El hilo conductor

Mundo de fantasías

Después de varios días de discusión pública sobre los “garches”, vamos a hablar de su reverso: el erotismo, la atracción asordinada y la seducción en distintas obras literarias y cinematográficas, de Georges Bataille y Vladimir Nabokov pasando por Pauline Réage, Armonía Somers y las películas de Alain Giraudie y Todd Haynes.

Hola, ¿qué tal? Espero que lo mejor posible. Que la tormenta de Santa Rosa no te haya malhumorado y que de a poco estés retomando cierta sociabilidad perdida. Estamos en un proceso de adaptación, ¿no? Como los chicos y chicas que entran cada año al jardín de infantes y tienen que revincularse y perder el miedo antes de volver a entrar en confianza. Un poco así me siento. 

El tema de esta quincena se me ocurrió mientras escuchaba, en cualquier medio de comunicación o red social, una sarta interminable de repercusiones sobre la declaración de la precandidata Tolosa Paz sobre que en el peronismo “se garcha”. Notable como una alusión a la sexualidad explícita dicha por una mujer que ocupa un lugar en el armado político del peronismo genere este revuelo, ¿no?

Y también sucedió en estos días algo que tal vez no sepan ni de qué se trata, pero que determina uno de los cursos que está tomando la oferta de contenidos XXX en la omnipresente internet: la plataforma OnlyFans anunció que “se retira del negocio de la pornografía”. Sus usuaries van a tener que dejar de compartir material sexual en el mes de octubre, lo que generó un aluvión de críticas y un éxodo masivo de consumidores (en OnlyFans quienes suben material lo monetarizan y los usuarios les pagan para “ver más”).  

Creo que estas cuestiones que hacen pública la vida sexual de las personas comunes, al ser tan directas y explícitas, pierden de vista muchas veces su reverso, que puede llegar a ser más sugerente e interesante. Hablo de la seducción, de la fantasía, la insinuación, el coqueteo, y no del palo y a la bolsa. Tal vez es un poco ampuloso decirlo así, pero entre tanto diseño de sí y selfies, entre tanta gente que se conoce por una app de citas y de toque ya está compartiendo fotos de sus partes, estamos quizás desactivando algo muy primitivo de la especie humana que tiene que ver con el erotismo. Así que vamos a dedicarle este Hilo a diversas manifestaciones culturales del erotismo para habitar esas fantasías, más allá de si después se concretan o no. 

Para ilustrarlo, vamos a valernos de las extrañamente polémicas imágenes de Stephanie Sarley, una artista multimedia norteamericana que empezó subiendo videos a Instagram en los que utilizaba frutas para realizar distintos ejercicios masturbatorios. ¿Puede una naranja ser hot? ¿Pueden calentarnos las caricias internas que alguien le hace a un mango, o a un ananá? Con diversos cortes transversales que convierten a las frutas en cavidades parecidas a las vulvas, Sarley juega con pulpas, jugos y sustancias pegajosas. Haciendo estos brevísimos videos se divertía y al mismo tiempo “enseñaba” o mostraba técnicas aplicables a la satisfacción femenina. Y adivinen qué: Instagram le suspendió la cuenta varias veces, exacerbando su pacatismo característico. “Estos videos son sobre la personificación y el empoderamiento de las vaginas a través del humor y el absurdo, y sobre la visibilización y aceptación de la sexualidad femenina en general. En tanto mi obra representa la feminidad en forma cruda, también explora espacios de incomodidad y ansiedad”, dijo Sarley, viéndose obligada a explicar lo obvio. Si desde el mito de Adán y Eva la fruta tuvo un rol central a la hora de expresar las prohibiciones, ¿qué tiene de malo usarlas ahora con fines eróticos y eminentemente feministas? Al fin y al cabo, no está mostrando genitales, sino las mismas frutas que encontramos en cualquier verdulería. Juzguen ustedes cuán sensuales pueden ser. Esta es su web, con más material.

(Este newsletter no está recomendado para menores de 18 años.)

