El arte hecho cuerpo
La memoria colectiva vive en las historias que una sociedad se cuenta a sí misma, que pone en circulación. Les da vida al volverlas relato. Eso también pasó con la dictadura.
La memoria colectiva vive en las historias que una sociedad se cuenta a sí misma. En las que compartimos a lo largo de los años, como si siguiéramos reunidos alrededor del fuego. Esas que perduran en el imaginario común. El filósofo alemán Walter Benjamin escribió en su ensayo El narrador que las historias que resisten al paso del tiempo no son las que transmiten información, sino las que transmiten experiencia. Relatos que van de una persona a otra y que, de algún modo, se meten en el cuerpo de quien escucha o de quien lee, para que, hechas cuerpo, se cuenten a otros más adelante.
En la Argentina, la literatura, el cine, el teatro o la plástica han sido vías muy persistentes para contar lo que ocurrió durante la dictadura (la música también, pero eso se lo dejo a mis compañeras de newsletter Romina Zanellato y Fio Sargenti, que saben mucho más que yo de la materia). El miedo, la pérdida, la búsqueda, la resistencia, la violencia, la injusticia, el dolor, la muerte y las desapariciones de aquellos años, están presentes en numerosos hechos artísticos de altísima calidad. Y esos hechos no sólo abonan la memoria de quienes vivimos los años más oscuros de la Argentina, sino que también les cuentan lo sucedido a nuevas generaciones que ni siquiera habían nacido por ese entonces. Es probable que, si las historias les llegan a ellos –los post dictadura– evocadas en un libro, una obra, una canción, un cómic o una película, sin pretensión de clase de historia sino de experiencia vivida, las adopten como memoria propia. Un legado de un valor incalculable que nos permite avanzar como sociedad.
Desde el regreso de la democracia hasta hoy, la dictadura argentina ha sido narrada una y otra vez por la cultura. Cada generación encontró su forma. Cada artista su instrumento.
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En el cine, por ejemplo, hay películas insoslayables. Menciono sólo algunas, hay muchas y muy buenas. La historia oficial, de Luis Puenzo, que ganó el Oscar a mejor película extranjera en 1986, fue una de las primeras en poner en el centro el drama de los niños apropiados. Décadas después, El secreto de sus ojos, de Juan Campanella, basada en un libro de Eduardo Sacheri, también ganó el mismo Oscar; el relato empieza antes del comienzo de la dictadura y termina en democracia, pero describe hechos atravesados por las circunstancias y los personajes de esos años nefastos. Las icónicas películas de Fernando Pino Solanas, los que se fueron para sobrevivir y los que se quedaron: El Exilio de Gardel y Sur.
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SumateOtras películas, como Garage Olimpo (de Marco Bechis), Kamchatka (de Marcelo Piñeyro), La noche de los lápices (de Héctor Olivera), Crónica de una fuga (de Adrián Caetano), Mentiras verdaderas (de Nicolás Gil Lavedra), Infancia clandestina (de Benjamín Ávila) o Argentina, 1985 (de Santiago Mitre), exploraron distintos ángulos: los centros de detención y exterminio, la mirada de los hijos, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, las historias de sobrevivientes, el juicio a los dictadores. Varias de ellas –Kamchatka, La noche de los lápices, Garage Olimpo, Argentina 1985– son proyectadas habitualmente en escuelas secundarias de distintos puntos del país.
En la literatura ocurre algo similar. Novelas, cuentos, poesía y testimonios han ido construyendo una cartografía cada vez más compleja de aquellos años: La casa de los conejos, de Laura Alcoba; Los topos, de Félix Bruzzone; Dos veces junio, Ciencias morales y Confesión, de Martín Kohan; Una misma noche, de Leopoldo Brizuela. Más recientemente, libros como Aramburu, de María O’Donnell, Salvate vos, de Juan Carrá, o La llamada, de Leila Guerriero, volvieron a abrir preguntas incómodas sobre algunas de las zonas más difíciles de narrar de nuestro pasado.
El teatro, siempre tan atento a las heridas de la sociedad argentina, temido por los dictadores –aunque incendiaron la sala El Picadero, no pudieron acabar con el movimiento Teatro abierto–, también trabajó mucho sobre esta parte de nuestra historia. Mi vida después, de Lola Arias, puso en escena a hijos de protagonistas de los años setenta, reconstruyendo las vidas de sus padres a través de fotos, cartas, ropa, recuerdos. Mi vida anterior, de Dennis Smith, basado en el libro de Teresa Donato Desaparecida dos veces, explora, en la voz de una madre y su hijo, cómo el pasado sigue filtrándose en las vidas presentes. Un domingo en familia, de Susana Torres Molina, reconstruye la captura del militante montonero Roberto Quieto; Potestad de Tato Pavlosky, el monólogo de un dictador que le habla a su hija apropiada. En la extraordinaria La memoria futura, las actrices encarnan relatos de las Abuelas, mientras caminan junto al público por el Parque de la Memoria: su voz, frente al Río de la Plata, junto a la lista de personas desaparecidas durante la dictadura tallada en la piedra, es una experiencia teatral inolvidable.
La plástica, que puede parecer menos indicada para transmitir una historia, no se queda atrás. Por el contrario, en ocasiones su potencia narrativa atraviesa el cuerpo de quien observa como un sablazo. Pienso en la contundencia de la serie Nosotros no sabíamos, de León Ferrari, una recopilación de recortes de diarios del 76 que lograron escapar a la censura; en Manos anónimas, de Carlos Alonso, una muestra que fue interrumpida por el golpe del 76 y pudo reconstruirse 43 años después; en numerosas producciones de Diana Dowek, destacada artista que plasmó imágenes tremendas relacionadas con conflictos políticos sociales y con los derechos humanos; o en Buena memoria, las fotografías intervenidas de Marcelo Brodsky, que a partir del archivo familiar invitan a la reflexión colectiva sobre aquellos años.
