Sobrevivir al intento: ¿cómo se sigue después de querer terminar con tu vida?
Historias de jóvenes que quisieron pero no pudieron suicidarse. Desde quienes escucharon los mensajes hasta quienes tuvieron una segunda oportunidad por fallar. La potencia de escuchar y preguntar.
A los tres o cuatro días Martín se despierta en el hospital municipal de una ciudad argentina. Se da cuenta de lo que hizo. Y, así y todo, de que “la había sacado barata”. Tenía 21 años. Su hijo, cinco meses. “Quedé golpeado –dice ahora, después de una década de haberlo intentado–, pero más allá de lo físico”. Meses antes, una de las fábricas de fideos más grandes de aquella localidad donde “estaba contento, en blanco”, hizo despidos masivos, y él cayó en la volteada. De pronto, se quedó sin trabajo. El consumo de drogas había empezado, calcula, a los 14 o 15 años pero ya por esos días, se había vuelto cotidiano. “Fue como echarle levadura a la masa”.
Piensa aquel intento de suicidio como un impulso, y un modo de querer saltearse dificultades, desafíos, desde lo económico hasta la paternidad. Dice que no lo habló antes porque fue apenas un momento desde que tuvo la idea hasta que la concretó.
Valora que su familia estuvo cerca. Y al equipo de profesionales que lo recibió: él aceptó una ayuda que pudo haber dejado pasar. Pudo recuperarse, dice sin cancherear, gracias a terapia individual y a los grupos donde participaba. Dice que es “día a día”. No tiene fórmulas. No cree en los mandatos con forma de consejos. Sí cree en compartir. Oír. Cuando hacés algo así, cuenta, suelen decirte “qué cobarde”, “no te la bancás”, “no llorés”. Más aún a los varones –la brecha de género entre los suicidios consumados da cuenta de esto.
Martín es creativo y claro en su manera de hablar. “Cuando llegás a esas instancias sos como “una planta sin tutor”. Y “participar te da un ancla”, sino sos “muy volátil”. Costó un poco coordinar la charla: esta semana consiguió un trabajo extra, temporal, una suplencia como sereno a la noche. Durante el día trabaja como “operador sociocomunitario”. Algo que empezó a hacer ad honorem: colabora con los grupos, y ha ido a charlar con gente a los barrios.
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SumateEn los más de 10 años que pasaron de su intento, estudió para acompañante terapéutico en la Universidad Tecnológica Nacional. Y esa vocación se convirtió en trabajo estable. Quien había sido su psicólogo pasó a ser su jefe. Martín no recurre a los tonos edulcorados de la resiliencia tan propios del mercantilismo, algunas veces bien intencionado, de la autoayuda y del imperativo moral del clickbait y las redes. Por eso, quizá, se vuelve más creíble, y posible de imaginar, lejos de la fantasía, la sinuosa creencia en la posibilidad de seguir.
Guillermina empieza a escribir cartas a los 14 años y las deja en el aula, sobre el banco, a la vista de sus compañeras. Ellas las leen y se la entregan a las preceptoras. “No aguanto más”, “no quiero hacer nada”, “no me gusta cómo soy ni físicamente ni mi personalidad”, “no quiero estar en ningún lado”, “muchas veces creo que si no estuviera sería lo mismo y no le cambiaría nada a nadie”, “a veces pienso que el suicidio es lo mejor”, “mi escape es no comer, así me siento un poco aliviada”. La psicoanalista y psiquiatra Dra. Teresa Gelbert relata el caso en la conferencia “Voces silenciadas a la espera de una escucha», organizada por la Área de Niñez y Adolescencia de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.
La escuela le hizo llegar a su psicóloga aquellas misivas. En su terapia, Guillermina no hablaba de eso sino de su sentimiento de “patito feo” en la familia. Dice la Dra. Gelbert que, al conocerse, esos escritos provocaron movimiento alrededor suyo: se reunió el gabinete escolar, citaron a los padres, y al ver que no manifestaban conciencia del riesgo, hicieron una denuncia en el servicio local de defensa de niñas, niños y adolescentes. En aquella instancia consultaron a la psiquiatra. Guillermina, enojada porque sus cartas hubieran sido leídas, al principio, se resistió a hablar. Luego ya no. Continuó con el tratamiento y, acompañada por las profesionales, tomó la decisión de dejar la medicación para regular sus estados de ansiedad. La psiquiatra le dio el alta y ella continuó con su terapia psicológica.
