Radiografía de una emergencia: el suicidio ya es la principal forma de muerte violenta en Argentina
En 2025 se registró un récord histórico y superó a los asesinatos y accidentes de tránsito. La pandemia aceleró un proceso y la crisis económica lo profundizó. Los varones menores de 35 son los más afectados.
En 2025, Argentina registró un récord histórico de suicidios. Según datos del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) del Ministerio de Seguridad de la Nación, 5.209 personas se quitaron la vida durante el año pasado, un 22,6% más que en 2024 cuando se registraron 4.249 suicidios.
La tasa nacional alcanzó los 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes, superando el promedio mundial de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que se ubica en 9,1. Si bien no se trata de un fenómeno nuevo, preocupa su aceleración: el aumento de los suicidios viene en alza hace casi una década en Argentina, pero los casos se dispararon a mayor velocidad a partir de la pandemia y desde 2023 es la principal causa de muerte violenta en el país.
Para Alicia Stolkiner, licenciada en Psicología por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y una de las principales referentes latinoamericanas en Salud Mental Comunitaria, hay una relación entre ambos fenómenos. “La pandemia ha sido un hecho traumático colectivo y va a llevar mucho tiempo elaborarlo. Pero, además, aceleró transformaciones que venían sucediendo a nivel global: la acumulación de riqueza y el aumento de la desigualdad en Argentina y el mundo fue impresionante, y eso vino de la mano de la ruptura de los lazos comunitarios que generan condiciones para que aumente el sufrimiento”, sostiene.
Es la cifra más alta desde que existe registro y triplica a los homicidios dolosos ocurridos en el mismo periodo. Hay un dato que impacta: el número de suicidios a nivel nacional equivale a la suma de víctimas en accidentes de tránsito y homicidios dolosos. En PBA, la sumatoria no llega a igualar la cifra de quienes terminan con su vida, que es incluso mayor.
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“El suicidio no puede ser reducido a un problema individual o psicopatológico, ni descontextualizado”, coincide Laura Poverene, doctora en Salud Mental Comunitaria por la Universidad Nacional de Lanús (UNLa) y especialista en Problemáticas Sociales Infanto Juveniles, y suma: “La pandemia operó como un catalizador de procesos. La emergencia sanitaria suspendió transitoriamente los espacios de socialización y los rituales cotidianos que sostenían nuestra vida en común: las escuelas, los clubes, los espacios de trabajo y de recreación. Ese aislamiento alteró profundamente nuestros modos de vinculación y profundizó, incluso terminada la pandemia, sensaciones de soledad y desamparo.
Esta fragilización de los lazos sociales se ubica en un escenario de vulnerabilidad en donde las dificultades financieras, la falta de empleo digno y la precarización de las condiciones de vida despojan a las personas de sus soportes. El deshilachamiento de los horizontes compartidos y de la posibilidad de proyectarse en un futuro produce sufrimientos y repliegues: cuando la vida se reduce a la pura urgencia para subsistir, se erosiona la disponibilidad afectiva para cuidar y alojar el malestar de otras personas”, analiza Poverene.
Cómo medir el dolor social
Entre Ríos, con 20,8; San Luis, con 18,9; y Salta, con 17,4, fueron las provincias con las tasas más elevadas. Los datos muestran diferencias por género: del total de las víctimas de suicidios en 2025, el 78,6% eran varones, con una mayor concentración en aquellos de entre 18 y 34 años.
“Analizar el aumento del suicidio en Argentina exige una mirada crítica sobre cómo construimos nuestros datos epidemiológicos. Si bien la tasa nacional y regional de suicidio efectivamente se vieron incrementadas, medir el dolor social exige tanto sensibilidad como rigor metodológico”, dice la docente e investigadora, y señala la necesidad de producir datos de calidad, continuos y desagregados localmente por edad, sexo e identidad de género.

Poverene cree que la prevención del suicidio tiene que trascender la mirada puramente clínica: prevenir es, también, un acto comunitario y político. La especialista explica que en nuestro país hay “una fragmentación en el registro de información” ya que los datos se consolidan a través de distintas fuentes del Ministerio de Seguridad, como el Sistema Nacional de Información Criminal, y del área de Salud, como la Dirección de Estadísticas e Información en Salud. “Definir e ingresar una muerte bajo la categoría de ‘suicidio’ depende de la información disponible para establecer la intencionalidad de la defunción y del criterio de las agencias que intervienen en la instancia de clasificación”.
Fenómeno multicausal
Los especialistas señalan que el suicidio es siempre un fenómeno multicausal, pero es importante entender el contexto social en el que ocurre. Por eso, Stolkiner explica que más allá de los motivos individuales y singulares, es importante hacer una lectura epidemiológica para comprender las razones del incremento o la baja de los suicidios en distintos momentos y poblaciones. “Pero cuando ves que la curva se dispara de esta manera, tenés que pensarlo no como una suma de problemas que les pasaron al mismo tiempo a un grupo determinado de personas, sino como algo que está sucediendo en la sociedad, y hacer una lectura que tenga que ver con las condiciones de vida, con la cultura, con los vínculos sociales, con la capacidad de contención y también con la propuesta de sociedad que tenemos”.
