Diario de campaña N° 5 | Dónde estamos parados: tres apuntes sobre el escenario de hoy
Luego del primer debate presidencial y un nuevo intento de asesinato a Trump, la carrera sigue pareja. Eso puede ser un problema para los demócratas.
Luego del primer debate presidencial y del segundo intento de asesinato a Donald Trump, propongo tres apuntes sobre el escenario en Estados Unidos, desde donde acabo de regresar luego de dos meses de recorrido.
1- El debate mostró la enorme disparidad entre los candidatos
Kamala Harris salió mucho mejor parada del debate, algo que se empieza a reflejar en las encuestas que se publicaron a nivel nacional (ver el resto del correo como método de prevención).
Fue contundente en los temas que más le juegan a favor, como el derecho al aborto, y logró distraer a Trump en los que más tiene para perder, especialmente en economía y su rol en el gobierno. Harris jugó con el ego de su candidato, como cuando dijo que la gente se aburría en sus actos de campaña y se iba temprano, y logró desviarlo. Con la ayuda de los moderadores, Trump quedó rápidamente acorralado y se corrió del libreto que había logrado interpretar bien en su anterior debate con Joe Biden (Dacil Lanza escribió un correo a propósito de la frase más recordada de la noche, cuando el republicano habló sobre haitianos comiéndose perros en las calles de Springfield).
El debate refleja bastante bien la asimetría entre ambos. Harris, que llegó preparada, es capaz de llevar adelante el mensaje que idearon los demócratas para esta elección (retratada como una disputa sobre las libertades amenazadas por el trumpismo) de una manera en la que Biden no podía. La performance mostró también los límites de esa estrategia. Harris no propuso casi nada en materia económica, tuvo que pensar una frase para despegarse de Biden (“Estás debatiendo conmigo, no con él”) y buscó apelar a distintas tribus ideológicas, de manera similar a lo que hizo en su discurso en la Convención. Le habló a jóvenes y mujeres pero también hizo guiños al mundo militar y a votantes republicanos desafectados, una estrategia seguramente necesaria pero que muestra cómo los demócratas, para ganar en el Colegio Electoral, deben ensamblar una coalición más diversa y compleja que los republicanos tanto en términos ideológicos como demográficos. Harris está mucho mejor preparada para un contexto desfavorable.
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SumateTrump mostró todo lo contrario. Errático, dejó pasar varias oportunidades para explotar las debilidades de Harris y por momentos parecía viejo y desenfocado, justamente la imagen que dejó Biden en el debate que selló el fin de su campaña. Más allá de eso, Trump parece estar cometiendo demasiados errores no forzados: riñas innecesarias que van desde su disputa personal con el gobernador republicano de Georgia hasta Taylor Swift; la elección de un candidato a vicepresidente desprolijo e impopular como JD Vance; y la reaparición de sus instintos más radicales en términos de posicionamiento público, algo que había evitado en los primeros meses del año.
¿Cuánto impactará el debate en la votación? No lo sabemos, pero en una elección que se va a definir por muy poco en un puñado de estados cualquier evento de esta naturaleza es relevante.
2- En un escenario parejo, Trump es el favorito
Despejemos esto: todas las encuestas dan un escenario de paridad. Las nacionales le dan una buena ventaja a Harris pero las de estados competitivos –las que hay que mirar para saber quién gana el Colegio Electoral y por ende la elección– muestran una carrera más pareja. El escenario está abierto.
Harris mejoró en las encuestas nacionales después del debate, pero hay que ver si esto se confirma en los estados competitivos (también conocidos como pendulares), donde la producción de sondeos demora unos días más. Además, resta saber si el intento de asesinato de Trump va a cambiar algo (ver el final del correo). El hecho de que Harris esté llevando adelante una campaña competente bien podría darle un poco más de ventaja con el pasar de los días. Pero si este escenario se mantiene, mi impresión es que Trump corre con ventaja.
