Mundo Propio

Qué quiere Estados Unidos de la guerra

Los objetivos de Washington son cada vez más importantes para entender su desenlace. Europa mira de cerca, mientras la OTAN se agranda. ¿Pero cuál es su futuro?

¡Buen día!

Espero que te encuentres bien. O hayas tenido una mejor semana que George Bush, que estaba hablando en una conferencia sobre la invasión de Putin y en lugar de decir Ucrania dijo Irak. Lo que se dice un señor gaffe. Bueno, hoy vamos a hablar de eso. De la guerra, quiero decir, no de los gaffes. Hubo novedades que ameritan que esta semana volvamos a ocuparnos del tema. Por ejemplo, que Finlandia y Suecia aplicaron para entrar a la OTAN, y que el presidente de Turquía amenaza con arruinar la fiesta y bloquear la entrada, por ahora. 

Pero esta va a ser la excusa para hablar del futuro de la OTAN y de sus objetivos. Lo que también nos obliga a discutir cuáles son los de Estados Unidos con respecto a la guerra y a la relación con Rusia. ¿Los tiene claros? ¿Son realizables? ¿Qué consecuencias pueden provocar? 

Creo que estas preguntas son cruciales para el devenir de la guerra en el corto plazo y para la futura relación entre las principales potencias.

Vamos por partes. 

1. QUÉ QUIERE ESTADOS UNIDOS

Pudo haber pasado desapercibido, pero a fines de abril, el secretario de Defensa norteamericano, Lloyd Austin, le dijo a unos periodistas: “Queremos ver a Rusia debilitada hasta el punto de que no pueda hacer el tipo de cosas que ha hecho al invadir Ucrania”. El giro sí fue registrado por la prensa gringa, que confirmó la nueva estrategia con otras fuentes de la Casa Blanca. “Buscamos socavar el poder económico y militar de Rusia por amenazar y atacar a sus vecinos”, dijo un portavoz del Consejo de Seguridad Nacional a CNN. “Queremos que Ucrania gane", agregó.

De ahí se desprenden dos premisas. La primera es que, para Estados Unidos, la guerra, que hoy tiene su epicentro en el Donbass, va más allá de Ucrania y su defensa contra la invasión. Es también una oportunidad para golpear estratégicamente a Rusia, y por tanto se rige por otros estándares. La segunda es que, en pos de ese objetivo y por la propia dinámica del conflicto, Washington apuesta a una prolongación de las hostilidades, tanto en el terreno como en el futuro vínculo con Rusia. 

Esto explica, entre otras cosas, por qué el Congreso aprobó hace un par de semanas un nuevo paquete de ayuda militar para Ucrania de 40 mil millones de dólares, que se suman a los más de 13 mil que había desembolsado antes. Para dimensionar: el monto es superior a lo que Estados Unidos gastó en toda su asistencia internacional y militar en 2019. 

Lo que todavía no terminamos de entender muy bien, me parece, es la traducción práctica de ese objetivo. ¿Qué quiere decir que Rusia quede debilitada? ¿Que quede golpeada económicamente, sus capacidades militares dañadas, su moral por el suelo? ¿Es que el poder de Putin peligre, como soltó en un sutil gaffe el presidente Biden? Estados Unidos quiere que Ucrania gane, dicen, y agregan que lo ven viable. ¿Pero qué significa que Ucrania gane? ¿Que no pierda más territorio del que ya perdió y los rusos se retiren? ¿O es volver al status quo anterior, con el control de Crimea y el Donbass? 

Saber esto es clave para especular, en primer lugar, acerca de los tiempos de la guerra. Dicho de otro modo: entre un objetivo y otro puede haber una distancia de años. Y esto va unido a otra pregunta, también importante, que es la viabilidad. ¿Son alcanzables esos objetivos? ¿De qué dependen? Empecemos a poner nombres: ¿Van a aguantar los ciudadanos yanquis la prolongación de una guerra mientras los sueldos se debilitan con la inflación? ¿Y los europeos, que además de preocuparse por las fuentes de energía son los que tienen el conflicto en el barrio, van a estar de acuerdo?

