La apariencia frente a los otros y frente a uno mismo no siempre es un espejo. Disipar el humo de querer “ser alguien”, “ser algo”, el gran aprendizaje.
Parece que conformamos una masa: leemos lo mismo, vamos a los mismos lugares, viajamos de la misma manera, miramos las mismas películas. No hay ninguna singularidad posible.
La subjetividad de la época promueve una relación entre las formas de concebir ciertas relaciones y algunos modos en los que nos movemos en la banalidad de lo cotidiano.
La vida hipermoderna, asediada por preocupaciones y la precariedad, hace que una persona sea incapaz de traducir la existencia en experiencia, a pesar de su marketing.
Pensar es dudar, hacer vacilar las certidumbres; es abrir hiatos, interrogar las certezas, propias y ajenas. Hacer lugar, distraído y en el desvío, a eso que no se espera.