Un Messi “táctico” camina a Ítaca con una Argentina emocional

El guía de la selección nunca deja de pensar en la cancha y juega con la llama eterna. “Le piden lo imposible y responde con lo inexplicable”.

Lionel Messi emprende el camino de regreso a Ítaca en pleno campo de juego. Va hacia el carril derecho, sin que nadie del cuerpo técnico le haya indicado el movimiento. Es el minuto 79 de los octavos de final del Mundial 2026. Argentina pierde 2–0 ante Egipto en Atlanta. Él no lo sabe, pero un modelo de probabilidad de victoria sin ir a tiempo extra le da 0,6%. Entonces Messi, recostado como wing derecho, como en los albores en el Barcelona, primero amenaza con un desborde, luego asiste con un centro-gol y, al final, ataca el área y clava el empate. En la contra del 3–2, es el guía hacia el gol: le indica con el brazo extendido a Julián Álvarez que se la tire a Lautaro Martínez, ubicado como extremo derecho, el espacio que él dejó vacío para que lo ocupe. “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo”, inicia el poema Ítaca, de Konstantínos Kaváfis.

Liberado en su totalidad — y en su interioridad — , redescubrimos a aquel que se había insinuado: un Messi “táctico”, que explica el juego incluso minutos después de haberse quebrado, de haber llorado sin parar en la cancha. “Estaba difícil en el medio. Ellos acumulaban gente. Habían puesto un medio más (Hamdy Fathy había ingresado por Emam Ashour) y estaba difícil encontrar los espacios entre líneas. Cuando entró Lautaro, al tener dos 9, ya había demasiada gente por el medio. Intenté buscar los espacios por el costado”, dijo. Argentina es la selección que más utiliza el centro para atacar (dato de Opta). Congestionado el camino, Messi halló el espacio a la derecha. También había desovillado el fútbol-juego tras Cabo Verde.

César Luis Menotti repetía que el fútbol tiene cuatro acciones: defender, recuperar, gestar y definir. Durante el Mundial 2026, Messi ejecutó las cuatro acciones en el equipo y se especializó como definidor (es el goleador de la Copa con ocho tantos, junto a Kylian Mbappé). Menotti también explicaba que el fútbol tiene tres preceptos ineludibles: engaño, espacio y tiempo. Messi los aplicó todos juntos al mismo tiempo ante Egipto. Puede no jugar bien —errar, fallar y perder es humano— , pero es el mejor futbolista del mundo mientras esté adentro de una cancha. Y todavía lo está.

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Una vez, en los años compartidos en Boca (1965–66), Antonio Rattín — mediocampista central aguerrido y capitán de Argentina en el Mundial de Inglaterra 1966— le pidió a Menotti que corriera un poco más. El Flaco era, como se definía, un futbolista “caprichoso”. “Lo único que falta es que para jugar al fútbol tenga que correr”, le retrucó Menotti, quien, cuando no le brotaba el juego, se tiraba contra la línea izquierda, a la inversa de Messi. “Se puede dejar de correr, o dejar de entrar en juego durante largos minutos —enseñaba el Flaco— ; lo único que no se puede dejar de hacer es de pensar”. En esta versión Mundial 2026, Messi es una inteligencia caminante que, contó, se habla a sí mismo e intenta, así, nunca irse del partido.

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Es cierto: los partidos no se analizan desde las emociones. Pero sin emoción no se puede jugar. Messi lo sabe. Cuando a la selección y a él les reclamaban “actitud”, tiró: “El fútbol no se trata de poner huevos, no es poner huevos nomás”. Al campeón defensor de la corona, sin embargo, habrá que ganarle por nocaut. Y si no lo sacás del juego, cuidado, porque se despierta el animal herido.

Nunca antes, en los Mundiales, una selección había dado vuelta un resultado de dos o más goles abajo en los últimos 11 minutos de un partido de eliminación directa, tan a contrarreloj. Fue la remontada de todos los tiempos. Y fue merecido. “Tal vez porque una victoria está al alcance de cualquiera y una de esta forma esté destinada a elegidos. No es demagogia sino el repaso de los rasgos distintivos. En el germen del triunfo se ve la idiosincrasia general. Tener poder de adaptación, nacer abajo para tratar de llegar arriba y acomodarse en la hostilidad. Se juega como se vive, cada uno y alrededor”, escribió Ariel Senosiain —compañero en #MACA— para La Nación.

