El Mundial, el último reloj común
La Copa del Mundo como última experiencia monocultural: por qué el deporte en vivo es lo único que el mundo sigue mirando al mismo tiempo.
Hay un experimento mental muy simple: intentar recordar la última vez que algo –una serie, una canción, un escándalo, lo que sea– fue visto en simultáneo por todo el entorno de una persona. No «más o menos en la misma época», ni siquiera en el mismo día: en el mismo minuto. El tío, la jefa, el chico del kiosco y la amiga que vive en Barcelona frente a lo mismo, sintiendo aproximadamente lo mismo.
En Argentina, la respuesta es inmediata y tiene fecha: un partido de la selección. Probablemente el 18 de diciembre de 2022. O, sin ir más lejos, hoy a la noche cuando el equipo de Lionel Scaloni vuelva a salir a jugar por los cuartos de final del Mundial en Kansas City. Encontrar un ejemplo que no involucre una pelota es mucho más difícil, y ahí está la cuestión: la monocultura (esa experiencia de que enormes cantidades de personas consuman lo mismo a la vez) no murió, como suele decirse. Se refugió. Y su último espacio seguro es el deporte en vivo, con la Copa del Mundo como expresión máxima.
Lo que está ocurriendo ahora, mientras el torneo de Estados Unidos, México y Canadá entra en su fase decisiva, es una de las últimas ceremonias sincrónicas que quedan en pie dentro del entretenimiento masivo global. En épocas donde la atención es nuestro recurso más valioso y las opciones más que sumar atrofian, monopolizar la atención colectiva es una rara avis.
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Primero, el velorio: qué era la monocultura y cuándo se perdió
Durante la mayor parte del siglo XX la cultura de masas funcionó como un embudo. Había pocos canales, pocas radios, pocos diarios, y por lo tanto buena parte de la población pasaba por los mismos contenidos. Lecturas, cine y TV, aplica a todo. El final de la serie M*A*S*H, en 1983, fue visto por más de 100 millones de estadounidenses en simultáneo: casi la mitad del país frente al mismo plano, en el mismo instante.
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SumateEn Argentina, los grandes éxitos de la televisión abierta de los ochenta y noventa medían 40 o 50 puntos de rating, cifras que hoy suenan delirantes. El casamiento de Palito Ortega y Evangelina Salazar, en 1967, se transmitió en el programa Sábados Circulares y capturó al 82% de la audiencia, por ejemplo. A eso hay que sumarle los legendarios 60 puntos de rating de ¡Grande, Pá!, ya con el sistema actual de medición. Incluso más acá en el tiempo el final de Resistiré (2003) logró acercarse a eso. Cuando una novela exitosa terminaba se notaba en la calle.
Esa arquitectura no era una virtud moral de la época sino más bien una limitación técnica. La audiencia miraba lo mismo porque no había tanto más para mirar. Pero esa “escasez” producía un efecto secundario valiosísimo: un repertorio común. Las referencias compartidas, los chistes que todo el mundo entendía, la conversación del lunes. La monocultura era, ante todo, una infraestructura de conversación.
Si esto fuera una novela de Agatha Christie –o una película de Knives Out, para darle un toque más actual– tendríamos que señalar a varios culpables: primero el cable, después internet, el streaming y la estocada final del algoritmo. Cada etapa multiplicó la oferta y fragmentó la demanda, desgastando ese hilo conductor transversal. El problema actual no es la falta de contenido sino la dificultad de coincidir en él. El algoritmo de recomendación (acá vale Netflix, TikTok, Facebook, Spotify, todo) está diseñado para generar el efecto contrario: para ofrecerle a cada usuario un menú personalizado, optimizado según su historial, distinto del de su vecino. La fragmentación no es un accidente del sistema, es un producto sostenido por la vanidad del sesgo de confirmación.
La última gran serie que logró resistir esa lógica fue Game of Thrones. Entre 2011 y 2019, en plena era del streaming y del maratoneo (binge watching), HBO sostuvo el formato antiguo: un episodio por semana, a la misma hora, para todo el planeta. El resultado fue la última gran experiencia monocultural de la televisión: el lunes de spoilers, las teorías compartidas entre desconocidos, la sensación de que faltar un domingo era quedar afuera de una conversación global. Se calcula que su temporada final fue seguida capítulo a capítulo por unos 45 millones de espectadores en todo el mundo y su series finale reunió a casi 20 millones solo en Estados Unidos. Todo eso justo en 2019, meses antes de la pandemia, el verdadero cierre simbólico de una era.
