El Mundial es de las estrellas, porque el fútbol es de selecciones
En la reunión de los mejores, la emoción y el brillo de las individualidades son el principio y el final de equipos con menos tiempo de práctica.
“Mis sueños son dos. Mi primer sueño es jugar en el Mundial, y el segundo es salir campeón de Octava”, dice un Diego Maradona de apenas diez años a la cámara del programa Sábados circulares, conducido por Pipo Mancera. Primero el Mundial, anhelo último, instancia máxima de trascendencia, el Everest del fútbol, quizás porque es 1970 y Brasil ha salido campeón. Y después, el aquí y ahora, porque todavía falta para que termine el torneo de Octava.
El Mundial, exigencia límite, no se parece a ninguna otra competencia. Olvidémonos de la Champions, de la Libertadores. Ahí se ponen en juego otras sensaciones. El fútbol de selecciones es distintivo. Y la Copa del Mundo congrega a los mejores y eleva a los elegidos a leyendas y mitos. Jugarla es la concreción del sueño de niño. Aura mística inmune al negocio y reservorio del espíritu amateur, el de selecciones es el fútbol en su estado más puro (se juega a representar a una idea de nación, con y por los tuyos). Y los hombres emocionales que lo juegan, así, asumen el protagonismo.
El Mundial es de las estrellas, porque el fútbol es de selecciones.
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“Siendo menos robótico que el fútbol de clubes, el brillo individual es un factor más importante, que está muy infravalorado –apunta István Beregi, analista de partidos en la Federación Húngara y licenciado en psicología–. Messi, Mbappé, Haaland, Vinícius y Kane encabezan la lista, anotando a menudo desde situaciones atípicas. Ninguno es un jugador de sistema. Los momentos clave son decididos por grandes jugadores, no por sistemas”. Y ahí están ellos.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateAhí está Lionel Messi, siete goles en cuatro partidos en el Mundial (misma cantidad que en todo Catar 2022), máximo goleador histórico (20), jugando hasta el final a los 39 años, a pesar de ya haber entrado en el panteón del fútbol. Messi es una inteligencia que camina, un narrador omnisciente en la Argentina versión 2026.
Ahí está Kylian Mbappé, seis goles en el Mundial, segundo goleador histórico (18), campeón en Rusia 2018 y subcampeón en Catar 2022, capitán de una Francia arrolladora. “¡Llamen a Mobutu!”, gritó Ousmane Dembélé antes de que un grupo de jugadores se sacara una foto en pleno vuelo. “Mobutu” es Mbappé. Mobutu Sese Seko fue dictador del Congo (la rebautizó Zaire) entre 1965 y 1997. Y Mbappé es “el dictador”, el meme que saltó a la realidad.
Mbappé rompe redes y la cuarta pared. Lo secundan, con cuatro goles, Dembélé, amante de los documentales de dictadores, y el creativo Michael Olise (líder, con cinco, en pase-gol y, con once, en pases en profundidad). Mbappé y Olise, según Thierry Henry, son “el jugador más valioso” y “el más importante” de Francia. El mejor delantero del Mundial (Mbappé) “estorbaba” en el PSG (llegó a la Copa tras haber sido silbado en el Real Madrid). Y el mejor 10 (Olise) juega de extremo en el Bayern Múnich. Dios salve al fútbol de selecciones.
Ahí está Harry Kane, un 9 que — cuando retrocede — adopta el traje de un 10: inicia, construye y define. Lleva cinco goles en el Mundial y es el salvador de Inglaterra, que vuelve al calor, a la altura y a la luz del Azteca después de 40 años (del Argentina 2-Inglaterra 1, de “La Mano de Dios” y del “Gol del Siglo” de Maradona). Esta vez será ante México, el local.
Kane, “un tiburón”, en palabras del alemán Thomas Tuchel, DT de Inglaterra, es la carta ganadora del país que presume de haber inventado el football. “Es increíble estar cerca de Harry Kane. Es élite pura. Su temporada sólo la supera Messi, el mejor futbolista de todos los tiempos”, lanzó Anthony Gordon, de ingreso clave en dieciseisavos ante República Democrática del Congo, nuevo jugador del Barcelona.
Tras los partidos, los jugadores e hinchas ingleses entonan Wonderwall, de Oasis, como si fuese un himno. “Conexión emocional”, dijo Kane. “Because maybe, you’re gonna be the one that saves me (Porque quizá, serás tú quien me salve)”, escribió Noel y cantó Liam Gallagher, hermanos working-class heroes. “Las hazañas de Kane con Inglaterra –destacó Simon Kuper en el Financial Times– demuestran el valor de tener una superestrella”.
Ahí está el noruego Erling Haaland, cinco goles en apenas 14 tiros al arco en sus tres partidos en su primer Mundial. El estilo del “yeti nórdico devorador de goles”, como lo llamó una vez The Guardian, no suscita asombro, sino terror (mide 1,95 m y pesa 90 kg). Después del gol de Messi a Jordania, Haaland –más goles en la selección noruega (59) que partidos jugados (52)– publicó en su cuenta de Snapchat: “Messi no me dejará tocar la Bota de Oro del Mundial”.