Desde el minuto 76 ante Egipto, Messi encendió la llama eterna: según Opta, tuvo el mayor número de toques (27) y fue el único en tener múltiples tiros (2), ocasiones creadas (2) y gambetas (2). “¡Le piden lo imposible y responde con lo inexplicable!”, lanzó, tras el 2–2, el relator francés Benjamin Da Silva en plena transmisión de beIN Sports.

“Así estuvo Messi una hora: rabudo, con la capucha puesta, contestando a los wasaps con un ok. Hasta que se enfadó. Messi se enfada como los niños, de la forma más visceral. Cuando se enfada, se vuelve loco. Al final quien salvó a Argentina desde la derecha fue Messi y no Milei. Él solo revivió a su equipo porque Messi ya no juega para ganar: juega para seguir jugando. Y ahí es invencible”, firmó el escritor español Sergio V. Jodar.

El periodista inglés James Horncastle apuntó en The Athletic: “Argentina está loca. Justo cuando creés que están fuera, vuelven a meterse. Todo eso puede volverte loco. Pero en medio de esta locura hay un genio”. Y el cronista estadounidense Sam Anderson se preguntó en The New York Times Magazine: “¿Qué perdemos cuando desaparece una superestrella? Perdemos, sí, la oportunidad de verlos hacer cosas aún más increíbles. Pero perdemos mucho más que eso. Perdemos una cierta relación con el tiempo. Perdemos referencia. Nuestro pie resbala de repente, de forma precaria, de uno de los puntos de apoyo que nos han permitido aferrarnos al mundo”.

A los 39 años, Messi es genio y figura del Mundial 2026. Inesperado, pero real. Es, hoy, el humano con más partidos (31), goles (21) y pases-gol (9) en la historia de los Mundiales. Granit Xhaka, capitán de Suiza, rival en cuartos, dijo: “No sé si podremos detenerlo. Para mí, y para nosotros que jugamos en la era de Messi, es un privilegio enfrentarlo, ser parte de su historia”. Como Messi en sus inicios, Lamine Yamal (18 años) juega en el extremo derecho del ataque del Barcelona. Y también él, en la semifinalista España. “El Mundial de Messi es increíble –había dicho Yamal–. Nadie se esperaba el nivel tan alto que está dando. Ha marcado la infancia de todos los que estamos jugando ahora. Todo lo que sea bueno para él es bueno para mí, menos si llego a la final, porque quiero ganarla”.

En otra línea narrativa —que no abordaremos— , suenan los ruidos de los señalamientos externos por supuestas ayudas arbitrales y dirigenciales a la Argentina de Messi, el supuesto favoritismo de la FIFA y las teorías conspirativas. Aunque se quisiera, es imposible arreglarlo todo, manipularlo todo de cabo a rabo, por la cantidad de personas intervinientes en el juego, que guarda su propia trama, un guión que se escribe en vivo. Pero es el Mundial, y en él cabe todo.

Oana Vădeanu –rumana, especialista en dirección deportiva, gestión y comunicación en el fútbol– releyó tras el triunfo de la selección al antropólogo y sociólogo argentino Eduardo Archetti, autor de El potrero y el pibe. Territorio y pertenencia en el imaginario del fútbol argentino. “La cultura futbolística del país se construye sobre un ethos de confrontación –remarcó Vădeanu–. El ethos argentino tiene sus raíces en la figura del gaucho. Aislado en la pampa y sin la protección de un Estado, el gaucho defendía su reputación mediante el coraje y la disposición a afrontar cualquier desafío. El honor no era un concepto abstracto, sino una condición para la supervivencia”. En la cancha se ven los pingos. Y, si ha de morir, que la selección argentina “muera” en la cancha con Messi.

Digresión y cierre. Quien escribe siempre vio a Messi como un par. Él es categoría 1987; yo soy 1989, como les conté. Casi no vi jugar a Diego Maradona pero nací y crecí con él en el altar, elevado desde el relato paternal. Por Diego —por defenderlo— , nos peleamos: una profesora (anti)democrática de Derecho y Ciudadanía me sacó del aula en tercer año de la secundaria. A Messi, en cambio, lo emparejaba en mis sueños de ser futbolista, mientras jugaba como N° 5 en las inferiores de Deportivo Morón y coqueteaba con River después de haber pasado un par de pruebas. Nada se cumplió (tampoco hubiera podido frenarlo). Pero Messi siguió siendo un par, un primo, y aún lo es. Desde que pasamos la treintena lo siento más cercano, un primo-hermano. ¿Y si ante Suiza es el último concierto? Festejemos. ¿Será? Ojalá que sea el 19 de julio y con la Copa. “Por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón”.

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.