El rating me da la razón

Lo que me gusta le tiene que ganar a lo que no miro, no escucho, no leo. De fans a guerrilla virtual. Calidad, popularidad y éxito comercial evaluados bajo un número.

Fanáticos hay desde que existe el arte, la comunicación pública y el deporte. Más tarde pasaron a ser fans y desde hace un tiempo ya nos acostumbramos a hablar de “fandoms”, una vez que esa pasión en común empezó a tener cierta organización muy favorecida por la nueva vida online. El consumo comunitario que supo tender lazos entre gente que quizás de otra manera ni se hablaría hoy funciona como fábrica de “ejércitos” simbólicos que pujan por la superioridad de su banda, canal de stream, actor o saga de fantasía. 

En esta especie de confrontación digital contra enemigos inventados no alcanza con el disfrute, lo que me gusta le tiene que ganar a lo que no miro, no escucho, no leo. No hay mejor arma para eso que los números de las planillas, que antes sólo importaban a empresarios y managers. Una cosa es que el marketing puje por récords y podios –para eso existe–, pero otra es que ese sea el eje de la conversación cultural joven.

Son de esas cosas a las que podemos no haberles prestado atención pero que más cerca o más lejos están por todos lados. El fandom de una artista pop que arma un cronograma de cómo, cuándo y en qué plataforma escuchar su nuevo single para llegar a determinada cifra. Un canal de streaming que publica una placa con su pico de espectadores del mes y termina siendo replicada por cientos de usuarios. Discusiones de cine que se definen con un “fue la película más taquillera del año”.

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Para gusto, ¿los colores?

Defender una preferencia personal en cuanto a “consumos culturales” requiere de un ejercicio que no tiene por qué coincidir con lo medible, lo racional, lo más ponderado frente al ojo ajeno. Aferrarse al podio de un ranking brinda un tipo de armadura retórica que puede lograr algo que como hermosos humanitos perseguimos tanto: sentirnos validados. La realidad, los datos, me respaldan. Mi gusto está bien

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Cualquier objeción estética va a tener que enfrentarse al infranqueable muro de un argumento extraordinario mediante el cual también se podría sostener que una cadena de comida rápida es superior a cualquier restaurante del mundo por sus niveles de venta. La contracara de esta línea sería el tentador camino de la “snobeada” que decide menospreciar una obra, una pieza, que por algún motivo produjo alguna clase de conexión real. La pereza de despreciar automáticamente lo popular.

La trampa hoy es más sofisticada. La taquilla dice recaudación, los streams reproducciones, el rating audiencia. Ninguno dice “calidad artística 8,4”. Calidad, popularidad y éxito comercial son tres cosas distintas que en la discusión actual quedaron amontonadas bajo una sola palabra. Bajo un solo dato, bah: el número. 

A esto se le suma el cada vez más visto placer inverso que es el disfrute del fracaso estadístico ajeno. “Flopeó”, o sea, no alcanzó el rendimiento esperado o las predicciones del mercado. Se cayó. “Solamente hizo…”. Una película puede recaudar 200 millones de dólares y nosotros desde la mesa de la cocina un martes cerca de la medianoche agarramos Twitter y sentenciamos: “Fracaso total”.

El vocabulario termina delatando el resto. Presupuesto, “opening weekend” (primer fin de semana), market share, retención, costo de producción recuperado, views, likes. El público adoptó el idioma del área de negocios de las empresas que consume. Nos convertimos en pequeños ejecutivos honorarios de industrias que no nos pagan, evaluando el desempeño trimestral de productos que compramos con nuestra propia plata.

Cuando el fandom celebra algún hito positivo dice «nosotros». Nosotros somos número uno, nosotros rompimos el récord, nosotros llenamos 48 River. Compramos una entrada cada vez más digitada–hacia arriba– por monopolios y festejamos la ganancia como si se fuera a engrosar nuestra cuenta bancaria. Acá no hay espíritu burlón. Es una lógica vieja, humana y real: el éxito de lo que elegimos confirma retroactivamente que elegimos bien. Lo que tenemos ahora es una chorrera de planillas a mano que pueden certificarlo cada vez que lo necesitemos.