(Pido disculpas por el tono del newsletter de hoy, sé que puede parecer tedioso, pero es la única manera que encontré para que se entienda el argumento. Tampoco te quiero mentir: a veces me gusta escribir los correos así, como si fuera un profesor universitario que está surfeando en las filminas que terminó la noche anterior para explicar bien el tema y que la atención no se disperse, un profesor, pongamos, de cuarenta años, con el pelo batido, el pantalón de vestir quizás demasiado achupinado pero qué bien le queda, hay que decirlo, un profesor que disfruta hacerse entender y que enseña con pasión. Está buena esa impostación a veces. Por ejemplo, atención a cómo abre el párrafo siguiente:)

Ahora bien (aajsfasf, ¡qué placer!), el cambio en la estrategia norteamericana tiene, a simple vista, dos problemas. El primero es que debilita la opción de una salida diplomática a la guerra en el corto plazo. Si Estados Unidos apuesta a debilitar estratégicamente a Rusia mientras le brinda armas, inteligencia y asistencia a Ucrania, un apoyo, por otro lado, que aumenta la confianza ucraniana de que le pueden ganar a los rusos, entonces los incentivos para desechar el diálogo y prolongar el combate aumentan, al igual que las víctimas. Si a eso se le suma la narrativa que decora el contexto bélico, que se plantea como una batalla entre la libertad y la tiranía, tildando a Putin de nazi, entonces las posibilidades de una salida se vuelven incluso más dificiles de vender a la ciudadania. Porque, ¿quién pacta con los nazis?

El segundo problema es cómo se lo puede tomar Rusia. Pasemos por alto lo más obvio. Que Estados Unidos diga públicamente que tiene como objetivo debilitar a Rusia es legitimar lo que Putin viene diciéndole a los rusos desde que comenzó la guerra: que su país pelea contra ucranianos pero también norteamericanos, cuya intervención es apenas una excusa para golpearlos a ellos. Es combustible narrativo. 

Pero más importante aún es lo que puede hacer Rusia ante la evidencia de que Estados Unidos busca debilitarla a largo plazo. ¿Por qué no es una buena idea pasarse de rosca con Rusia? Para empezar, porque tiene armas nucleares. Esto no significa necesariamente que las vaya a usar, pero si el Kremlin considera que su posición en Ucrania corre peligro y que eso puede significar una amenaza interna, entonces puede estar dispuesto a mandar un mensaje para que Estados Unidos retroceda. Esto no es descabellado. La propia directora de inteligencia norteamericana dijo hace un par de semanas que Putin podría usar su armamento nuclear en el caso de una amenaza existencial.

El problema entonces no es solo narrativo. Si Estados Unidos lleva adelante este objetivo y consigue resultados, la amenaza nuclear aumenta. Pero aún si ese escenario queda desactivado a corto plazo, una Rusia humillada, golpeada o acechada también puede ser un problema a futuro. El ascenso de Putin, para poner un ejemplo, está atravesado por la promesa de devolverle el orgullo y el bienestar a los rusos, después de la trágica experiencia de la disolución de la URSS en los noventa. El mismo Putin que decidió sacrificar la economía para evitar que la OTAN se siga expandiendo hacia el Este. 

“Tenemos una paz que construir mañana, nunca lo olvidemos”, dijo hace unas semanas Emmanuel Macron. “Lo tendremos que hacer con Ucrania y Rusia sentados en una mesa. Ucrania y Rusia marcarán el final de la discusión y la negociación. Pero no se hará en la negación, ni en la exclusión mutua, tampoco en la humillación”. El francés había advertido también acerca de los límites en el castigo a Rusia: sería no haber aprendido nada de la experiencia de Alemania y el tratado de Versalles después de la Primera Guerra Mundial. 

Ya que estamos:

2. QUÉ QUIERE (CON) EUROPA

En estos meses se habló mucho de la unidad del bloque occidental en las sanciones contra Rusia, creo que de manera correcta. Pero la preservación de esa unidad no está dada, y depende en buena medida de Europa. 

Las fisuras ya se están viendo dentro de la Unión Europea, donde se discute la economía: la Comisión no ha logrado todavía generar consenso sobre el embargo al petróleo ruso, principalmente por el veto de Hungría. Pero aún si eso se destraba, la batalla por el gas va a ser más difícil. Y ahí el protagonista no será el villano Viktor Orbán: Alemania e Italia importan más del 40% del gas desde Rusia, que sigue recibiendo pedidos en rublos, pese a la oposición manifestada por la Comisión. Esto es solo a modo de síntesis.

