¿Puede la enfermedad holandesa explicar la economía argentina partida en dos?
Los dólares de los nuevos sectores exportadores no alcanzan para acercarnos a los países con los que fantaseamos. Y si alcanzaran, no sería un drama: sería el fin de nuestros problemas.
Cada vez que Vaca Muerta anuncia un récord de producción y exportaciones aparece la misma advertencia: cuidado con la enfermedad holandesa. El FMI la puso en su último staff report: le pidió al Gobierno acumular reservas «para evitar los desafíos de la enfermedad holandesa que podrían afectar a los sectores intensivos en mano de obra».
Es cierto que hay que acumular reservas y que los sectores intensivos en mano de obra están afectados. Pero no lo están por una supuesta peste que no tenemos, sino por decisiones de política económica aquí y ahora. Es más, ¡ojalá sufriéramos la enfermedad holandesa! Sería una oportunidad extraordinaria para dejar atrás problemas económicos que nos aquejan hace décadas.
Bendición maldita
Enfermedad holandesa es el nombre técnico de un problema muy concreto. No, no hace referencia a la misteriosa incapacidad del equipo naranja de ganar un Mundial pese a haber tenido a jugadores de la talla de Johan Cruyff y compañía. Se refiere a lo que le pasó a los Países Bajos en los años sesenta, cuando descubrieron enormes reservas de gas natural en el yacimiento de Groningen: empezaron a exportar a lo pavote, la moneda se apreció y los sueldos medidos en dólares se fueron para arriba. Hasta ahí, pura buena noticia. El problema vino después.
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El nuevo sector exportador puede pagar esos salarios porque su productividad es enorme. Sacar petróleo o cobre y venderlo al mundo deja tanto margen que un salario en dólares más caro no mueve el amperímetro. El problema es para el sector productivo más tradicional. Antes del boom, ese sector operaba bajo otro escenario: tipo de cambio más alto, salarios en dólares más bajos. De golpe le exigen que pague lo mismo que una petrolera. No puede: no tiene la productividad suficiente. Entonces, se reduce la actividad, cierran empresas y despiden gente.
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SumateEse es el corazón de la «enfermedad»: el país exporta más pero el aparato productivo tradicional se resiente. No siempre el sector nuevo es preferible al viejo. El nuevo suele ser no renovable: un día se termina, y si no se generaron capacidades productivas mientras duró, el país queda en cero. Puede ser poco intensivo en empleo: una plataforma petrolera genera muchos dólares con poca gente. Puede ser flaco en investigación y desarrollo. El sector tradicional que se cae, en cambio, suele emplear más y estar más integrado con el resto de la economía.
Existe un colchón que ayuda parcialmente: el sector de servicios no transables (gastronomía, comercio, construcción, etc.). Como no compite con nadie afuera, puede pagar salarios en dólares más altos y absorber parte del empleo desplazado, pero sólo si la demanda interna lo banca. Si el país es más rico, la gente sale más a comer, compra más y quiere vivir en una casa más grande. Pero ojo con este detalle: esa válvula de escape requiere de un consumo interno robusto.
La culpa no es de Holanda, sino de quien hace el programa
Los datos parecen darle la razón al diagnóstico. Ya lo mostramos hace dos semanas: en abril la actividad creció 1,6% interanual, pero solo dos sectores explican todo: minería (+17,1%) y agro (+10,9%). Sin ellos, el EMAE habría caído: industria -2,9%; comercio -3,2%; y construcción -1,8%.
Hasta acá, parece calzar. Pero para que sea enfermedad holandesa de verdad tienen que estar pasando dos cosas que no están ocurriendo.
Primera: el poder adquisitivo de los ingresos tendría que estar subiendo, empujado por el boom exportador. Por el contrario, los salarios reales de trabajadores registrados cayeron 8 de los últimos 9 meses y acumulan un deterioro de 4,2%. No hay presión salarial al alza. Lo que hay es un poder adquisitivo que se achica.
Segunda: los servicios no transables tendrían que estar explotando, porque en una enfermedad holandesa a la gente le llegan dólares y sale a gastar. Acá pasa lo contrario: el consumo masivo cae, el comercio se contrae y los restaurantes venden menos.
Los precios relativos se movieron: desde noviembre de 2023 los servicios subieron más que el nivel general. Pero no por la avalancha de dólares, sino por una política que combinó tipo de cambio como ancla desinflacionaria, recomposición acelerada de las tarifas de servicios públicos, apertura de importaciones y tasa real alta.
No es la enfermedad holandesa, es el programa económico.
