Una sentencia histórica que no borró las secuelas ni el temor

En San Luis un tribunal condenó por violencia a un hombre después de que viralizara un video íntimo de su expareja. Gabriela Fernández Aberastain todavía trata de reconstruir su vida y vive pendiente de la fecha en la que él recupere su libertad.

Cuando Gabriela Fernández Aberastain, entrenadora personal y atleta fitness de San Luis, logró salir de la casa que compartía con su entonces pareja, Diego Oliveri, a fines de 2018, llevaba años en una relación marcada por la violencia física y psicológica. Pero separarse no terminó con el hostigamiento. En 2020, él viralizó un video íntimo de Gabriela por todo San Luis y, con eso, la llevó al extremo de querer quitarse la vida. 

Cinco años después, Oliveri recibió una condena histórica de 2 años y 3 meses de cárcel. Pero ella no está tranquila: todavía teme que vaya por lo que más ama: sus hijos.

“Primero sentí que estaba muerta en vida y que contra el estigma, la condena social y toda esa exposición no iba a poder combatir. Pero sí podía hacer algo por las mujeres que atraviesan cuestiones similares, por mis hijos, que sí estaban vivos y a quienes yo les debía, de alguna manera, esta lucha y cambiar la historia”, afirma Gabriela.

La distribución del video que la exponía había sido a través de grupos de WhatsApp, Instagram y Facebook. Lo envía Oliveri mismo y una mujer, que entonces era su pareja. Gabriela perdió su trabajo, amigos, familia, la posibilidad de salir a la calle sin ser juzgada y parte de la infancia de sus hijos, quienes sufrieron bullying e incluso la expulsión de uno de ellos de un colegio religioso. 

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“No se puso en juego solo mi cuerpo, sino mi valor como mujer, persona, amiga y madre. Como estuvo expuesta mi desnudez, perdí todo tipo de valor y de derechos y eso habilitó a los demás a decir cualquier cosa de mí”, explica. Y analiza: “Si la persona expuesta hubiera sido un varón, no sé si la crítica habría sido tan feroz en cuanto a lo moral. Nadie habría puesto en duda qué tan buen padre es, qué tan buen profesional es o qué tan buena persona es, como pasó conmigo”.

Condena ejemplar para un delito virtual

Cinco años después, en agosto de 2025, Gabriela pudo decir: “No me pregunten más, no me cuestionen más, porque la Justicia me dio la razón”. Oliveri recibió una condena ejemplar en el país cuando el juez Ariel Parrillis dictó dos años y tres meses de prisión efectiva por los delitos de amenazas, distribución indebida de correspondencia y lesiones leves agravadas por el vínculo y por mediar violencia de género.

La difusión no consentida de material íntimo es todavía un desafío para el código penal. Oliveri fue condenado por amenazas, distribución indebida de correspondencia y lesiones leves agravadas por el vínculo y por mediar violencia de género. Crédito Gentileza 

Oliveri fue trasladado de inmediato al Servicio Penitenciario Provincial, donde actualmente cumple condena, pese a los reiterados intentos de sus abogados de conseguir la prisión domiciliaria. Su defensor, Federico Putelli, argumentó que padece secuelas de un accidente cerebrovascular isquémico sufrido en 2019 y requiere controles médicos que no son compatibles con las instalaciones del servicio penitenciario.

Gabriela y sus abogados se oponen. “El nivel de violencia y sometimiento que ejerció sobre mí fue enorme. Yo hice 17 denuncias, pero para llegar a la primera me golpeó mil veces antes. Hubo abusos que no denuncié porque él era mi pareja y pensé que no me iban a creer, me quebró las dos manos. Lo de la viralización lo hizo para que me mate, porque sabe que trabajo con mi imagen, pero me escapé de él y ahora me da miedo que vaya por mis hijos”, justifica una vez más.

“Yo no podía verme si no era a través de sus ojos”

Gabriela se había ido a vivir con Oliveri en 2015, con sus dos hijos, ambos de otra pareja, y el más pequeño con solo meses de vida. En ese momento, ella trabajaba como entrenadora personal por hora y él le ofrecía lo que parecía una ayuda sincera. Una vez en su casa, cada peso que le entraba a ella era administrado por su pareja.

Gabriela sufrió la viralización de un video íntimo que afectó desde su fuente de ingresos a la escolarización de sus hijos. Consiguió el marco legal para llevar al agresor al juicio, donde fue condenado. Gentileza GFA

“Yo estaba en un estado total de soledad y vulnerabilidad. Entonces él se presentó diciéndome: ‘Soy tu salvador. Nadie te quiere y yo te voy a querer. No tenés dónde estar, vení a mi casa. Yo te voy a cuidar y te voy a proteger’”, detalla sobre lo que fue “vivir en una burbuja”, que se pinchó demasiado rápido.

