Historia de una calle

El cielo cambia con los edificios, también las juegos en la vereda con el tráfico, pero la niñez se sostiene en la permanencia de un hogar.

El primer cambio de importancia, que yo recuerde (cuando digo “de importancia”, me refiero ni más ni menos que a eso: a que lo recuerdo) fue el día en que la calle pasó a tener “sentido único”. Aparecieron en las paredes los carteles de flecha amarilla sobre un fondo siempre azul. Hasta ese momento, la calle tenía mano y contramano. No por eso, hasta ese día, la habíamos pensado o sentido como calle de “doble mano”; eso era más bien de avenidas, más de Libertador o de Cabildo. La nuestra era, con más simpleza, una calle por la que los autos iban y venían, para acá o para allá, según se diera, y un código de urbanidad implícito pero notorio regulaba en cada caso quién pasaba o esperaba si se daba que los autos estacionados apretaran un poco el margen de circulación. Tal vez fue desde el momento en que la calle pasó a tener una sola mano, que notamos que hasta entonces había tenido dos.

Se acababa entonces el ir y venir. Ahora los autos pasarían siempre desde Jaramillo hacia Republiquetas (mirado desde mi casa, desde la izquierda hacia la derecha), y eso cambió evidentemente nuestra manera de cruzar y de mirar. Lo pienso sobre todo en relación con la costumbre de los chicos de la cuadra de jugar a la pelota en la vereda. Si la pelota se iba a la calzada (del espacio del caminar al espacio de los autos) y no volvía por sí misma (porque de ahí vino el descubrimiento de que las calles tenían pendiente), ya no había que mirar para los dos lados antes de salir corriendo a buscarla (el “mirar para los dos lados” había formado parte de nuestra educación fundamental), sino solamente para el lado de Jaramillo. Era ahora desde ese lado, únicamente desde ese lado, que podía llegar a aparecer un auto (y antes que el auto, el sonido de su motor, porque en general la cuestión se jugaba en la escucha antes que en la visión; por entonces, además, esa escucha se entrenaba, pues los motores sonaban distinto: no sonaba igual un Fiat que un Citröen, no sonaba igual un Citröen que un Falcon, y ninguno sonaba como sonaba un Torino).

Podía suponerse (tal vez lo supusimos) que, al pasar a tener una sola mano, se inauguraba para nuestra calle una era de reposo y parsimonia: menos autos, menos ruidos, menos trajín. Pero se trataba, en realidad, de lo contrario: era precisamente en razón de que circulaban más autos, que había sido necesario establecer una mano y una contramano. Nuestra calle no dejaba de ser esencialmente una calle tranquila; lo seguía siendo, y no solamente respecto de Libertador, sino también respecto de Republiquetas o de Manuela Pedraza (que eran calles con colectivos). Pero pasaba a ser, eso sí, menos tranquila que ella misma: que ella misma en un pasado reciente.

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Otro cambio de importancia, de recuerdo para mí imborrable, fue cuando levantaron un edificio de veinte pisos en la esquina de Libertador y Republiquetas. Porque así se transformó, y para siempre, nuestra relación con el cielo. Una relación subrayada, en sentido estricto, porque vivíamos frente a la línea de ascenso y descenso de los aviones que salían de Aeroparque o llegaban a Aeroparque. Los veíamos pasar a cada rato, nos habituaron a mirar hacia arriba, nos conformaron como oteadores del cielo. Y ahora el cielo había cambiado.

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La planicie de las casas bajas no imperaba solamente en las cansinas calles de adentro: Arribeños, Juana Azurduy, 3 de febrero, nuestra propia calle. Tampoco la avenida registraba, por entonces, demasiado afán de altura. Hasta que esa mole ambiciosa de franjas blancas y ladrillo a la vista se erigió en Libertador y Republiquetas. Para la modesta escala del barrio, y para la escala en desnivel que es propia de la infancia, habrá equivalido a un, qué sé yo, Empire State. En el barrio siempre plano había ahora algo bien alto, algo que sobresalía notablemente de la línea del horizonte, algo que interrumpía de hecho la existencia infinita del cielo y no podía dejar de verse (para verlo, no hacía falta mirar).

La expresión “demasiado cielo” empezaba a resultarnos impropia. Perduraba en el campo abierto o en los barrios aún más apartados que el nuestro, y pronto aparecería en una canción de los Bee Gees. Para nosotros, sin embargo, cesaba ya sin remedio. La frase “y todo el cielo”, que Homero Manzi le asignó famosamente a Pompeya, pudo habernos convocado hasta entonces; pero a partir de ahora, al igual que en esa letra, nuestro cielo empezaba a ser él también un “cielo perdido”.