Siempre a mano

Internet no inventó medir la popularidad. Siempre hubo ventas de discos, taquilla, ejemplares, listas de best sellers, Billboard, recaudación teatral y demás mediciones que pueden servir como material ganchero. Argentina además siempre tuvo una obsesión –por lo menos curiosa– con el rating. El minuto a minuto, los programas peleándose por décimas, la conferencia de prensa de un canal para explicar por qué el promedio que perdió en realidad ganó.

Esos números circulaban entre productores, anunciantes y gerentes de programación, y llegaban al público filtrados por medios especializados, columnas especializadas, con dos días de demora y en gráficos que nadie miraba a fondo. El espectador podía enterarse si le interesaba mucho, pero no tenía el marcador pegado al producto.

Abrís YouTube y el número está abajo del título, lo ves antes de que empiece el video. Vistas, suscriptores, likes, todo. Spotify te muestra oyentes mensuales y charts. Letterboxd –aplicación para reseñar películas–, una nota con determinada cantidad de estrellitas. IMDb –web de info de cine– un promedio. Rotten Tomatoes –página de reseñas–, un porcentaje. Goodreads –de lectura–, estrellas. TikTok, views. Instagram, likes. Y así, y así, y así…

Las métricas pasaron del detrás de escena a primera plana y con esta innovación se dio vuelta el sentido. Tras años de esto, algo que antes servía para que “los popes” vieran qué hacíamos nosotros ahora es una data que nosotros miramos para fortalecer una y otra vez nuestras elecciones.

¿Quién maneja el marcador?

El 24 de agosto de 2026, YouTube cambió el significado de la palabra «view«. Para que una reproducción entrara en el número público que aparece abajo del video hacía falta cierto compromiso. Un clic, unos segundos de permanencia. Desde ese día una view se cuenta desde el primer frame, sin mínimo de tiempo, en Shorts, videos largos, podcasts y vivos, en todo el mundo.

La definición anterior no desapareció. Pasó a llamarse engaged view y quedó guardada en el modo avanzado de Analytics, donde la miran los creadores y los anunciantes. No vos. La propia empresa avisó que los contadores públicos iban a crecer más rápido. Y crecieron. Ningún video mejoró. Nadie miró más nada, sólo cambió la regla del marcador.

Es un anuncio técnico de esos que se publican un lunes en un blog corporativo y no le importan a nadie. También deja a la vista que esas cifras que manejamos como si fueran kilos o kilómetros son convenciones privadas: una empresa las define y las redefine cuando le conviene. En términos argumentativos actuales mañana alguien va a decir «mirá las views» y te va a ganar la discusión.

Con la medición más íntima que tenemos pasa lo mismo. Todos esos “tu año en…”. Tu Wrapped no mide tu 2026, Spotify corta la cuenta a mediados de noviembre para llegar a tiempo con el lanzamiento, así que tu diciembre no existe. Además filtra ese ruido blanco y los sonidos de la naturaleza que usás para dormir, para que tu perfil se parezca más a lo que la empresa considera música. Básicamente el resumen anual de tu consumo cultural, ese que probablemente compartís en redes con cierto orgullo, es un recorte editorial con criterios ajenos basados en rumbos financieros.

Detrás de cualquier cifra hay decisiones que vos no tomaste. Qué cuenta como reproducción, si la misma persona puede contar diez veces, si entra el autoplay, cuánto hay que quedarse, qué filtra la plataforma, qué ventana temporal se usa. Y sin embargo, como sucede con casi todo, los números tranquilizan, porque parecen neutrales, data, ciencia: realidad. 

¿Y si ni siquiera existe tal marcador?

El streaming argentino es el mejor laboratorio a mano. El rating entendido como goles y campeonatos, los espectadores como hinchas (o hasta barras). Tomemos un mes cualquiera, julio de 2026, por ejemplo. El reporte mensual de Data Trip, que mide espectadores concurrentes en vivo en más de 130 canales argentinos, lo ganó Luzu TV con 67.085 espectadores promedio y un máximo de 436.772 simultáneos.

