban el uso de palabras semejantes por el poder.
Pero hay que dejar en claro que lo que vemos hoy en el discurso público es una cosa muy distinta a aquella que describió Bajtin. Hay dos diferencias fundamentales. La primera, la inversión de las jerarquías: antes era el pueblo que necesitaba la válvula de escape que le permitía insultar al poder por ciertos padecimientos; hoy es el poder quien parece necesitar insultar para aliviarse vaya una a saber de qué. La segunda, la diferencia que hay entre el insulto como irrupción y el insulto como sistema, porque ya no aparecen en el discurso público como desborde vital del lenguaje, sino como método.
Ladrones, corruptos, ignorantes, bestias, brutos, chorros, banda de asesinos, cavernícolas, parásitos, ensobrados, hijos de re mil putas, roñosa, basura inmunda asquerosa, basura repugnante, operador, degenerados, malparido, lacras, analfabeto, fueron algunos de los insultos que nuestro presidente posteó o reposteó en los últimos tiempos. Además de contestar a un tuit donde un actor le decía a un periodista: “Te comiste una poronga de dos metros”, con la frase: “Sólo la puntita”. Todo un asco. Sin embargo, y a pesar del asco, cuando el insulto se vuelve constante, pierde espesor, deja de significar. Aburre, cansa.
Creo que más que espantados hoy estamos hartos. Un insulto aislado puede leerse como exabrupto, una serie continua de insultos construye el clima en el que vivimos. Y ese clima no es neutro porque erosiona la posibilidad misma de la conversación pública. Si todo es agravio, ya no hay diferencia entre crítica y ataque, entre desacuerdo y descalificación. Lo que en definitiva está en juego es la cultura democrática y la calidad del espacio público.
Saber usar malas palabras es saber leer el mundo, entender códigos, distancias y cercanías. Se necesita tener ciertas habilidades sociales. Como tantas veces señaló la poeta y lingüista Ivonne Bordelois, cuando el lenguaje se empobrece, también se empobrece la capacidad de pensar. Pero cuando el insulto se convierte en lengua oficial, hay que desconfiar que sólo se trate de una cuestión de poco tino para manejarse en sociedad. Porque lo que se instala no es una mayor libertad expresiva sino una forma de disciplinamiento: por un lado, si no se quiere ser insultado, mejor callar; por el otro, se habla así o se queda afuera.
Me apenó ver que alguno de los insultados por el presidente, a los pocos días insultó a un colega con términos parecidos, justamente lo que no nos tiene que pasar.
A veces y para justificar a quien usa este lenguaje, el uso intensivo del insulto suele presentarse como gesto de autenticidad. Se dice que es “un estilo”. Pero, en su repetición mecánica, más que un estilo se puede leer un plan: un lenguaje estandarizado, previsible, casi automático que no invita a detenerse, a pensar, a matizar, sino a reducir al otro a una caricatura, y de ese modo excluirlo. En la lógica de la Sociolingüística, hay un desfasaje deliberado: palabras que pertenecen al registro informal o incluso agresivo se trasladan al máximo nivel de formalidad institucional. No parece un error sino una decisión que busca impacto, visibilidad e identificación con ciertos públicos. Y en ese afán, no sólo el lenguaje institucional se degrada, sino que se descuida a la sociedad..
En cualquier país, hay un contrato simbólico con el lenguaje presidencial, cuyas reglas suponen que ese lenguaje representa a todos y que garantiza la convivencia. Cuando se deshonra ese contrato, cuando desde el poder se rechaza o rompe deliberadamente los códigos de interacción esperados, el adversario político pasa a ser el enemigo, la discusión se personaliza en el peor sentido, el espacio común de intercambio se convierte en un campo de batalla. Porque lo que se pone en cuestión es la responsabilidad en la palabra pública. Y lo peor es que cuando el presidente insulta da la sensación de que no estamos ante alguien que no entiende esas reglas, sino ante alguien que decidió que esas reglas –como tantas otras– son parte de aquello que vino a destruir con su motosierra.
Quienes sean seguidores de Dire Straits recordarán la satírica “Industrial Desease”, que dice: “Me voy al Speaker´s Corner, estoy atónito. Allí hay libertad de palabra, turistas y coches de policía. Dos tipos dicen que son Jesús, uno de los dos tiene que estar equivocado”. En la letra de esa canción, los músicos ironizan sobre la sociedad inglesa y los discursos públicos. Entre otros ejemplos, en estos versos mencionan el Speaker ‘s Corner (o Rincón del Orador/Charlatán), una famosa zona en el Hyde Park de Londres, en el extremo noreste, que existe desde 1872. Lo estableció la Ley de Parques de ese año, a raíz de una serie de disturbios y protestas por el derecho de reunión. El espacio está abierto todos los días pero funciona principalmente los domingos a la tarde. Allí cualquiera puede subirse a una tarima improvisada y decir lo que quiera.
Más allá de los cientos y cientos de personas que se subieron –y los que seguirán haciéndolo–, hablaron en el Speaker ‘s Corner: Karl Marx, Vladimir Lenin, George Orwell, William Morris. No hay temas proscriptos, pero sí una limitación: los discursos no deben quebrantar la ley, como tampoco incitar a la violencia. Aunque la policía, por lo general, suele hacer la vista gorda.
La escena tiene algo de ritual democrático y algo de espectáculo: oradores encendidos, curiosos que se detienen un rato, discusiones que escalan y, muchas veces y aunque se supone que no debería darse, el insulto como parte del intercambio. Pero incluso ahí, en ese territorio donde la palabra es libre hasta el exceso, el insulto, si aparece, no lo ocupa todo. Estalla, a veces hace reír, a veces incomoda, pero no reemplaza al argumento. Y de última, el espectador tiene la posibilidad de llamar a la policía británica para denunciar que se está infringiendo la ley.
Tengo la sensación de que algunos de los funcionarios y asesores que rodean al presidente ya no están de acuerdo con cierto vocabulario público que utiliza. Quizás, porque empiezan a percibir que, si se trata de un plan, éste dejó de ser efectivo: gran parte de la sociedad –lo haya votado o no– está hartándose de sus insultos. Tal vez, podrían proponer algún mecanismo que lo evite. Por ejemplo, instalar un Speaker ‘s Corner, no digo en Plaza de Mayo, pero sí en una esquina de algún patio de la Casa de Gobierno. Poner una pequeña tarima –similar a esas que le acercan al presidente cuando se tiene que enfrentar a un micrófono–. Entonces, él podría recurrir a ese espacio cuando necesite insultar, hacerlo allí a sus anchas, para luego regresar relajado a su despacho, a ocuparse de lo que se tiene que ocupar.