Cada vez más espectaculares: los shows apuestan más al teatro que a la música

Kanye West camina sobre la Tierra, Rosalía hace una ópera en vivo, Sabrina Carpenter un musical camp, mientras Justin Bieber en Coachella prende la compu y canta sobre sus videos.

La historia del festival de música Coachella es como una alegoría del ecosistema musical actual. Todo empezó cuando Pearl Jam estaba enfrentada a Ticketmaster, la empresa gigante de venta de entradas en Estados Unidos. La banda de grunge consideraba en 1993 que la ticketera inflaba el precio final de los conciertos con comisiones abusivas y castigaba al público –de hecho, esta semana salió un veredicto que la responsabiliza por cobrarles de más a los fans, en una actitud monopólica junto a su matriz Live Nation–. Entonces Pearl Jam decidió hacer un show por fuera de todos los lugares habituales y de las exigencias de las corporaciones y 25 mil personas fueron a verlos en el desierto californiano. Ahí los productores cantaron ¡bingo! Si una banda sola los había convocado, tal vez habían encontrado un lugar para algo más grande.

Coachella debutó en octubre de 1999 con Beck, Tool y Rage Against the Machine. Hoy es uno de los festivales más importantes de la industria –junto a Tomorrowland y Glastonbury–. Es una enorme maquinaria de marcas, famosos e influencers, y es el lugar que eligió Justin Bieber –y el que le pagó un caché récord de 10 millones de dólares– para su vuelta a los escenarios. De ver bandas tocar pasó a ser una expendedora pochoclera de experiencias. Lo que pasa ahí se replica después en todos los tours, en todos los estadios, se derrama por el mainstream como un estándar. 

Ya sabemos, ese estándar es al que quieren llegar las bandas que desean dar el salto, a las que el circuito alternativo les queda chico y quieren pegarla. Porque hay dos realidades, la del show en un teatro donde te podés encontrar trapos, pantallas apagadas y equipos sobre el escenario, a la vieja escuela, donde la música y lo que le pasa al público es lo importante, sin condimentos. Y la otra, cuando vas a un estadio y te encontrás por ejemplo con el despliegue de la banda de rock de los tres hermanos: Airbag tira fuegos artificiales, arma escenografías gigantes inflables y da un recital a la altura de California. No es una cuestión de productos nacionales o internacionales, sino de cuán mainstream y exportable se quiera ser.

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Nunca antes se vio el mismo nivel de show, tanto acá como en el mundo, más allá del presupuesto. Lo que hará Lali en junio, antes lo hizo María Becerra, Duki, pero también lo hicieron Taylor Swift –en la gira más lucrativa de la historia de la música–, Dua Lipa, Bad Bunny y la estrella de pop que elijas. Porque cada uno está, grados más o menos, a la altura de un espectáculo masivo global. ¿Cuántas bailarinas, cambios de vestuario, de escenografía, de sorpresas pueden caber en dos horas? Todas las necesarias para inundar las historias de Instagram.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

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La tecnología del entretenimiento sólo avanza en un sentido, para que el storytelling sea más y más espectacular, que te maree. Para que el público reciba estímulos sin pausa cada 15 o 30 segundos, y que sea tanto, tanto el azúcar mental, el scroll sensorial, que quedes así medio amnésica. ¿Qué fue lo que acabás de vivir?

La vara sube y sube. Dos ejemplos más, el rapero Kanye West volvió a los vivos este mes –rebautizado Ye– con el tour de su álbum Bully, y lo hizo con una apuesta visual muy impresionante en el SoFi Stadium de Los Ángeles. Ante 80 mil personas desplegó una infraestructura de vanguardia con un escenario esférico y giratorio, como si fuera una gran Tierra, que permitió una visión total y dinámica desde las plateas. El cronista de Pitchfork escribió que mientras esperaba su inicio, lo único que pensaba era cómo haría Kanye para no deslizarse por el borde de ese esférico giratorio y caer.

Kanye West en su nuevo show: el escenario simula un planeta. Foto: Sam Goldner

Del otro lado del Atlántico está girando Rosalía con LUX, en una clase masiva de Historia del Arte. Apoyada en un guión planeado al milímetro, con una puesta operística en varios actos, el show combina ballet, teatro, rave, pop y danza contemporánea mientras hace sus referencias a Degas, a la Mona Lisa, a Goya, el teatro negro, entre un sinfín de detalles ya analizados en reels de Instagram. A diferencia de la gira de Motomami, donde cantó sobre una pista y el diálogo era con la cámara, acá logró darle música al show con una orquesta en el centro y el protagonismo a su voz, que no para de interactuar con sus devotas. Sin embargo lo que más se vio en redes, en los medios, es ese sketch que permite la improvisación, el del confesionario, donde invita a colegas suyas a contarle un secreto cual pecadora. Un acto performático teatral.

