Una pasión urbana: ¿sí o no a los estadios de fútbol en las ciudades?

El comienzo del Mundial y el enésimo anuncio de ‘la vuelta a Boedo’ vuelven a poner en escena el debate sobre la conveniencia o no de tener estadios en el centro de las ciudades.

Gorro, bandera y vincha, fixture, juntada y streaming con delay: el clima mundialista empieza a invadir la conversación pública y el urbanismo no podía faltar a la cita. Más cuando las autoridades de San Lorenzo de Almagro acaban de anunciar la recuperación de la totalidad del terreno ubicado en avenida La Plata donde hasta principios de la década del ochenta se ubicó su cancha. El club del papa Francisco oficializó así su intención de volver al barrio de Boedo, posible gracias a la rezonificación del predio, aprobada por la Legislatura porteña en 2021.

La movida no está exenta de controversias. “Más allá de lo nostálgico, emotivo y anecdótico del caso, cabe preguntarse si es necesario otro gran estadio de fútbol en el medio de un centro urbano, con las eventuales complicaciones y molestias que generaría una construcción de estas características”, reza un editorial del diario La Nación publicado este fin de semana. “Miles de vecinos del barrio de Boedo expresan un fundado temor ante la posibilidad de que el desorden y la intranquilidad se adueñen de la zona”.

Pero, ¿qué dicen los datos? ¿Y cuáles fueron las conclusiones de quienes estudiaron el fenómeno?

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La escala del asunto

Buenos Aires es la ciudad con más estadios de fútbol del mundo. Lo confirma un informe publicado esta semana en el sitio Táctica – Laboratorio del Deporte Argentino, que identificó las características de las 18 canchas en territorio porteño: Alberto J. Armando, Alfredo Ramos, Antonio Vespucio Liberti, Arq. Ricardo Etcheverri, Claudio Fabián Tapia, Coliseo del Bajo Belgrano, Diego Armando Maradona, Enrique Sexto, Guillermo Laza, José Amalfitani, Juan Pasquale, León Kolbowski, Malvinas Argentinas, Nueva España, Pedro Bidegain, República de Mataderos, Roberto Larrosa y Tomás Adolfo Ducó.

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Los estadios de River, Boca, Vélez, Huracán, San Lorenzo, Deportivo Español, Chicago, Argentinos, Ferro, All Boys, Atlanta, Barracas, Defensores de Belgrano, Riestra, Excursionistas, Sacachispas, Comunicaciones y General Lamadrid (ordenados aquí por capacidad) representan un estadio cada 173.333 porteños. Y también, para la superficie de CABA, suponen una cancha cada 11 km². Si se incluyen todos los del área metropolitana de Buenos Aires, son más de 50.

Los tres estadios con mayor capacidad de la Ciudad de Buenos Aires son los de River, Boca y Vélez. Imagen: caba.nicolaspoore.com

Córdoba, por su parte, cuenta con 8 estadios, uno cada 175.000 habitantes y cada 20 km², mientras que Rosario tiene 4, uno cada 275.000 habitantes y cada 45 km². Un fenómeno similar al porteño se observa en Montevideo y Asunción, siempre según los datos de Táctica: la capital uruguaya ostenta la friolera de 16 estadios para 1,3 millones de habitantes, uno cada 81.250 habitantes, y la de Paraguay nueve canchas de fútbol, una cada 51.000 habitantes.

La tendencia es menos marcada en países como Brasil y Chile y, especialmente, en Europa. Italia ofrece un ejemplo ilustrativo: la mayoría de los clubes de la Serie A juega en estadios públicos bajo distintos regímenes de concessione d’uso. La Roma y la Lazio comparten el Stadio Olimpico de Roma, mientras que el Diego Armando Maradona de Nápoles, el Artemio Franchi de Florencia o el Stadio Olimpico Grande Torino también son de titularidad pública. La excepción histórica más conocida fue San Siro–Giuseppe Meazza, donde juegan Milan e Inter y que perteneció al Ayuntamiento de Milán hasta su adquisición conjunta por ambos clubes a finales de 2025.

El factor económico

Pero yendo al eje del debate, los investigadores aún no se ponen de acuerdo sobre si los estadios generan un impacto económico positivo o negativo para las ciudades.

Analizando los casos de estadios de béisbol y fútbol americano en nueve áreas metropolitanas de Estados Unidos, Robert Baade y Richard Dye sostuvieron que la presencia de un nuevo estadio generó un efecto negativo en los ingresos de los residentes de ciudades como Cincinnati, Detroit, Kansas City y Seattle. Su argumento es que este tipo de infraestructuras desvían el desarrollo económico hacia actividades que requieren mucha mano de obra y que, en general, no exigen una gran calificación laboral.

“En la medida en que esta trayectoria de desarrollo se aleja de las actividades que exigen una mayor cualificación (y, por ende, salarios altos), características de otras economías de la región, cabría esperar que la zona dedicada al deporte viera reducirse su participación en la renta regional”, explicaron Baade y Dye en un paper clásico publicado en 1990.

No todos están de acuerdo. Charles Santo, profesor de planificación urbana y regional de la Universidad de Memphis, dijo que el argumento de Baade y Dye aplica mayormente a estadios multipropósito construidos en las décadas de los sesenta y los setenta –esos que están junto a autopistas rodeados por anillos infinitos de estacionamientos– y no a los más modernos que empezaron a construirse a partir de los noventa. Los nuevos estadios son otra cosa: comenzando en 1992 con el Camden Yards de Baltimore, éstos volvieron al tejido urbano, se integraron visualmente a la ciudad y decidieron priorizar la experiencia peatonal.