En el juicio, Gabriela reveló por primera vez lo que describió como un infierno, en el que su expareja la golpeaba hasta dejarla inconsciente y, en ese momento, abusaba de ella. “Cuando los nenes dormían era cuando él me pegaba o me hacía cosas. Y yo no podía gritar porque mis hijos estaban cerca. Más de una vez me pasó que él me había golpeado la noche anterior y recuerdo haberme despertado en el piso con mi hijo al lado, pidiéndome una mamadera”, relató a Punto de Encuentro sobre esos abusos.

Lo denunció 17 veces, pero sentía que tenía que quedarse porque era mujer, madre de dos hijos de un vínculo anterior y porque, quizás, las reacciones e infidelidades de él —que ella descubría por mensajes que otras mujeres le enviaban a su Instagram— eran su culpa.

“Pensaba que le tenía que agradecer todo y que cualquier cosa que él dijera iba a ser así: estaba bajo su poder, encerrada, no podía comer, hablar ni pensar sin su supervisión. Y no me fui porque no podía, porque no sabía a dónde ir, porque me dijo que todos me odiaban, que todo el mundo afuera decía que era una puta, que nadie me iba a querer, que mis amigas estaban enojadas conmigo”, recuerda. Hace un año contó estos mismos hechos, temblando, en el estrado del Poder Judicial. Su voz permanece firme.

Poder salir 

El punto de quiebre para empezar a salir de la violencia fue cuando se vio al espejo, golpeada física y emocionalmente, y se preguntó qué iba a pasar con su hijo más chico, que en ese entonces ya tenía dos años, si ella se moría. En una semana, mientras él estaba de viaje, sacó sus cosas y se fue. Fue a finales de 2018, gracias a la ayuda de la abuela de uno de sus hijos. Sin embargo, siguió viendo a Oliveri hasta junio de 2019, cuando cortó el vínculo definitivamente: en el juicio declaró que fue porque había quedado embarazada y él reaccionó con una golpiza que le provocó un aborto.

En diciembre de 2019, cuando vio que ella rehacía su vida y ganaba un campeonato como atleta fitness, comenzaron las amenazas con difundir un video íntimo y arruinarle su carrera. También las agresiones físicas, las intromisiones en su casa y la rotura de siete botones antipánico. Nunca fue detenido. 

“Cuando salí campeona argentina me vio hasta en los diarios. Tuve un logro. Imaginate lo que significó eso para él”, explica.

Expuesta sin consentimiento

Gabriela nunca imaginó que aquellas amenazas llegarían a concretarse hasta que, el 20 de abril de 2020, vio un video íntimo que sólo le había compartido a Oliveri, en el teléfono de su hijo de 9 años. Aparecía con su nombre completo y datos de contacto.

Pero el nene no era el único destinatario. El video comenzó a circular en grupos de WhatsApp de clubes deportivos, entre padres de la escuela y también en Facebook e Instagram a través de cuentas falsas.

“Cuando ese video salió a la luz fue feroz. De repente me quedé sin trabajo. Le hacían bullying a mi hijo. En una de las escuelas me invitaron a retirar a mi hijo del colegio, alegando que era muy fuerte la viralización y la exposición. Se quedaron cerca quienes me quisieron de verdad. El resto tuvo vergüenza de mí”, rememora.

También perdió contratos con marcas que auspiciaban su carrera fitness. En una ciudad que roza los 200 mil habitantes, empezó a salir a la calle camuflada para que no la reconocieran, con la cabeza gacha. Subió de peso, cambió el color de pelo y comenzó a perderlo por el estrés.

Su familia la ayudó económicamente pero tuvo que vender casi todas sus cosas. Trabajó un tiempo en el Plan Integral para la Autonomía (PIA) de la Secretaría de la Mujer, Diversidad e Igualdad del Gobierno de San Luis, destinado a mujeres y disidencias que han transitado alguna situación de violencia por motivos de género.

“No volví a tener trabajo formal porque nadie me quería al frente, dando clases o atendiendo un comercio. Entonces yo era la imagen de algo que era incómodo de hablar. Tenía que reacomodar mi economía todo el tiempo”, dice.

Hasta ese momento, sentía que era la única persona en el país que había enviado alguna foto o un video íntimo en una relación de pareja y en un contexto de privacidad. Sin embargo, otras mujeres que se enteraron de su caso y habían atravesado situaciones similares se acercaron a ella y le permitieron ver otra realidad.

Gabriela está convencida de que la viralización fue un ataque contra su vida, una apuesta a que la vergüenza la llevara al suicidio. Prevaleció y obtuvo una sentencia. Gentileza GFA  

“A mí un sujeto siniestro me expuso para destruirme, pero resulta que es una temática que alcanza a todos. Entonces entendí que esto era mucho más abarcativo de lo que parecía. A mí me juzgaron porque fui expuesta, porque soy mamá y porque soy mujer. Los juicios de valor y las opiniones pueden ser muy destructivos, pero con eso yo no podía hacer nada. Lo que sí podía hacer era luchar por mí”, comprende.