Youtube Rating, que mide visualizaciones totales del canal, lo ganó Olga con 74,12 millones contra 73,9 millones de Luzu. Una diferencia de 220.000 reproducciones sobre 148 millones, o sea un empate. Los medios titularon «desplazó», «quién ganó», «cayó del primer puesto». Los panelistas analizan las tendencias y los fandoms se tiran de las mechas en toda red social posible.

El módulo on demand de ese mismo informe cuenta solamente lo que rindieron los contenidos publicados durante el mes, para que un video de hace dos años no infle el presente. Ahí ganó ESPN Fans con 258,3 millones de reproducciones. Luzu quedó tercero con 53,5. Tres planillas, el mismo mes, tres campeones distintos. Ninguna miente, simplemente deciden medir cosas distintas.

Adentro de ese último ranking hay algo todavía más raro. Deportes al Taco promedió 2,2 millones de reproducciones por video publicado. ESPN Fans, que salió primero, promedió poco más de 105.000. El canal que ganó el mes lo hizo con contenidos que rendían unas veinte veces menos, compensando con un volumen industrial de publicaciones. Uno rindió por potencia y el otro por cantidad pero el ranking los ordena en la misma columna, con la misma tipografía, como si fuera la tabla de posiciones del Clausura.

Si necesitamos que lo que nos gusta gane porque esa es la manera en la que decidimos llevar adelante el debate cultural, al final solo tengo que dar con esa planilla que me permita aferrarme a eso.

Cuando el fan fabrica el resultado

Si el número importa, mi comportamiento puede modificarlo. El público incluso puede hacer todavía más que el de una cancha de fútbol, que alienta a su equipo para impulsar su espíritu deportivo. Acá directamente pueden, no diríamos hacer los goles, pero casi. Ellos y ellas también compiten, se organizan y activan.

Streaming parties. Metas de reproducciones. Comprar cuatro versiones del mismo disco. Instrucciones sobre cómo escuchar para que compute, con cronómetro. Campañas coordinadas para llegar al número uno. El consumo ya entendido como militancia estadística con el fan trabajando gratis para el departamento de marketing del artista que ama. Esto tiene nombre en economía. La ley de Goodhart dice que cuando una medida se convierte en objetivo deja de funcionar como medida.

La cuestión no se detiene ahí. Spotify cuenta un stream recién a los 30 segundos, así que la industria de la música aprendió dónde poner el estribillo. YouTube premia la retención, así que existe el arte de las portadas (thumbnails o miniaturas) con la cara deformada y la estrategia de los primeros ocho segundos que te prometen algo que no va a pasar. TikTok premia el gancho inicial, rápido, letal. La prensa necesita clics y titula para clics – el famoso Search Engine Optimization (SEO)–. El streaming argentino necesita picos y clips, y produce momentos diseñados para ser recortados. “Tiene que funcionar en vertical”. 

A esa altura ya importa poco cómo medimos la cultura, parecería que lo que importa es cuánta ¿cultura? estamos produciendo para satisfacer la forma en que decidimos medirla.

El ranking como contenido

Hace rato que no existe solamente Billboard, existe contenido sobre Billboard. Programas dedicados a comentar el rating. Canales de YouTube que cada domingo analizan cuánto recaudó cada estreno, con placas y proyecciones. Cuentas que siguen los charts hora por hora. Acá hay usuarios que publican el minuto a minuto del streaming argentino con la misma dedicación con la que otros siguen el riesgo país o el fenómeno de El Niño.

La métrica se armó un ecosistema narrativo propio, con su gramática de sube, baja, debuta, se desploma, rompe, supera, se recupera. El idioma de la sección de economía cruzado con el de deportes. La industria cultural produce un folletín estadístico diario, con protagonistas, villanos y cliffhanger semanal, y ese folletín muchas veces circula más que las obras que dice estar midiendo. Un canal chico, por ejemplo, necesita demostrarle a un anunciante que existe, y el número es lo único que puede acercarle.