La investigación de Santo es más reciente y sus conclusiones, más ambiguas sobre el impacto urbano de tener estadios en el tejido urbano. Su argumento central es que no se puede generalizar y que el contexto importa. “Los estadios situados en el centro de las ciudades tienden a generar más gasto complementario antes y después de los partidos que los que se encuentran en las afueras”, sostiene.

Argumentos y contraargumentos

Con estos datos, uno podría poner en duda la afirmación del editorial de que “la inconveniencia sobre la construcción de megaestadios deportivos en zonas residenciales y densamente pobladas está demostrada”.

Gabriela Tavella, urbanista del Instituto de Desafíos Urbanos Futuros (IDUF), aporta sus matices a Cenital. “Tener estadios dentro de las ciudades genera impactos urbanos tanto positivos como negativos. Los días de partido producen una importante dinámica barrial, económica y comunitaria: cada encuentro moviliza comercios, bares y trabajadores vinculados al evento. Además, en muchos barrios el fútbol forma parte de su identidad y existe un folclore asociado que fortalece la vida social”, explica Tavella. “Por otro lado, también aparecen tensiones vinculadas al tránsito, el estacionamiento, el ruido, la suciedad y la presión sobre el espacio público del entorno.”

Un último argumento del editorial de La Nación es que las canchas “suelen convertirse en auténticas torturas para quienes viven en sus alrededores” y que, por eso, “abundan las razones para que la cotización de las propiedades de la zona decaiga”.

Al respecto, el científico de datos Federico Catalano estudió este fenómeno para su tesis de maestría en economía urbana, partiendo de una premisa clave que caracteriza al canchismo porteño: “Los 18 estadios de fútbol profesional de la Ciudad de Buenos Aires comparten un atributo que les es común: todos forman parte de un ‘entorno urbano’ específico. Es decir, son un componente más del paisaje urbano ya consolidado al que pertenecen”, dice.

En ese marco, su pregunta de investigación fue, justamente, si la proximidad a un estadio de fútbol necesariamente significaba una pérdida de valor relativo en el precio de mercado de las propiedades urbanas.

Valor promedio del metro cuadrado en las inmediaciones de los estadios de zona sur de CABA en 2017. Fuente: Federico Catalano

Tras analizar las inmediaciones de todos los estadios porteños, Catalano concluyó que los valores más altos de las propiedades son aquellas con mayores niveles de servicios (transporte, educación, salud y bancos), más allá de la presencia o no de estadios de fútbol. Así lo prueban, por caso, las canchas de River, Excursionistas y Defensores de Belgrano en la zona norte de la ciudad. Su conclusión es que “antes que la cercanía a un estadio, lo que más influye en el valor del m2 son las características generales de la zona donde se encuentra la propiedad ofertada”.

Gigantes dormidos

El debate con los pros y contras de los estadios está abierto. Pero hay un aspecto más que, en la opinión de Tavella, podría ser abordado con políticas públicas: “Fuera de los partidos, muchos estadios quedan subutilizados. Cuando los clubes no desarrollan actividades permanentes, estas grandes infraestructuras pueden generar entornos poco activos e inseguros”, dice la investigadora.

Coincide con esta lectura Enrique Avogadro, exministro de Cultura de la Ciudad. “Los estadios son, probablemente, las infraestructuras culturales más subutilizadas del planeta: llenos unas 30 noches al año y apagados las otras 335. Un estadio de fútbol americano abre para ocho o diez partidos por temporada; sumale un par de recitales y alguna convención y todavía te sobran trescientos y pico de días de rejas con candado”, escribió Avogadro en la última edición de su newsletter Pulmón creativo.

La crítica es particularmente válida para megaeventos como los Juegos Olímpicos o los mundiales de fútbol, donde no han sido pocas las veces en las que la infraestructura creada para alojar las competencias luego queda librada a su suerte, deteriorada o abandonada como elefantes blancos en el centro o la periferia de las ciudades.

Más que en llenar estadios, dice Avogadro, lo interesante es pensarlos como fuerzas capaces de transformar su entorno, creando comunidad alrededor. “Un estadio siempre impacta en lo que tiene cerca, lo quiera o no. Cuando esa fuerza se diseña con intención, pasa lo del Tottenham: un estadio plantado en uno de los barrios más pobres de Londres que, en vez de aterrizar como una nave espacial en medio de la pobreza, se pensó como motor del barrio –empleo local, un colegio, una calle comercial que vuelve a la vida– y hoy sostiene miles de puestos de trabajo en la zona. O lo del Estadio Nacional de Chile, que carga su historia más dura y la transforma en sitio de memoria. O lo de tantos clubes que abren sus explanadas como plazas, sus instalaciones como escuelas y hasta su energía solar como luz para los vecinos”.Usar los espacios deportivos como usinas de comunidad sirve para inyectarles vida –o activaciones, en la jerga urbanística más de moda– más allá del día de partido. El desafío de los grandes estadios es lograr que construyan ciudad, que los clubes de fútbol se vinculen a diario con los barrios en los cuales se insertan y vuelvan a ser, así, verdaderos clubes de barrio.

Es magíster en Economía Urbana por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) con especialización en Ciencia de Datos. Cree que es posible hacer un periodismo de temas urbanos que vaya más allá de las gacetillas o las miradas vecinalistas. Sus dos pasiones son el cine y las ciudades.