Teatro o el arte antialgoritmo
Nadie puede adelantar escenas, mirar otra pestaña, scrollear, responder mensajes o acelerar la velocidad de reproducción. La obra dispone un ritmo común, de comunidad.
Alguien se para frente a la platea y pide que todos apaguen los celulares. Durante unos segundos todavía brillan algunas pantallas. Lo que toma mandar ese último mensaje, guardar una foto, o meter el aparato dentro del bolsillo o en una cartera. Pero los presentes, sentados en sus butacas, obedecen. No sólo eso, el lugar abriga un pacto silencioso entre desconocidos que aceptan quedarse ahí, juntos, en silencio, atentos a lo mismo, compartiendo el aire que respiran, durante una o dos horas.
Esta mínima escena es hoy algo que puede sonar extraño e improbable fuera de contexto, casi imposible de lograr. Sin embargo, sucede todas las noches en algún lugar por la magia del teatro. En una época donde casi toda experiencia cultural se consume en soledad, fragmentada, con la posibilidad de pausarla, acelerarla o abandonarla a los veinte segundos, el teatro sigue dependiendo de una condición antigua y obstinada: que varias personas salgan de sus casas al mismo tiempo, haga frío, calor, llueve o truene, para vivir juntas lo que sucederá arriba de un escenario. Porque el ritual teatral, ese que se repite desde hace veintiséis siglos, sigue hoy intacto.
Me atrevo a decir que la experiencia funciona, en esta época que nos toca vivir, como nuestra “habitación del pánico”. O mejor dicho, como nuestra “habitación del no pánico”, ya que en ese lugar protegido estamos a salvo de inclemencias externas y el terror queda afuera. Allí nos blindados frente la violencia y al disparate de un mundo y un país que no deja de sorprendernos cada día. Somos comunidad y eso se percibe en la sala, en el bar, en el lobby antes de entrar o después de la función; pertenecemos a un colectivo que busca no sólo que se nos cuente una historia, sino la presencia humana sin intermediarios, arriba y abajo del escenario. Y hoy, eso que buscamos supone una declaración de principios radical y contracorriente.
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Trabajamos por Zoom, vemos películas solos, leemos en pantallas mientras llegan notificaciones, escuchamos podcasts caminando sin mirar a nadie. ¿No están un poco cansados ya? Yo siento algo que dicen que se llama “fatiga digital”. Y no es que reniegue de las pantallas, las uso a diario y mucho. Estoy hiperconectada, participo en varias redes, trabajo muchas horas en la computadora, el teléfono es un apéndice de mi mano. Pero empecé a hartarme y a sentir la necesidad de volver a algunas prácticas anteriores. No por nostalgia, sino porque el cuerpo me lo reclama, me pide sincronía emocional con los otros, percepción física, contacto real, mirar a alguien y darme cuenta de que está a punto de llorar, de estornudar o soltar una carcajada.
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SumateRecitales, clubes de lectura, talleres presenciales o cafés comparten eso de amucharnos en carne y hueso. Pero el teatro suma una particularidad extraña en tiempos algorítmicos: no puede personalizarse. No existe una función “elegidos para vos”, “si te gustó tal, te va a gustar cual”. Todo el público, en esa sala, ve lo mismo. Todos escuchan el mismo parlamento o el mismo silencio. Todos quedan atrapados en un tiempo narrativo. Nadie puede adelantar escenas, mirar otra pestaña, scrollear, responder mensajes mientras tanto, o acelerar la velocidad de reproducción. El teatro obliga a aceptar un ritmo común y eso, en este mundo, es una apuesta a la comunidad real que formamos. Porque si hay algo comunitario y profundamente anti algoritmo es el teatro.
Las plataformas digitales organizan el mundo alrededor de la personalización extrema: contenido hecho a medida, recomendaciones diseñadas para confirmar gustos previos, burbujas de afinidad, creaciones basadas en lo que se determinó en un focus group. El teatro hace lo contrario, reúne personas distintas en una experiencia compartida e imprevisible. No sabemos cómo piensa el otro, ni con qué partido político simpatiza, ni de qué club de futbol es fanático. Pero gracias al teatro convivimos con él y, aunque sea por ese rato, compartimos reacciones ajenas: la risa del otro, el silencio del otro, la incomodidad del otro, la tos del otro, el llanto del otro, la emoción del otro.
En Buenos Aires esa persistencia adquiere una categoría casi milagrosa. Una ciudad empobrecida, exhausta, en crisis permanente, que sin embargo sigue llenando salas pequeñas o grandes, sosteniendo teatro independiente, armando funciones en sótanos, bares o viejas casas recicladas. Mientras gran parte del mundo cultural migra hacia plataformas globales cada vez más homogéneas, Buenos Aires todavía conserva una obsesión artesanal por reunirse físicamente a escuchar historias.
La ficción en general –no sólo el teatro sino también leer novelas, ver cine o escuchar relatos– entrena capacidades que el ecosistema digital erosiona: la atención sostenida, la imaginación, la empatía, la tolerancia a la complejidad emocional. Hace unos días el escritor escocés Irvine Welsh, en una entrevista que le hicieron para el diario El país de España, lanzó una frase provocadora, dijo que muchos hombres jóvenes han perdido empatía porque ya no leen novelas y que las mujeres siguen siendo quienes más ficción leen, lo que les permite ponerse en la piel de los otros.