En ese sentido, la experta dice que la gran preocupación hoy no pasa solo por la cantidad de suicidios sino también por el grupo poblacional con mayor índice de suicidios: los jóvenes. “Hay una pérdida de perspectiva de futuro entre los jóvenes. Primero, porque es el grupo más golpeado por el desempleo y la precarización. Segundo, porque se perdió algo que era muy fuerte en Argentina, que era el ascenso social respecto a la generación anterior y hoy hay una parte importante de jóvenes que ya deberían tener autonomía y todavía dependen económicamente de los padres. Pero, además, porque se está cayendo una forma de vida social y se instala una idea de que si vos triunfás o fracasás, es una responsabilidad estrictamente tuya. Incluso, si fracasás con tu salud”, analiza.
Economía
Según el Relevamiento del Estado Psicológico de la Población Argentina que realiza el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), el riesgo de trastorno mental de la población general es de 6,5%, con mayor preponderancia entre los jóvenes de 18 a 29 años que a su vez es la población con mayor riesgo suicida.
El estudio registra un impacto cada vez mayor de la economía en la salud mental. El 35,7% de los participantes considera que está atravesando una crisis. Entre ellos, el 55,74% mencionó la crisis económica (por ejemplo, por bajos ingresos y/o deudas) como uno de los motivos de su malestar emocional, el 52,31% dijo que está atravesando una crisis vital y el 36,37%, una crisis familiar.

Además, el relevamiento señala que los participantes de menor nivel socioeconómico percibido y menor edad mostraron indicadores de mayor sintomatología ansiosa y depresiva. Cristian Garay, doctor en Psicología y uno de los autores del informe, asegura que la crisis económica aparece cada vez más entre las primeras causas del malestar emocional. “El desempleo y la incertidumbre económica explican muchos de los problemas de salud mental. No solamente por el estrés que produce la situación económica para cualquiera, sino también porque está asociado a un menor acceso a los sistemas de salud en general y a la salud mental, en particular”, sostiene.
En esa misma línea, Miriam Maidana, licenciada en Psicología e integrante del equipo de Salud Mental del Hospital Materno Infantil Dr. Eduardo A. Oller de San Francisco Solano, en Quilmes, asegura que ese impacto se nota más en la Ciudad de Buenos Aires que en el conurbano bonaerense: “La población que asiste a este hospital –y la de los hospitales del conurbano en general– hace rato que no tiene un empleo formal, no sabe lo que son las vacaciones pagas ni el aguinaldo; están acostumbrados a changuear y a lidiar con la crisis económica”.
Maidana dice que el impacto se percibe más en la caída de la clase media. En ese sector la crisis en la salud mental se nota más abruptamente porque en muchos casos se desarmó lo que habían construido en su vida. “Te hablo de docentes, investigadores, profesionales que de pronto no pudieron pagar más un alquiler y tuvieron que volver a la casa familiar a los treinta y pico de años. No es algo menor en la subjetividad de una persona”.
Además, advierte sobre un nuevo factor que aparece en el consultorio: el endeudamiento. “Empezamos a ver una tendencia cada vez mayor de malestares ligados a la deuda: personas que se endeudan con billeteras virtuales, con prestamistas e incluso con los transas del barrio que los van a apretar a la casa y amenazan a las familias. Nosotros ya tuvimos varios ingresos por eso en el hospital, porque la persona no sabe cómo salir de ahí y porque, además, en algunos casos hay una amenaza real sobre sus vidas”.
Stolkiner investiga la conexión entre salud mental y economía desde 1989, tiempos de hiperinflación, y enfatiza la importancia de no caer en una visión causalista (“si en la economía pasa esto, en la salud mental, esto otro”) pero sí articular lo económico con la vida cotidiana para pensar tanto la salud, como la enfermedad, los cuidados y los sufrimientos psíquicos. Y explica que la economía es la forma en la que se organiza una sociedad, que implica a las instituciones, y las instituciones son los espacios en los cuales nos configuramos como personas porque lo humano es gregario, nos constituimos siempre en relación a otros.
“Existen estudios anteriores de índices epidémicos de suicidios y el más estudiado cuando investigamos salud mental y economía es el de la crisis del 30 en Estados Unidos. Entre 1929 y 1932 hubo un aumento del 23%, es decir, un incremento de suicidios más o menos parecido al que está sucediendo en Argentina”, suma.
Edad y género
Los datos muestran diferencias por género: del total de las víctimas de suicidios en 2025, el 78,6% eran varones, con una mayor concentración en aquellos de entre 18 y 34 años. “Las mujeres lo intentan más, pero la mayor consumación se da entre varones y eso tiene que ver con que utilizan métodos más violentos y, por ende, más letales”, explica Cristian Garay, del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA. “Lo que veníamos viendo en nuestros estudios es que los jóvenes tienen más riesgo de trastorno mental que los adultos mayores –y esto fue así incluso durante la pandemia, cuando pensábamos que iba a cambiar porque los adultos tenían más riesgos frente al COVID–. Así que es una población a la que hay que atender especialmente y en la que se cruzan diversos factores pero donde el económico tiene especial relevancia”.
