“Magnifica mundialitis”: por qué cada Copa del Mundo es única
Reino mágico y regalo divino, monotema y pausa, el Mundial no es fútbol: es algo que está más arriba, acaso un destino.
Brasil no sale a calentar al campo del Stade de France. Final del Mundial de Francia 1998. Ronaldo — a quien no le gusta que lo llamen O Fenômeno, apodo puesto un año antes tras el arribo al Inter de Italia, porque “un fenómeno no puede fallar, no siente dolor, no deja de meter goles” — no juega. “¡Ronaldo está fora!”, gritan periodistas brasileños desde el palco de prensa. Es, a los 21 años, la estrella del fútbol mundial. Sin Romario — quien no ha sido citado — , la presión de Brasil — y de Nike, sabremos más tarde — recae sobre él. El 43% de las noticias mundialistas giran a su alrededor, tal como se precisa el documental The Phenomenon (2020). “Tobillo izquierdo”, mienten.
Doce horas antes, frente al espejo del baño de la habitación, mientras se disponía a raparse como de costumbre antes de los partidos, había sufrido una convulsión. Cuatro horas antes, fue del hospital al estadio. Jugó. Francia fue campeona del mundo por primera vez. Un millón y medio de hinchas clamaron por Zinedine Zidane presidente en los Campos Elíseos.
Ronaldo no había sufrido nunca antes una convulsión. Tampoco sufrió una después. Los Mundiales — la Copa Mundial — son únicos.
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A Corea del Sur-Japón 2002, Ronaldo — como Neymar al Mundial 2026 — llega casi sin haber jugado durante los últimos dos años. Ningún partido en la temporada 2000/01 por la rotura del tendón rotuliano. Y apenas seis partidos en el primer semestre de 2002 con el Inter, con el que perdió el Scudetto en la última fecha. Pero Brasil avanza.
Antes de la semi contra Turquía, una lesión muscular en la ingle altera la marcha. Ronaldo se rapa, pero se deja un montoncito de pelo sobre el flequillo. El corte de Cascão. Todos hablan del look y olvidan la lesión. “Es feo, pero está de moda”, dice un niño a la TV en Brasil mientras le imitan el corte en una peluquería. Como abrir el pie para pegarle le causa dolor, define de punta: 1–0 y a la final. El miedo a que vuelva a convulsionar lo acecha. El día de la final ante Alemania no duerme. Doblete de Ronaldo — goleador de la Copa con ocho — y Brasil pentacampeón. “Mi Mundial — dirá en The Phenomenon — fue mi recuperación”.
Cada Copa del Mundo, escenario de trascendencias, es única. Un destino abierto que se traza a través de decisiones acertadas y adversas. Y el Mundial es “jugadorista”. Si hay espíritus de época, hay Mundiales de época que intentan decirnos algo. Desde Uruguay 1930 hasta Catar 2022, cada Copa proyecta una imagen del mundo. Monotema por un lado y pausa por otro, el Mundial no sólo exhibe cómo las personas de los países se conectan emocionalmente con la pelota, adentro y afuera de la cancha. Si al fútbol-juego hay que leerlo entre líneas, al fútbol-global también.
“El Mundial es lo mejor que hay. No es fútbol, es algo que está más arriba”, tuiteó Santiago Barrionuevo, líder de “Él Mató a un Policía Motorizado”. “Qué gran término COPA MUNDIAL”, me escribió un amigo de la nada. A mi ahora novia, dubitativa, le aseguré esta semana que nos habíamos reencontrado tantos meses después de Catar 2022. Los Mundiales como separadores de la vida humana.
¿Alguna vez 1.500 millones de personas realizamos algo al mismo tiempo, como ver a través de pantallas la final del Lusail? No se trata de obviar que éste Mundial 2026 será diferente a todos, primero con 48 selecciones y 104 partidos. Que será el más caro de la historia, con entradas prohibitivas para la mayoría (y no sólo de Argentina, sino también, por ejemplo, de Alemania). Que se centrará en Estados Unidos, país del football americano, con razias de la ICE-Gestapo contra los inmigrantes, en guerra con el mundo. Que Donald Trump se guardó a Gianni Infantino en el bolsillo y que la FIFA que preside contrató a influencers y a tiktokers de la estupidez. Pero el Mundial es más grande y, en sí, no les pertenece.
