Diario de campaña N°1 | Milwaukee era una fiesta, hasta que llegó Kamala
La Convención Republicana se rinde a los pies de Donald Trump, unos días después de sobrevivir a un intento de asesinato. Joe Biden retira su candidatura. La campaña se reinició.
1.
Para entender el impacto de la noticia de la renuncia de Joe Biden a la candidatura demócrata a la presidencia, sugiero retroceder solo un par de días.
El martes 15 de julio llegué a Milwaukee para la Convención Republicana, el evento donde Donald Trump sería coronado como candidato unos días después de sobrevivir a un intento de asesinato. En parte por eso, la atención y la seguridad dispuesta era mayor a otros años. Había policías de distintos tipos y desde varios estados, parecía como si la ciudad estuviera en guerra. Todos los que estábamos ahí habíamos sido aprobados por el Servicio Secreto con meses de anticipación, por lo que nuestro acceso estaba garantizado, pero debíamos ser revisados todos los días.
El centro de la ciudad estaba cerrado para el evento, delimitado en una área perimetral que incluía varias calles y distintos edificios dispuestos para la Convención, entre ellos un estadio –que se abría a partir de la tarde para los discursos, y donde se encontraban los delegados–, un teatro donde pasaban algunas películas (yo me escapé una tarde a ver Government Gangsters, sobre la conspiración del Estado profundo contra Trump, y la verdad es que no la recomiendo), dos grandes espacios para medios y periodistas, food trucks para almorzar y, por supuesto, los puestos de venta de merchandising.
Había remeras con la cara de Trump y frases como “Yo voto por el delincuente convicto”, entre otras delicias, aunque mi producto favorito era un libro de poesía reunida de Trump compuesto de tweets y fragmentos de discursos, pero redactados en verso. Había pines y stickers con el logo de la campaña, insignias patrióticas y burlas a progresistas, todo con el nombre de Trump y sin ningún tipo de referencia al partido. Esto entre un mar de personas que circulaban con algún tipo de vestimenta especial, desde gorritas rojas con el Make America Great Again hasta disfraces enteros, desde una reina libertaria hasta un tipo que estuvo los cuatro días con un traje estampado de ladrillos, para simbolizar el muro con México. Algunos ocurrentes llevaban una venda en la oreja derecha para mostrar solidaridad con la herida de Trump.
Yo, a decir verdad, ya estaba acostumbrado a este tipo de folklore. En febrero había pasado cuatro días sumergido en la cumbre de CPAC en Washington y ahora –si bien este evento reunía mucha más gente y ofrecía otra dinámica– me volvía a encontrar con algunas caras y situaciones.
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SumatePero algo había cambiado. En febrero me había encontrado con una base resentida, todavía golpeada por el resultado de las elecciones y herida (no uso esta palabra con liviandad: hablo de gente literalmente traumatizada) por los eventos y causas judiciales luego del ataque al capitolio del 6 de enero de 2021. Gente a la que, cuando le preguntaba si era optimista acerca de las elecciones de este 2024, me respondía que Trump ya había ganado antes, por lo que nada indicaba que no se las pudieran volver a robar. Había una sensación de conflicto latente.
Esta vez me encontré con una base eufórica y con un partido completamente entregado a su líder, ahora con estatus de mártir. Ya no se hablaba tanto del 2020 como del 2025. Se seguía un libreto cuidadosamente redactado: menos aborto y más inflación; menos white power y más latinos. Se le pegaba al Gobierno, por supuesto, pero no hacía falta pegarle tanto a Biden, total los demócratas ya se castigaban solos.
En síntesis: un partido preparado para dar una paliza electoral.

2.
Sigamos con esta idea de la paliza.
Si bien el concepto de lucha ya estaba presente en el movimiento (de hecho lo destaqué en mi crónica de febrero), el intento de asesinato de Trump le dio otro estatus. Ese sábado que quedará en la historia, cuando el expresidente, con la cara llena de sangre, levanta su puño mientras es escoltado a la salida por agentes de seguridad, el público comenzó a gritar: ¡Fight! ¡Fight! ¡Fight! (¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!)
Durante la Convención era común, cuando algún orador hacía referencia al gran acto de coraje del presidente Trump al sobrevivir al tiroteo, que todo el estadio rugiera bajo ese grito de guerra ¡Fight! ¡Fight! ¡Fight! A mi esa escena, repetida todos los días, me agarró en distintos lugares de la sala, y creo que todas las veces se me puso la piel de gallina.