Dentro de la población joven, preocupa particularmente el aumento de suicidios (y los intentos) entre adolescentes. Y es que históricamente en Argentina la población que tenía la mayor cantidad de suicidios era la de los adultos mayores, pero hoy esa curva se invirtió: bajaron los intentos en mayores a la par que aumentaron en chicos de entre 15 y 25 años. “Cuando hablamos de suicidio en adolescentes, en realidad nos referimos a una población muy heterogénea. El riesgo no se distribuye de la misma manera a lo largo de la adolescencia: las tasas más altas se observan entre los 15 y 19 años”, asegura Mariano Aizpurua, médico pediatra y oficial de Salud de UNICEF Argentina.
Aizpurua señala que cuentan con más información sobre distintas formas de sufrimiento que afectan a chicas y chicos: “Sabemos que una proporción importante de adolescentes reporta ideación e intentos de suicidio, y que en los últimos años UNICEF registró un aumento de indicadores de malestar emocional, como angustia y depresión, junto con un incremento de situaciones de bullying”.
Frente al aumento del suicidio adolescente, Aizpurua sostiene que más que concentrarnos en las muertes, hay que atender las señales previas de sufrimiento emocional: generar espacios de escucha, apoyo y acompañamiento para los adolescentes. Además, es clave fortalecer vínculos significativos, entornos seguros y protectores.
No hay causas o motivos particulares identificados para explicar la conducta suicida en adolescentes, sino “una combinación de distintos factores, como problemas de salud mental no atendidos, experiencias de violencia, conflictos en los vínculos, aislamiento o la ausencia de personas de confianza a quienes recurrir, entre otros”.
”No es querer morir, es que no saben cómo vivir”, dice Miriam Maidana. Para la psicóloga, la ausencia de redes de contención, tanto familiares como institucionales, y la falta de proyectos hace que muchos adolescentes y jóvenes se produzcan autolesiones o abusen de medicamentos para sobrellevar el día a día. “Es verdad que han aumentado mucho los casos, pero es poco el porcentaje que manifiesta haber querido matarse. Realmente es más un arranque ligado a la impulsividad.
Por eso, sostiene que la respuesta no puede pensarse sólo desde la salud mental. “Es algo que no vamos a resolver solos, mientras no se vuelva a construir red y las instituciones no vuelvan a ser un espacio que sostenga; no importa que haya psicólogos en cada rincón del país. Porque todos necesitamos proyectos, ideales, ilusiones para vivir, ¿si no para qué nos levantaríamos a la mañana? Este es un problema colectivo y la solución tiene que ser colectiva”.
Prevención y redes sociales
Contar con adultos disponibles para escuchar, redes de apoyo y entornos seguros y protectores puede marcar una diferencia importante. “El suicidio es prevenible y la prevención no depende solamente del sistema de salud. También involucra a las familias, a las escuelas, a las comunidades y a todos los espacios donde las y los adolescentes viven, aprenden, se vinculan y buscan apoyo”, sostiene Aizpurua.
Desde UNICEF señalan que, si bien no hay evidencia para afirmar que las redes sociales por sí solas expliquen la conducta suicida, sí hay que entender que son parte del contexto en el que hoy crecen y se desarrollan las y los adolescentes, pero no actúan de manera aislada. “Los entornos digitales pueden ser espacios de encuentro, apoyo e información, pero también pueden exponer a chicas y chicos a violencia, acoso, comparación permanente o contenidos potencialmente dañinos. Una proporción importante de adolescentes reporta haber visto contenidos vinculados con autolesiones o suicidio”, explica Aizpurua.
En esa misma línea, Lucía Fainboim, licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires y especialista en ciudadanía y crianza digital, sostiene que es clave comprender la subjetividad adolescente contemporánea, que está muy atravesada por las lógicas que proponen las redes sociales. “Lo que estamos viendo en los talleres, en las escuelas, en el área educativa, tiene que ver con que las redes sociales no solo afectan a nivel atencional y de concentración, por el estímulo de videos cortos acelerados, sino que hay un impacto muy poco reconocido que tiene que ver con la comparación social y la validación social cuantitativa. Una comparación constante entre pares impacta en el autoestima”, explica.
Por eso, para la especialista y cofundadora de la consultora Bienestar Digital es fundamental generar espacios de conversación y escucha. “Es importante entender lo que les pasa con estos nuevos consumos culturales digitales. Hay que hablar, escucharlos, que puedan expresarse, que entiendan que hay un espacio adulto que los escucha y que intenta entenderlos. Y también trabajar la educación digital crítica, donde ellos entiendan cómo funcionan estas plataformas, cuál es su modelo de negocios, cómo los necesitan los influencers y cómo pueden buscar influencers o referentes que los hagan sentir bien consigo mismos y generar un discernimiento más crítico a la hora de elegir a quiénes mirar y consumir en redes”.
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