El vacío siempre duele, a veces duele distinto

Luego de un suicidio, lo que queda además de la herida es un mar de preguntas, resentimientos, tristezas y reconciliaciones. Cómo lidia con la ausencia el círculo de quien decidió terminar con su propia vida.

A nadie le falta nunca una buena razón
Para suicidarse.
Cesare Pavese

En Calma el fuego, María Inés Bedia aborda vida, derrumbe y suicidio de su padre, un personaje misterioso y difuso que, mucho tiempo atrás, cuando jugaba con ella y su hermana, se llamaba así mismo “el monstruo”. El temperamento de ese monstruo, su verdadero rostro detrás de esa máscara lúdica y enigmática, es lo que intenta desentrañar la narradora, yendo a buscar lo que parece ser la caja negra de sus emociones: un puñado de textos que escribió su padre ya internado, antes de morir. Cruda pero a la vez cálida, la novela está trufada de escenas emotivas —en especial las que tienen que ver con la infancia— que se mezclan y que dialogan con otras de una honestidad por momentos estremecedora, como el capítulo, ya bien entrado el libro, en el que la protagonista va al encuentro del cuerpo muerto de su padre, suicidado. “Ese capítulo está narrado tal como sucedió -aclara Bedia en diálogo con Cenital-, ahí no hay ficción. Murió durmiendo”. 

Bedia se dispone a desgajar las capas que cubrieron la vida y la muerte de su padre, y a tratar de entender y contar cómo esa peripecia vital, marcada por la enfermedad, condicionó la dinámica familiar. Lo que también circula en la novela, lo que se desprende de ella como el murmullo de un diálogo que comienza con la muerte y que nadie sabe cuándo terminará, es el dolor de los deudos —ella, su hermana, su madre—, la conversación interna y externa que se inicia con la decisión, la reacción del círculo más próximo que debe acomodar las piezas rotas o hacerlas encajar en su propia historia. Aparecen, en suma, las grandes y dolorosas preguntas, esas que quedan flotando y que ya nadie podrá responder: ¿Por qué? ¿Podía haberlo evitado? ¿Se habrá arrepentido?

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“Hay cosas relacionadas con una decisión de esta magnitud que uno va aprendiendo con el tiempo. Yo las aprendí con las lecturas, más que con la escritura”, explica la narradora. 

Las preguntas se acumulan como parte de un teorema que solo puede abandonarse: ¿es inevitable la bronca? ¿Es inevitable sentir que lo que se hizo por la víctima resultó insuficiente? Bedia recuerda que para ella fue muy importante su propia terapia. “Uno pasa por todos los estados, y sí, en un momento tenés mucha bronca. Una vez, hablando con mi psiquiatra, me dijo algo que me generó alivio y tristeza: “A tu papá se le habían acabado todas las estrategias antimuerte. Todos tenemos cosas que nos atan a la vida. A tu papá se le habían terminado”. No estoy superada, y todo esto me costó mucho tiempo de terapia, pero en un punto uno dice ya está. Fueron años de llamarlo y preguntarle cómo estaba y que él me dijera: “Mal”. 

Ante una muerte de esa naturaleza el instinto natural es darle vueltas una y otra vez al asunto, repasar o elucubrar, incluso, los instantes finales, aun cuando sean pura conjetura: nadie estaba ahí en el momento que se dieron. “Sí, claro —reconoce Bedia— Te preguntás qué pasó en ese momento por su cabeza. Te preguntás si estaba desesperado, o cómo estaba. Pero es algo que no sabés y que no lo vas a saber nunca. También me he preguntado qué pasaba si lo llamaba 10 minutos antes. Pero es inútil, y hasta él mismo me lo había dicho: ‘Voy a encontrar el momento’. Con esa frase nos sacó algo de la culpa. Nosotros sabíamos, incluso, que cuando lo internaron fue para evitar riesgos contra terceros, no otra cosa”. 

El título de la novela Calma el fuego es parte de una canción que Bedia padre les cantaba a su hijas cuando eran chicas. Curiosamente, esa particularidad, la de que el título de una novela sea parte de una pieza musical, también le pertenece a otro gran relato relacionado con el suicidio de un familiar, una madre en este caso. Se trata de Nada se opone a la noche, canónica obra de Delphine de Vigan. La frase forma parte de la letra de un popular tema francés de comienzos de los años 90. En el libro, De Vigan desciende a los bajos fondos de su memoria familiar y regresa con un retrato demoledor y a la vez luminoso. Al igual que Bedia, al igual que todos los que atraviesan la experiencia de un suicidio cercano, De Vigan se pregunta las causas qué pasaba por la mente de Lucile, su madre, segundos antes de tomar la decisión final. 