Y durante cinco años eso hizo: pelear por su derecho a trabajar, a vivir con dignidad y a criar a sus hijos sin ser juzgada por los otros. Entendió que, independientemente de la opinión de los demás, ella no era la que había cometido un delito y que la exposición de su cuerpo fue contra su voluntad.

“Primero, la condenada fui yo. Tuve que demostrar durante cinco años mi inocencia, que había sido víctima de violencia y sometimiento”, resume.

Su vida luego de la condena

Luego de la sentencia, Gabriela sintió que podía empezar a rehacer su vida. A fines del año pasado volvió a trabajar: hoy da clases como entrenadora personal exclusivamente para mujeres y genera contenido en redes sociales vinculado al deporte. Hace poco, incluso, se animó a volver a mostrar su rostro online.

“Luego de la sentencia, no sé si la palabra es ‘reparación’. Hubo justicia donde parecía que no existía ni siquiera la posibilidad de juzgarlo”, reflexiona. Y agrega: “Lo que pude hacer fue ocuparme de mí, de mi psiquis, de mi salud física y emocional, para tratar de seguir viviendo, con el estigma, pero lo mejor posible y con otra mirada”.

Hasta entonces, asegura que durante cinco años prácticamente no había podido enfocarse en ella. Su energía estaba puesta en dos objetivos: sus hijos —a quienes define como su “as bajo la manga” y la razón por la que siguió adelante— y la búsqueda de justicia.

Tampoco lograba correrse de la exposición constante. Cuenta que, en cada lugar al que iba, aparecía el tema del video: le hacían preguntas y volvía a sentirse expuesta una y otra vez. “Sigo entrando a los lugares y todavía escucho el murmullo, sigue habiendo gente que me va a juzgar mal y no lo voy a poder cambiar nunca. Pero, al ver la condena, en algún momento una persona va a pensar: ‘Hay uno preso por hacer esto. No la voy a hostigar porque me pueden denunciar’. Por eso digo que mi lucha incomoda y es para todas”, afirma.

Un abrazo y un temor

Tatiana Yaccarini era pareja de Oliveri cuando ocurrió la viralización y también fue imputada en la causa por haber enviado ella misma capturas del video íntimo de Gabriela. En el juicio ofreció una reparación económica y la acción penal en su contra quedó extinguida.

En la última audiencia Yaccarini declaró que también había sido víctima de violencia y manipulación por parte de Oliveri y aseguró que él las ponía en contra: “Me decía ‘escribile tal cosa, mandale tal cosa’, me hablaba mal de ella, me decía que ella me odiaba. Todo el tiempo nos enfrentaba”. Aseguró tener muchas “vivencias en común” con Gabriela. Le pidió disculpas públicas “cómo ella quería”, según explicó a los medios a la salida del juicio. Explicó que no había hablado antes porque decidió cuidar su salud: en junio de 2025 fue dada de alta por un cáncer de mama. 

A un año de esa secuencia, Gabriela cuenta que durante mucho tiempo tuvo miedo de Tatiana, pero que terminó viéndola como otra mujer atravesada por la manipulación de Oliveri. “Creo que fue cómplice, pero también bajo su manipulación. Yo la pude entender desde el lugar en el que estuve”, sostiene. Asegura que Yacarini se mostró arrepentida, algo que —remarca— Oliveri nunca hizo.

“Ella me dijo: ‘Perdoname, me equivoqué’. Eso no borra el daño, pero para mí fue importante”, concluye. Y sobre su ex pareja agrega: “Lo que más me asusta es que él claramente demuestra que no hay ningún tipo de reflexión ni de arrepentimiento”.

Aunque no tiene contacto de ningún tipo con Oliveri, sí le llegan comentarios sobre cómo es su vida en la cárcel, donde, según cuenta Gabriela, él asegura no ser un preso común, no estar afectado por el encierro y sentirse como “en un retiro espiritual”. “Sobre su salud no hay ningún informe médico oficial que diga que realmente tiene problemas. Antes del juicio tuvo una complicación de la vista producto de que hacía uso de ciertas sustancias y anabólicos, pero nada más”, remarca.

Falta poco más de un año para que se cumpla la condena, la víctima solo espera que la Justicia les otorgue a ella y a sus hijos una orden de restricción hacia Oliveri. “Tomé la medida de calcular la fecha exacta en la que él sale para estar alerta, porque realmente creo que es alguien peligroso, que no tiene límites, es más fuerte su soberbia, su odio. Es el violento al que se le escapó la presa y él lo ve como una humillación total. Mi miedo es que ahora venga por mis hijos”, cierra con un miedo que, al menos ahora, no la paraliza ni la hace esconderse.


Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.

Trabaja en medios periodísticos de San Luis y Mendoza. Periodista recibida en la Universidad Nacional de San Luis (UNSL), cuenta con diez años de experiencia en medios gráficos, digitales y creación de contenido para redes sociales.