Tamara Tenenbaum: una lectora que prefiere los clásicos que seguir las modas
Amante y defensora del canon literario, la biblioteca de la escritora, ensayista, traductora y docente es un recorrido caprichoso por sus lecturas.
Son los primeros días del invierno y la tarde va cayendo lenta y gélida en la zona de contacto entre Chacarita y avenida Warnes. Tocamos el timbre de la casa de la escritora, periodista, traductora y docente Tamara Tenenbaum y entramos por el largo pasillo a un PH muy cálido y lleno de instrumentos que comparte con su pareja (que es músico, justamente) y su pequeña hija Estrelicia, de siete meses, quien nos acompañará durante toda la entrevista. Se la ve muy activa: va y viene entre juguetes y almohadones, hace café, prepara una mamadera para la beba y hasta cambia un pañal mientras conversamos sobre libros y lecturas, sobre las claves del pasado que la convirtieron en una intérprete muy lúcida de la sensibilidad del presente.
Tamara participa de la vida pública a través de sus libros (escribió relatos, novelas y ensayos, el último es Un millón de cuartos propios, con el que ganó el Premio Paidós en España), de sus traducciones (mayormente de teoría feminista anglosajona), de las clases que da en la facultad de Derecho y en la Universidad de las Artes, de sus columnas de opinión en elDiarioAR, y de Algo Prestado, el podcast semanal que conduce hace cinco años. La biblioteca es ancha y altísima y está muy nutrida, con libros por todos lados y adornos y fotos sobre los estantes. En otra parte de la casa queda su estudio, donde hay todavía más. Encendemos el grabador y empezamos a conversar.
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Sumate–¿Cómo fue el inicio de tu formación lectora? ¿Cuáles fueron las primeras bibliotecas de las que sacaste libros y qué encontraste ahí?
–Vengo de una familia que siempre valoró la lectura en un sentido medio teórico. Mi vieja y mis abuelos eran docentes, entonces había un valor en la lectura, pero no eran “literatos”. Aparentemente mi papá sí era lector, pero casi no lo conocí. Había muchos libros en esas bibliotecas: las colecciones que venían con Clarín y La Nación, los clásicos indiscutidos, estaban en casa. Mis lecturas de infancia y adolescencia fueron las de los libros que encontraba ahí. Si yo quería otra Barbie, mi mamá me decía que no, pero para libros el presupuesto era ilimitado. Entonces elegía también qué me quería comprar. Me acuerdo que de filosofía había mucho de Nietzsche, por ejemplo, que era un autor popular en el fondo. Y recuerdo también haber intentado y fracasado en la lectura de la Divina Comedia. ¡Me mandaba a leerla aunque no entendiera nada! Y eso es algo que hablo mucho con mis amigos docentes, porque ahora se dice que no hay que darles a los chicos cosas que no entiendan, y para mí eso no es verdad. No es que antes entendíamos más o éramos más inteligentes: no entendíamos nada de ciertos libros, pero una seguía leyendo igual porque había que leer. También consumí los best-sellers de esa época que me encantaban, como los de Agatha Christie que venían en Espasa-Calpe, creo. En esa misma colección leí también los que tienen como protagonista al espía Perry Mason. Y leía los libros que le regalaban a mi mamá cuando tenía poco más de treinta años: los de Isabel Allende o Marcela Serrano.
–Vos formás parte de una familia muy judía. ¿Leías textos sagrados también?
–No, porque en el judaísmo ortodoxo que yo conozco es muy raro leer esos textos; se reservan para contextos muy masculinizados en general. Esa cosa erudita es más de judío medieval, no de la vida cotidiana de los judíos de Once. De hecho, volví a esos textos de más grande. Mi abuela era profesora de Tanaj y sí leía mucho de eso a pesar de que no era una lectura para las mujeres. Ella me hablaba de los textos y no eran nada divertidos. Son escritos a los que te podés acercar de vuelta después de haber ido a la facultad, para tener otra valoración. El Antiguo Testamento lo leí en el colegio y no me disgustaba del todo, no me parecía aburrido.
–¿Con qué libros sentís que se empezó a formar tu propio gusto?
–Antes que nada, con Mujercitas. Me lo leyó mi mamá y a partir de ahí empecé a acercarme a Jane Austen y a las hermanas Brontë. Y te diría que los de la Colección Robin Hood fueron los primeros clásicos que yo pedí. Mi mamá tenía varios, pero me acuerdo que eran los más masculinos: Sandokan, Simbad, el marino, Gulliver, El último de los mohicanos. Ahí empecé a ver que Mujercitas dialogaba con una tradición de autoras que sí me interesaba. A partir de esos libros también entré a las ediciones de Cátedra bilingües. Por ejemplo tenía la poesía de Emily Dickinson, que es muy amable como puerta de acceso. Me gustaba ver cómo se traducían ciertos versos aunque en ese momento no entendía tanto. Fui entrando de a poco a la literatura inglesa de los siglos XVIII y XIX sobre todo con libros como Grandes esperanzas.

