Yo quiero mi pedazo: por qué la economía crece pero el trabajo de calidad no aparece

Está pasando en la Argentina de 2026. Los economistas lo llaman jobless recovery: una recuperación sin empleo. Una rareza que en las últimas cuatro presidencias no se había visto.

Por un lado, la economía se recupera, porque el PIB crece, la inflación está más abajo que hace tres años y el riesgo país está en el mínimo en ocho años. Pero el laburo de calidad no aparece por ningún lado. La sensación es que la torta crece, pero te quedás sin tu pedazo. No es una impresión, es un fenómeno económico con nombre propio, y hoy te lo voy a tratar de explicar.

Los trabajadores paranoicos

Lo que está pasando tiene un nombre técnico que a los economistas nos encanta usar para parecer más inteligentes: jobless recovery, o “recuperación sin empleo”. Cuando una economía crece, las empresas necesitan más gente para producir más, y entonces el empleo rebota junto con el producto. No es un invento argentino y es normal que estés un poco paranoico.

En Estados Unidos se discutió mucho después de la crisis de 2008, cuando la economía volvió a crecer, pero el desempleo tardó años en bajar. Lo que sí es bastante criollo es la forma que tomó acá y, sobre todo, la intensidad. Porque la Argentina tuvo antes recuperaciones más flojas o más fuertes, pero en general el empleo acompañó. Esta desconexión entre lo que crece la economía y lo que se destruye el empleo formal es la más marcada de las últimas cuatro presidencias.

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Como diría Jack el Destripador: “Vayamos por partes”. Empecemos por los números, que son los que mandan. En abril de 2026, último dato oficial disponible al escribir esto, muestra que el empleo sigue cayendo y quedó en el nivel más bajo en cuatro años.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

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Si mirás todo el mandato, el resultado es contundente: desde que asumió Milei se perdieron alrededor de 270.000 puestos de trabajo privados registrados. Si le sumás el empleo público y las empleadas en casas particulares, la cuenta trepa a más de 320.000 puestos formales menos. Cuatro de cada diez puestos perdidos corresponden a la industria manufacturera. El resto se reparte entre construcción, comercio y otros sectores, atados al mercado interno. Es decir, se destruye empleo porque caen los sectores que emplean mucha gente.

¿La gente dejó de trabajar? Of course not. Trabaja distinto, probablemente más y en peores condiciones. Mientras se destruían esos cientos de miles de empleos registrados, crecieron los monotributistas (a marzo de este año había unos 160 mil más que hace dos años y medio) y el trabajo independiente.

Traducido: buena parte de los que perdieron un laburo en blanco no consiguieron otro igual, sino que pasaron a facturar como monotributistas, a hacer changas o a manejar/pedalear para una app. Aunque esto parece un parche, así se mide el empleo en todos lados. Nuestro INDEC sigue las mejores prácticas en la materia y considera ocupados a todas las personas de 10 años o más que, durante la semana anterior a la encuesta, trabajaron al menos una hora a cambio de un pago en dinero o en especie.

Un informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA sostiene que si sumás todas las changas de distinta naturaleza, la población con problemas de empleo se acerca al 28–30%, muy lejos del 6% de desempleo, que es el dato oficial. Es una estimación amplia y discutible y sí, no es “desempleo” estrictamente hablando, porque la cifra lo mezcla con subempleo y precariedad, pero da una idea del tamaño del problema.

Sigue girando

¿Cómo puede ser que la economía crezca y al mismo tiempo se destruya trabajo? ¿No es una contradicción? No. Por un lado, la actividad está traccionada, sobre todo, por sectores que producen mucho valor con relativamente poca gente: energía (con Vaca Muerta a la cabeza), agro y minería. Son actividades que generan un montón de dólares de exportación, pero que emplean a muchísima menos gente por peso producido que una fábrica textil o una empresa de construcción, por decir.

Entonces podés estar exportando por montos y cantidades récord — el superávit comercial se multiplicó por cinco en un año — mientras las fábricas expulsan gente. El PIB, que combina lo que pasa en todos los sectores, sube. El empleo, que depende de qué sectores crecen, no acompaña.

Hay probablemente un fenómeno adicional en juego. Cuando la actividad repunta, lo primero que hacen los empresarios no es salir a contratar, sino exprimir a los que ya tienen. Suman horas, sacan suspensiones, aprietan y les piden un poco más a los que ya están (que tienen miedo de quedarse sin laburo).

Recién cuando están seguros de que el repunte es firme se animan a tomar gente nueva. En la Argentina de 2026, las expectativas de contratación de las empresas están planchadas. Nadie va a apostar sus fichas y menos en los sectores que se achican o estancan hasta que arranque y se sostenga una recuperación por un rato.