En primer lugar, los republicanos tienen una ventaja estructural en el Colegio Electoral, que explica por qué en las últimas dos elecciones que ganaron (George W. Bush 2000 y Trump 2016) lo hicieron a pesar de haber perdido el voto popular a nivel nacional. Algo así puede volver a pasar este año.
Los estados que van a definir esta elección (Pensilvania, Wisconsin, Michigan, Georgia, Arizona, Nevada y Carolina del Norte) muestran una tendencia electoral un poco más corrida a la derecha que el promedio nacional, y se dividen de una manera clave. Los primeros tres están ubicados en el medioeste, el ex corazón industrial de Estados Unidos que Trump conquistó en 2016 y Biden recuperó en 2020. Los restantes cuatro, aunque con diferencias entre sí, son parte del llamado Cinturón del Sol (Sun Belt) y son estados que, en parte gracias al aumento de la población latina, se han vuelto más competitivos para los demócratas en los últimos años (antes solían inclinarse al Partido Republicano). La fortaleza de Trump reside en la población blanca sin estudios universitarios, dominante en dichos territorios. Harris, en cambio, debe articular una base más amplia y movilizar a votantes que son menos propensos a participar, sobre todo afroamericanos y latinos jóvenes. Es un camino más espinoso.
Si las encuestas fallan como en 2020, Trump estaría liderando todos los estados competitivos. Fuente: New York Times.
Trump, a pesar de su alta imagen negativa, cuenta también con la ventaja de ser oposición a un gobierno mal evaluado, y bajo un creciente clima antiprogresista. Esto salta a la vista al recorrer Estados Unidos, donde las quejas sobre la inflación son moneda corriente, al igual que la idea, cada vez más extendida, de que los “demócratas se fueron demasiado a la izquierda” en cuestiones culturales.
Hay algo más, que voy a seguir desarrollando en otros correos, y es que en esta elección está apareciendo con fuerza un nuevo universo de votantes antiestablishment, radicalizados con la pandemia y con fuerte presencia en comunidades digitales, que se inclinan a Trump. Algunos lo llaman el voto rarito (“weird”). Otros hablan del “votante que necesita el caos”, y donde confluyen:
Hombres blancos conservadores nostálgicos del patriarcado; independientes que están furiosos por los fracasos institucionales de la élite durante y después de la pandemia; y estadounidenses de color culturalmente conservadores, especialmente hombres, que pueden sentirse marginados por el racismo y la desigualdad económica, pero también rechazan las últimas olas de feminismo #MeToo.
Esta es parte de la base de votantes de Robert Kennedy Jr, el candidato independiente que ahora apoya a Trump y que le puede aportar unos puntitos clave. Hablamos de personas menos propensas a contestar encuestas y menos expuestas al contenido político de canales tradicionales. Tranquilamente pueden ser el factor sorpresa de la elección.
Creo que esta combinación de factores le da un plus a Trump en un escenario de paridad. Y a propósito del caos, resta un último punto importante.
3- Esta no es una elección normal
Como verán, es fácil perderse en la droga de las encuestas y los memes del debate a la hora de analizar las elecciones, pero es importante tener en cuenta lo anormal y extraordinaria que es esta campaña, además de lo que está en juego. Esto no significa repensar todos los criterios analíticos ni ponerse solemnes, pero sí saber que estamos ante un escenario que se mueve muy rápido en un país totalmente convulsionado, y con dos candidatos atípicos.
Lo atípico de Harris, más allá de su perfil demográfico, es que irrumpió hace apenas dos meses y rápidamente se convirtió en la nueva esperanza del Partido Demócrata para llevar adelante el cambio que la mayoría del país está pidiendo, siendo la vicepresidenta del gobierno. Trump es atípico por varias razones, pero sobre todo porque es un expresidente que lidera un movimiento de extrema derecha y amenaza con desconocer los resultados electorales, sembrando otra vez el fantasma del fraude (para dimensionarlo: esta semana Elon Musk y Peter Thiel, dos actores pesados del ecosistema tecnológico, expresaron dudas sobre la legitimidad del proceso). El republicano enfrenta además un cuadro judicial delicado, que podría llevarlo a la cárcel, y ha sobrevivido a dos intentos de asesinato en dos meses.