Pero no era solo eso. Había una construcción perfectamente guionada de Trump como un hombre fuerte, viril, un patriota con todas las letras que luchaba por su pueblo. Este retrato se alternaba con otro que lo presentaba, al mismo tiempo, como un hombre dulce y atento, un loving father y abuelo que se preocupaba por su familia. Pero mientras este último intento por lo general sonaba forzado y a veces francamente patético, el primero martillaba de otra manera. Para poner un ejemplo, dentro de la última tanda de oradores del jueves –el día que habló Trump, y el más importante– se destacaron el luchador y performer Hulk Hogan, que terminó su discurso arrancándose la camisa y trabando biceps, y Dana White, el presidente de la empresa de lucha UFC. De hecho, White fue el telonero del expresidente, un puesto por lo general reservado para alguien de su familia.
No había reparado en todo esto hasta que, unos días después de la Convención, leí esta crónica buenísima de Tim Alberta, periodista de The Atlantic, donde se mete dentro del comando de Trump con ayuda de sus dos jefes de estrategia: Chris LaCivita y Susie Wilkes. Alberta cuenta cómo la campaña del expresidente –mucho más sofisticada y profesional que en 2016 y 2020– está construida sobre el clivaje de debilidad versus fortaleza.
A la debilidad “biológica” de Biden se le suma la presunta debilidad de su Gobierno en administrar la frontera, la inflación o la guerra en Ucrania. La campaña trabaja sobre ese contraste con Trump. Alberta, que siguió a los dos estrategas durante meses, empieza a registrar una leve inquietud: es una campaña que se sabe exitosa, pero que está pensada para un rival como Biden. Y que podría quedar atrapada en una paradoja: tener éxito demasiado temprano.
“Ese sonido que escuchan”, tuiteó Alberta la noche en la que Biden anunció su renuncia a la candidatura, “es la campaña de Trump destrozando un detallado, brillante y de repente inútil plan para vencer a Joe Biden”.

3.
Entre la gente con la que me reencuentro está Edward, parte de la delegación de Nueva Jersey, un hombre de aspecto saludable que se acerca a los sesenta años, y se destaca entre el público porque cada día lleva una gorra de Trump de distinto color, aunque tiene referencias del expresidente hasta en sus zapatillas. Edward es un showman que se gana la vida como analista de riesgos y también actúa en películas de terror. Últimamente, me cuenta cuando nos saludamos, su trabajo como actor ha bajado mucho, según él porque los productores progresistas lo castigan por su apoyo a Trump.
Hace unos días, desde antes de Milwaukee, que no paro de pensar en él. Cuando lo entrevisté en febrero, en Washington, Edward me dijo, sin un atisbo de gracia, que a Trump lo iban a intentar asesinar. “Los demócratas van a hacer trampa como nunca lo hicieron. Y tengo miedo, y lo digo en serio, de que intenten asesinarlo”. Dijo también que estábamos ante la elección más importante en la historia de Estados Unidos, y que Trump había sido “enviado por un Dios misericordioso para preservar la promesa de Abraham Lincoln: que el gobierno de la gente y para la gente no desaparezca de la tierra. Si Trump es electo quizás este país pueda ser salvado. Es nuestra última esperanza”.
–Te lo dije –me recuerda ahora, en un pasillo del estadio–. Quisieron bajarlo con el impeachment, [la investigación sobre] la colusión rusa, y recientemente la persecución judicial. Te dije que cuando todo eso fallara iban a intentar asesinarlo. Los demócratas le han declarado la guerra a todos los americanos decentes. Y no es el primer acto de violencia que cometen.
Antes de despedirnos, con la promesa de volver a hablar en los días siguientes, Edward se anima a una segunda predicción.
–La única esperanza para los demócratas es si nos involucramos en una guerra total. Hay muchos [inmigrantes] ilegales entrando, y no todos son de México, ¿sabés? Tenemos terroristas en este país. E Irán seguramente ya tiene la bomba. Mi próxima alarma es que va a haber un ataque terrorista en este país, tan atroz que va a dejar el 11/9 como algo pequeño. Biden lo va a usar como una excusa para suspender la elección.
4.
Trump llega al estadio todos los días alrededor de las ocho de la noche, cuando empiezan los discursos más relevantes. En general entra con un temazo, como It’s a Man’s Man’s Man’s World, de James Brown, un tema que sería tan polémico en una Convención Demócrata que me pregunto si no lo ponen a propósito. Luego sube a una platea especial, la más iluminada, donde recibe una ovación constante de los delegados mientras saluda y levanta el puño, tal como en la postal icónica. Todavía tiene la venda en la oreja.
Desde ahí escucha los discursos, que se repiten en su repertorio:
- La “invasión migrante” y la crisis en la frontera, a veces acompañado por el público que grita “Send them back!” (que los deporten).
- La inflación y el alto costo de la vida.
- La ridiculez y perversidad de la agenda woke, en general complementado con chistes como: “No pueden definir qué es una mujer, imaginate si van a poder gobernar el país”.