En la Copa Mundial — es única porque es diferente a todo — , los futbolistas estrellas se vuelven adolescentes en pleno viaje de egresados del fútbol. O abrevan en los orígenes, viajan hasta la infancia. Si Lionel Messi cuadruplicó los esfuerzos hasta tener su Mundial — el de Catar 2022 — , Kylian Mbappé anunció su tercera Copa del Mundo con una foto de él de niño, con la camiseta blanca suplente de Francia. “Estoy orgulloso de poder representar a mi país una vez más en la competición más importante”.
Mbappé — en disputa con el Real Madrid, silbado por el Bernabéu — , fue campeón del mundo a los 19 años — un gol en la final de Rusia 2018 — y marcó tres en la de Catar (con cuatro, tiene el récord de goles en finales de Mundiales). En Estados Unidos, México y Canadá 2026, Messi (13) y Mbappé (12) pueden convertirse en el máximo goleador de la historia de la Copa si pasan los 16 goles del alemán Miroslav Klose.
“Imagínese lo que significa una Copa del Mundo. Si yo fuera espectador, como enamorado del fútbol, como hincha, estaría felicísimo de poder vivir un Mundial. Escucho mucho que no hay ningún entusiasmo de cara al Mundial, aquí y en Argentina, y me cuesta creer que un pueblo como el uruguayo, que está tan enamorado de su selección y que es tan futbolero… Me llama la atención”, dijo Marcelo Bielsa, entrenador argentino que dirigirá su tercera Copa, ahora con Uruguay, antes de cerrar de esta manera la conferencia de prensa: “Dudo de que no vean el Mundial con expectativa y placer. Dentro del pueblo, los que menos tienen más necesitan de las felicidades por las que no se paga. Dicen: ‘Que el fútbol me haga feliz’. ¿Cómo no va a haber entusiasmo? Claro que hay, porque se mezcla el amor por la camiseta y por el fútbol”.
¿Y la selección argentina? En El método Scaloni (Flow) — serie de tres capítulos dirigida por Diego Peskins — , escuchamos, adentrados en la intimidad, que “si estamos bien, somos capaces de competir contra cualquiera”, como comprendió el cuerpo técnico tiempo después de que tomara la selección tras Rusia 2018. Es Emiliano “El Dibu” Martínez — ahora uno de los averiados que se prepara en el Sporting KC Training Center de Kansas City — quien marca en El método…: “Es un Mundial, si no lo jugás al máximo, miralo por tele. Para ganar un Mundial, tiene que estar todo el equipo bien, no diez. Si no, imposible”. Pablo Aimar lo experimentó por haber jugado Corea del Sur-Japón 2002. “De los Mundiales — avisa — nadie sale ileso”. Y también que “en un momento se va a dejar de ganar”.
En tiempos de IA deshumanizante, el fútbol ofrece su “Magnifica mundialitis”. El reino mágico en el que elegimos creer — nos dejamos mentir, suspendemos la incredulidad — es aquel en el que todo puede pasar. Y aún se cuenta a través de las historias. Algunas son Mundial.
El periodista brasileño Diogo Olivier entrevistó a Eduardo Galeano antes de la semifinal que Uruguay perdió ante Países Bajos en Sudáfrica 2010. Olivier creía que lo del cartel que Galeano colgaba en la puerta de la casa durante los mundiales era parte de la leyenda. En el Café Brasilero, donde lo había citado, Galeano le anotó la dirección de la casa en Malvín, barrio montevideano. Olivier fue a comprobarlo. Cuando llegó, vio una bandera de Uruguay, otra de Nacional y el cartel: “Cerrado por fútbol”. Lo repetía Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra, la Biblia de la pelota que comenzará a rodar este jueves con el México-Sudáfrica en el Azteca: “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”.
La Copa Mundial es un regalo divino.