Las cartas fueron un modo de decir, a sus padres, a su entorno, “no puedo complacerlos”. Y la devolvieron a su vida. El suicidio, por fin, fue sólo un fantasma; gracias, también, a la lectura de sus mensajes.
Nair, buena alumna, de 16 años, entra a la guardia luego de una ingesta de sustancias; mostraba cortes superficiales en los brazos. Rehabilitada del cuadro clínico, contó que creía sufrir ataques de pánico, y ciertos consumos y la autolesión la calmaban. Relata una pelea con su mejor amiga: había empezado a salir con un ex novio suyo; ambos compañeros de curso. Nair sufría mucho al verlos juntos y revivir la traición: registra ese hecho como el inicio de una angustia fuerte. El acto de Nair, cuya familia era “muy exigente”, dice la especialista, también fue un pedido de ayuda.
¿Existe alguna unión entre esas personas más allá del modo de manifestarse de cada una? ¿Qué tienen en común, qué experiencias fueron diferentes? ¿Hay algo que podamos ver entre estos jóvenes que no encuentran amparo, y buscan huir de sí mismos y del resto?
La exaltación del desborde no es tan romántica fuera de la ficción
Definir qué factor influyó y delinea la deriva de los tres jóvenes citados sería incurrir en una generalización y especulación impropias. Coexiste, es cierto, una doble vía. Por un lado, considerar a cada persona como un ser único, con motivaciones, deseos e idiosincrasias propias, irrepetibles; y sesgos de clase, territorios, y su interrelación. Como ya pensaba el sociologo Émile Durkheim, al estudiar, pionero, el suicidio, parecen existir variables por las cuales determinados hechos pasan en una época, y no en otra. En nuestros días, los Martín, las Nair, las Guillerminas constituyen uno de los grupos más grandes entre los suicidios intentados y los consumados.
El Boletín Epidemiológico Nacional indica que los intentos de provocarse la muerte presentan sus tasas más elevadas entre los 15 y los 24 años. Y que es la segunda causa de defunciones entre adolescentes y jóvenes argentinos. La cantidad de muertes autoinfligidas triplicó a la de homicidios dolosos. Las tentativas son realizadas por mujeres en una proporción cercana al 80-20. Pero en suicidios consumados se invierte y alrededor del 80% son varones.
Si pensamos históricamente en las representaciones de jóvenes que intentaron suicidarse o lo lograron, la carga romántica, de rebeldía y resistencia y sentimientos extremos rodea el imaginario en los ejemplos célebres; pura exaltación del drama personal. Desde Romeo y Julieta, a Las penas del joven Werther de Goethe y, de modo más reciente en íconos del arte que buscaron convertir su decisión autodestructiva en una secuencia de la propia obra, desde el poeta Cesare Pavese, Marilyn Monroe, Alfonsina Storni, o celebridades como Kurt Cobain. En el mismo sentido, desde hace décadas, el abordaje se centraba en lo individual, en patologías atribuidas a la psiquis como ente separado del entorno. Y hablar de suicidio sigue siendo más tabú que las charlas alrededor de consumos problemáticos, por ejemplo.
En nuestros días, donde impera el individualismo y el “sálvese quién pueda” parece haber, sin embargo, un rico cambio de paradigma que, sin olvidar lo subjetivo, no considera a las personas de manera aislada. En la investigación Vulnerabilidad y exigibilidad de derechos (2020), citadas habitualmente por Unicef y documentos como Primera escucha, las psicólogas sociales María Malena Lenta y Graciela Zaldúa, analizan cómo sucede el proceso interno de la etapa adolescente, que implica el desafío de superar la llamada “vulnerabilidad originaria”. Se refieren a la reestructuración donde se abandonan las certezas infantiles sin tener aún las herramientas de los adultos.