- Trump: el patriota que sobrevivió al intento de asesinato, aquel que salvó el país en 2016 y lo volverá a hacer. Esto llega al principio del discurso o al final, a veces en ambas, pero siempre llega.
Toda la Convención gira en torno a él. A diferencia de 2016, la estructura del partido le responde, y ya está totalmente unificado detrás de su liderazgo. Trump, como un monarca acomodado en su trono, se sirve su propio banquete: observa cómo sus ex rivales, desde Marco Rubio y Ted Cruz (los de 2016) hasta Ron de Santis y Nikki Haley (los de 2024) suben al escenario a rendirle pleitesía.
Esta Convención es, entre otras cosas, el testimonio más vívido y acabado de la derrota del ala moderada o conservadora o simplemente no trumpista del partido. Este show, para quienes quieren quedarse en filas republicanas, es el reconocimiento de esa derrota en primera persona.
Trump los trituró.

5.
Trump ya tenía, entre parte de su base, una ascendencia de tipo religiosa. El propio Edward me dijo, en febrero, que Trump era un enviado de Dios. Tampoco son nuevas las ideas sobre el trumpismo como culto. Pero el intento de asesinato lo llevó, me parece, a otro plano. Varias personas me dijeron, totalmente convencidas, que Trump se salvó por intervención divina. Su estatus de mito ganó peso, y algunos lo martirizan.
A veces, cuando merodeaba el estadio, con Trump ya montado en la platea, percibía el ambiente de una iglesia evangélica. Hay personas que lloran. Cuerpos que tiemblan.
6.
La noticia del primer día de Convención es la nominación de JD Vance como candidato a vicepresidente.
Vance, de 38 años, saltó a la fama con una autobiografía en la que narra su infancia en el seno de una familia trabajadora de Ohio. Con casi nula experiencia política, llegó a senador en 2022 por el apoyo de Trump, y es parte de la nueva camada de políticos nacidos en la era MAGA. Su elección como vice es una postal de época: Trump no necesita hacer guiños a Washington o apelar a una tribu diferente; Vance, de oratoria decente, es narrativa pura: un joven nacido en la crudeza del midwest que refuerza su apelación al Estados Unidos olvidado (poco importa que Vance haya hecho una fortuna como empresario en Silicon Valley).
Pero esos cuadros republicanos de Washington existen y son una parte importante de la Convención. Por lo general de traje, los más arriesgados llevan gorrita roja, los modestos un pin de Trump. Hacen presencia en los eventos paralelos, dedicados al networking, y cuentan una historia importante sobre el momento que vive Estados Unidos. Acomodados también a la era Trump, algunos son protagonistas de una batalla silenciosa entre fundaciones y think tanks para moldear una eventual segunda administración del expresidente.
El caso más rutilante es el de Fundación Heritage y su proyecto 2025, un título que vas a escuchar muchísimo a partir de ahora, porque los Demócratas lo están utilizando para mostrar la agenda radical del trumpismo 2.0, que va desde la deportación masiva de inmigrantes y la derogación total del aborto hasta el desmantelamiento parcial del Ministerio de Educación y el FBI (señal de su relevancia, Trump se distanció públicamente del proyecto, al que rotuló como de derecha radical). La interna no es clara, aunque los contactos entre Heritage y la campaña de Trump son reales.
Dado el tenor de los ataques demócratas, me sorprendió la visibilidad de Heritage en la Convención. Un día organizaron un cóctel que duraba desde las tres de la tarde hasta la una de la mañana, con comida y barra libre. Acomodados en la ventana del bar, unos asesores oriundos de Florida pero que vivían en Washington me compartieron sus dudas sobre Heritage: creían que la Fundación estaba subiendo el perfil a propósito para captar donantes e influenciar la discusión a su favor. Pero, me dejaron en claro, no eran bichos raros, y formaban parte del mapa. Yo ya había tomado tres Miller y estaba lanzado a hablar inglés como si fuera el Dibu Martinez.
–Proyecto 2025 es parte del menú de opciones –me dijo uno–. Hay algunas ideas que están bien, otras no tanto. Lo importante es la plataforma del partido. Ahí está todo.
–Esto es como cuando salís con tu novia a cenar y le decís que elija el restaurante. Hay como cinco… –quiso simplificar otro.
Ya había entendido la metáfora, pero otro de los consultores escuchó la frase y se metió.
–Si la llevas a tu novia seguro va a elegir el más caro.
El grupo rió y la conversación pasó a otro tema.
Los asesores tenían, por cierto, menos de treinta años. Se trata de una tendencia al alza en el partido, que volví a notar en otros eventos. Los jóvenes estaban por todos lados.

7.
