Entrevista Miguel Benasayag: «Hay que entender que la fragilidad no te mata, sino que es vida»

Ante la suba evidente de casos de suicidio y el tabú para analizar el fenómeno, Cenital recoge el guante. La lectura política del filósofo y una invitación a indagar las aristas que componen el tema.

En 2025 se registraron 5.209 suicidios en Argentina, la cifra más alta desde que existen estadísticas comparables. Casi ocho de cada diez víctimas fueron varones, con una mayor concentración entre los 18 y los 34 años.

La radiografía de los datos muestra que es un fenómeno que va en aumento, con particular intensificación desde la pandemia, cuando se desató una crisis de salud mental. Las cifras son distintas a lo largo del país, con provincias que sobresalen en la tabla, pero no se le puede adjudicar una única causa. Las variables son múltiples, se repiten e incluyen el deterioro de las condiciones de vida, la fragilidad de los vínculos comunitarios, las desigualdades territoriales y las dificultades para construir proyectos personales.

El trabajo entre el Estado y la sociedad organizada o a pie parece urgente para detener un fenómeno que deviene en emergencia, porque no sólo es una crisis de salud mental, también lo es de políticas públicas y de comunicación. Para prevenir, tanto el Gobierno nacional como los provinciales y municipales tienen que trabajar juntos, erogar presupuesto,  articular con los agentes de salud y aprender de las experiencias exitosas. 

Cenital entendió que había que pensar sobre esto, debatir el rol histórico de los medios en relación al suicidio y poner a circular textos que abran la conversación. En Mejor hablar de ciertas cosas hay historias de familias que lidian con el vacío, hay sobrevivientes, hay información para entender qué está pasando y también datos sobre el rol del Estado. Entender es también prepararse para el futuro, y es formarse en un rol activo para evitar otra generación diezmada.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

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Para hacerlo de manera responsable, la psiquiatra y exdirectora nacional de Salud Mental, Mariana Moreno, supervisó los contenidos de cada artículo.

Como primera instancia, mantuvimos una conversación en videollamada con Miguel Benasayag desde Francia. El filósofo, epistemólogo, doctor en psicología, investigador interdisciplinario, autor de cuarenta libros traducidos a más de quince idiomas, estudia hace décadas el lazo entre la máquina y el hombre, y ve un ataque terrorista hacia la juventud.

Miguel Benasayag. Ilustración: Fernanda Pernet.

–En 2025, en Argentina, los suicidios aumentaron 22% en comparación al año anterior y afecta principalmente a los varones en edad reproductiva y productiva, ¿por qué piensa que sucede y cuáles cree que son los males que sufren estos jóvenes?

Aunque no se puede hablar de psicopatología en términos clásicos como Freud o Lacan, yo creo que estamos en una crisis de civilización, de época, que está modificando la relación de los seres humanos –como todo lo vivo–, con la vida, con el mundo. Creo que estamos viviendo realmente una época de un cambio y de amenazas muy fuertes. Y no se puede seguir haciendo psicoterapia pensando que hay un adentro y un afuera. El adentro está tejido de afuera. Esto no niega que haya una singularidad individual, simplemente esa subjetividad está tejida de mundo, de época. Y lo que pasa es que hay algo de agotamiento de la vida en este momento. La naturaleza, los seres vivos están muy atacados. Hay algo que no anda bien, y tiene manifestaciones diversas. Estamos en un momento, desde un punto de vista biológico, de extinción de especies, de insectos polinizadores que desaparecieron. Paralelamente, sin extrapolar, los espermatozoides de los hombres blancos europeos están perdiendo absolutamente capacidades y potencia. Entonces, sin querer exagerar mucho, yo diría que hay como un principio orgánico de agotamiento. La crisis no es sólo económica, política o cultural. Es todo eso, pero cada una de esas dimensiones es la expresión de algo más profundo, más orgánico. Estamos viviendo un momento histórico muy especial. Cíclicamente hay momentos donde la vida se encuentra en desafío.

–Usted dice en sus libros que antes el enemigo era mucho más fácil de identificar porque estaba afuera. Ahora el enemigo está adentro, porque estamos colonizados. Pero hay otros pensadores que plantean que nunca hubo un mejor momento para vivir que este, porque no hay guerras mundiales o no hay hambrunas mundiales, ¿cómo lo podemos pensar y cómo podemos identificar a ese enemigo que nos ha colonizado? 