Donde la vestimenta se abre

No vamos a hablar aquí del Marqués de Sade y de su voluptuosa producción escrita porque ya es un personaje archiconocido, pero les dejo la inquietud. Si nunca leyeron sus libros, conviene empezar por ahí y comprobar cómo la lujuria es algo que no decae con las épocas. La tensión erótica y su consumación en libros como La filosofía en el tocador (de 1795) o Justine (de 1787) sigue acalorando como hace dos siglos. 

“¿El lugar más erótico de un cuerpo no es acaso allí donde la vestimenta se abre?”, se preguntaba el semiólogo Roland Barthes en un texto famosísimo de la crítica literaria, El placer del texto. A mí esta frase siempre me quedó picando porque me parece muy gráfica para entender a lo que apunta. No importa tanto cómo sea eso que hay debajo de la vestimenta, a fin de cuentas. A los fines del erotismo, lo interesante es que justo una camisa esté un poco desabrochada y que por el espacio que se abre entre los botones veamos un fragmento de lo que hay debajo. Una parcela de piel erizada, una porción de pezón que se escapa, o de tetilla. Especular con lo que hay debajo del cierre de un pantalón activa la fantasía. La imaginación puede llegar a generar una sensación física mucho más poderosa que la genitalidad. Es que lo erótico habita en los bordes, en las sutilezas, mucho más que en las definiciones categóricas o en la exhuberancia y la exhibición.

Otro francés que se ocupó largamente del tema es Georges Bataille, un sociólogo francés interesantísimo que llegó a fundar una sociedad secreta llamada Acéphale, de la que hablaremos en otra ocasión. Bataille publicó un ensayo llamado El erotismo, escrito durante los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando trabajaba como bibliotecario, en el que expone una serie de hipótesis que no podría resumir en pocas palabras acá. Pero sí decirles que él identifica al erotismo como la independencia del goce erótico respecto de la reproducción como finalidad de la especie. El erotismo no sirve para nada, y ahí está su potencia: nos convierte en seres discontinuos. Y habla mucho también de la transgresión, esa actividad por la cual se decide conscientemente hacer aquello que no está permitido o socialmente aceptado, para ir hasta el fondo. 

Algo que me fascina de Bataille es que él no solo hablaba de esto desde el lugar del saber o desde la interpretación sociológica: también buscaba convertirlo en literatura. Probar ahí los límites del decoro tan típicamente francés y publicar, muchas veces con seudónimo, novelas y poemas en los que la transgresión erótica o directamente pornográfica se expresaba con toda su fuerza promiscua. Una de estas novelas es Historia del ojo, que debo haber leído dos o tres veces cuando la descubrí en una traducción al español de Margo Glantz y que después presté y nunca me devolvieron ni volví a encontrar (ahora se consigue una edición barata de Tusquets con prólogo de Vargas Llosa). La novela –escrita en 1928– está narrada por un jovencito que no dice nunca su nombre y cuenta sus andanzas con dos chicas: Simona, una quinceañera multiorgásmica y fetichista, de caprichos extravagantes y en una tensión suspendida entre la lolita prepúber y la femme fatale, y Marcela, una niña que retrocede ante las orgías, pero se acerca a ellas fatalmente desde el reverso de su psicosis. En una trama en la que la genitalidad, los excesos, la promiscuidad y el sexo a cualquier hora y en cualquier lugar se va acrecentando, el libro también le reserva cierto espacio a la reflexión filosófica, como buen discípulo de Sade. 

Tanto me gustaba Bataille en la tierna juventud que con una amiga tradujimos sus poemas eróticos e hicimos una edición artesanal. Armamos una pequeña editorial para la ocasión que se llamó Chinatown y cosimos uno por uno, con hilo dorado, los 200 ejemplares. Les dejo un poema de esos por acá. No tiene título. 

Pongo mi verga contra tu mejilla
su punta roza tu oreja
lame mis bolas lentamente
tu lengua es dulce como el agua

tu lengua es cruda como una carnicera
es roja como una pata de cordero
su punta es un cucú que grita
mi verga solloza saliva

tu culo es mi divinidad
se abre como tu boca
lo adoro como al cielo
lo venero como a un fuego

bebo en tu desgarramiento
despliego tus piernas desnudas
las abro como a un libro
donde leo aquello que me mata.