Desde entonces hubo fenómenos gigantes, incluso más veloces o más transversales en términos de circulación: El Juego del Calamar, Stranger Things, el universo Marvel, algunas películas-evento, canciones convertidas en plaga, realities, escándalos, memes. Pero no es exactamente lo mismo. Pueden ser masivos sin ser sincrónicos. Pueden dominar una semana de conversación sin lograr que todos estén frente a lo mismo en el mismo momento. Su consumo suele ocurrir por oleadas. Algunos lo ven el día del estreno, otros al fin de semana siguiente, otros cuando el algoritmo se los devuelve convertido en clip, resumen, reacción o chiste. Son fenómenos masivos, claro, pero no necesariamente producen ese viejo efecto de cita colectiva: ahora, todos, al mismo tiempo.
El resultado de este proceso es algo así como una cultura de archipiélagos. Cada persona tiene su serie, su nicho de TikTok, su microgénero de Spotify con nombre inventado. El “¿viste anoche…?” del lunes fue reemplazado por el “tenés que ver…”, que es otra cosa. Ahora hablamos de una recomendación en diferido, un intento de sincronizar a mano lo que antes venía sincronizado de fábrica.
La excepción que confirma la regla (y un poco la humilla)
Sin embargo, en este momento está pasando algo que contradice todo lo anterior. Según los datos difundidos por FIFA, la fase de grupos de este Mundial rompió récords medibles: más de 4,6 millones de personas en los estadios, la marca más alta de la historia para una primera ronda, con una ocupación del 99,7% de las localidades. Los partidos inaugurales de los tres anfitriones reunieron más de 50 millones de espectadores. En Estados Unidos, el debut ante Paraguay llegó a 27,5 millones de televidentes y anticipó un salto de escala que pocos días después quedó todavía más claro: el cruce entre Estados Unidos y Bélgica alcanzó los 30 millones y se convirtió en la transmisión de fútbol más vista en la historia de la televisión estadounidense.
El dato más extraño, quizá, viene de TikTok. FIFA informó que el gol de Messi ante Argelia fue –por lo menos hasta el momento– el contenido mundialista más visto de la plataforma, con 53 millones de reproducciones. TikTok es la catedral de la fragmentación algorítmica, el lugar donde cada feed es un universo privadísimo y único. Y a pesar de eso, durante un Mundial, hasta TikTok se regulariza: por unas horas, todos los feeds parecen hablar de lo mismo. El algoritmo, que vive de separar audiencias y alimentarlas siempre de lo mismo, se rinde ante el único evento que todavía consigue juntarlas.
¿Por qué el deporte en vivo resiste donde casi todo lo demás se fragmentó? La respuesta cómoda sería “la pasión”, pero pasión también hay por las series, por la música, por los libros, y no alcanzó para salvar su sincronía. La respuesta más interesante empieza por una diferencia técnica y termina en una religiosa.
La diferencia técnica es que el partido no se puede guardar. Una serie puede verse en cualquier momento; su valor está en el contenido, no en el instante. Un partido, en cambio, vale mientras está pasando. Verlo en diferido es consumir un producto degradado, con el resultado ya conocido o esquivando notificaciones como quien camina por un campo minado. El deporte es de los pocos contenidos cuyo valor se evapora con el tiempo real, y esa caducidad, que parece una debilidad, es justamente lo que nos obliga a estar ahí, ahora, junto con todos los demás.
¿Y por qué no se puede guardar? Porque no está terminado. Casi todo lo demás que circula está guionado, editado, testeado con audiencias, corregido, empaquetado. Llega probado y aprobado. El partido no. Nadie, ni la FIFA, ni las casas de apuestas, ni el algoritmo, sabe del todo qué va a pasar. En una dieta cultural donde hasta la sorpresa suele estar calculada, la incertidumbre real se volvió un bien escasísimo. Y la falta de certeza compartida (cuestiones políticas y económicas de lado, claro) todavía más. No se trata solo de no saber qué va a pasar, sino de que nadie lo sabe y todos vamos a descubrirlo al mismo tiempo.
De ahí sale la parte religiosa. El sociólogo Émile Durkheim, un señor de hace más de un siglo, describió algo que llamó «efervescencia colectiva». Se trata de esa electricidad particular que se produce cuando mucha gente siente lo mismo al mismo tiempo. Durkheim la estudiaba en los rituales, pero la descripción calza perfecto para un gol de Argentina: el grito simultáneo de millones de personas que no se conocen es, técnicamente, una experiencia religiosa. Una bastante pagana, con camiseta transpirada y gente insultando al VAR, pero religiosa al fin. Y es un fenómeno que ningún algoritmo puede fabricar del todo, porque su materia prima es justamente lo que él mismo erosiona: la simultaneidad.
