Algunas notas sobre algunas cosas

La subjetividad de la época promueve una relación entre las formas de concebir ciertas relaciones y algunos modos en los que nos movemos en la banalidad de lo cotidiano.

I. A mí me molesta un poco esa categoría que, cada tanto, yo misma me encuentro usando: subjetividad de la época. Hoy no me termina de convencer porque ya está gastada y nadie sabe bien qué decimos cuando lo decimos. Se trata de una advertencia de Lacan lanzada a los psicoanalistas –que solemos repetirla hasta sacarle todo y reducirla a nada–: “Mejor que renuncie aquel que no puede unir su horizonte a la subjetividad de su época”. Es una frase dicha en ese tiempo en el que Lacan planteaba la cuestión de la situación del psicoanálisis después de Freud. Era un momento en el cual le preocupaba, justamente, que el psicoanálisis se viera reducido a palabras gastadas, que se le extirpara al descubrimiento freudiano su carácter subversivo. La frase apuntaba, según leo ahora –uno lee también metido en su época–, a que los psicoanalistas, en el consultorio, no solo no estamos por fuera de “la época”, sino que debemos conocer la espiral de la historia en la que somos arrastrados (el subrayado es mío). Luego dice algo que me gusta mucho: que el analista “sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes”. Esta advertencia no apunta a que un analista sea capaz de leer la realidad en la que está metido para hacer, por ejemplo, un análisis político o sociológico, sino al lugar desde el que escuchamos, y también y sobre todo a un modo de concebir el sufrimiento de aquellos a los que escuchamos. 

Porque el sufrimiento también está tramado con los discursos, con las estructuras de poder de un momento, con las alienaciones y las opresiones propias de un tiempo, con las palabras y su discordia, con la guerra de los lenguajes. Los síntomas están hechos también con todo el ruido, con las palabras y los modos de satisfacción de un momento. Las formas que cobra el malestar tienen una parte que varía según los tiempos que se viven. Y el psicoanálisis, como práctica, también es parte del malestar en la cultura. Es indispensable, además, distinguir subjetividad de sujeto, para no confundirlos y para no confundir lo que hacemos en el consultorio con lo que hacemos cuando intentamos leer algo de “la subjetividad de la época”. Y para no transformar el psicoanálisis en un saber aplicable a la realidad, a la política y a lo social.

Igual no me gusta decir subjetividad de la época. Porque además me parece un poco mucho creer que uno está pudiendo leer “la época” (¿desde dónde hasta dónde es una época?) en la que está metido. Uno lee cositas, fragmentos, un estado de ciertas cosas, insistencias, malestares, formas de decir, maneras de hacer, que solemos llamar “la época”. Y en ese intento uno también está tratando de entender algo. 

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Me gusta la manera en la que Florencia Angilletta, en su libro Zona de promesas, define, más que época, lo epocal: “Un estado de la imaginación pública, un hojaldrado de sensibilidades, flujos ciegos, espectros, promesas, en un amasado no siempre coincidente, que lleva encima emergencias, continuidades, rupturas, desvíos”. Uno lee y escribe metido en lo epocal, no por fuera; arrastrado por la espiral de la historia, inserto en la discordia de los lenguajes, intentando sacar la cabeza del agua de los sentidos asfixiantes, tratando de respirar en medio del humo de la realidad, ensayando formas de salir del aplastamiento de la espesa selva de lo real. De modo que, tal y como yo concibo estas lecturas que escribo acá, se trata menos de un saber que de preguntas, menos de certezas que de dudas, menos de claridad que de opacidad. Si no podemos ver claro, dijo Freud, al menos veamos mejor las oscuridades.