Del lado del público cubre otra necesidad, que también es real. Hoy nadie ve lo mismo que otro. El consumo se fragmentó tanto que la conversación cultural compartida quedó reducida a un puñado de eventos al año. El Top 10 devuelve, artificialmente, la sensación de que existe un centro en el que podemos encontrarnos: “Esto es lo que todos están mirando ahora”. Netflix construyó buena parte de su interfaz alrededor de esa promesa y le funciona, termina habiendo algo de “lugar seguro” ahí.

Hace un par de meses escribí acá que el Mundial fue el último reloj común, y que incluso ese milagro de sincronía llegó fragmentado en versiones personalizadas para cada algoritmo. El ranking es la versión barata y cotidiana de esa misma nostalgia. No tenemos plaza pública, tenemos un marcador que nos permite imaginar que estuvimos todos en el mismo lugar a la misma hora. Aunque ese «#1 en Argentina hoy» es una ficción de una compañía que te está dirigiendo hacia donde quiere que estés.

Lo que perdimos en el camino

Hubo una época en la que uno podía tener una relación no informada con una obra. Comprabas un disco, te encantaba, y probablemente nunca supiste cuántas copias había vendido. Veías una película vieja un domingo a la tarde por televisión sin conocer su porcentaje en Rotten Tomatoes. Leías un libro sin enterarte de que Goodreads le había puesto 3,4 y que todos se estaban quejando de tal o cual giro.

Hoy es casi imposible llegar virgen a un objeto cultural. Antes de ver algo ya sabemos que la destrozaron, que es un fracaso, que tiene 94%, que nadie la está mirando. La métrica no solo evalúa la experiencia posterior sino que la condiciona previamente.

Y como necesita homogeneizar para poder comparar, aplasta justo lo que la cultura tiene de irreductible. The Velvet Underground & Nico vendió poquísimo y aún así reordenó cincuenta años de música popular. Hay películas que fracasaron y hoy se enseñan en escuelas de cine. Libros ignorados en vida de sus autores que terminan convertidos en boom tardíos. El número mide alcance inmediato bastante bien pero mide importancia histórica bastante mal. Hasta ahí, todo bien, pero qué pasa cuando empezamos a confundirlos, y encima le exigimos al sistema un veredicto inmediato, como un TikTok, sin silencios y con gancho rápido. Flop o hit, fresh o rotten, número uno o papelón. 

¿Y en qué mejoró?

Sería tan fácil como falso terminar diciendo que las métricas arruinaron todo, que nos descontrolamos subiéndonos a esa y que calidad y gusto ya no importan. Los rankings democratizaron información que durante décadas monopolizaron unos pocos ejecutivos en oficinas carísimas. Un artista independiente entiende hoy a su público sin depender de una compañía. Un canal chico de YouTube puede probar que existe, conseguir apoyo y así mantenerse operando. Incluso un autor puede tener un texto tan popular en Wattpad que termine con un contrato con una gran editorial.

Particularmente en nuestro país además tener datos sistemáticos de audiencia digital permite discutir un ecosistema que el rating tradicional directamente no sabía describir. Separar el contenido del mes del histórico de un canal es un gesto de honestidad metodológica que no se toman muchos de los medios que citan sus números. Al medir la tele, IBOPE ni siquiera salía del AMBA.

Necesitamos medir. La cosa es no confundir gusto, calidad y, sobre todo, cantidad. No hay nada de malo en que esas tres cosas no se crucen cuando analizás lo que estuviste viendo, leyendo o escuchando. 

Hay algo reconfortante en la práctica anti-elitista de no ser el único al que algo le gusta. La ilusión de validación que puede dar la planilla, el récord, el ranking puede esfumarse ante el primer capricho empresarial que cambie la fórmula de medición. Por lo menos queda la sensación de comunidad, tan perseguida en este mundo fragmentado.

Fueguina y periodista. Conductora de podcasts como Hoy Trasnoche, radio y cosas en YouTube. Ex editora de la revista La Cosa, redactora de Inrockuptibles, Clarín, La Nación e Infobae. Interesada en todo lo que sea fenómenos pop que parecen no tener sentido.