El mercado entendió esta economía de la sincronía mucho antes que la crítica. Mientras el valor de casi todos los contenidos se pelea contra la abundancia (hay tanto de todo que nada parece realmente imprescindible), los derechos de transmisión deportiva no paran de subir. Las plataformas de streaming, que construyeron sus imperios sobre el consumo on demand, pagan fortunas por fútbol, NFL, tenis, Fórmula 1 o boxeo. Es decir, por lo único que no puede consumirse realmente a demanda. Las empresas que ayudaron a desarmar la sincronía ahora la compran a precio de oro porque descubrieron que es una de las pocas cosas que todavía garantiza que millones de personas se sienten frente a una pantalla en el momento exacto en que ellas lo deciden. La monocultura no murió, tal vez simplemente se convirtió en un activo financiero.
La letra chica
Esta última monocultura, sin embargo, tiene sus propias grietas bastante reveladoras. La primera es que la propia FIFA está diluyendo lo que vende. Este es el primer Mundial con 48 selecciones, y el torneo pasó de 64 a 104 partidos. La lógica es obvia: más partidos, más entradas, más derechos, más mercados. Pero el efecto secundario es que la escasez que hace valioso al Mundial se debilita.
No todos los partidos generan efervescencia colectiva. Algunos generan contenido de fondo, pantalla encendida, ruido ambiente, “después veo el resumen”. Gianni Infantino y su gente están haciendo con el Mundial algo parecido a lo que las plataformas hicieron con las series, o sea, estirar el producto hasta que la abundancia empiece a comerle el “aura”. La monocultura sobrevive en los picos (los partidos de la selección propia, los “mata-mata”, las finales), rodeada de un océano de encuentros que no necesariamente mira todo el mundo en simultáneo.
La segunda grieta es más sutil. Incluso cuando las audiencias miran lo mismo al mismo tiempo, ya no lo miran igual. El partido es el mismo, pero cada espectador lo vive con el celular en la mano, dentro de su propia burbuja de grupos de WhatsApp, de su timeline, de sus memes, de su comunidad de hinchas, haters, técnicos de sillón y gente que solo aparece para preguntar si ya puede decir que el Dibu se olvidó los brazos en el vestuario. La experiencia sincrónica viene acompañada de una capa de comentario completamente fragmentada. Es una monocultura de pantalla grande con una policultura de pantalla chica encima. Se comparte el evento, pero no necesariamente la conversación, que era donde la monocultura clásica producía su efecto más duradero.
Y la tercera: hasta la transmisión se fragmentó. En Estados Unidos, una parte enorme de la audiencia del torneo lo está siguiendo en español, repartida entre cadenas y plataformas de streaming que baten récords por separado. Ni hablar de lo que pasa en Argentina con los diferentes sistemas y sus delays que hacen que el vecino te anuncie cómo salió el penal. El evento es uno; las puertas de entrada –y sus ángulos– son decenas.
Dos conclusiones
Quedan dos ideas para el cierre, una melancólica y una práctica.
La melancólica: si el Mundial es el último reloj común, entonces la monocultura pasó de ser el estado natural de la cultura a ser un evento excepcional. Cuatro años de archipiélagos y un mes de sincronización, como esas familias que solo se ven en las fiestas y descubren que todavía tienen algo de qué hablar. Quizás por eso los mundiales pesan cada vez más en la memoria emocional colectiva, sobre todo en países como el nuestro. No son solo fútbol, son uno de los pocos momentos en que el “nosotros” cultural existe en tiempo presente y no como nostalgia. Diciembre de 2022 no se recuerda solo por la Copa sino porque fue una de las últimas veces en que el país entero fue, literalmente, una sola audiencia.
La práctica: toda la industria cultural está tratando, con distintos grados de desesperación, de reconstruir una sincronía artificial. El regreso del estreno semanal de las series es exactamente eso. Es un intento de fabricar el efecto Mundial en escala reducida, de replicar lo que en su momento Game of Thrones demostró posible y de convertir el contenido en evento. Los conciertos transmitidos en vivo, los estrenos globales simultáneos, los realities con votación en tiempo real, los “directos” en redes, las premieres, los aftershows. Nuevas prótesis de simultaneidad para una cultura que la perdió. Algunas funcionan a medias. Ninguna alcanza la potencia del deporte, claro porque a todas les falta el ingrediente que no se puede guionar, ese tan seductor para nuestros cerebritos: no saber cómo termina.
Así que hoy a la noche (aunque tal vez estés leyendo esto en el futuro), cuando el país entero se siente frente al mismo partido en el mismo minuto, va a valer la pena registrar el momento con cierta atención antropológica. Es más que un partido, es probablemente uno de los últimos rituales que quedan de una forma de cultura que ya casi no existe, esa en la que mirar algo era, sin demasiada ingeniería ni campaña de marketing, mirarlo juntos.