Escribe: “Durante semanas, revisé una y otra vez los detalles, las palabras, las situaciones, los comentarios, los silencios que habrían debido alertarme, durante semanas intenté jerarquizar las causas del suicidio de Lucile, la desesperanza, la enfermedad, el cansancio, la muerte de Liane, la inactividad, el delirio, y después las rechacé todas, durante semanas volví al principio de la historia para luego darle la vuelta, durante semanas me hice las mismas preguntas una y otra vez, preguntas que compartí con los demás.(…) Fui con Manon a ver al psiquiatra de Lucile, quería explicaciones. Según él la cuestión no era saber por qué razón Lucile había elegido ese momento, sino más bien cómo había aguantado tanto tiempo, todos esos años. Nos dijo que hablaba a menudo de nosotras, que se sentía orgullosa, que éramos lo que la mantenía con vida.”

“Esa respuesta me pareció increíble”, señala Bedia en relación al libro de De Vigan. “Ahí entendí que muchas veces lo único que ata a las personas desesperadas son su familia más cercana, sus hijas, etc. Nada más”. 

Autora de la también autoficción No destruya las señales, Bedia vivió con mucha tensión el vínculo final con su padre. Hay una etapa anterior a la ausencia física que no en todos los casos es igual, pero que también forma parte del dolor. “El suicidio es impactante, pero él venía avisando. Una vez me comentó que la hija de Freud lo había ayudado al padre a suicidarse. Yo le respondí: ‘¿Qué me estás pidiendo?’ Con el tiempo pude ir desarmando al monstruo. Pude ir comprendiendo sus complejidades: él hacía lo que podía con su propia vida”, concluye. 

Freud, justamente, es el autor de Duelo y melancolía, un ensayo publicado en 1917 en el que ya debatía lo mismo que un siglo después sigue sin tener respuesta clínica definitiva: las razones. Escribe Freud: “Los motivos reales para que alguien se quite la vida están en otro lado; pertenecen al mundo interior, tortuoso, contradictorio, laberíntico y en su mayor parte invisible. En las dos situaciones más adversas entre sí, estar intensamente enamorado y querer suicidarse, el yo se ve abrumado por el objeto, aunque de modos por completo diferentes”.

Las pasiones, tanto las bajas como las más encumbradas, suelen ser un tema recurrente en la obra de Roberto Chuit Roganovich, autor cordobés de, entre otras cosas, las novelas Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores y Quiebra el álamo. Hace poco más de un mes, Chuit sorprendió con la publicación en la web 421 del texto “Carta a un amigo que decidió bajarse del mundo”, en el que, tras una larga intro que funge como reflexión sobre la creación literaria, revela lo siguiente: “Mateo, un amigo, decidió quitarse la vida a finales de marzo pasado”. 

Lo que sigue es un potente, amoroso y erudito tratado sobre el suicidio y las enfermedades mentales. También, cómo no, sobre la administración del dolor, sobre la necesidad de buscar culpables, o motivaciones, o certezas. Escribe Chuit: “Cuando Manuel, el hermano mayor de Mateo, me llamó para contarme la noticia, lo primero que me salió decir, lo único que pude decir, como si ya lo hubiera dicho miles de veces, fue eso: por favor, no lo odies, no te enojes.”

¿Por qué? ¿Cómo llega alguien a darse cuenta de que no hay que odiar ni siquiera entonces, a horas de que la noticia nos embosque y de que su rayo de angustia nos enfríe los huesos? “Como soy un paciente psiquiátrico desde hace un par de años largos”, le cuenta Chuit a Cenital, “con el tiempo me fui convirtiendo en un militante de los problemas de salud mental. Y como el hermano vivía conmigo, de algún modo me convertí en un educador de la familia”, explica.

Ahora bien, ¿cómo traer a la conversación algo que es incómodo y que tiene mala prensa, algo que aún hoy, tercera década del siglo XXI, carga con el estigma del tabú?. “Sí, el problema que atravesamos todos, y en particular con el suicidio, es que no estamos lo suficientemente educados en los temas de salud mental”, explica el escritor. Y agrega: “No es que cuando una persona toma una decisión de esa naturaleza se trata de una persona egoísta, o vive desinteresada de sus afectos. No, lo que le sucede es que le cuesta horrores hacerse cargo de sus días. Por eso lo primero que me salió fue decirle que no se enojen. Que no entren al duelo enojados. Mateo había tenido varios terapeutas, lo que te da la pauta de que nunca pudieron encontrar el camino”.

En cuanto al duelo, Chuit evoca una frase que encontró para la elaboración de su texto: “Me impresionó mucho algo que escribió [Roland] Barthes: ‘el duelo tiene la ominosa particularidad de ser discontinuo’. Y es tal cual: uno por un momento deja de llorar, y de repente dos días más tarde vuelve a hacerlo”.

Chuit va más allá, y considera que la salud mental en Occidente forma parte de aquello que el inglés Mark Fisher, el gran filósofo de la cultura de este siglo de cuyo suicidio se cumplirán 10 años el año que viene, englobó bajo el concepto de “la privatización del dolor estructural”, esa operatoria silenciosa y eficaz que lleva adelante el sistema para que los problemas económicos o sociales sean atribuidos a —absorbidos y reconocidos por— los individuos. Lo que se produce, al margen de la enorme presión social para pertenecer, es la extendida convicción de que ya sea en el amor como en el ámbito profesional, pero también en las cuestiones de salud, la falla sea siempre personal, no del sistema que las provoca. “La verdad es que no contamos con las herramientas para abordar esos temas. Esa cosa que dice que si no podés amar, la culpa es tuya. Y anda a saber… Ni siquiera somos del todo conscientes de los lobos que hemos encapsulado en el fondo de nuestro cerebro”, razona el escritor cordobés.