Lo que aparece como enemigo es enemigo de la vida. Ya no es más simplemente un enemigo opositor político, aunque lo es también, pero es mucho más profundo que eso. Hay engranajes, hay potencias que se están desencadenando, que no sabemos muy bien cómo manejar. Para alguien de mi generación es difícil de pensar, porque cuando tenés una dictadura asesina enfrente las cosas son más o menos simples. No es fácil, pero es simple. En este momento, por más que me gustaría, como en los años 70, dar toda mi vida, todo mi esfuerzo para evitar el desastre, me pregunto: ¿por dónde pasa evitar el desastre? Hay gente que, con razón, señala a ‘el capitalismo, el neoliberalismo, los poderosos’. Sí, todo eso existe, pero todo eso hace parte de engranajes que no se reducen a que hay un horrible, y si sacamos a horrible del lugar, las cosas van a mejorar. Hay horribles, hay culpables, pero hay que pensar en términos un poco más sistémicos.  

–¿Cómo se puede vivir así?

Comprendo que hay muchos mecanismos para evitar sentir lo que está pasando, porque es muy difícil. Es muy difícil. Yo tengo dos hijas chicas, por ejemplo, y tengo mucho miedo como papá. No sé en qué mundo van a vivir. Entonces, entiendo que haya gente que busque excusas diciendo ‘no hay una guerra mundial’ o que diga ‘hay plantillas que te impiden tener dolor de pie’. Podés hacer una lista muy larga, pero la verdad es que hay que asumir que acá hay algo que está pasando y es que nadie sabe para dónde va la cosa y que asumir eso significa asumir un cierto grado de ignorancia. Porque cuando uno dice engranajes, dice que el progreso es que hay que producir más para ir hacia el crecimiento económico y así es cómo se evalúa un país, pero esa producción te está destruyendo la vida. ¿Y entonces cómo hacés? Si no producís, la gente se muere de hambre porque no tiene trabajo. Estoy simplificando, pero hay que tratar de aprender a pensar en términos de engranajes, porque si no volvemos al binarismo patriarcal, colonial, donde hay un malo y un bueno. Hay que asumir la complejidad. Y eso a la gente le da mucho miedo. Le da más miedo la complejidad que un carro de policía. 

–Hay autores como Éric Sadin que hacen un llamamiento a rechazar la delegación de las facultades a la IA, al uso y la alimentación de esa tecnología, y lo identifican como el gran destructor de la humanidad toda y de lo humano en cada uno. ¿Qué piensa con relación a eso? 

Comprendo. Seguramente comparto el sentimiento que lo empuja a decir eso, pero yo creo que ya no estamos en eso. O sea, sería una posición un poco ludita la de Sadin. Yo creo que no, que hay que comprender que dentro de esta colonización, dentro de esta hibridación, hay que empujar para una tendencia orgánica. No es que podamos rechazar esto. 

–¿No se puede ir para atrás? 

No, no se puede. La delegación va a seguir siendo y masiva. Entonces, lo que se trata es de ver qué es lo que hay que defender como orientación dentro de esto que ya está, de este funcionamiento que ya está ahí. 

–¿Y qué podemos hacer?

Si un chico está perdiendo capacidades de complejidad por delegación de funciones a la máquina, tenemos que ver cómo ponemos paralelamente a su trabajo con la máquina actividades que le permitan no perder sus funciones. Capaz que parece más socialdemócrata, pero yo creo realmente que no se le puede pedir a alguien que no use  ChatGPT, porque son soluciones que llaman implícitamente a una dictadura. ¿Quién va a impedir? ¿En nombre de qué va a impedir? En cambio, de repente, desarrollar la posibilidad de una manera de saber utilizar la IA generativa articulada, hibridada con tu subjetividad. Entonces, eso, por ejemplo, en un periodista, en un médico, en un artista, significa muy concretamente revalorizar la parte absolutamente singular que tenemos los humanos y los vivos para articularlo con la máquina. No somos seres racionales, somos seres que de vez en cuando razonamos. El imaginario, los tropismos, los deseos, todo eso escapa. Entonces, el asunto es simplemente tratar de recuperar la importancia de todo eso para articularlo con la máquina. 

