Desde Cemento: este antro me salvó la vida y puede desaparecer

La consolidación de los estadios de gran capacidad y la concentración de eslabones en la industria de la música pone en crisis a las pequeñas salas de concierto. Qué aporte a la cultura está en riesgo

La noche está en crisis. Berlín, la capital mundial del techno y las raves, atraviesa el cierre de clubes por varios motivos: la gentrificación que le sube el alquiler a los locales, la gente que prefiere ir a grandes espectáculos en estadios -o a los lugares siempre de moda como Berghain– y que la generación que ahora está en sus veinte consume menos: no toma alcohol, saca la foto para sus redes, termina temprano y se va a la casa. Si las discotecas fueron el corazón cultural de la ciudad alemana, ¿qué significa este cierre masivo? Esa misma pregunta se puede trasladar a Buenos Aires.

La capital argentina tiene una relación estrecha con los antros donde escuchar música en vivo. Cemento, el mítico local de Omar Chabán en Constitución, fue tan importante para la cultura popular que se convirtió en frase cotidiana que denota fidelidad y años. “Te sigo desde Cemento”, habla de ver una banda desde sus inicios, cuando nadie la conocía, cuando ibas a un lugar en busca de alguna aventura incluso sin saber lo que ibas a presenciar. Hay libros, documentales, miles de anécdotas. Lo mismo con el Parakultural, donde Luca Prodan era habitué, y bandas como Sumo o Los Redondos hicieron sus primeras fechas y el circuito del teatro under brilló con los shows de Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese o las Gambas al Ajillo.

De esos reductos –un sótano gigante, un galpón de hormigón con baños espantosos– salió mucho de lo que hace a la identidad cultural argentina. Y esos antros siempre se transformaron en otros nuevos: El Zaguán Sur con la movida indie, los punks que agitaron en el Salón Pueyrredón, las noches de electropop en Unione e Benevolenza, el rock pesado en Club V y, más acá en el tiempo, Moscú, Casa Rincón o La Cultura del Barrio, o los más pitucos como el Matienzo, Lucille, La Fábrica, sólo por nombrar algunos. ¿Qué sucede ahí que es tan importante para una ciudad? Algo del encuentro con los otros, de lo inesperado, de lo desconocido, de lo que no digita un algoritmo manejado por una corporación para retener tu atención, algo que puede ser abrirte a un universo desconocido. Y su supervivencia está cada vez más en riesgo.

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La era del espectáculo

La corporación monopólica LIVE NATION –que es dueña del sistema de venta de tickets que se usa en todas las grandes y medianas salas de conciertos de Estados Unidos, las cuales también posee, y que además funciona como agencia de marketing y publicidad de las giras más grandes del mundo– acaba de comprar la mayoría accionaria del Movistar Arena, el Luna Park y está pronta a gestionar los lugares de concierto más masivos de Buenos Aires y Rosario. Mientras eso pasa, ya hay centros culturales que empezaron a cerrar sus puertas

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A simple vista no parece que esté directamente relacionado, pero los dueños de las pequeñas salas de conciertos en Estados Unidos están cerrando porque, como en Berlín, la gente consume menos en la barra, los precios de los alquileres suben, y se suma que las comisiones para operar con Ticketmaster no dejan margen, y no hay posibilidad de que toquen artistas más convocantes. Eso es clave en las salas chicas, donde una buena noche permite que pueda haber más propuestas alternativas. La Justicia de EE.UU. ya demostró que LIVE NATION, como posee toda la cadena, encarece las entradas a los conciertos –incluso con sobreprecios abusivos y sofocando la competencia –, pero como también es el dueño de medios de comunicación y de la publicidad de las giras de los artistas más taquilleros, los espectáculos cada vez son más masivos.

Como si fueran un pino en un patio, la corporación crece hacia lo alto en busca de acaparar el sol, lo mejor de la industria, lo más exitoso, pero también hacia los lados para no dejar crecer nada a su alrededor. Cualquier amenaza lo neutraliza con la acidez del suelo y lo ahoga con la oscuridad. Esto antes no ocurría, hasta hace poco lo mainstream se alimentaba de lo alternativo y viceversa. 

Este antro me salvó la vida

Winona Riders es una banda de rock psicodélico de pibes que, dentro de la camada postpandémica, tocó en los lugares más grandes: hizo un Estadio Obras donde tocó cuatro horas seguidas, fue tapa de la revista Rolling Stone, pero también se presenta en todos los reductos chicos de la ciudad y alrededores. Bien parados, con una pierna firme en el under y la otra la mueven, la bailan, en otros escenarios. ¿Por qué? “Nos importa lo visceral, lo corporal, lo que pasa ahí y que no se repite, lo que escapa un poco a la moda”, dice Francisco Cirillo, el baterista.