Los problemas terrenales

No tan descarnada como los ejemplos anteriores pero igual de honesta, la novela Un cuerpo muerto no sangra, de Andreína D’Ambruoso Duffau, comienza con un llamado, el del padre de la protagonista que le informa a su hija que “el tío Tito” acaba de quitarse la vida. Lo que sigue es un tour de force de la protagonista, el retorno a su ciudad de origen, peripecia que se transforma en una suerte de reinterpretación —y de duelo— del pasado, de los ritos familiares y de la tradición pueblerina. Sin embargo, el aire que lo cubre todo, aquello que palpita de fondo y con su aliento tiñe toda la historia, es la noticia del suicidio, el sedimento de una vida cuyas aristas la protagonista, como una arqueóloga de su propio linaje, se dispone a explorar.

Potente y contemporánea, la ficción ganó el premio Luis Chitarroni de novela de 2025. Mucho tuvo que ver, seguramente, su lúgubre temática, el fenómeno que aborda y que en Argentina tiene categoría de drama: de acuerdo a datos oficiales el suicidio es la principal causa de muerte entre personas de 15 a 24 años y, desde hace dos años, ocupa también el primer lugar en la franja de 25 a 34. 

Superado el estupor inicial, D’Ambruoso Duffau se arremangó para cavar en las cuevas de la familia, sin detenerse tanto en las razones que lo llevaron a Tito a ejecutarse, sino más bien rescatando la vida de un auténtico personaje, alguien que dormía con un arma bajo la almohada, bebía con intensidad y tenía opiniones taxativas. “No creo en la verdad absoluta ni de las causas de un suicidio ni de nada”, aclara la autora a Cenital. “No hubo, en mi familia, sentimientos de enojo o de reproche”, agrega. “Sí cuestionamientos, claro, de qué le estaría pasando para tomar esa decisión. Escribir sobre él, finalmente, sirvió para extender su vida. Convertirlo en personaje hace que más gente lo conozca, hable de él y lo sienta su propio tío. La escritura le dio otra entidad, pero por sus anécdotas de cuando estaba vivo más que por el hecho de que haya decidido quitarse la vida”. 

Hay, sí, un patrón que se repite y es, tal como advertía Chuit Roganovich, la insuficiente información que circula sobre el asunto y el escaso acceso al sistema hospitalario de las personas que tienen problemas de salud mental. “En la región, de 10 personas que sufren un problema de este tipo solo 2 están recibiendo un tratamiento”, señala Matías Irarrázaval, asesor regional de Salud Mental y Consumo de Sustancias de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). “El suicidio es un fenómeno multicausal y en ese sentido es un problema tanto de salud como un problema social”, agrega.

Doctor en Ciencias Sociales (UBA) e integrante del Instituto Masculinidades y Cambio Social, Luciano Fabbri advierte que del incremento de casos de suicidios en el país se desprende otro dato alarmante: la abrumadora variable de los hombres. Casi ocho de cada diez casos que se concretan son de varones. “No hay razones de orden genético, sino que son lecturas que pueden hacerse en clave de género, que tienen que ver con los mandatos sobre los varones. En general, ellos son los que se alejan del sistema de salud, pero además no solicitan ayuda a tiempo. En ese sentido, y esto es un dato que se desprende de la realidad y de observar las condiciones de vida de las víctimas, el no acceso al trabajo juega un papel central”, completa. 

Una ola que siempre vuelve

Trágico fenómeno contemporáneo, el suicidio parece estar inserto en una constelación todavía arcana. El dolor que produce, como una ola que emerge, baña y luego se retira, que cambia de presencia y de densidad, nunca desaparece sino que apenas se transforma. Alguna vez, le preguntaron a Martín Sivak, autor de El salto de papá, libro que aborda el suicidio de su padre, si tras atravesar la experiencia de la escritura algo en él había cambiado o si esa ausencia y ese acto seguían doliendo igual. “Siempre duele—respondió—, solo que ahora duele distinto”.


Esta nota es parte del especial Mejor hablar de ciertas cosas. Podés leer todos los artículos acá.


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Trabajó en Clarín, Crítica y Río Negro y en las revisas Noticias y Brando, además colaboró en COOLT, La Nación, Orsai, Rolling Stone, Página/12 y Gatopardo. En la actualidad se desempeña como editor jefe de la revista digital La Agenda. Es autor de Nada sucede dos veces, Teoría del derrape y coautor con Fernando Soriano de Turco, la biografía de Jorge Asís, y con Mariano del Mazo de Fuimos reyes, biografía de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.