La final en un avión

Saber perder es muy difícil para gente como nosotros. Así que podemos considerar que asimilar esta derrota es un logro importantísimo.

En la cartelera porteña se puede ver una versión de Othelo, el drama de William Shakespeare, a la que su adaptador y director, el talentoso Gabriel Chamé Buendía, le agregó la bajada “termina mal”. Othelo, termina mal. Porque es de suponer que la mayoría de quienes se disponen a ver la obra –una versión de teatro físico imperdible y llena de humor– saben cómo termina.  Algo de eso pensaba al escribir esta crónica sobre la experiencia de haber vivido el partido Argentina-España de la final del Mundial 2026 arriba del avión que me traía de Madrid a Buenos Aires. No es el caso de Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, porque esa derrota ni se anunció ni se aceptó hasta el último minuto del alargue: todo el país esperaba que fuéramos bicampeones. Aunque la famosa primera frase de García Márquez, “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar…”, podría servir para arrancar esta crónica: “El día que íbamos a perder la final del mundo frente a España…”. En fin, allá vamos.

En la cola del check in del vuelo 1135 de Aerolíneas Argentinas había clima de final mundialista. Pero el ambiente estaba tranquilo, poco alarde, sin olvidarse de que seguíamos en tierra del rival. Alguna camiseta, remeras de los colores de nuestra bandera. Yo llevaba en el puño una vincha celeste y blanca que me acompañó todos los partidos y que había metido en la valija para tenerla cerca en este viaje. En los tres partidos anteriores que vi en suelo español (contra Egipto, contra Suiza y contra Inglaterra), la cábala había funcionado. Esta última vez, la cosa terminaría mal, como dice Chamé Buendía. 

Arriba del avión de bandera argentina, todo cambió y, definitivamente, éramos locales. La ansiedad no resultaba fácil de manejar. Las primeras diez horas de vuelo serían de espera; las últimas tres, de partido. No contábamos con Internet, pero las azafatas –muy amables, súper profesionales y tan ansiosas como nosotros– nos aseguraron que el piloto iría informando cada novedad. Almorzamos, dormimos, tratamos de mirar alguna película o de leer. Antes del inicio del partido sirvieron la merienda; creo que la adelantaron para que no interrumpiera el juego que, aunque no íbamos a poder ver, acapararía toda nuestra atención.

Las azafatas habían cambiado su atuendo: todas llevaban camiseta argentina, la que sea, la original, la del año pasado, la suplente. Habían colgado una bandera gigante en el espacio donde termina la cabina y ellas preparan el servicio. Y varias banderas más pequeñas en distintas partes de la cabina. Pasajeros que hasta entonces no tenían distintivos albicelestes aparecieron con sus remeras, bufandas, gorros: todo el avión llevaba nuestros colores. Seguramente había quienes hinchaban por España, pero hasta entonces no se notaban. La noche anterior habían cancelado un vuelo de Iberia, la línea de bandera española, y varios pasajeros fueron derivados al vuelo de Aerolíneas Argentinas. “Destino” que le dicen.

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La primera emoción fue cuando por los parlantes el piloto anunció el inicio del partido y nos invitó a cantar el himno nacional. Muchos nos sacamos los cinturones y nos paramos; otros prefirieron cantar sentados, supongo que en esas circunstancias es válido. Pero todos lo entonamos con energía, como las circunstancias lo pedían. No se cantó el himno español, aunque tampoco habría sido posible porque no tiene letra –hay varias versiones posteriores a su creación, pero no se ponen de acuerdo cuál debe ser la oficial por eso no se canta, a lo sumo se tararea la melodía–. Ni bien terminó el himno las azafatas recorrieron la cabina con la bandera desplegada de pasillo a pasillo cantando La cuarta estrella. Sí, Chamé, termina mal, ya sé.