El (chaski)boom de Vaca Muerta
Hagamos un poco de aritmética. Este año vamos a exportar unos USD 25.000 millones de energía y minería. Esto es apenas USD 500 si lo dividimos por la cantidad de habitantes del país. Los pronósticos más optimistas hablan de USD 50.000 a 60.000 millones dentro de cinco años: USD 1.000 a 1.200 por habitante. Si ampliamos el cálculo a toda la canasta de commodities, la conclusión no cambia. Aun con el boom en marcha, ¿son cifras para una enfermedad holandesa?
A diferencia del fútbol, en este deporte estamos jugando en la B. Comparemos: Chile exporta unos USD 4.000 per cápita; Canadá, más de USD 7.500; Australia, casi USD 13.000; Noruega más que duplica este último valor.

Los dólares que vienen son importantes para la historia argentina —van a permitir mitigar por primera vez en décadas la restricción externa—, pero son chicos en la comparación internacional de las enfermedades holandesas.
Llenemos el tanque que el viaje es largo
Aún si se superan todos los pronósticos, esos dólares tienen que llenar varios tanques antes de que podamos afirmar que sobran.
Por un lado, hay que llenar el tanque del Banco Central. Si bien lleva comprados más de USD 12.500 millones en el año y cumplió con mucha anticipación la meta del FMI, esto no significa que tenga un balance sólido. Perú y Uruguay, los países bimonetarios modelo, tienen reservas por 20% a 30% del PBI, mientras que las nuestras siguen en valores muy bajos.
Por otro lado, hay que llenar el tanque del Tesoro. El desafío de la deuda pública externa sigue siendo enorme. Todavía no tenemos acceso claro al mercado internacional, por lo que los abultados vencimientos de 2027 se piensan pagar con repos, multilaterales y colocaciones locales.
Finalmente, el tanque de las familias. Somos, per cápita, el país con más dólares bajo el colchón del mundo. Más de USD 250.000 millones, alrededor del 40% del PBI. Si esto no cambia, los dólares de Vaca Muerta, minería y la mar en coche caerán en saco roto.
Sarna con gusto
Seamos súper optimistas y supongamos que conseguimos dólares para todo: Banco Central, Tesoro, sector privado y más también. Se viene la tan temida enfermedad holandesa. ¿Qué implicaría?
Una economía con enfermedad holandesa no tiene crisis de balanza de pagos, porque los dólares no faltan, sobran: no más corridas cambiarias, devaluaciones, cepo, FMI. Tampoco habría problemas de inflación: la abundancia de dólares aprecia la moneda y ancla los precios. Y también olvídense de la deuda externa: como los dólares sobran, pagar es fácil, refinanciar aún más, porque las tasas serán más bajas.
Antes de enfermar, los dólares van a curar.
Y lo más relevante: la enfermedad holandesa se puede controlar con diversas herramientas de política. El Banco Central puede comprar los dólares sobrantes, evitar la apreciación excesiva y engrosar reservas. Con reservas fuertes, cae el riesgo de devaluación y, sin eso, los argentinos vuelven a ahorrar en pesos. Cuando ahorran en pesos, el mercado de crédito local se desarrolla, la moneda nacional recupera su función de reserva de valor y baja el nivel de dolarización de la economía. Incluso podría sumarse un fondo soberano para amortiguar los ciclos de precios. Y habría recursos para una política industrial que acompañe la transición.
La coartada perfecta
Vaca Muerta y la minería son una oportunidad enorme. Suman dólares en un país que los necesita como el agua y abren la ventana para aflojar problemas que arrastramos hace décadas. Pero los números no dan para una enfermedad holandesa: la comparación internacional nos deja lejos de la Premier League, y los tanques del Central, del Tesoro y de las familias se van a tragar los dólares nuevos antes de que puedan generar apreciación.
El atraso cambiario existe, la crisis industrial también. Pero la causa no es holandesa. Es una política económica concreta: tipo de cambio como ancla desinflacionaria, tasa real alta, apertura acelerada, ajuste fiscal simultáneo.
Invocar la enfermedad holandesa para explicar lo que está pasando con la industria y el empleo es cómodo. Le pone un marco teórico respetable a un deterioro que de otra forma habría que explicar por las decisiones políticas del programa. Convierte una elección en un fenómeno natural e inevitable. Y si es inevitable, no es culpa de nadie ni hay nada que hacer. Sólo esperar a que la transición pase.
Los dólares de Vaca Muerta no están destruyendo empleo industrial ni reduciendo salarios: es el programa del Gobierno. Confundir una cosa con la otra no es solo un error de diagnóstico, es una forma de no discutir las alternativas.
Si algún día la avalancha de dólares efectivamente llega, lejos de ser un problema, sería la oportunidad de dejar atrás la maldición económica argentina de los últimos cincuenta años. Pero, para eso, hay que llegar con un aparato productivo de pie.