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II. Es así que a veces me encuentro pensando en ciertas cosas que son, en principio y en evidencia, muy disímiles, pero que conviven. No considero que las relaciones entre estas cosas sean de causa-efecto, sino más bien de contigüidad, de cercanía, están al mismo tiempo, son contemporáneas entre sí. Hay un aire común que las hace posibles en un mismo momento, hay partículas flotando que van a posarse sobre ciertas maneras, ciertos modos, ciertas formas. Pensemos en las formas, no en el contenido. Se me ocurre que hay una relación entre las formas de concebir hoy en día ciertas relaciones y algunos modos en los que nos movemos en la banalidad de lo cotidiano. Por ejemplo, la relación entre el etiquetado frontal de los alimentos y las maneras en que las personas pretenden transparencia y un saber anticipado cuando se relacionan entre sí, que el otro venga con etiquetado frontal. Igual que cuando compramos un yogur, queremos saber anticipadamente qué vamos a “consumir” en esa relación. No queremos que nada nos haga mal. Queremos leer las etiquetas y los rombos negros y decidir en función de eso. Como si en el amor se tratara de información. Como si la información alcanzara, o sobrara o faltara. ¿Cuántas veces un amor empezó “a pesar” de cierta información que teníamos del otro? ¿Cuántas veces un amor se terminó aun cuando la información que teníamos era deseable? Como si el deseo necesitara información. Y el deseo, precisamente, se engancha de un no sé qué, no requiere tener información del otro; es más bien un enigma el modo en que ese algo del otro, que no podemos precisar qué es, nos engancha. El amor, cuando no se trata del Ideal del amor, el amor que puede conjugarse con el deseo, no necesita tener información ni saber sobre el otro. 

Lo que mueve el deseo no son las características personales de alguien, sino eso que siempre es un poco extraño, difícil de clasificar y de encasillar. Pienso en este momento en el que existe un exceso de información, de “contenidos” por todos lados, y la pretensión de que el otro venga con su etiquetado frontal, que sea un contenido más que podamos consumir. Como si saber sobre el otro nos mantuviera a resguardo y nos diera garantías. Como si el deseo se tratara de hacer una lista de pros y contras del otro. “Esto es discontinuo, errático, como lo es siempre el deseo: no se trata de una sabiduría, sino de un deseo”, dice Roland Barthes.

III. Noto también una relación entre la autogestión de todo, el ensimismamiento y la falta de registro del otro. ¿Vieron que ahora todo lo tenemos que hacer nosotros?: bajar la app, registrarse, escanear el código, hacer miles de trámites para poder cobrar un trabajo, mandarle al plomero el video de lo que hay que arreglar, mandarle a la peluquería una foto de nuestro pelo y una “refe” del que queremos, cargar nafta solos, gestionar todo en autoservicio del banco, subir la documentación al TAD, etc. etc. etc. Hola, cansancio, hola, estamos exhaustos. Hola, estamos concentrados haciendo cosas todo el tiempo en nuestro celular, no podemos levantar la cabeza de la pantalla y no podemos advertir que hay otros, no podemos mirar nada más que la pantallita en la que sucede todo.

IV. Advierto también una convivencia entre las distintas maneras en las que no se está dispuesto a perder nada (las actividades presenciales no solo se transmiten online, sino que se graban y se guardan), en las que no se está dispuesto a perderse de nada (las personas que no pueden asistir a una actividad presencial preguntan si se va a transmitir online); ciertos docentes que no quieren hacer paro porque “los chicos van a perder clases” (el infantilismo y el paternalismo lo despolitizan todo), y la invasión constante de ruidos e imágenes en la que no hay lugar para perder, no hay espacio para poder perder. Todo está colmado, atiborrado, lleno, todo desborda, hastía, agobia, encierra, atormenta, persigue, aplasta. ¿Qué vida es posible sin pérdida? ¿Qué juego? No hay vida ni juego si no hay espacio, pérdida, falta. Otra vez: no es un análisis lo que hago, ni establezco causas de nada. Solo advierto ciertas cosas conviviendo, el hojaldrado del que habla Angilletta.

V. Pienso en las formas que adoptan hoy el tedio y la falta de entusiasmo en las relaciones con otros –incluida la amistad, según escucho a veces– y las múltiples confirmaciones que la gente manda o pretende recibir una vez que se arregló un encuentro. Desde el plomero hasta la depiladora, pasando por el odontólogo, el productor de radio y el electricista, hasta el encuentro con amigos; citas laborales o personales: todo se confirma varias veces y por varios medios. A veces, hasta un rato antes de la cita (en ocasiones dan ganas de no ir solo para agujerear un poco esa demanda insistente en nuestra presencia). Hay una especie de terror a la falta de uno, o del otro. Ya no hay resquicio para faltar a la cita, pero tampoco lo hay, según creo, para la pequeña adrenalina vital que suscita esperar que alguien llegue a nuestro encuentro –¿vendrá o no vendrá?–. Ya casi nadie toca el timbre, avisa antes por teléfono que está en la puerta, o que está llegando, o viniendo o yendo, y nos inundan los gerundios por todos lados. Ya casi nadie mira y conoce la ciudad, se mira el GPS y nunca, nunca, nos queremos perder, desentendernos un poco. Perdernos del mundo un rato. 