Así, como lo demuestra esta lista incompleta a la que podrían sumarse muchos más ejemplos, la memoria cultural funciona como una conversación larga, sin apuro, reposada. No termina en cada producción, sino que cada libro, cada película, cada obra agrega una capa nueva. A veces corrige, a veces discute, a veces ilumina zonas que habían quedado en sombra. La vamos conformando entre todos. En los últimos tiempos, a mi propia memoria se le agregaron más capas: un libro, una película, una obra de teatro. Tres hechos artísticos muy distintos entre sí, pero que, sin embargo, dialogan, cada uno a su modo, con la dictadura y sus efectos en el presente.
Un libro: Materia de memoria. Una compilación que hizo Victoria Torres y publicó recientemente Planeta. El libro reúne relatos de hijos e hijas de desaparecidos y de exiliados. Cada texto parte de un objeto: algo que quedó de ese tiempo y que funciona como disparador de la memoria. Una carta, una fotografía, un par de sandalias, un triciclo, un dibujo, el pedazo de una campana, un utensilio doméstico, un fragmento mínimo que sobrevivió al paso del tiempo. A partir de esos objetos los autores reconstruyen historias familiares atravesadas por la desaparición, el exilio y la militancia, pero desde el punto de vista particular de los hijos de los protagonistas, testigos con ojos de niños. Son textos que no hablan sólo del pasado, sino de cómo ese pasado sigue filtrándose en el presente: en las preguntas que quedaron abiertas, en las identidades que debieron reconstruirse, en las formas particulares que adopta la memoria familiar. No es casual que muchos de los relatos de la generación de los hijos se construyan alrededor de objetos. Cuando faltan detalles de la historia, cuando hay huecos o silencios, la memoria empieza por lo material, por aquello que quedó.
Una película: Traslados. Un trabajo de Nicolás Gil Lavedra que volvió a traer el tema de la dictadura a la discusión pública, al convertirse en el documental más visto en la plataforma Prime Video durante varios días. La película se concentra en uno de los eufemismos más siniestros de la dictadura: los “traslados”. La palabra que en los centros clandestinos se usaba para nombrar lo que en realidad era otro destino: la muerte. Vuelos en los que subían a detenidos ilegalmente, los adormecían y los arrojaban al río. El documental reconstruye ese mecanismo, incorpora testimonios claves –como el de la periodista Miriam Lewin–, revela datos poco conocidos, y vuelve a mostrar algo que el paso del tiempo no logra borrar: la dimensión sistemática del terrorismo de Estado.
Una obra de teatro independiente: Alguien contará esta historia, de Gina Cundari, que se presenta los domingos en el teatro El Grito. Es la etapa final de la dictadura, cuando en el descabellado afán de encontrar una épica que mantenga a los militares en el poder, un irresponsable General Galtieri se propone recuperar las islas Malvinas, con el costo en vidas y en traumas que trajo ese conflicto bélico. La obra, basada en hechos reales, pone en escena a cuatro soldados y, a partir de sus voces, conecta la guerra con la dictadura que la precedió y que agoniza. Pero sobre el escenario no se muestra el combate, sino la vida cotidiana de esos muchachos que tratan de que pase el tiempo, mientras sueñan con volver a casa. Su estado de ánimo sufre los vaivenes que provocan las cartas que llegan y las que no llegan. Cuando fui a ver esta obra, en la sala había un ex combatiente que fue invitado a subir al escenario. Él mismo había sido uno de esos jóvenes soldados que esperaban sus cartas. Saber que un protagonista de esa historia estaba en la sala, mirando la representación de lo que había vivido, le dio a la función una intensidad especial. El teatro tiene esa potencia: en un espacio pequeño, con pocos actores y casi sin escenografía, logra crear la magia de que aparezca una época, y nos invita a participar a todos, en las butacas o en el escenario.
Estos tres hechos artísticos también se empeñan en que no olvidemos y se suman hoy, como una capa más, a la memoria colectiva para contar lo que fuimos y lo que somos. Los archivos guardan documentos y los tribunales establecen responsabilidades, pero el arte hace algo distinto: vuelve a poner las historias en circulación. Les da vida al volverlas relato, al hacer que entren en un cuerpo para luego salir a cumplir el ciclo eterno de la narración.
Hace más de veinte años, una amiga mía, Luisa Hairabedian, mientras caminábamos para hacer ejercicio después de regresar cada una de su trabajo, me contó la historia de su familia, atravesada por el genocidio armenio y por la dictadura argentina. Su abuela, sobreviviente de aquel genocidio, cuando los militares entraron a su casa de Córdoba para llevarse a una de sus nietas, empezó a gritar: ¡Volvieron los turcos!, ¡volvieron los turcos! Y se murió creyendo que habían sido ellos quienes la habían secuestrado. Distintos tiempos, distintos lugares, el mismo terrorismo de Estado. Ese relato, como decía Benjamin, se me metió dentro con la voz de mi amiga y apareció tiempo después como una obra, Un mismo árbol verde, para seguir rodando, para dejar de ser de Luisa o mía, sino de todos.
No dejemos de transmitir historias que perduren, pequeñas o grandes, porque ése es uno de los actos de resistencia fundamentales: alguien las escuchará alrededor del fuego, alguien las guardará dentro de su cuerpo, y, tarde o temprano, alguien las volverá a contar sumando una capa más a nuestra memoria colectiva, esa larga conversación dispuesta a seguir creciendo.