Formas de ser

La apariencia frente a los otros y frente a uno mismo no siempre es un espejo. Disipar el humo de querer “ser alguien”, “ser algo”, el gran aprendizaje.

I. El otro día una amiga me hizo un comentario que me dejó pensando: “X es muy parecida en on y en off”. Se refería a que en lo público dice cosas parecidas a las que dice en privado, a que lo que dice en público lo hace en privado, a que sus prácticas son bastante consecuentes con sus dichos. Me interesó lo que decía porque detesto especialmente aquellas posiciones que, justamente, son opuestas en on y en off, los que se van de boca sosteniéndose en el buenismo y nunca revisan sus propias prácticas, los que critican el poder pero después, cuando tienen un poquito, lo usan y lo usufructúan para pisarles la cabeza a otros, los que se indignan en público y levantan el dedo, pero después en privado hacen eso mismo que denuncian, etc., etc., etc. No se trata de contradicciones, esas que todos tenemos; tampoco se trata del desfasaje esperable de no coincidir siempre con nosotros mismos, tampoco de la opacidad que nos atraviesa; mucho menos de la idea de que uno no siempre es el mismo; se trata, más bien, de hipocresía, de actuar las apariencias, de mostrarse, justamente, sin ninguna grieta. Por supuesto que las escenas son distintas, por supuesto que eso no significa que se diga cualquier cosa en cualquier lado. Por supuesto que estoy advertida, me interesa y me ocupo de no perder de vista los distintos registros. Pero me estoy refiriendo a otra cosa.

II. Pienso en la frase “cuidar las apariencias”, creo que ahora se puede leer así: cuidarse de no sostenerse en las apariencias, cuidarse de no estar aparentando. No ya lo que no somos, sino tampoco, y sobre todo, lo que creemos ser. Porque además, el ser no es una esencia, ni una cosa dada, ni es fijo. Es un efecto del decir, es un hecho de dicho. Está hecho de esos dichos. Y esos dichos vienen del Otro. Por eso Lacan sostiene que el ser está perdido en el basurero del Otro. Ponerse a hablar –y escucharse– es, justamente, equivocar un poco esa solidez de la pretensión de ser, advertir que esa pretensión de ser está hecha, es un pastiche, un artificio, un pequeño Frankenstein que lleva el nombre de su hacedor: un Otro que nos nombra y que nos pone a andar torpemente, con las suturas a la vista, aunque pretendamos disimularlas. El inconsciente interrumpe, le sale al cruce, a ese bodoque pesado, a ese yunque insoportable del ser. Cada vez que hablamos, se evidencia la distancia entre el ser y el decir, y el decir nunca alcanza para nombrar el ser. Y es que, como dice Luis Gusmán, “ante el lenguaje cualquier sujeto es incierto”. 

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III. Estar pendiente –es decir, colgado– de la imagen de “ser analista”, agarrarse al sillón y creerse siempre a salvo, creer que se puede SER psicoanalista y encarnar una imagen determinada. Impostarse, simular, pretender, infatuarse. Siempre elegí analistas poco serios, muy graciosos y algo despistados, en el sentido de poco pendientes de la pista de la imagen. Me gustan los analistas que no actúan de analistas. Que no aparentan. Y entonces me acuerdo de esta cita de Lacan: “Sean entonces más sueltos, más naturales cuando reciban a alguien que viene a pedirles un análisis. No se sientan obligados a darse importancia”. Y en otra traducción dice: “No se sientan tan obligados a darse ínfulas”. Me gusta más “ínfulas”, definitivamente. Ir soltándose, no darse importancia, ni ínfulas: no es que uno lo pueda hacer voluntariamente. Es un trabajo enorme, horadar la imagen de sí puede llevar años de análisis. Pero sin eso no hay analista posible. Y, aún así, el analista nunca está garantizado. Justamente porque no es un ser ni es una profesión. Sacarse de encima los lastres de la pretensión de ser, pero también de parecer. Alguna vez pensé que analizarse produce, entre otras cosas, dejar de babearse fascinados por el saber del otro y dejar de fascinarse con las apariencias del otro, dejar de mirar obnubilados las luces del otro, dejar de fascinarse con el ser del otro; dejarse llevar por el estilo singular e inconsciente y no por la imitación.