Y no mencionemos las residencias en el The Sphere de Las Vegas, que comenzó con U2, siguió con Coldplay, Backstreet Boys (leer la crónica del ingeniero de sonido Andrés Mayo) y ahora prepara la vuelta de No Doubt. Es un auditorio esférico de 112 metros de alto, con una pantalla de 54 mil m2, que da una experiencia inmersiva difícil de dimensionar. Hay una banda, sí, pero ínfima al lado de eso otro.

No es una novedad, por supuesto. Los shows masivos son una experiencia multisensorial. No es sólo ver a una banda tocar o un artista popular cantar en vivo, es un espectáculo que despliega una producción multidisciplinaria que necesita captar la atención del escurridizo y ansioso scrolling mental. Lo que sí es nuevo es el grado de saturación. El relato, el storytelling y la pirotecnia son exigidos cada vez más, al máximo. 

Y entonces, Justin

Y cuando esa parafernalia se convierte en la norma, aparece Justin Bieber en el escenario central del Coachella durante su primer fin de semana –toca de vuelta hoy a la noche– con un buzo negro, saca su compu, la pone sobre una mesa en el escenario pelado, abre YouTube y busca sus primeros temas, de cuando era un nene, los proyecta en las pantallas y canta arriba de ellos. Como si estuvieran todos, las miles y miles de personas que estaban ahí, las que estaban conectadas a la transmisión y él, en una habitación haciendo el karaoke más sentido y adolescente de la historia. Sin más artificio que la nostalgia.

“De todos los shows que vi, todos fueron fantásticos, divertidos, bla bla bla, pero Justin Bieber me pareció obra”. El que dice eso es una eminencia local en el asunto. Sergio Lacroix es arquitecto, escenógrafo y diseñador de los escenarios más grandes y finos de la industria argentina. Por ejemplo, él es el responsable de los shows triangulares y rojos de Babasónicos o de la caja lumínica de los Ferro del año pasado. Es quien está haciendo el próximo de Lali en el Monumental y el que hizo los Movistar Arena de Fito Páez. Es el responsable del diseño lumínico y espacial de las fiestas de Hernán Cattaneo y las Mute en Mar del Plata, y también del Cosquín Rock en Córdoba.

A cielo abierto, de día, de noche, en un reducto, frente al mar o la montaña, donde sea, él lo viste, lo ilumina, hace del toque de una banda el show por el que pagaste la entrada. Y le gustó lo que hizo Bieber.

Una imagen de la transmisión oficial de Justin Bieber en el primer fin de semana de Coachella 2026.

Hubo polémica. Algunos plantearon que era medio vago, incluso lo compararon con lo que pasó el día anterior: Sabrina Carpenter ejecutó una coreografía (un musical inmersivo) que implicó una cantidad de horas-recursos brutales para hacer de su show noventa minutos épicos, que la consolidaran ya no como la próxima sino como una estrella más del firmamento pop. Pero el caso de Justin es distinto, de ser el niño descubierto en YouTube a ser explotado por la maquinaria de la industria, mostrar los efectos en su salud mental y física, la lectura de la simpleza de su propuesta se leyó como un bálsamo, una cura compartida con sus fans. O, simplemente, que puede hacerlo. El relato que armó se lo permite. 

“Me gustó la postura del escenario, arquitectónico, el minimalismo de todo el show, que se la re bancó, con una paleta escasa de colores, sin visuales, básicamente circuitos cerrados. Un coqueteo de Justin con el circuito cerrado de video y luego trasladado a las pantallas. Con tres recursos logró grandes efectos, grandes gestos. Me encanta cuando eso pasa”. Como dice Lacroix, Coachella ya te da uno de los escenarios más coquetos y enormes posible, que cada artista pinta de acuerdo al espectáculo que quiere llevar, pero de entrada el lienzo es bastante exigente. 

Sergio piensa primero en el espacio, cómo es, cómo interactúa con su entorno y si lo quiere respetar o no. Después viene el setlist, el carácter del artista y de la obra que esté presentando. “Soy más old school, me gusta pensar”, le dice a Cenital. Y eso que piensa es cómo sucede una transición entre canción y canción, o entre bloques musicales, y cómo llevarlo a la realidad.

