En el Mundial o con tus amigos: ¿qué es un equipo de fútbol?

Organismo vivo y sistema complejo, no es la suma de los jugadores, sino una interacción que crea algo nuevo: una inteligencia colectiva.

“Si sos músico y tocás el primer violín, más te vale saber qué está haciendo el resto, además de mirar al director. Tenés que sentir el conjunto para poder participar en emociones — como el miedo a perder y la alegría por ganar — , y sólo podés conseguirlo si actuás a la vez como individuo y como parte de un organismo superior, que es el equipo”, dice António Damásio, neurocientífico y neurólogo portugués. Y continúa: “Cuando se habla de espacio no consciente o de emociones, la gente piensa que no se necesitan los conocimientos ni la lógica. No es así: se necesita la repetición de reflexionar sobre decisiones. Para el futbolista de un equipo o el músico de una orquesta, parte de la educación se hace mediante la acción y a través de la inteligencia corporal motora”.

Damásio, quien hoy tiene 82 años, habla en Fútbol. Inteligencia colectiva (2006), de Jean-Christophe Ribot, una joya perdida en “el gran matón de la internet”, acaso ideal para estos días mundialistas.

Pierre Parlebas — profesor de educación física, sociólogo, Caballero de la Legión de Honor de Francia por su labor pedagógica, hoy de 92 años — define en el documental: “Un equipo no es la suma de varios jugadores, sino una interacción entre jugadores que crea algo nuevo: un compuesto nuevo con cualidades que no tenían los elementos que lo formaron”. A propósito de que veremos a 48 selecciones en Estados Unidos, México y Canadá 2026, vale preguntarse qué tantas cosas es un equipo.

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La interacción entre los futbolistas — ese movimiento de las individualidades — crea una inteligencia colectiva: forma una microsociedad, un sistema complejo, un organismo vivo. De la conducta grupal, de la red de relaciones, de las coordinaciones que se dicen desde el lenguaje corporal y que el otro equipo no decodifica, no descifra, emerge el estilo de juego. El de la selección argentina, que defenderá el título en el Mundial, y el de tu equipo en el fulbo del fin de semana con amigos.

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Si hacemos zoom out y miramos desde la cámara táctica, observaremos dos conjuntos de puntos de diferentes colores entrelazándose, y moviéndose como si fuera una colonia de hormigas en plena labor, o desplazándose como si fuera un cardumen. ¿Por qué se mueven así y solo así? ¿Qué rige los movimientos? ¿Qué conexiones íntimas, intrínsecas, se dan entre un futbolista y otro (y otros)? Ahí se va armando la jugada, un trazo vivo, y Lionel Messi controla la primera pelota tras su ingreso ante Islandia y habilita con un pase en profundidad a Lautaro Martínez.

“Cuando hablamos de la estética de un cuadro — dice el sociólogo Parlebas en el documental Fútbol. Inteligencia colectiva — , hablamos de líneas de perspectivas, de puntos de fuga. Cuando ves un partido, apreciás los movimientos constantes de las líneas, hacia adelante, hacia atrás, diagonales, líneas de defensa, huecos que se abren. Se empieza con dos sistemas, pero hay un único sistema que funciona de manera específica y cuya relación con el espacio es genuinamente estética”.

¿Y las fortalezas que los equipos levantan cuando se aprestan a defender en bloque bajo, a proteger el área grande? A Lionel Scaloni le preguntaron si aún pensaba, como antes de Catar 2022, que la Copa la ganará el equipo que, sobre todo, se defienda bien. “En el Mundial nos defendimos bien pero con la pelota — respondió — . Hay momentos puntuales en los que el equipo tiene que saber sufrir, que tenés que atrincherarte, y nosotros lo hacemos”. Sucede que la mayoría de los equipos en el fútbol actual no ataca con la misma estructura que con la que defiende. Si en la fase ofensiva (con la pelota) dibuja un 3–2–5, por ejemplo, en la fase defensiva (sin la pelota) adopta un 4–4–2. El sistema se compone y se descompone.

Así como no hay dos partidos iguales, tampoco hay un equipo que juega dos veces igual, por más que se repitan los 11 titulares. Ganar dos Mundiales seguidos no es lo común (sólo lo lograron Italia, en 1934–38, y Brasil, en 1958–62). A la selección argentina le querrán ganar todos con ese plus con el que juegan los que se proponen derrotar — derrocar — al campeón defensor.

