No somos islas
Parece que conformamos una masa: leemos lo mismo, vamos a los mismos lugares, viajamos de la misma manera, miramos las mismas películas. No hay ninguna singularidad posible.
I. Fui convocada por Edelman Argentina a exponer en la presentación del informe del índice de confianza, el Edelman Trust Barometer. En mi caso, no tenía idea de qué se trataba: ni el informe, ni el mundo de la comunicación y las empresas. Pero rápidamente me explicaron que lo que necesitaban era, justamente, una persona que no fuera parte de ese mundo. El auditorio al que me tenía que dirigir estaba compuesto por clientes de la empresa. La idea era que yo hablara del resultado del informe, pero desde mis propias perspectivas, desde mis propios saberes, desde mis propias lecturas. Reconozco que me encanta salirme de mis ámbitos habituales y explorar nuevos mundos, nuevas relaciones, y asumir ese pequeño desafío que implica hablarle a otro auditorio que no es “el de siempre”. También advierto que no existe “el auditorio de siempre”, o que creer que compartimos un universo y, por ende, “nos entendemos”, es un error. Nunca doy por sabidos ni el auditorio cuando hablo, ni los lectores cuando escribo. Porque eso arma una falsa comunidad de entendimiento. Nada peor que las endogamias institucionales, que la idea de que todos entendemos lo mismo cuando compartimos un saber o una práctica o una disciplina. Pero esta vez, tenía que salirme aún más de esa suposición.
Entonces abrí el informe y, ¡oh sorpresa!, me encontré con algo de lo que vengo escribiendo, hablando, pensando. Me encontré con algo que, de alguna u otra manera, sentimos muchos: el aislamiento en el que estamos metidos. Lo sentimos, lo pescamos, lo leemos en el aire, lo entendemos. Pero que un informe de este rigor metodológico, que además es global, haya arrojado ese resultado, me dio mucha impresión.
Hace un tiempo escribí, acá mismo, acerca del encierro y el aislamiento en el que vivimos. Pero me animaría a decir que, de una u otra forma, todo lo que escribo tiene que ver con algo que me interesa especialmente, con algo que insiste en mí: cómo nos relacionamos con el otro en tanto que otro, cómo construimos el lazo cotidiano con los demás, cómo somos, o no, capaces de hacerle lugar a la diferencia. Y no hablo solamente de las grandes diferencias, sino de las más sutiles, de las más pequeñas. Porque considero que el micro lazo con el otro, con aquel con el que nos relacionamos todos los días, ese micro lazo, puede hacernos la vida muy difìcil o la vida un poco más fácil. Ahora recuerdo que también escribí Erótica de la diferencia. Y es que es mi rulo, mi cosa: ¿registramos o no al otro como otro?
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SumateII. Cada año el Edelman Trust Barometer arroja un concepto que intenta sintetizar lo que viene pasando. Como sabemos, las cosas no empiezan de un día para otro. Se menciona que la realidad compartida se fue erosionando a lo largo de veinte años. En 2006, por ejemplo, aparece ya algo del germen de lo que pasa hoy. El informe dice que “una persona como yo» emerge como un vocero creíble. En 2016 emerge “la división masiva de clase”. La salida de la pandemia hace que, en 2023, se “navegue en mundo polarizado” y en 2025 lo que aparece es “la crisis del agravio”. Este año, el concepto que arrojó el informe es la insularidad, es decir, la tendencia de las personas a no confiar, ni a poder estar con otros que piensan distinto, “un mundo que se repliega hacia el aislamiento. A medida que se intensifican la ansiedad económica, la tensión geopolítica y la disrupción tecnológica, las personas reducen su mundo a círculos más pequeños y familiares que reflejan sus puntos de vista, lo que obstaculiza el progreso económico y social”.
Insularidad: se trata de la tendencia creciente a rodearse sólo de personas e información que coincida con el propio punto de vista de las cosas, cerrándose o aislándose cada vez más en eso y dejando de intentar entender o comulgar con otras perspectivas. Es impresionante ver los porcentajes de personas que no están dispuestas a hablar, trabajar o a construir ningún tipo de lazo con aquel que piensa distinto.
III. Freud dice que el sufrimiento amenaza desde tres lados: desde el propio cuerpo que no puede evitar el dolor; desde el mundo exterior, que puede tirarnos su furia encima; y desde los vínculos con otros. Entiendo que las primeras dos fuentes de sufrimiento son las más difíciles de modificar, tenemos menos margen para intervenir. Pero creo que el sufrimiento que viene del vínculo con los otros es el que más espacio nos brinda para maniobrar, moderar, modificar. Relacionarnos con los otros, y por lo tanto con la diferencia es difícil y no va de suyo. En principio porque el «Yo», eso que sentimos como lo más íntimo y propio, es en realidad una construcción que viene desde afuera, se construye en la alteridad, en la otredad, el Yo nace alienado (“yo es otro”). La identidad no es un descubrimiento, ni una esencia, ni es fija e inamovible, es una construcción hecha de múltiples identificaciones, capas, ropajes, y constituye una tensión eterna y constante entre la mismidad y la diferencia. El Yo nace, y se mantiene, como una especie de ortopedia, una ficción de control que intenta ocultar nuestra fragilidad interna, nuestros desgarramientos constitutivos, nuestra fragmentación constante.