El silencio que siguió durante todo el primer tiempo fue tenso, pero también tranquilizador: si España hubiera metido un gol lo sabríamos, el piloto nos lo habría dicho. Yo, mientras tanto, intenté ver la película Elvis, de Baz Luhrmann, y que esa música me ayudara a pasar el rato –leer era imposible–. Del show del entretiempo no supimos nada ni nos importaba.

Arrancó el segundo tiempo y al sobrevolar Brasil apareció en los parlantes una voz en portugués que, en mis auriculares, interrumpió Suspicious minds de Presley. Del relato envuelto en sonido de fritura casi que solo se entendía el nombre de los jugadores: Tagliafico, Messi, Martínez. Cuando decía Rodri, Olmo, Porro, Lamine Yamal, sufríamos. Pensé que se trataba de una trasmisión que había encontrado el piloto, pero no: frente a la puerta de salida, un hincha argentino rodeado de azafatas buscaba ubicar la antena de una radio a transistores, de manera que la trasmisión llegara mejor por los altoparlantes. Así nos enteramos de que habían echado a Enzo Fernández, y que con diez jugadores sólo se trataba de resistir hasta los penales.

Al pasar sobre Uruguay el relato cambió del portugués al español del Río de la Plata. El tiempo suplementario nos encontró ya sobre Argentina y aparecieron voces conocidas. No faltaba nada, ni para que termine el segundo tiempo del alargue ni para que aterricemos. La transmisión, vaya a saber por qué, se interrumpió unos minutos antes del final. Pero tan cerca del aterrizaje alguien enganchó señal en su móvil -nadie se quejó de la infracción-, y entonces aparecieron los pasajeros españoles que gritaron “goool”. Fue un grito apagado, seguramente consciente del lugar donde estaban y la tensión reinante. La azafata me preguntó: “¿Ese grito fue por un gol de España?”. Le respondí que no, pero claro que sí, que solo podía haber sido eso, el gol de la derrota.

Carreteamos con tres jugadas de Argentina que pasaron cerca del arco. Fin. Terminó mal. O, al menos, no como queríamos. Avanzamos hacia el control de pasaportes y la búsqueda de valijas con la noticia de que la cuarta estrella no se dio. No quería mirar redes ni mensajes, pero observaba la cara de quienes me cruzaba y, aunque nadie estaba contento, el panorama no era tan desolador como podría haber imaginado. Escuché el primer “dieron todo”, y después “ellos jugaron mejor fútbol”, y un rato más adelante “esta selección es lo más”. Revisé entonces mis mensajes en el teléfono y ya me habían mandado varias veces la imagen de la bandera argentina con las tres estrellas a la que seguía una cuarta imagen dorada: las Malvinas Argentinas. 

Saliendo de Ezeiza, el predio de la AFA estaba a oscuras; el conductor me dijo que una hora atrás, cuando él llegó al aeropuerto, había estado lleno de efectivos policiales. Aparentemente se habían ido, la llegada de fans que previeron no se iba a dar. Al entrar con el taxi a la ciudad de Buenos Aires ya me crucé con varios festejos. Bocinas, cantos, banderas. ¿Terminó mal? No sé, saber perder es muy difícil para gente como nosotros –“argentos de la cuna hasta el cajón”–. Así que podemos considerar que asimilar esta derrota es un logro importantísimo, como dijo Scaloni.

Y sí, lo dieron todo, nos hicieron felices más de un mes, nos sentimos orgullosos de ellos, consiguieron que muchos argentinos se olvidaran por un tiempo de otros pesares –como dijo nuestro capitán–, y pusieron a nuestras islas en la conversación internacional, de donde habían desaparecido. ¿Qué más les podemos pedir a estos jugadores? Tal vez, que se queden tranquilos, que sepan que los queremos y que estamos agradecidos de un trabajo colectivo que no olvidaremos. Ojalá en nuestro semillero de chicos ilusionados con jugar al fútbol, que también es marca registrada en nuestro país, aparezca un nuevo Messi para repetir esta mágica historia.