Esto, en nuestros días, se cruza, entre otros factores, con contextos donde los derechos a la educación, salud o vivienda de los jóvenes no son iguales para todos. La desigualdad, y las particularidades de nuestra época que asedian a chicas y chicos, aparecen en los análisis de sociólogos, psicólogos, trabajadoras sociales e investigadores.
El joven Occidente y su síntoma social
¿Qué es lo propio de esta generación para que se incrementen esos deseos de “desaparecer” al punto de encabezar las estadísticas de muerte? El psicólogo y magister en salud comunitaria, Daniel Korinfeld, autor del libro Autolesiones y situaciones de suicidio en adolescentes. Una perspectiva clínica ampliada dice que siempre los adolescentes atentaron contra su vida pero ahora “las cifras indican algo distinto que tiene que ver con un síntoma social: la caída de la expectativa de futuro. En Argentina, además de que es similar en Occidente, sucede que la mayoría de los adolescentes y jóvenes viven en condiciones existenciales difíciles”. Adultos con pluriempleos, ruptura de la relación con instituciones e hiperconectividad que derivan en demasiada soledad.
¿Cómo ayudar y prevenir? El suicidio, a veces esquivo en su interpretación, inasible en sus consecuencias, parece atisbar factores de riesgo que, sí, tal vez, puedan verse. “El mayor factor de riesgo de un suicidio es la tentativa previa”. Eso dicen desde Red de Vida. Ese equipo realiza seguimientos en personas que salen con un alta por intento de suicidio de un hospital en Bahía Blanca. Cuando tienen que hacer muchos llamados, priorizan a los menores de 20 años en cuanto a lo urgente, pero se comunican con todos. El licenciado Hugo Kern, jefe de servicio de Salud Mental de aquella ciudad afirma: “Ese trabajo muestra que es posible bajar las estadísticas”. Eso sucedió en aquel territorio, que fue a contramano de la tendencia nacional que alcanzó los 11,8 casos cada 100.000 habitantes.
Basilio Canale es médico en la Residencia de Epidemiología de Campo y Camila De Pastena, residente de Psicología Social y Comunitaria en el Departamento de Salud Mental y Adicciones de la Secretaría de Salud del municipio. En una entrevista conjunta hablan de su tarea multidisciplinaria. Diferencian el tratamiento clínico clásico, centrado en el aspecto de “salud”, escindido de lo “mental”, y el enfoque territorial y situado. Buscan evitar que se discontinúe la relación con el sistema sanitario una vez que los jóvenes salen del hospital.
Gracias al registro compartido por cada institución, llaman por teléfono, dentro de la semana del alta, y durante un año, para constatar cómo siguen. Y, si lo desean, se activa un acompañamiento a la persona o al grupo familiar. El enfoque busca “correrse del paradigma biomédico hegemónico, para evitar el reduccionismo”. Cuando una persona se recupera de un cuadro de descompensación psicótica o excitación psicomotriz, vuelve a su vida de antes. Entonces ellos intervienen junto a sus afectos y grupos. Ven lo que pasa al volver al trabajo, sus estudios, las amistades, las relaciones en general.
La licenciada De Pastena cuenta que en el primer contacto “se pregunta qué le pasa, desde hace cuánto se sienten así, si tiene un método, si ya lo había intentado, si lo planificó o fue un impulso, si tiene personas alrededor, si ubica que hubo un detonante particular. No hay que tener miedo a preguntar sino todo lo contrario”, dice. Preguntar es una potencia, también, de los no especialistas.
La situación económica y social aporta padecimientos: “Muchos adolescentes no pueden ir a la escuela, al club, hay mucha desarticulación social”, dicen De Pastena y Canale. El licenciado Kern cuenta que, a veces, en el seguimiento, “de esas comunicaciones para menores de 18 años, casi un 30% de los llamados atendidos por familiares responden que no sabían dónde estaban los hijos, pero no que no sabían en ese momento, sino que decían ‘acá no está, creo que está viviendo con un amigo, con el novio, con la novia…’ lo que te refleja un desamparo importantísimo en ese momento de la vida”.