La iluminación de la calle consistía en unos focos amarillentos y lánguidos, esporádicos y mustios , que colgaban lúgubremente a mitad de cuadra y en las esquinas, y dejaban caer sobre la calle algo que se parecía más al recuerdo de la luz que a la luz. Esos focos macilentos aportaban alguna visión, pero junto con la visión, múltiples sombras. Imprimían sobre las noches del barrio un paisaje de honda melancolía. Hasta que, en un momento dado, sin anuncios según creo, vinieron y los sacaron. Instalaron, en su reemplazo, unos faroles más potentes, de luz más blanca y pareja, una especie de despertar de lo diáfano que reveló, en las mismas cosas de siempre, en los árboles y las veredas y las persianas de la cuadra, bordes y brillos que hasta entonces no habíamos alcanzado a conocer.

Porque no sólo no podían verse con los viejos focos de antes, sino tampoco con la claridad del día, tampoco bajo la luz del sol. Era una realidad de esta calle que tan sólo cobraba existencia en las noches de esta nueva luz. Porque era eso lo que había llegado a nuestra cuadra, a nuestro barrio: una nueva forma de la noche, que hasta entonces no sólo no habíamos conocido, sino tampoco imaginado.

A los carteles con el nombre de la calle no los reemplazaron: les agregaron, a los que había, otros nuevos, de aspecto más límpido. Pero fue ahí, precisamente, en la decisión de hacer coexistir los viejos letreros con los letreros flamantes, que el cambio se volvió patente. Porque en los viejos letreros se leía: “11 de septiembre”. Y en los nuevos, en cambio, se leía: “11 de setiembre”. Y así quedó en evidencia, por primera vez para mí, en la sencilla realidad de mi calle, que además de modificarse el mundo, las cosas del mundo y el mundo, podían también modificarse las palabras con las que hablábamos del mundo y de las cosas del mundo, o la forma de decirlas al menos. Aquí estaba, sin ir más lejos, setiembre, como variante o alternativa al septiembre de antes o de siempre.

La lengua cambia, en efecto. Pero no porque pongan un cartel y uno vaya a modificar el uso, sino al revés, exactamente al revés: es en el uso donde la lengua cambia, y en un momento dado ese cambio se estabiliza, se establece, se registra y se autoriza. Yo no podía saber, por entonces, la importancia que este cambio en la calle de mi infancia iba a llegar a tener para mí. Eso sí: ante el hecho de la transformación, me atuve porfiadamente al “septiembre” (y mantengo esa tesitura hasta hoy). Por un claro efecto de arrastre, por una incipiente voluntad de apego, me atuve igualmente a “obscuro”, a “consciencia”, etc.

Por esos mismos años, el intendente de facto de la dictadura militar, brigadier Osvaldo Cacciatore, demolía centeneras de viviendas para así abrirles espacio, en Buenos Aires, a las modernas autopistas que de ahí en más la surcarían (las que quedaron sin hacerse sólo dejaron la tierra arrasada). Romper y quitar, golpear y deshacer; creo recordar que mis padres se ocuparon de aclararme que el andar de ese destrozo no habría de llegar hasta nosotros: ni a nuestro barrio, ni a nuestra calle, ni a nuestra cuadra, ni a nuestra casa. No tendríamos que mudarnos, no; ni salir forzados a buscar otro lugar donde vivir. No tirarían abajo nuestro lugar, no nos sacarían a empujones de ahí.

Para cuando nos mudamos, por decisión de mis padres, algún tiempo después, mi infancia había terminado. Vale decir que mi niñez transcurrió entera en ese mismo lugar: siempre en esa misma casa, siempre en esa misma calle. Esa larga permanencia, por lo demás tan apreciable para mí, me hizo pensar que durante esos años nada en verdad había cambiado, que todo lo que hubo y sucedió contó siempre con una escena fija, preservada y sin alteración, asentada en una dichosa continuidad de lo mismo, sin quiebres y sin pérdidas, sin agujeros ni desprendimientos.

Tan sólo en la contemplación retrospectiva, la de la recapitulación o la añoranza, la del adulto viéndose chico, se vuelve evidente esa otra manera de transformarse las cosas; no la de los cimbronazos de los cambios ostensibles, sino la de los cambios tenues, discretos, más bien sigilosos, que van no obstante modificando una vida.

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.