Perversos polimorfos

Y pasamos de Historia del ojo a Historia de O. Otra obra escrita con seudónimo, una constante muy habitual entre escritores y escritoras que deciden dedicarse a este tipo de temas. Nunca sabremos del todo si lo hicieron por vergüenza, por temor a las represalias o persecuciones, o si preferían usar otro nombre para hablar de temas sexuales que podrían no tener que ver con el resto de sus obras. Como sea, Historia de O es una novela erótica escrita y protagonizada por una mujer, firmada por una tal Pauline Réage en 1954. (Recién en 1994 Anne Desclos, una intelectual francesa, confesó su autoría y dijo que el germen del relato fueron las cartas que le mandaba a su amante, el escritor –casado– Jean Paulhan). El libro cuenta la historia de una chica que se inicia en el sadomasoquismo para complacer a su pareja (¿les suena 50 sombras de Grey?) con un estilo directo y desfachatado. Se mete con temas escabrosos con bastante atractivo y naturalidad y desabrocha un tabú social como el de la sumisión. Cuando salió, se la leía clandestinamente, se la pasaba de mano en mano, y a muchos les importaba más el nombre de su autor o autora que el valor literario de la obra. Fue Susan Sontag quien la rescató en 1969, en un ensayo donde la analiza más en profundidad.

Y hablando de perversiones, pasemos a Lolita, una de las grandes novelas norteamericanas escrita por el ruso Vladimir Nabokov, un libro que está en el podio de los 10 mejores que leí en mi vida. ¿Qué decirles? Que está magníficamente escrita –si consiguen la traducción de Enrique Pezzoni, firmada con el seudónimo Enrique Tejedor, no lo duden y compren esa–; que la relación entre Dolores Haze, la “nínfula” de 12 años, y el depresivo profesor Humpert Humbert que es su padrastro es tan hermosa como dura y triste; que la novela tiene muchísimas capas de lectura; que la obsesión y el amor pueden estrecharse hasta confundirse por completo; que la tensión erótica, la pasión y el desasosiego son bastante insoportables; que los juicios de valor deben hacerse sobre las obras literarias y no sobre la moral de sus personajes; que como lectoras somos indefectiblemente cómplices de Humbert Humbert; y que si pueden vean también las dos adaptaciones cinematográficas: la de Kubrick, en la que participó Nabokov en el guión, y la de Adrian Layne, con el protagónico de Jeremy Irons. Nada más y nada menos: Lo-li-ta.

De Europa y Norteamérica saltamos sin escalas a Uruguay, para hablar de Ercole Lissardi, quien, al igual que Bataille, trabaja sobre el erotismo y la pornografía como problema teórico, pero también lo practica de manera literaria. Ya había hablado de él en este Hilo sobre artistas orientales. Y acá lo vuelvo a mencionar, porque la suya es una obra a esta altura vastísima, que se ocupa centralmente de este tema con resultados a veces muy buenos y otros más irregulares. ¿Pueden ser todas buenas las novelas que tengan a la perversión y el desenfreno como ejes sobre los cuales orbitan los personajes? Lo que más me gustó es su “trilogía sobre la infidelidad”, compuesta por las novelas breves Ulisa, Los secretos de Romina Lucas y Horas-puente. Acá está la extensa lista de sus ficciones, ensayos, cuentos y novelas para que descubran lo que les venga en gana. 

Y de Uruguay es también Armonía Somers, una escritora que nació en 1914 y murió en 1994 y que dejó una obra rarísima, que no se parece mucho a nada. Asociada al Conde de Lautréamont y a algunos textos de corte surrealista, Somers publicó en 1950 –con seudónimo, una vez más– la novela La mujer desnuda, que causó un escándalo de proporciones montevideanas. Es que la sociedad uruguaya estaba acostumbrada a leer a Alfonsina Storni o Delmira Agustini, pero no algo tan colgado como este texto. La mujer desnuda tiene contenido bastante audaz, de una intensidad notable, con un tratamiento retorcido de la sexualidad en el cuerpo desmembrado de su protagonista, una mujer misteriosa llamada Rebeca Linke. Acá, si gustan, pueden leer un fragmento. 