Al mismo tiempo, en general, afirma De Pastena, la familia reacciona bien; valora el espacio. Las charlas funcionan mejor que la rigidez de los cuestionarios, según escribe y ratifica en la entrevista, Daniel Korinfeld, en relación a la “cultura del check list”, en consonancia con Red de vidas. En estudios hegemónicos del Reino Unido buscaban categorizar personas en riesgo de suicidio con una medición tipo encuesta. “Aquellos métodos no fueron eficaces a la luz de las muertes concretadas. Es algo análogo a lo que pasa en nuestro cotidiano cuando analizamos lo sucedido con los algoritmos; se pretende reducir la complejidad de la vida individual y colectiva en datos, números, estadísticas y, finalmente, fórmulas”.
Las coordenadas que vemos cada vez que abrimos una app ubican a los usuarios en grupos estancos que cruzan determinadas variables fijas e imponen jerarquías y categorías. En esas estructuras, los jóvenes y adolescentes pueden quedar agobiados: sobreinterpretados por sus consumos digitales. Y retroalimentados por ellos.
“Entre 2010 y 2012, cuando emergieron las redes, se observa uno de los mayores picos de tentativas suicidas y consultas de urgencia vinculadas a salud mental. Las dinámicas digitales moldean la subjetividad de los jóvenes», dice Hugo Kern. Korinfeld habla de que, por ejemplo, el bullying, que es una agresión que siempre se ha sufrido, en las redes, no tiene límite.
Todo el día, todos y todas y todes, con el celular
“Estás todo el día con el celular”. “No te importa nada de la casa”. “A mí a tu edad también me preocupaban las mismas pavadas”. Versiones de estas frases se oyen en familias, escuelas, y en las consultas. Según los especialistas es frecuente que se minimicen los sentimientos de los jóvenes. El adultocentrismo cobra fuerza cuando impide ponderar los planteos compartidos. Se dice que los chicos viven prendidos a las pantallas, pero, ¿cuánto tiempo pasan los padres, los amigos mayores, los tíos, con su propio celular en lugares que, históricamente eran de socialización (y hoy sería posible continuarlos) como la cena o el almuerzo o el mate el fin de semana? Daniel Korinfeld dice que es difícil que los adultos “no se rajen, no se asusten, que dejen el teléfono”.
Esa angustia es entendible, pero mientras, “los chicos se quejan mucho de que a veces hablan y los adultos dicen ‘yo también quise morirme a tu edad’, ‘¿te pones mal por eso que te dicen?’, ‘¿porque te dejó tu novia?’. Cosas que los jóvenes sienten como una desvalorización total, más aún en un estado de hipersensibilidad”. No se trata de sobredramatizar, dice Koringeld, pero sí alojar, contener y seguir escuchando. Kern indica que un factor clave es evitar el aislamiento.
Como pasó con el caso de Guillermina, en el cual sus amigas, preocupadas, pudieron recurrir a otras personas de la escuela. Un documento de UNICEF ya citado, formula la propuesta de la “escucha atenta”. Los psicólogos Kern y Korinfeld coinciden con que los jóvenes enfrentan dificultades económicas, incertidumbre respecto del futuro y cambios profundos en las formas de relacionarse desde la pandemia, y ante las angustias la tendencia suele ser aislarse. Se da la paradoja de la hiperconexión. Vida virtual intensa; escaso trato presencial, parámetros fuertes de belleza y éxito en pantalla. Las redes generan nuevos tipos de sufrimiento, vinculados, por un lado, a la inmediatez. En esto también concuerda el 100% de los consultados.
Frustración avanza mil casilleros
Ezequiel Gatto, autor de Memorias del futuro y Futuridades utiliza la noción de “afectos de futuro” para definir experiencias que tienen que ver con las orientaciones hacia adelante: la expectativa, la esperanza y desesperanza, la anticipación, la ansiedad, el miedo, y distintas emociones experimentadas en el intento de imaginar cómo serán o no serán las cosas. “Esos aspectos tienen una base que excede la experiencia individual, porque se inscriben en una trama más grande. Lo uso para entender la dimensión afectiva centrada en el porvenir”.
