Un poeta: la hipocresía y la pasión

¿Se puede filmar a la más elevada de las artes? Desde el estreno colombiano al ya clásico de Jarmush, preguntas sobre el cliché, lo patético y la representación.

Con un título tan genérico pueden pasar dos cosas: que llame poderosísimamente la atención o que se lo descarte de plano. Un poeta, del director colombiano Simón Mesa Soto, viene de ganar en el Premio del Jurado en la sección Un certain regard del Festival de Cine Cannes y el Premio Horizontes Latinos del Festival de Cine San Sebastián. Hizo unas fugaces proyecciones en el Malba en marzo y muchos nos la encontramos directamente en HBO Max. ¿Un poeta? Es extraña esa ausencia total de adjetivos o predicados que orienten la interpretación hacia algún lado. Aquí no se trata de un poeta menor, ni mayor, ni maldito, ni salvaje. Acá hay un poeta a secas.  

Su presentación en los primeros minutos de la película, nos muestra precisamente eso, un arquetipo: Óscar Restrepo –tal es su nombre– es desalineado, no parece tener trabajo, vive en una casa modesta con su madre viejita a quien cuida, pero también le roba el auto por las noches, maneja como un desquiciado hasta un bar de mala muerte para beber con amigotes bastante sospechosos. Publicó algunos libros, incluso ganó algún premio, pero de todo esto hace ya mucho tiempo. 

La película expande este retrato hacia otros usos, costumbres y hábitats propios de los poetas, como si no quisiera hablar solamente de un individuo, sino también de una especie. La primera parada, como no podía ser de otro modo, es una lectura de poesía. Lo vemos a Óscar apretando sus arrugados libritos bajo el brazo en un modesto centro cultural provincial. Todo lo que muestra la escena lo vimos alguna vez: las escasas cuatro o cinco personas en el público, que son equivalentes a las cuatro o cinco personas frente al micrófono, la introducción ampulosa, los aplausos descoordinados e incómodos. Cuando le toca el turno a Óscar, saca a relucir una labia que sorprende, hablando de su búsqueda poética, de la función de la poesía, de sus referentes, hasta que le piden que redondee un poco y lea. Pero sus poemas no llegan a escucharse, sino que por corte lo vemos en la calle, ya borracho, hablando a los gritos con algunos colegas sobre la diferencia entre Gabriel García Márquez y José Asunción Silva. Este último, vate modernista y suicida, es el faro de nuestro protagonista y lo ofende que lo comparen con el autor de Cien años de soledad. Este es un escritor reconocido y el otro un torturado. Uno es visto como un especulador y el otro, como un artista genuino. Esta distinción crítica y ética aparece en distintos momentos de la historia, ya que ambos escritores icónicos de Colombia tienen sus caras en billetes que circulan de mano en mano, aunque el de Asunción Silva es, obviamente, el de menor valor.

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Pensando en películas que hayan trabajado con la figura del poeta en el cine reciente, la primera que viene a mi mente es Paterson (2016) de Jim Jarmush. No podrían ser más distintas. Acá el poeta no estaba vinculado con ninguna clase de mundillo, era un personaje “anónimo”, con un oficio común –era colectivero–, pero que al mismo tiempo le permitía acceder a una visión poética del mundo. La poesía como experiencia vivida, que luego se pasa al papel. Toda la atmósfera de la película se teñía de esa poeticidad, pero lo central era que los poemas que el personaje iba escribiendo con la mente o que se sentaba a garabatear en su cuadernito en la hora del almuerzo, se leían, se podían escuchar, eran parte de la trama. Y se trataba de poemas extraordinarios escritos nada menos que por Ron Padgett, miembro destacado de la mítica Escuela de poesía de Nueva York. Poemas suyos pueden conseguirse en nuestro país en una antología de elegante título Cómo ser perfecto (Zindo & Gafuri, 2018, selección y traducción, Aníbal Cristobo, Patricio Grinberg). 