Hay una pretensión de hacer de la contingencia y el encuentro con alguien algo asequible, transitable con GPS: sin desorientación y sin pérdida, guiados por la voz de otro que nos indica por dónde ir y de dónde salir, el que sabe lo que nos conviene y lo que nos suma para no perder nada –por eso está lleno de influencers de la vida–. El reaseguro del reaseguro del reaseguro. Ya sabemos anticipadamente hacia dónde vamos, dónde estamos, quiénes vendrán, cuándo llegarán. Todo minuciosamente registrado. La vida entera plasmada en una agenda atiborrada. La vida entera cronometrada y fijada en una cronología tristísima. Nunca, pero nunca perdamos tiempo; que jamás se nos ocurra perder la cabeza, dejarnos ir, hacernos falta.

VI. Adiós a la forma, bienvenido el contenido. Adiós a lo inesperado, bienvenido el tedio de lo esperable. Adiós a la sorpresa, bienvenido el aburrimiento de la precaución. Adiós al enigma, bienvenido lo explícito. Adiós a la equivocidad vital, bienvenida la explicitación tediosa. Adiós al encuentro fortuito, bienvenida la planificación obsesionada. Adiós al lazo con la diferencia, bienvenido el ensimismamiento individualista y el gesto silenciador de lo disímil.

VII. Anne Dufourmantelle escribe su precioso Elogio del riesgo –Nocturna editora– leyendo los imperativos de la precaución y del reaseguro que se inmiscuyen en los discursos de la realización de sí, en los supuestos beneficios de “volverse uno mismo” que no hacen sino alimentar “el mercado mundial del reaseguramiento”. Es ahí que señala el modo en que se estigmatizan la duda y la fragilidad. Señala el modo en que “la precaución se ha vuelto norma”. Su antídoto, a lo largo de la serie de ensayos, es poner el riesgo a favor de la posibilidad de habitar una vida vivible. ¿De qué se trata el riesgo? Lejos de hacer una apología de los deportes de riesgo, o de esos moralismos cínicos que empujan a vivir una vida de cualquier manera, Dufourmantelle define el riesgo como aquello que “abre un espacio desconocido”. Un riesgo no es una locura pura, tampoco una conducta apartada de las normas, ni siquiera un acto heroico. Se trata de un riesgo que es kairos, “el instante decisivo”. Se trata de un riesgo que se precipita como resistencia a la vida sofocada, esa que calcula, que no pone en juego nada, que no pone de sí; esa vida que pretende saberlo todo anticipadamente y vivir con garantías. 

El riesgo del que Dufourmantelle se ocupa es, en cambio, el de la posibilidad de “la irrupción de lo inédito”, es la posibilidad de que se dibuje una línea en el horizonte que habilite el desplazamiento como contrapartida a la fijeza de los pretendidos saberes que inmovilizan. Es lo inédito en las antípodas de lo que ya se sabe, de lo que ya está escrito, es lo inédito que se suscita si se está dispuesto a vivir sin rechazar lo incierto. Dibujar un horizonte que es siempre el horizonte del deseo. Cada tanto vuelvo a este libro y lo abro como quien se dirige a un oráculo.

VIII. Ahora leo a Katherine Mansfield en Mordiscos a la manzana –editado por Overol–, un libro sutil y bello que me regaló una amiga que quiero mucho, y dice: “Amo el azar y odio la certeza, no hay apoyo más mísero del cual depender. Si descansas en ella, es tan rígida que se quiebra. El azar es flexible, ofrece la posibilidad de ceder con delicadeza”.

Y también:

“La vida es un enorme juego de ‘Encontrar el dedal’, sin esa deliciosa e infantil certeza de que hay un dedal por encontrar”.

Es psicoanalista y docente de posgrado. Es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autora de los libros Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019, IndieLibros), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020, Paidós), Un cuerpo al fin (2022, Paidós) y El sentido del humor (2024, Paidós).