–Volviendo al suicidio, hay agentes de salud mental que dicen que antes el fenómeno respondía a la depresión o a problemas de consumo y ahora tienen más que ver con las condiciones de vida o la falta de empleo, la sensación de que no hay progreso posible. Usted estudia la relación humano-máquina, ¿cómo se vinculan esas cosas?

Lo que nosotros laburamos en investigación es ver cómo la máquina formatea el humano. De eso no hay la menor duda: es un devenir máquina que tiene inclusive una estética. Ahora, con respecto a los varones, uno no puede decir ‘el patriarcado colonial binario explotó y los machitos van a andar regio’. Está complicado ser un varón. Cada día es más complicado porque es cierto que normalmente para una mujer de repente los fracasos van a ser incorporados con una cierta flexibilidad. Hay una especie de complejidad que es más fácil, más abordable –hablando de género–, para la mujer, porque no está ese mandato viril conquistador, ¿entendés? Entonces, pienso que para un machito –y no lo digo con desprecio–, los fracasos, la pérdida de poder y de potencia, cierran el horizonte. Si no puedo conquistar, lo único que puedo hacer es estar vencido. Ahí es donde el binarismo aparece y la violencia se da la vuelta contra uno: si no puedo ganar, perdí. No hay mucha posición intermedia, no hay esa complejidad intermedia de estar siendo. 

–¿Cómo influye el momento social, político y económico en esto?

A mí me parece que en Argentina es un ejemplo –y en el mundo entero la gente entiende eso–, que cuando sale Milei con motosierra, con un falo motosierra que te rompe toda, estamos dentro de una adhesión absolutamente irracional, imaginaria, sacrificial inclusive. Es por eso que cuando alguien dice «pero vos votaste a Milei y te va muy mal», el otro va a decir «era necesario». El sacrificio aparece como necesario. Milei no le promete a nadie el bienestar, aparece como el que va a hacer los sacrificios, va a morir quien va a morir. Y eso a los humanos les gusta mucho y son víctimas a la vez. Pero en Argentina en particular me parece que hay una venganza del macho. 

–¿Por qué?

En Argentina fueron las mujeres campesinas, las Madres, las Abuelas, fue el casamiento igualitario. En Argentina es donde se va a cuestionar por primeras veces en la práctica el binarismo con la Ley de Identidad de Género. Yo creo que hubo un viento de pánico en los hombres, y que esto hace parte de una violencia que va para afuera y por eso que el femicidio aumenta o va para adentro y el suicidio aumenta. Como son temas muy dolorosos no quiero hacerme el vivo haciendo fórmulas, pero yo sinceramente encuentro una cierta relación entre femicidio como violencia hacia afuera del macho y suicidio como violencia dirigida a si mismo del macho. Porque están sufriendo. 

–¿Eso no culpabiliza al feminismo sin incluir en la foto a una política económica donde los jóvenes no tienen acceso al trabajo y a la concreción de proyectos personales que incluyan el ascenso social?

No, no es culpabilizar. En ningún momento digo que es culpa del feminismo, lo que digo es una realidad: hay una emancipación de una parte de la humanidad. Es normal que esa emancipación les dé mucho miedo a los que hasta ahí dominaban. No es una cuestión de culpa. Pero sí creo que el macho argentino tiene miedo, bronca e impotencia. Y claro, cuando vos tenés que salir con una motosierra para evocar una potencia destructora, lo único que aparece sotto voce es la impotencia. Vos solamente con una motosierra te dirigís al que se siente impotente, alguien que está tranquilo dice: «pero este es un loco». 

–A la vez, es algo que se repite en el mundo.

Sí, Milei representa una tendencia mundial donde el modelo es la desintegración: la idea de que hay humanos de más, que hay gente supernumeraria. Él lo dice abiertamente y es contra eso que hay que luchar. Contra un modelo que se despidió del modelo integrativo, que acepta el desintegrativo con toda la ideología y el imaginario sacrificial –que gusta mucho–. Y que es un modelo de puro cálculo, por eso es el modelo de las IA-democracias. Lo cuantitativo y lo consensual lo tiene una dictadura y lo tiene una democracia, es una dimensión. Las democracias son un montón de cosas que Milei está desregulando y aplastando, destruyendo desde adentro. 

–¿Cómo puede sobrevivir un joven en este cuadro? 