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Hay dos cuestiones. En Un poeta, gran parte del atractivo y la extrañeza del protagonista reside en el actor que lo encarna. Se trata de Ubeimar Ríos, un no actor en realidad, docente de literatura, cuyo rostro excéntrico, cuerpo abatido y forma de hablar un poco maquínica, son inseparables de la fragilidad y de la excepcionalidad que transmite el personaje. En las antípodas de la belleza, el aplomo y la majestuosidad de Adam Driver –protagonista de Paterson–. Por otra parte, está la cuestión de los poemas que se leen en voz alta. En esta película no hay buenos poemas. No es una película literaria en ese sentido. Más allá del recitado impresionante de Restrepo de un fragmento de Asunción Silva en la vereda en el inicio, y del poema que logra componer en el final, no nos encontramos con poemas valiosos. 

Esto me lleva a decir algo en lo que vengo pensando hace bastante, desde que con Laura Citarella y El Pampero cine hicimos Las poetas visitan a Juana Bignozzi (2019). Y es que toda la relación del cine con la poesía tiene una dificultad inicial y es que la poesía se resiste a ser filmada. Se puede filmar a un pintor pintando, a un músico tocando su instrumento, a un director de cine filmando, a un director de teatro dirigiendo, porque lo que hacen son actos físicos, actos del cuerpo en el espacio. Pero el poema, en realidad, se escribe en la mente, es algo inmaterial. Filmar a un personaje con un cuaderno mirando fijamente el horizonte, o en un bar escudriñando a través de la ventana –aunque se haya hecho y mucho– es una convención que no tiene el más mínimo interés visual. Es muy difícil filmar la poesía sin automáticamente desnaturalizarla, volverla un cliché.

Con eso no quiero decir que en Un poeta la poesía no sea su tema, al contrario. Cumple de forma máxima aquel apotegma de Ricardo Piglia –y que toma de otro autor que enseguida mencionaré– ese que decía que “no hay que hablar poéticamente de la poesía”. Habla de poesía y del modo más universal, es decir, mostrando sus condiciones políticas, su forma de existencia, las luchas internas y externas que da, que siempre dio, en todo tiempo y lugar. Óscar Restrepo es un fracasado, un inútil, pero él y la película que sigue su derrotero, enaltecen precisamente eso: el lugar periférico de la poesía, ese lugar ajeno al mercado, subraya esa profunda inutilidad que el género posee y que es su valor de verdad. Frente al régimen actual de mostración constante de éxitos y aventuras, de adicción al entretenimiento más banal en el que todos estamos más o menos metidos, la poesía es un viaje interior para el que escribe y para el lee, sin demasiada cosa que mostrar. 

Pero volvamos por un momento más a la trama. Nuestro poeta está acosado por demandas familiares y problemas económicos. Con la urgencia de ayudar a una hija que no vive con él –y que lo mira con un muy justificado cringe– termina aceptando un cargo de profesor en una escuela secundaria. Ahí se encuentra con Yurlady, que es el otro gran personaje de esta historia. Una adolescente de una familia de bajos recursos, que escribe, dibuja y que, para sorpresa de Óscar, tiene talento. Yurlady escribe lindo, aunque no tenga en mente convertirse en poeta, o no viva la escritura con la misma intensidad que su maestro. El comienzo es auspicioso, pero luego las cosas se van a empiojar. No importa. Que Óscar la haya encontrado de algún modo lo salva. En la vida de alguien que se dedica a escribir hay muchas cosas buenas, pero ninguna mejor que esa particular forma de dedicación que es enseñar. Él descubre en ella una potencia. 

Uno de los mayores atractivos de esta película es cómo retrata todo el folclore vinculado a la especie de los poetas. Es, al mismo tiempo, la zona más paródica, de comedia negra, de crítica cultural. Son situaciones que pueden ocurrir en Colombia, en Argentina o en cualquier lugar donde haya personas que escriban. Óscar, con las mejores intenciones, lleva a Yurlady a la Casa de la poesía provincial, para que se forme. Allí aparece Efrain, que es un poeta reconocido que comanda el espacio. Es alto, elocuente, lleva anteojos fotocromáticos y polera, tiene fans. Es, claramente, la contracara del deprimente Óscar. Efrain entiende que Yurlady les viene como anillo al dedo para un festival de Poesía que están organizando, financiado con dinero del primer mundo. Yurlady es utilizada como bandera de las buenas intenciones, cómo heroína y representante de cómo el arte sirve para el cambio social. 