El otro me constituye y, a la vez, me amenaza en tanto es poseedor de esa imagen ideal de completud. He ahí la dificultad. Esa tensión, esa dificultad es estructural, constitutiva del ser humano. La tensión con el otro, la tensión especular, conlleva, en sí misma, agresividad. La ilusoria completud del Yo es frágil, endeble, inestable y, en eso mismo, paradójicamente, es muy fuerte, es un fuerte. La aparición de la otredad inquieta y pone en riesgo esa completud. Como si el Yo supusiera que el otro tiene lo que le falta y, por ende, el poder de dárselo o quitárselo. Pero se trata de una ilusión: creer que lo que me falta a mí está en posesión del otro o, mejor dicho, que yo no lo tengo porque el otro lo tiene. En definitiva, las relaciones especulares con el otro siempre conllevan la pequeña locura de lo dual, la lógica de la guerra, de las pequeñas guerras cotidianas: el otro o yo.
IV. Por otra parte, hoy en día existe la mismidad algorítmica que nos va metiendo en una especie de masa. Las plataformas están diseñadas para que no encontremos nunca lo diferente; nos devuelven constantemente nuestros propios reflejos, nuestros propios gustos, nuestros propios sesgos. El algoritmo elimina la amenaza del otro: solo te muestra lo que ya te gusta, lo que ya pensás, lo que ya sos. Construye una muralla que nos hace creer que el mundo es una extensión de nuestra voluntad, que somos dueños de nuestras elecciones y de nuestra vida entera. Al borrar la diferencia, el algoritmo nos encierra en una mismidad estéril. no necesitamos al otro para hablarle porque hablamos solos.
V. Gracias a Juan Ritvo vuelvo a Masa y poder, de Elias Canetti: “Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que le agarra; le quiere reconocer o, al menos, poder clasificar. El hombre elude siempre el contacto con lo extraño (…). Todas las distancias que el hombre ha creado a su alrededor han surgido de este temor a ser tocado. Uno se encierra en casas a las que nadie debe entrar y sólo dentro de ellas se siente medianamente seguro (…). Esta aversión al contacto no nos abandona tampoco cuando nos mezclamos entre la gente. La manera de movernos en la calle, entre muchos hombres, en restaurantes, en ferrocarriles y autobuses, está dictada por este temor. Incluso cuando nos encontramos muy cerca unos de otros, cuando podemos contemplar a los demás y estudiarlos detenidamente, evitamos en lo posible entrar en contacto con ellos. Si actuamos de otra manera sólo es porque alguien nos ha caído en gracia y entonces el acercamiento parte de nosotros mismos. La rapidez con que nos disculpamos cuando entramos involuntariamente en contacto con alguien, la ansiedad con que se esperan esas disculpas, la reacción violenta y, a menudo incluso cuando no hay contacto, la antipatía y el odio que se sienten por el «malhechor», aunque no haya modo de estar seguro de que lo sea, todo este nudo de reacciones psíquicas en torno al ser tocado por lo extraño, en su extrema inestabilidad e irritabilidad, demuestra que se trata de algo muy profundo que nos mantiene en guardia y nos hace susceptibles de un proceso que jamás abandona al hombre una vez que ha establecido los límites de su persona. Incluso el sueño, que nos vuelve mucho más inermes, es demasiado fácil de turbar por esta clase de temor. Sólo inmerso en la masa puede el hombre redimirse de este temor al contacto. Se trata de la única situación en la que este temor se convierte en su contrario”.
En el encierro actual, pareciera que todos hacemos lo mismo. Empezamos a conformar una masa: leemos lo mismo, vamos a los mismos lugares, viajamos de la misma manera, miramos las mismas películas. Todo al mismo tiempo, en el mismo lugar y mostrado en las redes. No hay ninguna singularidad posible. Nos vamos tranquilizando en la masa. Aunque, más que tranquilizar, anestesia o robotiza. Ya no sabemos, no podemos, perdimos el ejercicio de la relación con la diferencia.
VI. En Los Llanos, la bella novela de Federico Falco, el narrador dice: “Estar con otro es difícil. Estar con otro es un trabajo, un esfuerzo. Entender, o no entender, o tratar de entender. Lo que uno piensa que uno es. Lo que el otro cree que uno es. Los deseos y las ganas propias. Los deseos del otro. Las ganas del otro (…). Desgaste, malentendidos, entredichos. Lo que no se ve, lo que no se escucha, lo que no se quiere ver, lo que es terriblemente doloroso que uno prefiere no saber”. Y algunas páginas después, dice también: “Es rarísimo ser uno, estar adentro, todo el tiempo consigo mismo, conocerse en cada miseria”. Uno prefiere a veces no saber porque, sigue el narrador de Falco, “un neurótico siempre necesita un lugar seguro donde esconderse”.
VII. Pensé entonces que la lógica de hoy en día es: o acordar en todo y conformar una masa, es decir, no pensar demasiado, porque estamos apoyados en la falsedad del “pensamos lo mismo”, o pretender silenciar a los otros que irrumpen con su diferencia. Y se me ocurrió, entonces, que tenemos que inventar lugares, espacios, no para el consenso –que muchas veces es sinónimo de tranquilidad–, sino para el disenso. ¿Dónde es que podemos encontrarnos en la diferencia? ¿Acaso no hay encuentro posible en el disenso? Consensuar tranquiliza, sí. Y puede ser deseable también. Pero hoy, sobre todo en este país, los consensos están siendo o desmembrados o, al menos, corridos. Pienso que, más que recuperarlos y dejar todo como estaba, tenemos que aprovechar para inventar otra cosa, ejercitarnos en discutir y debatir. Dejemos de hablar solos, encerrados, aislados. Hablemos y lleguemos a un disenso.
VII. Hablando de insularidad, dejo este poema de John Donne:
Ningún hombre es una isla
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.