Messi en concierto, más allá del bien y del mal

Argentina arropa al 10 hipersensitivo, que con su sola presencia lo cambia todo. La “zona 14”, el tango y el ruido de la pelota.

El tercer movimiento de Concierto Criollo — después de “Arrabal” y de “Remembranzas” —  se llama “Tangool”. A Daniel Pacitti, director y compositor santafesino radicado hace más de tres décadas en Europa, lo inspiró Lionel Messi. “Tangool”, desmenuzó Pacitti, es “una exaltación del potencial que tiene Messi para suscitar una euforia general en un estadio, con acciones explosivas, virtuosas, heroicas, indescifrables e incalculables. Un canto a eso inexplicable que hace en la cancha”. El concierto de música clásica fue estrenado en noviembre de 2018 en la Filarmónica de Berlín y en el Teatro Sociale de Bellinzona, cuatro meses después del Mundial de Rusia.

En la obertura de Estados Unidos, México y Canadá 2026 — su coda mundialista en la sexta Copa — , un Messi hipersensitivo que cumplirá el miércoles 39 años interpretó “Tangool” con la orquesta criolla de la selección argentina. Hizo tres goles ante Argelia y — aunque no le dé bola a los récords — llegó a los 16 que igualan al alemán Miroslav Klose como el máximo goleador histórico de los Mundiales. Lo podrá superar este lunes ante Austria, en la segunda fecha del grupo J, en la “maldita” Dallas, donde a Diego Maradona le “cortaron las piernas” en 1994, su última función con la selección.

Pero volvamos a Messi, porque su presencia lo cambia todo. Sin presión, liberado de todas las ataduras a excepción de la autoexigencia, metió el primer gol y el tercero ante Argelia desde la “zona 14”. Si la dividimos en cuadrículas de 6×3, la cancha queda parcelada en 18 zonas rectangulares. La “zona 14” — conocida como “el agujero” — es el balcón de frente al área grande. Un par de investigaciones, entre finales del siglo XX y principios del XXI, concluyeron que es el rectángulo que concentra las situaciones de gol de calidad. La 14 también podría ser llamada la “zona Messi”.

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En esta selección argentina, Messi es la luz por la que orbita el equipo. Mientras se desandan las jugadas, él camina y escanea continuamente dónde está el espacio libre. A veces apenas interviene, trota, y cambia de lugar para desmarcarse. Lo dijo, en 2016, Pep Guardiola: “Messi pasa el partido haciendo una radiografía mental de cada espacio, cada momento. Da la impresión de que se pasea, como si estuviera deambulando, y es tal vez el jugador que menos corre, pero cuando la pelota le llega tiene la radiografía completa del espacio-tiempo, de quién está dónde. Y entonces, ¡zas!”. Fíjense acá, desde dónde da el pase-gol mientras Guardiola vuelve a describirlo. Pero la amenaza no es sólo Messi en sí mismo, sino la constante red de conexiones y de interacciones que él activa.

El grupo de analistas del FIFA Training Centre también puso la lupa en el primer y en el tercer gol de Messi ante Argelia. Destacó que “los constantes movimientos para recibir la pelota hacen que defender contra Argentina sea extremadamente difícil”, porque “el trabajo colectivo garantiza que el jugador con la pelota siempre tenga múltiples opciones y líneas de pase abiertas”. El pase rasante que Rodrigo De Paul filtró en el 1-0 — a pesar de haber tenido otras tres opciones entre líneas y de que era el más difícil — fue para encontrar a Messi (Alexis Mac Allister, imperceptible, dejó correr la pelota, y en el recorrido hasta el 10 argentino, cinco argelinos quedaron out).

La selección argentina lee el juego en diagonales interiores y en distancias cortas. El mediocampo se contrae como si fuese un bandoneón. Equipo asimétrico, descompone la estructura y le genera dudas al rival, que, sin referencias, no sabe quién marca a quién. Y siempre con el pase en el centro: acercamientos, escaleras, paredes, “tercer hombre”, aceleraciones, desmarques, toques de primera y espacios a atacar. Ritmo de tango, danza de seducción hoy contracultural ante la homogeneización eurocéntrica del juego posicional que “fija” extremos para prefabricar la “amplitud”. Messi, en el ecosistema toro y pampa, es por quien nace y muere el fútbol.

“Como juego, el fútbol es maravilloso — me decía Pablo Aimar, asistente de Lionel Scaloni, en diciembre de 2024 — . A veces me boludean: ‘Ahí se le cae la baba a éste’. O cuando pasa algo en el entrenamiento, me miran a mí, Walter (Samuel) y Leo (Scaloni), y se me cagan de risa. La selección argentina tiene jugadores tan buenos, que hacés un ejercicio… Nosotros volvemos a la oficina diciendo: ‘Hay que ponerles los conitos, nomás. Hay que mojarles un poco la cancha para que la pelota corra y no volverse muy loco, si es un espectáculo, hace ruido la pelota’”. La selección juega a jugar.