Ahí está Vinícius Júnior, cuatro goles, el primero en el 1–1 ante Marruecos en el debut mundialista, cuando se le venía la noche a Brasil. Vini es la figura de la selección de Carlo Ancelotti; Neymar, la estrella hasta ahora testimonial. ¿Ancelotti dijo que “las estrellas no van a determinar este Mundial” para no sobrecargar a Neymar?
Ahí está Cristiano Ronaldo, a los 41, único jugador en la historia en meter goles en seis Mundiales seguidos. Cristiano vio el pase a octavos de Portugal ante Croacia sufriendo desde el banco, pero enfrentará, en un duelo generacional de la península ibérica, a la España de Lamine Yamal, el pibe de 18 años que ya actúa como rey.
Si en los clubes los jugadores son medios para un fin — los oficinistas de la empresa que a veces paga millones — , en las selecciones, en cambio, son el principio y el final de algo más grande. Ante la imposibilidad de practicar juntos durante todo el año como en un club, en los equipos-selecciones destellan más las individualidades. La táctica son los futbolistas. De ahí que el Mundial, un espacio-tiempo que suspende la cotidianidad, sea “jugadorista” por antonomasia.
Los entrenadores deben abrazar más la incertidumbre (acaso de ahí provienen los peores resultados de Marcelo Bielsa con las selecciones en Mundiales y los mejores en clubes). No hay tiempo para afinar la orquesta. Prima la naturaleza de las personas que lo juegan y el equipo, el ánimo grupal. “Saber de fútbol –solía repetir César Luis Menotti– es saber de jugadores”.
Por el poco tiempo compartido, el fútbol de selecciones exige afinidades rápidas y relaciones naturales en la cancha. Socioafectividad. Importa menos cómo viene jugando el futbolista en el club –y en qué club– y la edad. Si Messi juega en el Inter Miami de la MLS a los 39, James Rodríguez juega en el Minnesota a los 34. Después, sí, necesitan intérpretes que hablen el mismo idioma futbolístico. En Colombia, James Rodríguez tiene a Luis Díaz, el tercer vector en el ataque del Bayern junto a Kane y a Olise.
¿Pero por qué, como nunca antes, un grupo de individualidades brilla en un Mundial? ¿La era del yo digital está pariendo un fútbol Disneyland en Estados Unidos? ¿Habrá aún más cambios en el reglamento para cuidar a las estrellas? ¿Y hasta dónde irá la ciencia deportiva, la nutrición y la preparación física? ¿Alguien igualará en el de 2026 los 13 goles del francés Just Fontaine en un solo Mundial (Suecia 1958)?
El fútbol, igual, sigue siendo un deporte colectivo. El campeón del Mundial 2026 será aquel equipo que mejor se mueva como un organismo vivo con la estrella integrada, a gusto y a pleno.
Este sábado arrancan los octavos de final. Las figuras, lógico, empezarán a quedar en el camino hacia la final del 19 de julio en el MetLife de Nueva Jersey. En un mail fechado otro 19 de julio, pero de 2010, a propósito del perder y de la derrota, el escritor sudafricano J. M. Coetzee le envió, ocho días después de la final del Mundial de Sudáfrica, a su colega estadounidense Paul Auster, y lo rescatamos de Aquí y ahora: Cartas 2008–2011, antes del adiós a las estrellas.
En el deporte hay ganadores y hay perdedores; lo que nadie se molesta en decir (¿acaso es demasiado obvio?) es que hay muchos más perdedores que ganadores. En el Tour de Francia, que se está disputando mientras escribo esto, empiezan la carrera unos doscientos ciclistas, de los cuales solo uno se proclamará el vencedor en el tiempo global, mientras que ciento noventa y nueve serán no ganadores, es decir — y no importa qué historias se cuenten a sí mismos para consolarse — , perdedores.
El deporte nos enseña más sobre la derrota que sobre la victoria, simplemente porque somos mayoría los que no ganamos. Lo que nos enseña por encima de todo es que perder no es malo. Perder no es lo peor que hay en el mundo, puesto que en los deportes, a diferencia de en la guerra, el ganador no degüella al perdedor.
Piensa en ese momento profundamente interesante de la vida del niño en que se gradúa del deporte de mentira, en el que los adultos o los chicos mayores lo dejaban ganar todo el tiempo y le permitían sentir en líneas generales que era el rey, para entrar en la realidad, donde si no le das a la pelota estás eliminado, le tienes que entregar el bate a alguien mejor que tú y retirarte sin ninguna gloria.
Para la psique del niño es todo un shock. Le da ganas de berrear, de tener una pataleta y de probar todos los trucos que funcionan con sus padres. Quiere someter la realidad a su ego. Pero eso no lo lleva a ninguna parte. “¡Deja de lloriquear, chaval!”. Pero también: “¡Deja de lloriquear, chaval, ya tendrás otra oportunidad!”.
Porque esa es la gran lección del deporte. La mayor parte del tiempo pierdes, pero mientras sigas en el juego, siempre habrá un mañana, una nueva oportunidad para redimirse.