Más allá de que se trate de una opinión, la idea conecta con algo que sabemos hace tiempo, que la ficción funciona como una forma de ensayo que obliga a habitar otras subjetividades, a percibir el mundo desde una conciencia ajena. Y ese entrenamiento, que según Welsh se da más en las mujeres, se ve reflejado en nuestras elecciones políticas frente a las de los varones, tanto en la Argentina, como en otras partes del mundo. Nosotras elegimos opciones más progresistas, menos conservadoras, opciones ecologistas y defensoras de derechos (al respecto, se puede revisar, entre otros, el trabajo de Paola Zuban sobre el voto 2023 en Argentina, publicado en la revista Perspectivas).
Pero el teatro lleva eso que señaló Welsh todavía más lejos. No sólo imaginamos al otro, sino que lo tenemos enfrente respirando. Un actor se quiebra, olvida una línea, improvisa, se emociona de verdad y todos los presentes se convierten en testigos de algo que existe una sola vez. Incluso cuando el texto sea el mismo, cada función es irrepetible porque depende de cuerpos reales atravesando ese momento específico. En tiempos dominados por imágenes editadas, filtros, inteligencia artificial y performances permanentes de una misma, el teatro conserva una fragilidad profundamente humana.
Frente a historias fragmentadas y de consumo individual, el teatro nos da la posibilidad de fabricar un artificio colectivo para producir una emoción real. Y, paradójicamente, dentro de ese artificio aparece lo más verdadero, el otro, en uno de los últimos lugares donde todavía pasan cosas irrepetibles entre desconocidos, casi una anomalía cultural en el mundo de hoy. Así el teatro, que siempre fue dentro del arte una de sus vertientes más políticas, sigue siendo un lugar de resistencia; mientras hoy muchas plataformas buscan retenernos solos frente a una pantalla, el teatro nos propone compartir y coexistir.
Algo de todo esto que garabateé en los párrafos anteriores, se ve en la magistral escena final de Hamnet, de Chloé Zhao, basada en la novela de Maggie O´Farrell. Agnes –Jessie Buckley– entra al teatro por primera vez sin saber del todo qué va a encontrar. Hace un tiempo murió su hijo y sospecha que esa obra que estrena su marido y lleva un nombre parecido, Hamlet, será un homenaje a él. Entra al Teatro Globe con su hermano. Mira a los desconocidos que la rodean, con sorpresa y algo de recelo, no termina de entender las distintas emociones que los atraviesan. Su mirada va de ellos al escenario. Al principio el uso del nombre de su hijo le parece una traición, se enoja, quisiera gritárselo a la cara a su marido –Shakespeare– y advertírselo a todos los que la rodean.
Pero a medida que la representación avanza comienza a comprender el mecanismo de la ficción: ese niño que aparece en el escenario no es el suyo, aunque también lo es. Se va dando cuenta de que la obra está hecha de fragmentos de su propia pérdida, de gestos, palabras, recuerdos transformados por la ficción. La cueva de Hamlet es su propia cueva. Por fin, cuando el público extiende las manos hacia el escenario, ella los imita, ya es parte de esa comunidad. Y por primera vez desde la muerte de su hijo, Agnes sonríe, con una risa que es pura emoción. Porque entiende que el dolor más íntimo de su vida fue convertido en representación pública, y que su hijo ya no le pertenece solamente a ella, que ahora vive en la imaginación de otros. La ficción no traiciona necesariamente la experiencia vivida, sino que puede darle una segunda existencia. Y Agnes no está sola con su recuerdo: está parada entre espectadores que ríen, se estremecen y miran junto a ella. Su duelo dejó de ser privado.
Cada lunes, cuando se representa Como Bestias, la novela de Violaine Berot que adaptamos para el teatro con Marcelo Moncarz, yo me siento una privilegiada. Cuando Marcelo pide que apaguen los celulares, cuando la música invade el escenario y el silencio la sala, cuando una actriz representa la violencia que sufrió en el pasado y otra el dolor por lo que está atravesando a su hijo, cuando las hadas cuidan a los niños, cuando ese pueblo de montaña me cuenta sus prejuicios, cuando alguno de quienes lo habitan se muestra solidario con ese chico con capacidades diferentes acusado no se sabe de qué, cuando se apagan las luces sobre el escenario a manera de “baja el telón” y el público aplaude concentrado y conmovido como si fueran parte de una ceremonia religiosa, cuando los dieciséis actores mueven levemente la cabeza agradeciendo ese aplauso, cuando nos quedamos comentando la obra en el bar del teatro hasta las tantas de la noche. Soy privilegiada, como todos los que estamos ahí, miembros de la compañía o del público, sin que importe tanto si la obra les gustó o no, sino que somos parte de una comunidad a la que durante ese tiempo, en nuestra habitación blindada del no pánico, no nos llegaron las balas de la realidad. Y lo que deseo cada lunes cuando soy consciente de eso es que mucha más gente esté al mismo tiempo, en otras salas, en otros teatros, sintiendo lo mismo. Que aunque sea por ese tiempo y en ese espacio, en nuestro lugar protegido de las balas, hayamos vencido al algoritmo.