Hay que volver a encontrar elementos de un paradigma que nos permitan leer lo que nos está pasando. Es el famoso lo que me pasa o lo que pasa. Mientras que yo pienso lo que me pasa –y lo que me pasa es que estoy en el desempleo, que no me puedo ir de los de mis viejos, que mi mujer gana más que yo, que mi mujer desea– todo lo que me pasa conduce a una violencia hacia el otro o una violencia hacia mí. El salto es poder llegar a: de lo que me pasa a lo que pasa. Comprender lo que pasa. Eso no niega el sufrimiento personal, pero permite un cambio de punto de vista que a mí me parece fundamental. 

–¿Y qué es lo que pasa?

Yo creo que estamos en una época de fracaso. Y en la derrota hay que hacer lo que se hace en la derrota, que no es pensar cómo vencer, sino cómo retejer los lazos, cómo poder releer la realidad, cómo no encerrarse en el sufrimiento. Es un momento fundamental de tratar de construir los elementos para comprender este caos, para que el caos sea complejidad. Si el caos queda en caos van a seguir ganando porque van por todo –a tal punto que se piensa en ir a vivir a Marte. Entonces, la cuestión es cómo nosotros podemos, sin negar la derrota en la cual estamos, poco a poco ir del caos a la complejidad. Y eso es como un trabajo de comprensión que se hace no con la razón solamente, sino con amistad, con lazos, porque son cosas que no sólo hay que comprender con la cabeza, sino con la experiencia de que la fragilidad no solamente no te mata sino que la fragilidad es la vida.

–¿Cómo es eso?

Claro, hay que asumir la fragilidad, porque los defensores de la máquina nos proponen la fuerza viril, conquistadora, la cosa binaria. Y nosotros tenemos que oponerle a eso la fragilidad de la complejidad. Ellos crecen en el caos restableciendo un binarismo securitario. Nosotros tenemos que reempezar a crecer humildemente.

–¿Es lo que usted llama la sobriedad alegre?  

Claro, por ejemplo eso. Espero que pueda ser comprensible poco a poco, porque mientras que nosotros sigamos deseando para ser felices consumir, consumir, consumir toda la mierda que te proponen, estamos hasta las bolas. Pero sí podemos ir a una sobriedad, una sobriedad alegre donde podamos decir “se puede vivir de otra manera”. Porque mañana no va a haber agua para todos, ni comida, ni tierra arable, entonces va a ser una sobriedad guerrera o alegre. Todo eso creo que se aprende. El momento de la derrota es un buen momento porque tenemos el tiempo para aprender. Justamente, el acelere es la máquina. 

–Usted dice que hay un terrorismo hacia la juventud, que se la ataca constante y que su futuro parece una amenaza más que una promesa.

Sí, eso es mundial. Está clarísimo que se aterroriza a los jóvenes porque no se les deja el tiempo de vivir, estructurarse, encontrarse. Y todos dicen: «No hay tiempo, hay amenaza, hay amenaza». Y entonces, de buena leche, los padres o los maestros, en vez de darle el tiempo al chico a formarse, a estructurarse, a encontrar sus afinidades selectivas, lo debilitan sacándole el tiempo de la robustez. Ahora, un chico, un joven, viene robusto si se desarrolla de adentro con sus afinidades, con su relación con el mundo. Y entonces, no se trata de rápido o no rápido, se trata de decirle a los chicos “tomate tu tiempo”. Porque si nosotros, en nombre de la amenaza, debilitamos a los jóvenes, entonces hacemos parte de la amenaza. 

–Y está la idea de que no hay futuro, de que el futuro es apocalíptico. En un punto, ¿cómo se puede vivir con ese porvenir? 

La cuestión es que el futuro del que se habla es el futuro de la modernidad colonial, es el futuro de mañana. El futuro del que estamos hablando es el de Rodolfo Kusch, es el futuro acá y ahora en el presente. El futuro son las posibilidades del presente, porque no es lineal. Justamente, hay que decolonizarse del tiempo lineal de la modernidad para ir a tiempos cíclicos, poder volver a ritmos. Simone Weil se proletarizó, como decíamos en la época, y ella lo que ve es que los ritmos culturales, biológicos, se transforman en cadencias. Es un libro muy lindo, en La condición obrera, ella ve que el ritmo se transforma en cadencia y es ahí donde vos estás matando la fragilidad de la vida. 


Esta nota es parte del especial Mejor hablar de ciertas cosas. Podés leer todos los artículos acá.


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Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.