Erotismo no tan hegemónico

Podría estar recomendando Ojos bien cerrados o la mexicana Y tu mamá también, pero me interesa, en este apartado de películas, darle lugar al cine que alberga tramas de erotismo LGBT+. Y sí, seguramente se les vengan dos películas a la cabeza que tienen pocos años pero cierta pasta de clásicos: Llámame por tu nombre, del italiano Luca Guadagnino, con una gran interpretación de Timotée Chalamet en el rol protagónico y una hermosa banda de sonido, sobre el despertar sexual de un jovencito que se siente atraído por un amigo de sus padres; y La vida de Adéle, de Abdellatif Kechiche, sobre el despertar sexual de una jovencita que se siente atraída por una artista alocada un poco mayor que ella. En ambos films hay escenas de seducción y atracción muy bien ejecutadas, y también de sexo explícito. Ese sexo que ambos amantes se mueren por consumar. Debe ser muy difícil rodar este tipo de escenas con otres, a la vista de los técnicos y bancarse que después sean proyectadas ante miles de espectadores. En los dos casos, todes salen muy airoses.

Así que pasemos a otras dos películas (un poco) menos obvias y bastante buenas también. El desconocido del lago, de Alain Guiraudie, se estrenó en Cannes en 2013 y cosechó grandes críticas y premios. Es una historia estrictamente masculina que transcurre en una de esas playas a las que van los gays para estar juntos y tener sexo al aire libre o en las tranquilas aguas del lago del título. Pero entre el paisaje y la seducción a flor de piel de cuerpos ligeros de ropas, hay también un asesinato, por lo que la película alterna la deriva psicológica de sus personajes con algunas escenas de thriller. Planos largos, sin música, y con diálogos directos y un poco crudos, acá todo es muy sensual y perturbador en dosis iguales.

Y llegamos a Carol, un drama erótico y romántico dirigido por Todd Haynes y protagonizado por (de pie, por favor) Cate Blanchett y Rooney Mara, basado en una novela de Patricia Highsmith (quien tuvo que publicarla con seudónimo…). La historia es bastante sencilla: en plena década del cincuenta, una chica que trabaja como dependienta en una tienda gigante conoce a una mujer elegantísima y mayor, casada y con una hija, y entre ellas hay una atracción tan potente como instantánea. La relación es muy poco viable porque Carol (Blanchett) ya tuvo relaciones anteriores con mujeres y en su familia la tienen muy vigilada… El fuerte de la película está en la conexión tan evidente que existe entre ambas y en el hecho de que casi no pueden hablarse en público. Lo que generan ambas –el morbo, el erotismo, la atracción– es lo que hace explotar la pantalla de deseo. No la encontré en las plataformas, pero pueden online verla acá

Picado de recomendaciones

Antes de despedirme, van dos recomendaciones random.

  • Las películas del director Wong Kar-wai, nacido en Shangai, llegaron hace poco a la plataforma Mubi. Ahí tienen una muy buena filmografía para perderse en su elegancia y su poesía visual. Les recomiendo en particular la clásica y sensual historia de amor entre vecinos de In the mood for love. Pero también el romance queer de Happy Together, de 1997. Filmada entre Buenos Aires y Taiwán, acá se cuenta la tormentosa relación de una pareja gay que viaja a conocer las Cataratas del Iguazú, y que le valió a Kar-wai el premio al Mejor Director en Cannes. 
  • Ascensor para el cadalso. Climático, sugerente y a la vez envolvente con una trompeta que parece estar en otro plano de la noche, Miles Davis entrega un disco muy erótico que funcionó de banda sonora de la película francesa Ascenseur pour l’echafaud de 1957. Dirigida por Louis Malle y protagonizada por Jeanne Moreau, es la historia de dos amantes que deciden asesinar al marido de ella y en el medio de la maniobra dejan cabos sueltos de esos que los comprometen y los inquietan. Pueden darle play acá al disco y bajar las luces.

Ahora sí, me despido hasta dentro de 15 días. 

Espero que este Hilo te haya encendido el interés por tus propias fantasías y ahora quieras concretarlas.

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Por si todavía no te enteraste, te cuento que mañana vuelve el gran Juan Elman con su newsletter #MundoPropio. Me pone muy contenta que esté de nuevo en el equipo.  

Gracias por leer. Y por favor cuidate mucho.

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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