En esta trinchera venimos diciendo que un país se desarrolla cuando mueve trabajadores desde sectores de baja productividad hacia sectores de alta productividad. Bueno, acá está pasando lo contrario: se expulsa gente del empleo formal y se la empuja hacia el monotributo y la changa. La rueda sigue girando, pero para el lado equivocado.

Quisiera que esto (no) dure para siempre

Los problemas del empleo formal en Argentina no son nuevos. Hagamos el ejercicio de mirar las últimas cuatro presidencias y ver qué pasó con el empleo privado registrado a cada altura del mandato, arrancando por el momento (el 2011) cuando empiezan los problemas para crear empleo formal. La Convertibilidad, tomada punta a punta, había destruido muchísimos puestos de trabajo (sobre todo al final) y en el 2002 arrancó una recuperación muy fuerte, arrastrada por el crecimiento del PIB. En el 2011 pusimos el cepo y el resto es historia. La evolución del empleo privado registrado en las últimas cuatro presidencias fue así:

El dato es elocuente, Milei destruyó, en los primeros 29 meses de su gobierno, tanto empleo como Macri en toda su gestión. Eso ya es un dato alarmante, pero el chiste de esta edición es ver la evolución junto con la actividad, porque eso es justamente lo que hace más acuciante el problema. Hagamos un poquito de historia. Con Cristina Fernández de Kirchner, el empleo privado formal creció poquito: unos 155 mil puestos. No fue ningún milagro de creación de empleo. Pero no hubo destrucción. La actividad y el empleo se movieron más o menos amarrados, sin grandes sobresaltos. El PIB se estancó.

Durante la gestión de Mauricio Macri pasó de todo. Cuando la economía creció, en 2017, el empleo registrado total acompañó. Pero el empleo asalariado privado no lo hizo y se mantuvo estancado o creciendo por debajo de la población, sostenido en buena medida por monotributistas y empleo público. Cuando llegó la crisis de 2018–2019, comenzó la destrucción de puestos de trabajo. El balance de los cuatro años muestra una caída neta de alrededor de entre 3% y 4% en el empleo privado registrado.

A Alberto Fernández le tocó la pandemia, lo que explica un pozo brutal en 2020 (el empleo se derrumbó con la cuarentena) y después un rebote fuerte y sostenido. Cerró su mandato con el empleo privado registrado apenas por encima de donde lo había recibido (+0,3%, unos 191 mil puestos recuperados). Ahora, acá conviene meter un asterisco importante: buena parte de esa recuperación pospandemia vino de la mano del empleo informal y el cuentapropismo, no sólo del trabajo en blanco. Pero lo relevante para nuestra historia es que, cuando la actividad rebotó, el empleo — de la calidad que fuera — rebotó con ella.

Yo quiero mi pedazo ¿por qué no me lo dan?

En las tres gestiones anteriores, con matices y asteriscos, hay una regularidad bastante notable. Cuando el PIB se mueve para arriba, el empleo registrado se mueve para arriba también. Aunque sea despacio, tienden a ir en la misma dirección.

Lo que distingue a la gestión actual es que rompió esa regularidad. La actividad crece y el empleo registrado cae, once meses seguidos, en el sector privado y en el público a la vez, algo bastante inédito en la historia reciente. Ni hablar si tomamos empleado asalariado formal, el que tiene todos los derechos.

Si nos ponemos de acuerdo en que un país se desarrolla cuando mueve gente hacia empleos de mayor productividad y achica los bolsones de informalidad y pobreza, entonces lo que estamos viendo es el recorrido inverso. Se destruye empleo registrado y se engorda el universo del monotributo y la changa.

La imagen completa es la que se ve en el siguiente gráfico. La verdad es que tanto la evolución del PIB como la del empleo en las gestiones anteriores fue muy pobre. Pero ahora que la actividad económica parece caminar, el empleo registrado no se entera. La torta crece y el pedazo no está.

La pregunta que queda flotando es para quién cierra este modelo si el trabajo de calidad no aparece. Una recuperación no se mide sólo por cuánto crece la torta, sino por cuánta gente consigue un pedazo digno. Así que la próxima vez que escuches “la economía se está recuperando”, la pregunta que vale es si se está recuperando el empleo. Porque, como acabamos de ver, evidentemente no son la misma cosa.

Se especializa en macroeconomía pero su interés es el desarrollo del país. Colabora con el área de economía de Fundar. Es licenciado en economía por la UBA y doctor en economía por la Universidad de Massachusetts, Amherst. Docente universitario e Investigador del Conicet.