En las universidades varios docentes cuentan la frustración intensa de estudiantes si se les pide reescribir un trabajo práctico, o recuperar un parcial. “Veo menos flexibilidad para lidiar con lo que viene: es muy binario. Si apruebo está todo bien, si no, está todo mal”, dice Gatto.
La alfabetización digital desde edades tempranas genera una ansiedad que no contempla que, en la vida material, no todo puede ir a la velocidad de un like o un video viral. La noción de “proceso” se pierde. Una de las hipótesis de Gatto es que podemos contemplar infinitas posibilidades mientras, al mismo tiempo, el acceso a ellas es más rígido y restrictivo. Kern, Korinfeld y Canale coinciden.
“A partir de las redes la noción de futuro tuvo una reconfiguración muy importante. Todos podemos atestiguar cómo viven los ricos, qué tienen y qué no tenemos. Entrás a IG y salís entristecido. Es una fuente de frustración muy grande para muchos pibes y pibas subjetivados en esto hace muchos años. Sin herramientas ni experiencias para mitigar ese aspiracional. Hoy quieren ser parte del 1% en vez de destruir ese 1%”.
La noción de horizontes posibles cambió desde la pandemia de covid. Algo de lo emocional que se transita en redes, que difiere del ritmo, más lento, de otras dimensiones de la vida; no es lo mismo postear una foto de que egresaste que atravesar las instancias que llevaron a eso.
Dice Gatto que, quizá, haya un elemento suicida de la cultura actual en redes; “hacerse famoso por arriesgar la propia vida, exponerse en situaciones límites, tirándote sobre un camión en una ruta, etc”. Mientras viajamos en el colectivo para estudiar y trabajar sentimos la palpitación de los desafíos de Tik Tok; someterse a riesgos muy cercanos a “buscar morir”. Hay un “heroísmo digital jugándose, que necesita el reconocimiento de los otros, arriesgar la vida por un tuit viral. Una manera de hacerse en las redes es exponer-arriesgar la propia vida”.
El infierno es encantador, el futuro es abrumador
Esto se da, como ya hemos visto, hasta en películas y documentales como Red social, entre otros. Son tecnologías diseñadas para generar adicción. La ondulación vital vira al vértigo.
En sus estudios considera situaciones concretas, materiales, que configuran las emociones, como el endeudamiento, la precarización y la incertidumbre, que cruzan la promesa y el entusiasmo con la desazón y desesperación.
Ante la idea de evitar el adultocentrismo Gatto propone: “Hace falta un censo de futuro, una etnografía de las incertidumbres que permitan a adolescentes y jóvenes decir qué experimentan de esa temporalidad, que no lo digamos nosotros. El fin del mundo es una idea adulta, no siempre los jóvenes repiten esa dimensión catastrófica. Armar estudio cualitativo sobre su relación con el futuro más fino: en Suecia también hay intentos suicidas. No es tan simple”.
Muchos jóvenes se abruman si les preguntan sobre el futuro. Los adultos también nos asustamos al oír sus dramas. Y, a veces, seguimos mirando el celular. El texto institucional de la ONG Centro de Atención al Suicida, dice que “resulta llamativo que la prevención del suicidio no sea un tema de interés periodístico como lo es por ejemplo la inseguridad”. Y que faltan programas de educación específicos para prevenir como sí los hay, por ejemplo, para los accidentes de tránsito.
Mientras las políticas públicas hacen, y no hacen, quizá nos queda el intento de charlar. En tiempos de soledad y sobreestimulación emocional, donde se genera esa ilusión de “a todos les va bien menos a mí”, como sienten tantos jóvenes (¿y no tanto?), quizá lo que puede intentarse sean acciones básicas. No siempre el sufrimiento deja cartas sobre un banco de escuela. A veces aparece como una frase dicha al pasar, un cambio de humor persistente, un aislamiento vuelto costumbre. Ninguna de esas formas explica por sí sola lo que alguien está viviendo. Pero quizá allí pueda empezar algo que sí está a nuestro alcance: escuchar.
Esta nota es parte del especial Mejor hablar de ciertas cosas. Podés leer todos los artículos acá.
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