“Cuando empezaron los shows que tenían storytelling me interesaron, pero ahora es medio genérico. Cuando trabajo con artistas pop que necesitan el relato tratamos de buscarle una vuelta… de sencillez. Porque hay momentos en que el storytelling no tiene nada que ver con lo que está sonando, con la música o lo que el cantante quiere expresar. A veces alguien está declarando su amor a otra persona y en las pantallas suceden cosas rarísimas, complicadísimas que distraen la atención de lo que dice el cantante o la letra de la canción”.

Es un fino equilibrio. Lacroix hace un planteo no lineal, tampoco distractivo, sino más integral entre lo que suena y lo que el escenario brinda. Poner el foco en realzar la música y no sólo en el uso de la tecnología para impresionar, para estar en el Guiness de lo hizo primero, lo hizo más. “Trabajo con muchísima tecnología, me encanta, pero trato de tener pausas, de llevar un drama, que la tecnología no sea el discurso, es una herramienta. El discurso es otro. El storytelling que no me gusta es otro, no es la tecnología, no es la cantidad de luces ni la cantidad de LEDs que tengas, sino la idea”. 

¿La música es lo de menos?

Entonces, ¿la música es lo de menos? ¿el relato se morfó la escucha? «No estoy de acuerdo con esa concepción tan lineal», dice CRUZ, al mando de Cardinal Sur, una plataforma de diseño musical para los shows en vivo. Es decir, sus clientes son los músicos que quieren armar con él su set para tocar en vivo.

Porque una banda de rock tradicional puede armar las canciones en la sala de ensayo, plasmar los cuatro instrumentos en la grabación, y listo, el trabajo a posteriori es vestir eso que ya suena para un vivo. Pero hay mucha otra música que se graba de manera distinta, que puede tener composiciones digitales que deben ser traducidas en instrumentos para el vivo o puede ser que haya que adaptar sonidos y arreglos para formatos específicos, además de crear el relato y el diseño del escenario.

La pantalla de Sphere de Las Vegas es enorme. Acá es durante la residencia de U2.

“Yo, al menos, cuando estoy trabajando en un concierto, desarrollando una idea, me gusta pensar qué tipo de show es: ¿es un show basado en lo performático, en una experiencia teatral, está más apoyado en la experiencia del público, es un concierto donde lo que vamos a ver es gente tocar? O sea, son todas expresiones distintas”. CRUZ trabajó en la gira Cancionera de Natalia Lafourcade donde, en principio, era ella con su guitarra. También en el famoso Tiny Desk de NPR de CA7RIEL & Paco Amoroso, y de manera permanente con Juana Aguirre. “Hay una música que cambió, que hace uso del relato y storytelling porque ese es el carácter del proyecto, pero hay otra que sigue siendo vamos a ver cómo tocan. Y eso no está agotado”, afirma.

Entre un recital de cuatro personas tocando sin visuales a un estadio de una popstar hay una gama de grises. “Es importante pensar el punto de partida, que en las obras se entienda cuál es el código desde el cual se trabaja, porque el público tiene una experiencia previa con la música, y uno trabaja alrededor de esos bordes”.

Con Juana Aguirre, por ejemplo, tocaron en Deseo, el boliche de Sergio Lacroix en Villa Urquiza, para presentar su muy buen disco, anónimo. “Es un show que no tiene pantallas, porque contaminan la experiencia que queremos crear”. Se influenciaron en las noches de música electrónica inmersivas, cuando a veces el lugar se pone tan oscuro que no se llega a ver el live set del DJ, si está tocando o no, ni cuál es el origen de los sonidos que escuchás. “Hay un montón de decisiones que tomamos para favorecer eso, que termina siendo una experiencia altamente performática, aunque de una performance de minimalismo”. Ahora están próximos a tocar en el Teatro Coliseo.

En esta gama de grises dentro de un concierto —en los silencios, lo que se insinúa, lo que acompaña— pueden esconderse las pistas de la creación, los brillos donde el arte reside y resiste. El entretenimiento que proporciona un show musical en vivo parece acercarse a la marketinizada experiencia y alejarse de la escucha atenta, pero no por eso compiten. Son dos instancias de un universo expansivo, donde cada uno puede acercarse o alejarse como satélites en órbita. Lo que sigue siendo imbatible, más allá del espectáculo, es la idea. Una idea y una obra. Y claro, la música.

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.