Volvamos a la guerra. En el debate sobre la prolongación y posibilidad de una salida diplomática también se traducen las fisuras: Francia y Alemania, por ejemplo, siguen mandando armas pesadas como el resto, pero hacen más hincapié en no abandonar el diálogo que sus socios norteamericanos, británicos o, para ampliar el mapa, polacos. Vamos a volver a esto. Pero ahora presentemos a la OTAN, la estrella del momento. Las aplicaciones de Finlandia y Suecia son una medida de cómo la invasión de Rusia trastocó la opinión pública en el vecindario (en el primer caso el apoyo popular a la adhesión pasó del 20 al 70% en un solo año) y también de cómo la gran mayoría del continente descuenta, como lo hace Estados Unidos, un vínculo tenso con Rusia más allá de la guerra. 

La otra premisa es que la guerra revitalizó a la alianza, que hace un par de años fue decretada en “muerte cerebral” por Macron. El gran problema, se decía en aquel tiempo, era la falta de un propósito luego de que su razón fundante –la defensa colectiva contra la amenaza soviética– se haya disuelto. La invasión rusa, según esta narrativa, volvió a dotar a la alianza de un propósito –enemigo– común y legitimó su existencia. Estamos entonces en la primavera otanista. ¿Pero cuánto va a durar? ¿Y hacia dónde va la alianza?

Quizás no tengamos que esperar mucho para averiguarlo. A finales de junio habrá una cumbre de la OTAN en Madrid. Va a ser importante porque va a definir el marco estratégico a seguir en el futuro y seguramente para ese entonces sabremos el estado de las aplicaciones de Finlandia y Suecia. Pero también se van a discutir otros asuntos inmediatos. Por ejemplo: ¿Qué va a pasar con la presencia de tropas en el flanco este? Ya aparecen fisuras: Polonia y los países bálticos, los más preocupados por la amenaza rusa, en parte por su cercanía, quieren extenderla; otros, como Francia e Italia, consideran que no hay motivos para hacerlo.

Es que el vínculo con Rusia y la presencia de la guerra que devolvió esperanza a la alianza también puede tensionarla a futuro. Para decirlo fácil: la percepción de los miembros sobre lo que tiene que hacer la OTAN con el Kremlin varía mucho según cuán cerca están del país en cuestión. Lo que también tiene sentido, dado que esa percepción de amenaza rusa es legítima. En general, las voces de la parte occidental suelen ser más receptivas a la idea de que Putin también puede tener preocupaciones fundadas en la actividad y expansión de la alianza, que eventualmente deben ser consideradas para construir un orden de seguridad. En general, se tratan de voces que están sonando menos en esta primavera. También es una cuestión de agenda. España, Italia y Grecia pueden decir que todo bien con hablar de Rusia, pero no se olviden del Mediterraneo y de la crisis migratoria.

Nada, sin embargo, es tan relevante en esta discusión como el rol de Estados Unidos, que es el máximo responsable de la revitalización y que, en parte por esto, también puede ser un factor de problemas. Una de las bases de la primavera otanista es que los estados miembros, entre ellos Alemania, se comprometen a invertir más en Defensa. La traducción es que van a empezar a compartir la carga con Estados Unidos. ¿Pero es tan así? Los miembros europeos están gastando más, sí, también aportan a la vaquita de armas que va para la guerra, es cierto, pero son los más de 50 mil millones de dólares que Washington tiene comprometidos lo que están haciendo la diferencia. De nuevo, para dimensionar: Estados Unidos está gastando más en Ucrania que lo que gastan la mayoría de los miembros de la alianza en ellos mismos anualmente. Y el monto no está muy lejos de los presupuestos anuales de los otros pesos pesados como Reino Unido, Francia y Alemania. 

Esta es una verdad incómoda para todos. De alguna manera, le da validez a voces como la de Macron, que señala la asimetría en la OTAN para decirle a los europeos que no se puede confiar para siempre en la chequera y disposición del tío Sam, que hay que buscar autonomía para defender también los intereses europeos. Pero, para países como Polonia, es gracias a esa chequera que puede dormir tranquila, un respaldo que se hizo más evidente en estos meses. Cuando nos puedas defender como el tío Sam nos avisás, Manu. Hasta entonces…