–¿Cómo es tu relación con la lengua inglesa? Sos traductora, sos bilingüe, leés muchas cosas directo del inglés. ¿Cómo fue el proceso de asimilar la lengua hasta naturalizarla?
–Así como te digo que la mía era una clásica familia judía que valoraba mucho la lectura, también valoraba mucho el inglés. Entonces me mandaron a tomar clases desde muy chica. Cuando hice el curso de ingreso para entrar al secundario, quería seguir haciendo guitarra y algunas otras actividades y mi mamá me decía: “Podés seguir con todo mientras no dejes inglés”. Así que siempre seguí estudiando. Había una presión muy fuerte, pero me fui dando cuenta de que era algo que podía hacer bien. Miraba mucha tele en la trasnoche, mucho Seinfeld subtitulado, y fui apreciando el contraste entre lo que decían los personajes y los subtítulos que ponían hasta entender que quien subtitulaba tomaba decisiones. La traducción en mi caso tiene mucho que ver con la lectura: empecé viendo justamente cómo variaban las traducciones según las distintas ediciones de un mismo libro y aprendía cosas así.
–¿Todo esto fue en la adolescencia?
–Sí, es que para mí el momento más fértil de la lectura es de los 12 a los 15 años, cuando todavía no salís de noche, pero ya querés estar despierta hasta tarde y lo más atractivo pasa en tu cuarto cuando leés. Ahora que los chicos tienen celulares no sé cómo hacen… A los 15 ya empezás a salir, seguís leyendo pero trasnochás de otra manera. Los de la adolescencia temprana fueron los años en que descubrí el hábito de leer concentrada literatura en inglés y literatura en español. Después con la universidad llegan otras cosas como la literatura contemporánea.
–Justo te iba a preguntar eso: ¿en qué momento empezaste a leer otras cosas, otras estéticas?
–En la universidad entré en contacto con escritores vivos, en actividad. Empecé a ir a lecturas también. Había leído literatura argentina y latinoamericana en la secundaria que era bastante canónica: García Márquez, Vargas Llosa, porque el boom todavía tenía cierto peso. Pero el concepto de “autores indies” me llegó después, cuando leí Ocio de Fabián Casas. Fue la primera vez que leí a un autor vivo, joven, que nombraba calles que yo conocía –Borges también las nombraba, pero su mundo era otro, no sentía que me hablara a mí. Ahora sí me pasa de leer libros de Borges y entender que habitamos la misma ciudad, pero cuando era más chica no lo veía así. Casas sí tenía eso. A partir de ahí leí también a Pedro Mairal, que era otro autor que estaba de moda, que había ganado el Premio Clarín con Una noche con Sabrina Love. Ese libro estaba por todos lados. A Marina Mariasch y Cecilia Pavón también llegué en mis años en la universidad. Y a autores argentinos de otras décadas como Osvaldo Lamborghini, por ejemplo.

–Mencionaste a Borges y a la Divina Comedia y quería preguntarte más en detalle qué relación tenés con los clásicos y el canon.
–Soy muy fanática y creo profundamente en el canon. Hay épocas y lugares para ser anticanon, pero no vivimos en ella. De hecho soy fan de Harold Bloom y de su libro El canon occidental porque de chica me gustaba el concepto de que alguien te dijera qué leer. Leí incluso Shakespeare. La invención de lo humano, y soy muy fan de su curso de literatura europea, y de los cursos de Vladimir Nabokov también. Me gustan los cánones hechos por autores varones europeos [risas] porque creo que tienen libros indiscutibles. Por supuesto que dejan mucho afuera, pero lo que está adentro no es malo, esa es mi sensación. La gente que se llena la boca criticando el canon, ¿cuántos autores africanos recomienda? Yo sí trato de estar pendiente por ejemplo de lo que publica la editorial Empatía: leí varios de los libros de literatura africana que editaron y me parecen todos excelentes. Y eso no tiene nada que ver con leer o no la Divina Comedia o En busca del tiempo perdido. Cuando me siento desconectada de la lectura, vuelvo a un clásico. A veces incluso siento que tienen una mala fama incorrecta… Es más fácil leer Anna Karenina que a un autor contemporáneo, porque es una novela que no querés soltar. Ya sé que hay clásicos que no son así…
–El Ulises de Joyce por ejemplo.
–O La montaña mágica de Mann, que es una fiaca. Pero las novelas rusas o inglesas del canon te súper atrapan.
–Pasemos a otro género, porque vos sos una gran lectora de ensayo, y además lo cultivás en tu escritura. ¿Qué ensayistas señalarías como los que te abrieron camino?