Y está el componente emocional. La percepción socioafectiva de Scaloni alrededor del liderazgo de Messi en la selección. La emoción por encima de la boludés, de lo autoritario, de lo nimio. Lo que genera Messi en los demás. Lo observamos cuando el equipo, como en Catar 2022, sale a la cancha para calentar, escena cinematográfica. Messi al frente, delante de los compañeros, caminando sin sobresaltos. Contra Argelia en el Arrowhead Stadium, el único con botines blancos (y los demás con unos rosas).

“Su sola presencia modifica la organización defensiva, altera las coberturas, condiciona las decisiones de los marcadores y reorganiza continuamente los espacios del campo. Un cerebro excepcional es capaz de influir sobre el funcionamiento colectivo de los cerebros que interactúan con él”, apuntó el neurocientífico argentino Néstor Braidot, autor de Neurociencias cuánticas aplicadas al deporte, tras la presentación de Messi en el Mundial. “Hoy comprendemos que las diferencias más importantes del deporte moderno comienzan mucho antes del movimiento visible. Comienzan en un cerebro capaz de anticipar, interpretar, autorregularse y administrar inteligentemente sus recursos. Los grandes campeones no son únicamente quienes corren más, saltan más alto o golpean más fuerte. Son quienes han aprendido a utilizar el recurso más valioso del rendimiento humano: su cerebro”.

Messi lloró después del gol del 1–0 contra Argelia, como Scaloni después de que lo sacara y lo abrazara en el banco. Jorge Messi, padre de Lionel, atraviesa una “situación de salud”, comunicó la familia. Este domingo, en Argentina, es el Día del Padre. Respeto.

El Mundial, relámpago etéreo, es un torneo de eminentes emociones atávicas. Y es “jugadorista”. Los cracks se insertan en las selecciones. A Messi, el equipo lo contiene, lo arropa, lo explota, lo aprovecha y lo admira, una forma de querer. En Francia, brilló Kylian Mbappé — máximo goleador histórico de su selección — , con Michael Olise por detrás, más centrado. En Noruega, apareció Erling Haaland, en su debut mundialista. En Inglaterra, Harry Kane, goleador que retrocede para limpiar el juego. La Copa aguardará — ¿aguardará? — por Lamine Yamal en España y por Neymar en Brasil. Sus selecciones los necesitan con premura.

Messi, según estimaciones, figura en una de cada cuatro publicidades relacionadas al Mundial en Estados Unidos y en Argentina. Pero el mejor negocio sigue siendo el fútbol-juego. El suyo, el del último Dios en ingresar al Olimpo de la pelota junto a Alfredo Di Stéfano, Pelé, Johan Cruyff y Diego Maradona. Un rato después del 3–0 de Argentina, Sports Illustrated, mítica revista deportiva estadounidense, tiró en su cuenta de X: “Solo dos naciones defendieron exitosamente la Copa del Mundo, pero Argentina está más que a la altura del desafío”.

Antes del debut, Scaloni había deslizado unas palabras que pasaron desapercibidas: “Cuando ganás, dicen: ‘Estos pibes son diferentes’. Y no, no son diferentes a todos los que estaban antes, a los que no ganaron. Se mataban por esta camiseta, y lo seguirá siendo, porque lo llevamos adentro”. En el remolino de la mundialitis, ahí están, en el archivo, las críticas a Messi cuando no había ganado títulos con la selección.

“Es difícil de explicarlo, no nos sorprende porque lo vemos diariamente. Hasta que él quiera será el mejor. Hace 20 años que lo hace todos los santos partidos. Es emocionante verlo, no solo para nosotros los argentinos, sino para cualquier persona que le guste el fútbol”, dijo Scaloni. Emoción, juego y compromiso. Vimos a Messi tapar la salida de Argelia, bajar y recuperar una pelota en la defensa propia, y también a De Paul exigirle a Nico Paz, en su debut mundialista — reemplazó a Messi — , que metiese la “pata”. Messi — la selección — juega con la seriedad con la que juegan los niños.

“Madurez del hombre adulto: significa haber reencontrado la seriedad que de niño tenía al jugar”, escribe Friedrich Nietzsche en el aforismo 94 de Más allá del bien y del mal. El Indio Solari, escuchamos, le había dicho que “el Dios y el Diablo” le habían dado “una destreza inimaginable”. Después de los goles a Argelia, Messi — caso único de longevidad en el alto rendimiento deportivo, dos décadas como el mejor y la capacidad de asombro aún a flor de piel — dijo: “Me gusta jugar al fútbol, es mi pasión desde chiquito, y cuando estoy bien, doy el máximo”. Cuando había sido sustituido, se había tirado en el piso, al costado de la cancha. Como un pibe.

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.