¿Argentina podrá, a pesar de ese entorno antagónico, reafirmar su identidad, jugar con muchos mediocampistas y crecer a partir de los pases, sin escatimar el coraje y la valentía, también parte de “la nuestra”? Dicho de otro modo: ¿podrá seguir disfrutando, con la eficacia arrabalera característica, esforzándose por expresar su armonía? Argentina no es el equipo con jugadores más rápidos, más altos ni más fuertes: es el equipo que juega a algo propio y el que, desde allí, marcó la diferencia. Desde el martes, cuando debute ante Argelia en el grupo J, empezaremos a discurrir. Tampoco hay dos Mundiales iguales.

Matías Manna, asistente-analista del cuerpo técnico de Scaloni, conoció primero a Humberto Maturana a través de lecturas en fotocopias mientras cursaba el Doctorado en Comunicación Digital en la Universidad de Rosario. Maturana — biólogo y filósofo chileno cero futbolero, fallecido en 2021 — acuñó junto a Francisco Varela en De máquinas y seres vivos (1972) el término “autopoiesis”, que describe a los sistemas vivos como una unidad que se produce, se regenera y se mantiene a sí mismo a través de una red de relaciones. “Un equipo — dijo Manna — es muy autopoiético: desde sus propias características, surge y se desarrolla. Dejar nacer al equipo, dejar que las características de los jugadores emerjan. El equipo no va a tener la forma que quiere el entrenador. Eso es el arte de entrenar”.

José Barrenechea, el capitán del equipo de la novela El tiempo de los árboles que Manna publicó en 2024, le pregunta a Alma Segato, la arquera: “¿Creés que un equipo es todo el tiempo el mismo, que puede estar bien todo el tiempo y todos los partidos?”. Alma (inspirada en la antropóloga argentina Rita Segato) le responde, reflexiva: “Eso es imposible. Vamos teniendo distintos rendimientos a lo largo del año y, hasta diría, durante el desarrollo de un mismo partido. Si logramos estar óptimos, a pleno, felices, eso seguro se hará con otro poco de tristeza, faltas, dolores o soledades. Tanto para nuestro equipo como para nosotros en nuestra vida personal, si es posible que seamos felices tenemos que aceptar que será una felicidad imperfecta”. Lo vivenciará Argentina durante el Mundial.

Si “el rendimiento es una poesía motriz, del movimiento”, como dijo François Bigrel, especialista en antropología y psicología en el alto rendimiento que asesoró incluso a los formadores de técnicos de la Federación Francesa de Fútbol — y si “un equipo es un juego de sincronías tácitas”, como definió Xavier Marcet, empresario español cultor del management humanista — , el papa León XIV sumó su mirada.

Un día antes del inicio del Mundial, afirmó: “El fútbol nos recuerda algo que no debemos olvidar: la vida no es una carrera para lucirse en solitario, sino un camino que aprendemos a recorrer juntos. Quien no sabe pasar la pelota, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás, todavía no ha entendido la vida”. Nacido en Chicago, Estados Unidos, Robert Prevost — el papa León XIV — jugó de defensor en su juventud con seminaristas en el Perú. “No era un gran goleador”.

Ahora, antes de cerrar este texto, saco una foto pinchada en un corcho con chucherías de fútbol, de viajes, de la vida. Parados: Germán, el Tanito, quien escribe y Gustavo, el arquero. Hincados: la Popis, la Bruja y Nico. Todos nacieron en 1988. Son “categoría 88”. Menos yo, que soy 89, que tengo cuatro años y que me sumé a ellos. Una franja azul sobre los hombros de la camiseta blanca del Club Atlético Argentino de Ituzaingó, otra sobre el pecho y, debajo, la publicidad que no se llega a leer: “Mutual Automotor…”.

Es martes o jueves de práctica, porque es de noche y cada uno tiene un short diferente, no como será en los partidos de los sábados en la Liga Argentina de Baby Fútbol. No sé nada de ninguno de ellos desde hace más de 25 años. Lo que sí sé es que ese — ese específicamente, ese únicamente, ese extraordinariamente — fue mi primer equipo.

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.