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IV. Disipar el humo de querer “ser alguien”, “ser algo”: si tuviera que resumir qué efectos tuvieron en mí los análisis, diría eso. Y sin eso encima, la cosa se aliviana bastante. Atravesar el espejo, ahí está la cifra de un mundo inmenso que se abre. 

V. Ya de niños nos acucia la pregunta del mundo adulto: “¿qué querés ser cuando seas grande?”. A veces esa pregunta nos lleva puestos y quedamos boyando toda la vida. Pienso en la enorme diferencia que existe entre querer ser alguien, moverse en pos de eso, y los efectos de una elección orientada por el deseo, incluso cuando no se sabe, sobre todo cuando no se sabe.

VI. Cada vez que escucho a alguna persona que admiro, que considero talentosa, recorrer sus comienzos, o las maneras en las que llegó a hacer lo que hace, advierto que casi nunca se definen por el querer ser, sino por algo que los empujaba, algo que no podía desoírse, algo que no era demasiado bien definido. Una apuesta al deseo que, siempre titubeante, está en las antípodas del querer ser alguien.

VII. Hay muchos ejemplos de cómo en estos tiempos de exposición de la vanidad –en la que todos más o menos participamos, no del mismo modo, pero ahí estamos– van haciendo que las relaciones que se establecen también estén tomadas por la lógica de la vidriera y se vayan tiñendo de suposiciones de lo que el otro hizo para ser alguien. Cynthia Fleury, en su libro Aquí yace la amargura, de Siglo XXI editores, dice: “Compararse todo el tiempo acaba por hacer de sí una medida o, mejor dicho, secuenciar un ser para que pueda comparárselo con el de otro, él mismo integralmente incomparable por ser singular; pero el afán de compararse traiciona el vacío que lo anima, el miedo de no ser nada: entonces el sujeto busca, y se compara, para verificar que es mejor o, a la inversa –lo que equivale a un tipo de alienación diferente pero igualmente dañina–, que es inferior y he aquí lo que se torna insoportable, tanto que será preciso viciar los valores y denigrar al otro para invalidar esa comparación que nos ha devuelto una imagen tan mala de nosotros mismos”.

VIII. Si las apariencias engañan, el primer engañado es el que aparenta.

IX. En una oportunidad, Diego Maradona fue internado en una clínica, que era más bien psiquiátrica, y dijo: «En esta clínica, uno dice que es Napoleón; otro piensa que es San Martín… ¡Y a mí no me creen que soy Maradona!». El ingenio y la agudeza de Maradona son sutiles vectores de verdad. Si alguien no se creía Maradona, era Diego Armando Maradona –hablar de sí en tercera persona, porque algunos periodistas le preguntaban en tercera persona, acaso haya sido esa cuña que le permitió no identificarse con Maradona–. Y es que una cosa es el narcisismo que nos constituye y otra es la infatuación, el delirio, la locura de creerse ser. La infatuación cifrada en eso que Lacan señala: «Si un hombre cualquiera que se cree rey está loco, no lo está menos un rey que se cree rey”. Creerse el ser, creerse ser: pocas cosas más delirantes. 

X. Alguna vez pensé que cuanto menos uno quiera “ser alguien”, mejor puede hacer lo que sea que hace. Pretender ser alguien está en el extremo opuesto del deseo (el deseo está articulado a una falta en el orden del ser y en el orden del tener). Porque el deseo va escribiendo ciertas coordenadas que paradójicamente nos permiten desorientarnos de esa pretensión de ser alguien. Saber perderse, saber perder; saber inventar un recorrido que no está previamente señalizado. Inventar, inventar. Inventar siguiendo esas pistas. El deseo se abastece de nada nombrable, es un rollo –en el sentido también de temita, de problema–, hecho de nuestras fibras más singulares. El deseo no es un camino transparente, sino bastante opaco, en el que uno va a tientas, sin ver demasiado hacia adelante; es sinuoso y puede ser enredado, y por supuesto es sin garantías. El deseo es oscuro, enigmático, imposible de definir. Es errático y discontinuo. Y, a la vez, orienta. Desear es un verbo intransitivo: no se trata de desear algo, sino de desear, a secas. Siempre me acuerdo de Osvaldo Umérez diciendo: “el deseo es la única forma de asir un destino singular”.

Es psicoanalista y docente de posgrado. Es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autora de los libros Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019, IndieLibros), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020, Paidós), Un cuerpo al fin (2022, Paidós) y El sentido del humor (2024, Paidós).