Todo esto: la casa de la poesía, los estudiantes entusiastas y obtusos, el solemne festival, la hipocresía de la agregada cultural extranjera, los pésimos poetas invitados, el alcohol, el baile, el modo en que derivará la noche inaugural, está dibujado con trazo grueso, pero con ojo de buen pintor. Esos gestos reconocibles, muchas veces tolerados, mirados con caridad, con condescendencia, aquí van a recibir un trato un poco más rudo. Tanto a los participantes como al propio Óscar a quien las cosas se le van a complicar. Quizás demasiado.  

Esta crítica, esta parodia, atinada o no, exagerada o no, tiene un exponente máximo en Contra los poetas de Witold Gombrowicz. Allí el célebre escritor polaco que vivió muchos años en nuestro país se tiró en contra del gremio de una forma magistral. “Me cansa el canto monótono de esos versos, siempre elevado, me adormecen el ritmo y la rima, me extraña dentro del vocabulario poético cierta ‘pobreza dentro de la nobleza’ (rosas, amor, noche, lirios), y a veces sospecho que todo ese modo de expresión y todo el grupo social que a él se dedica, padecen de algún defecto básico”. Ese texto primero fue una conferencia que el polaco leyó en vivo, frente a un público de intelectuales que abría cada vez más los ojos. ¿No era la poesía la más noble de las artes, la más sagrada, la que nadie y mucho menos alguien que se dedica a escribir debería cuestionar? 

Algunas de las críticas que recibió Un poeta me recordaron a los indignados asistentes de aquella charla. Porque si se lo lee bien, con lo que discutía Gombrowicz no era la poesía en bloque, sino con la impostura, la hipocresía y la ridiculez de los grandes vates que siempre están hablando de grandes temas desde no se cual pedestal. Es fácil encontrar puntos de contacto con Un poeta. Es un texto para tener siempre cerca. Con los años, Contra los poetas se convirtió en un clásico de su autor, diríamos, en su manifiesto. Por su carácter combativo, en Argentina existen también ediciones piratas. Es un infaltable en ferias de publicaciones y fanzines anarquistas. 

Todo el final de Un poeta no se puede comentar sin spoilear, así que vamos a dejar la cuestión acá. Solo recomendar que se preste especial atención al último poema de la película, el único en realidad que vemos componer a Óscar. Es bello y hasta donde pude investigar, es original. 

No quisiera cerrar sin mencionar un documental español que, para muchos, es el mayor clásico del cine sobre poesía y poetas: El desencanto (1976). Dirigido por Jaime Chávarri, gira en torno a la familia de Leopoldo Panero –enorme poeta español, icónico del franquismo– tras su muerte. A través de los testimonios brillantes y contradictorios de su enigmática viuda y sus tres hijos –dos de los cuales también son poetas–, la película desmonta el mito de ese padre gigantesco, el más importante poeta español de ese período. Y al mismo tiempo, expone la intimidad de una familia aristocrática en pleno declive. El más joven de los hijos es Michi Panero, que luego quedó inmortalizado por inspirar a Nacho Vegas una canción que es, también, de una melancolía legendaria.

Una película más, esta vez argentina y que acaba de estrenarse en el BAFICI: Lo Noy, dirigida por Mario Varela, y que sigue a nuestro Fernando Noy, uno de los últimos poetas míticos que tenemos en nuestra patria. Y con esto sí, me despido. 

Escritora, periodista cultural y curadora en artes escénicas. Sus novelas Vida de Horacio (2023), El trabajo de los ojos (Entropía, 2017), Diario Pinchado (Entropía, 2020) fueron publicadas en Chile, Bolivia y España. Escribe en medios nacionales e internacionales y es docente de poesía en la carrera Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Su trabajo más reciente es Extranjero en todas partes, los días argentinos de Witold Gombrowicz, publicado por Ediciones de la Universidad Diego Portales de Chile, Anagrama en España y Ediciones Fitzcarraldo en Inglaterra bajo el título Outsider Everywhere.