En la zona de food trucks hay un local de comida mexicana, atendido por un padre y una hija. El padre es más moreno, tiene un acento más marcado y las manos llenas de callos; ella, que nació en Estados Unidos, habla casi como una gringa.
De casualidad, preguntando por otra cosa, descubro una leve tensión entre ellos: el padre, que emigró de México hace más de treinta años, está horrorizado con lo que escucha, y no puede creer que haya latinos que voten por Trump.
–Es verdad que entramos ilegales –me dice cuando le pregunto directamente, ante la mirada incómoda de la hija–. Pero todo eso que dicen, que somos narcotraficantes, terroristas… eso simplemente no es verdad. Somos trabajadores. Si vas a un campo en cualquier lugar del país no vas a ver a un solo americano trabajando.
La hija, que balbucea algo sobre la inflación y la necesidad de cuidar la frontera, simpatiza con Trump.
Luego, alguien, una chica de Puerto Rico, me explica que es algo cada vez más común en algunas comunidades latinas (el plural acá es necesario, el voto latino no es un bloque monolítico): padres que votan demócrata e hijos republicanos. Esta brecha puede ser clave en una elección donde Trump le está disputando el voto latino y afroamericano, especialmente joven, a los demócratas. Esa ofensiva está en el centro de su campaña, y fue particularmente notable en la Convención, donde se apelaba constantemente a una mayor diversidad demográfica (la mayoría de los delegados, sin embargo, eran blancos).
En la nota ya citada de Tim Alberta, Chris LaCivita, el estratega de Trump, le asegura:
–Por cada Karen que perdamos, ganaremos un Jamal y un Enrique.
8.
Dejo Milwaukee con la sensación de que los republicanos se encaminan efectivamente a una paliza. Tengo por delante un viaje en tren a Chicago y de ahí un avión a Atlanta. En la fila veo a algunos participantes de la Convención, con remeras y gorras de Trump. Hay algo dislocado al verlos en este escenario nuevo, bajo una mañana de sol, como si se tratara de una fiesta que acaba de terminar y la gente enfila, con las luces prendidas, hacia la salida. Los disfraces se ven más ridículos cuando se mezclan con las otras personas de la fila del tren. Algunos se saludan, y entonces pienso en la complicidad silenciosa que se establece entre los que se reconocen, los únicos de esa fila que saben de la fiesta que acaban de vivir y pueden recordarla una vez más, todas las veces que sean necesarias, antes de volver a la vida real.
9.
Biden entonces se acaba de retirar y yo estoy en Manuel’s Tavern, un bar cerca del centro de Atlanta conocido por su bullicio político y la inclinación hacia el Partido Demócrata. Tiene carteles de Kennedy, Lyndon Johnson y Obama. Una de las que atiende el bar me cuenta la vez que le sirvió café a Bill Clinton, cuando Hillary estaba haciendo campaña en la zona.
Toda la barra, en conversaciones fragmentadas, habla de la noticia del día. Escucho tres veces la palabra alivio y las personas con las que hablo me transmiten una sensación positiva. Dos personas incluso me dicen que no tenían pensado votar por Biden y ahora podrían hacerlo por Kamala, si ella es la candidata. Creo que ahí está la clave, antes que nada: la inyección de energía. La posibilidad de dar pelea. Insisto en el análisis prematuro que escribimos con Schapiro. El punto se sostiene, y es que la campaña acaba de dar un giro importante. En cierto modo, se reinició.
Quiero cerrar por otro lado.
Mientras arrancaba mi gira para los bares, unas horas después del anuncio, yo estaba excitadísimo y me puse a conversar con el conductor del Uber, un joven de 32 años llamado Jorditho que está dando sus primeros pasos como productor musical, y que parecía más interesado en el hecho de que yo era argentino que en discutir la noticia del día, a la que había prestado apenas un poco de atención. Ya tuve esta sensación cuando conversaba con otros conductores volviendo al hotel cada noche después de la Convención, en Milwaukee: solo una parte estaba siguiendo lo que pasaba. Para el resto, la Convención simplemente era el evento que cortaba el tráfico.
La última vez que Jorditho votó fue por Obama, porque “era negro como yo”. No tiene pensado votar en esta, aunque opina que la presidencia de Trump “no fue seria”. Los políticos no lo convocan, me dijo, porque al fin y al cabo su voto no cuenta. Le pregunté por sus amigos. Me respondió que a veces hablan de política, se comparten videos y memes, pero no solo no sabía por quién votaban sino que ni siquiera sabía si iban a votar.
–¿Y de qué hablan? –le pregunté.
–¿De verdad querés saber?
–Sí.
–La verdad es que hablamos de armas. La ciudad se puso espesa, así que la conversación ahora pasa por cómo es la mejor manera de mantenerte seguro.