Pero este newsletter no se titula qué quiere Estados Unidos en vano. Para pensar el futuro de la alianza, hay que preguntarse también qué busca Washington con la alianza, en la que hoy está potenciando a las voces más agresivas. Bien, llegó el momento de presentar a China, segunda superpotencia global y, hasta dónde sabemos, la máxima prioridad de la política exterior de la Casa Blanca. Esa nueva prioridad supone además un desplazamiento geográfico, que va desde Europa y Medio Oriente hasta el Indo-Pacífico. Acá tenemos que hacernos una pregunta bien importante: la idea de “debilitar” a Rusia, ¿supone una nueva estrategia en su política exterior o es parte de la misma, orientada principalmente hacia China? Los objetivos de debilitar a Rusia y China, socios estratégicos por lo demás, ¿se complementan o van por separado?

Acá, de nuevo, la cumbre de finales de junio nos puede dar una pista. Es muy posible que la alianza reafirme su preocupación respecto a China a la que ya considera un “desafío sistémico”. Incluso podría llegar a etiquetarla como “enemiga” o “adversario”. Lo cierto es que dentro de ese debate aparece uno más grande, que se va a discutir en la cita, y es acerca del rol global de la OTAN. Sobre la posibilidad de que salga de Europa. En alguna medida ya lo hizo: su lista de “aliados importantes extra-Otan” incluye desde Colombia hasta Marruecos o Qatar. ¿Pero puede expandirse más? ¿Podría, quizás, como quien no quiere la cosa, pisar más fuerte en el Indo-Pacífico? Todo se pone más interesante.

Esto es lo que se está leyendo y advirtiendo desde Beijing: que Estados Unidos quiere que la OTAN se convierta en un brazo de su estrategia en el Pacífico, según denuncia el oficialista Global Times. Puede sonar exagerado, en parte porque Washington ya está construyendo sus propios cordones en la zona, como el Quad y Aukus. Pero pensar en el rol de la OTAN en la estrategia norteamericana contra China no es un delirio. De hecho, hace tiempo que Washington le pide a los europeos que se alineen al frente contra Beijing, algo que por ahora no ha sucedido, quizás con la excepción de Reino Unido. 

¿Y si Estados Unidos quiere, a cambio del renovado compromiso con la seguridad europea, encolumnar la alianza a su política contra China? Ahí pueden aparecer otras fisuras. Porque hay un motivo por el cual los europeos han sido por lo general escépticos respecto al frente anti-Beijing: sus economías no lo toleran. De esto hablamos hace un par de correos: el boomerang de desacoplar económicamente a Rusia muestra también lo inviable que sería intentarlo con China. 

A la primavera otanista, entonces, hay que agregarle este escenario. Y sumarle otro, el último de hoy, prometo. Es algo que venimos charlando hace bastante tiempo: las limitaciones en la política exterior de Estados Unidos no están marcadas únicamente por China sino también, y cada vez más, por su coyuntura nacional. Lo que pasa adentro es cada vez más importante. Ese síntoma hoy se llama Donald Trump, y las posibilidades de que él, o uno de sus delfines, llegue a la Casa Blanca en 2024 es cada vez mayor a medida que corren los meses. 

Falta, sí, puede que no ocurra, claro, pero especulemos: ¿Qué pasaría con la OTAN y el vínculo con Europa en una nueva administración trumpista? Acá nuestro hombre ya dio unas pistas: “¿Por qué les estamos dando más de 40.000 millones de dólares a Ucrania mientras que Europa, en comparación, está dando muy poco y se ven mucho más afectados por una invasión rusa que, obviamente, los Estados Unidos?”, dijo Trump en un comunicado. Por cierto, el recelo no es solo de Trump sino de una porción significativa del Partido Republicano, que es el favorito a ganar las elecciones de medio término de este año.

Antes que todas las preguntas que incluyó el correo de hoy, quizás hay una más importante: ¿cómo se aprende a lidiar con el hecho de tener mucho poder, pero menos que antes? 

Hasta acá, de todos modos, llegamos hoy.

Un abrazo,

Juan

PD 1: Agradezco a Bernabé Malacalza, Emanuel Porcelli y Francisco de Santibañes por el intercambio de ideas para este correo. 

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Creo mucho en el periodismo y su belleza. Escribo sobre política internacional y otras cosas que me interesan, que suelen ser muchas. También estoy en Futurock y Radio Con Vos. Estudio Ciencia Política en la UBA. Soy fan de la pelea Mauro vs Samid.
@juan_elman
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