Desde antes de la formación de la banda, cuando la pensaban y la delineaban, ya lo tenían acordado. “Nos gusta tocar en lugares grandes, montar un show con escenografía, con luces, con banderas, nos gusta la comunidad que se arma cuando el número es grande, pero hay algo de tocar en lugares chicos es mucho más familiar y nos mueve más. No es lo mismo tener a tu compañero a diez metros que a un metro, y poder ver lo que está tocando, poder sentir lo que está sintiendo, poder estar unificados en algo más elevado. Y eso también se ve reflejado en la gente”. Además, Francisco dice que en los antros pueden experimentar otros formatos, presentar otras propuestas y que es ahí, en esa libertad, donde siempre encontraron aliados que les permitieron por ejemplo hacer shows con dos baterías o con sonidos más electrónicos. “El valor de tocar en un lugar chico, en antros, es inmenso y no lo queremos dejar de hacer nunca”.

Uno de esos centros culturales clave para los menores de 30 años fue Moscú, un espacio que estaba sobre avenida Córdoba y ahora está sobre Scalabrini Ortiz. Antes de mudarse, ahí ocurría una convivencia que no se veía en otros lugares. Barbi Recanati me contó una vez en una entrevista que lo que más le llamaba la atención de esta generación de jóvenes nativos digitales es que perdieron el tercer lugar para no hacer nada, más allá de la casa y la escuela o trabajo, donde una persona encuentra esos consumos culturales que moldean la vida. No hay más lugares gratuitos donde los pibes estén hangueando, pero una vez subió a la terraza de Moscú y ahí los vio: una buena cantidad de chicos y chicas charlando, sin estar necesariamente pendiente de los shows de la planta baja.

El lugar estaba intervenido por quienes lo habitaban de manera cotidiana. Al punto que en la revista Fulana –que se imprime en papel y se financia con el apoyo de sus lectores– hay una nota sobre los mensajes políticos escritos en los baños. Porque esa sala de conciertos para 100, 150 personas, también permitía que chicas y disidencias se juntaran a debatir de política y cultura. Incluso que se expresaran con graffitis en las puertas. “Era el lugar donde podíamos hacer que las cosas pasen. No es fácil encontrar un espacio que te acoja, que te tome en serio, que te respete como profesional, especialmente cuando sos un medio nuevo”, dice Paloma Rojo, una de las editoras. 

Defienden el soporte del papel impreso y de las reuniones personales no como una pose de nostalgia de algo que no vivieron sino como un combate al algoritmo y al tiempo vertiginoso impuesto. “Es la reivindicación de una forma más anacrónica de trabajar, con procesos más lentos que además dan cuenta de nuestra realidad material: todas tenemos otros trabajos que mantener, estudios, changas, obligaciones”. Como los músicos que tocan ahí, como los trabajadores de ese espacio. En esos livings ocurría no sólo un hecho cultural, también político. La diseñadora de la revista, Ana Solari, suma que cuando todo el registro de la época es digital, cuando los libros están siendo destruídos para alimentar a la IA “es importante dejar registros impresos, tangibles, de nuestro presente y cómo lo vivimos, es parte de la resistencia y existencia de la cultura de un pueblo”. Para ellas, la revolución va a ser analógica.

Salir de la mátrix

El valor de estos antros en una ciudad donde cada vez hay más gente sola, aislada entre sí, es que pueden ser catalizadores de otra realidad. O no. Pablo Schanton, crítico musical y gestor cultural, sostiene que no se puede evaluar la cultura con cánones del siglo XX, con categorías de popularidad de otra realidad. “Si antes la cuestión era un asunto de cómo ubicarse dentro de un mismo plano –si estar en el mainstream o en el under significaba estar arriba o abajo, estar en el centro o en los márgenes– era una cuestión espacial pero dentro de un mismo lugar. Yo creo que hoy hay que cambiar de plano directamente, pasar de lo virtual- digital a lo real-analógico. Es por eso hoy que la cultura más interesante se está realizando cuerpo a cuerpo en rituales colectivos en donde la gente vuelve a encontrarse”. 

Lo que hizo Dillom con el lanzamiento de La Nueva Violencia, su último disco, es el último acontecimiento cultural relevante para él. Tres shows gratis anunciados en el mismo día que obligó a sus fans a atravesar la ciudad con el artista. Una experiencia musical que implicaba desplazarse por el terreno. “Yo creo que finalmente el acto más subversivo, hoy, es salir de la mátrix, volver a juntarnos, volver a ritualizar, y es ahí donde se va a ver la cultura más interesante. Ya no es tanto lugares en el mismo plano, sino salir del plano que estamos metidos, que es el digital-virtual, que ratificó como refugio la pandemia”. Para Schanton, hay que autohackearse en relación a lo que el algoritmo nos da, porque lo educamos según nuestro gusto y nos encerró, nos aisló. Hay que preguntarse: ¿de qué componemos nuestro gusto?

Así como este modelo económico y político destruyó el cine en Argentina, el teatro pudo escapar de esa lógica y resiste como un arte anti algorítmico. Schanton lo sintetiza: “La pregunta es clara: ¿el rock será como el cine, que morirá como indie y parte pasará a las plataformas como Netflix? ¿O hará como el teatro, que subsiste en el on y off en avenida Corrientes?”.

La música corre riesgos frente a tamaños intereses internacionales en juego: quieren convertir cada recital en un espectáculo, un negocio aspiracional de entradas carísimas, una experiencia de estatus cultural, donde la música no es lo más importante. Pero el reducto, el antro, es el espacio natural del arte, es el teatro off de la música. Puede desaparecer, pero hay que defenderlo.

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.