El último, al que todavía le faltan detalles, sucedió el domingo, cuando Trump estaba jugando al golf en Florida. Agentes del Servicio Secreto detectaron a un hombre escondido detrás de unos árboles con un rifle en la mano (uno semiautomático con mira telescópica), y le dispararon preventivamente. El hombre, llamado Ryan Wesley Routh, logró escapar pero luego fue detenido. Su biografía es confusa, tal como había sucedido con el primer atacante de Trump. Wesley Routh votó presuntamente por el expresidente en 2016, pero luego lo abandonó en 2020; mostraba simpatías con posibles rivales de Trump dentro del Partido Republicano, pero también había donado en campañas demócratas. Por lo demás, estaba obsesionado con Ucrania y había manifestado en distintos medios su voluntad de autoenlistarse en la guerra.
El hecho tuvo mucho menos impacto que el primer intento de asesinato. En parte se explica porque esta vez no hubo disparo, ni video del hecho, ni rostro ensangrentado, pero también porque la violencia política aparece cada vez más naturalizada en Estados Unidos, al igual que los altos niveles de drama que tiene la campaña.
Ese drama altera la conversación sobre la elección. Si el domingo se seguía hablando sobre la performance de Kamala Harris en el debate y las primeras repercusiones positivas, la agenda luego fue copada por el incidente. Y unas horas antes de que Routh fuera alertado por el Servicio Secreto, Trump había escrito en Truth, su red social, que “odiaba a Taylor Swift”, la superestrella que ahora apoya públicamente a Harris. No es que la riña pública con Swift haya pasado desapercibida, pero ciertamente se corrió del foco informativo con el correr del día. El punto es que las fotos de la campaña, que son las que quedan retratadas en cada una de las encuestas que se publican, cada vez duran menos, y afectan su lectura.
Que un candidato presidencial haya enfrentado dos posibles instancias de asesinato vuelve a sembrar dudas sobre el Servicio Secreto, cuyos cuestionamientos deben enmarcarse en una crisis de autoridad que se extiende a otras instituciones. Este punto no es menor. Esta campaña transcurre en medio de una crisis de legitimidad institucional del país, que afecta no sólo a instrumentos de opinión pública como medios de comunicación y encuestadoras, sino también a las autoridades electorales, que dependen de los estados y que son las responsables de certificar el resultado electoral (que puede no llegar a estar disponible la noche de la elección, así que imaginate).
Con esto quiero decir que es muy difícil analizar esta elección como si fuese una más.
Un ejemplo. El martes miré el debate en un bar de Atlanta, rodeado de demócratas. Al final de la noche, mientras la mayoría estaba borracha y eufórica por la performance de Harris, me quedé hablando con una pareja politizada que mostraba su escepticismo por cómo se podía desarrollar la elección. Atlanta es la ciudad más importante de Georgia, uno de los estados competitivos.
–¿Y acá cómo la ven? –pregunté.
La chica respondió de inmediato.
–Yo diría que bien, pero el problema es que para que Kamala se lleve el estado tiene que hacerlo por mucho, porque si es por poco entonces Trump podría presionar a las autoridades (como literalmente hizo en 2020) y arrebatarnos Georgia (donde, como en casi todo el resto, el que gana la mayoría de los votos se lleva la totalidad de votos electorales en juego).
Las posibilidades de que eso suceda en Georgia, que ha cambiado las reglas electorales y donde las nuevas autoridades le responden a Trump, son reales.
Y aún así su respuesta me sorprendió. No habló del entusiasmo que nos rodeaba, ni de encuestas o demografía, mucho menos de ideología. Dijo que tenían que ganar por mucho porque si no Trump les podía robar la elección, o por lo menos paralizar el país.
Dicho de otra manera: hay un elefante en la sala.