–En general son autores que leí en la carrera de Filosofía, y no es tan fácil encontrarte en la facultad con grandes ensayistas. A mí me empezó a interesar la filosofía francesa cuando la entendí como un ensayo. Esto puede sonar un poco iconoclasta, pero el enfoque académico sobre autores como Derrida o Deleuze no me interesa. Creo que las tesis sobre ellos no tienen mucho para dar en ese registro. Derrida no tiene nada que ver con un paper sobre la amistad en Derrida. Es un ensayista del carajo, y me parece que su academización le quita fuerza, no le viene tan bien. Lacan también escribe bárbaro. Y de autores anglosajones, Harold Bloom me parece un gran ensayista. También me gusta Sontag, por supuesto. Soy fan de David Forster Wallace, me parece que sus ensayos son de lo mejor que hizo. Y Joan Didion me gusta mucho, la considero más que nada una ensayista. Carrére también me interesa; llegué a él en la facultad, cuando estaba de moda Limónov. Tanto Sartre como Simone de Beauvoir me parecen grandes ensayistas. Reconozco cuando estoy con mis colegas de la UNA, donde doy clases, que tengo menos formación que ellos en ensayo argentino. Aprobé la materia Pensamiento Argentino y Latinoamericano, pero después no profundicé por ahí, muchas de esas cosas me parecen abigarradas o difíciles, o muy fechadas. El único que puedo decir que leí y me gusta es Piglia. Y al Borges ensayista también.
–¿Y ensayo y teoría feminista en qué momento empezaste a leer? ¿Qué libros podés recomendar como entrada a ese universo?
–El primero que leí de ese tipo fue Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir. Cuando empecé a leer sobre existencialismo en la universidad, me di cuenta de que había un montón de textos no filosóficos de Simone y Sartre y fui a buscarlos. Memorias de una joven formal es un ensayo personal feminista como el que una podría leer en un blog. Es una entrada hermosa a su obra, porque El segundo sexo es un libro mucho más denso, más repetitivo y teórico. Hay libros que suponen que uno tiene que saber de filosofía para leerlos, por ejemplo los de Judith Butler, que son bastante difíciles. De De Beauvoir enseguida pasé a Virginia Woolf, tanto a su ficción como a su no ficción, porque es una autora que si bien suele usar referencias, tampoco presupone tanta lectura previa. Y lo mismo me pasó con algunas autoras francesas como Hélène Cixous, que me parece más legible que los clásicos de Butler.

–Hablemos un poco de más de Virginia Woolf que sé que te cautiva. De hecho tu último libro, Un millón de cuartos propios, parte de tu experiencia de traducción de Un cuarto propio. ¿Qué sentís que descifraste de ella en ese proceso?
–Me parece una persona extraordinaria, tanto en su obra como en su vida. Lo mismo que es indescifrable en su vida es indescifrable en su obra. Creo que es una persona opaca, con una obra opaca, y eso me parece interesante.
–No siempre se la leyó en esa clave, además.
–No, para nada. No es una autora retorcida en su manera de escribir. Por un lado era una ensayista, por supuesto, sus libros más famosos son ensayos. Pero quiso escribir su propio Ulises y publicó La señora Dalloway. Y Orlando, que es un librazo espectacular, que transcurre durante varios siglos. ¿Cuál es su búsqueda? No se entiende del todo, y eso es buenísimo. Su obra es tan diversa y caprichosa que me siento identificada. Además me intriga mucho cómo dialogan sus partes entre sí. Políticamente también es extraña: en algunas cosas era progre y en otras no, sin ninguna solución de continuidad. Y su sexualidad, su búsqueda con eso. Por un lado su lesbianismo, y por otro su matrimonio de un amor muy profundo. La carta que le dejó al marido antes de suicidarse es muy linda. Ahí básicamente le dice: “Me diste la mejor vida del mundo. Sos el amor de mi vida”. Y no tenía ninguna razón para mentir, ¡justamente porque se estaba suicidando! Virginia me parece inabarcable y siempre interesante.

–Revisemos un poco los estantes. ¿Cómo está ordenada esta biblioteca?
–No tiene ningún orden. Este mueble lo pensamos con el arquitecto cuando nos mudamos a esta casa para que fuera funcional. No me interesa mucho la decoración, ni tampoco acumular objetos, pero como tenía una cantidad ridícula de libros tuvimos que pensar un mueble para eso, así que hicimos que fuera una pieza central de este living, para que vistan un poco la casa. Y es altísima. Mi novio llega hasta arriba, pero lo que más consulto lo puse abajo. Quisimos sumar una escalera pero se complica apoyarla sobre estas paredes de durlock. Realmente no hay orden de ninguna clase. Si necesito una cita, confío en que la puedo encontrar en internet.
–No la usás como fuente de consulta sino como archivo, digamos.
–Sí, como archivo. A veces como I-Ching: quiero leer algo y encuentro un libro que no leí y me engancho. La uso mucho para prestar también, y regalo mucho. “Este libro te gusta: llevátelo”. Pero las consultas las hago todas en internet.
–¿Y cómo es en vos el hábito de leer en formato digital?
–Me gusta mucho internet, me gusta mucho mi computadora. Y tuve el primer modelo de Kindle, fui bastante pionera con eso. Lo compré en Estados Unidos cuando estaba en el secundario y me volví adicta. Leía mucho en inglés y me fascinó saber que podía conseguir cualquier cosa con pocos clics. Se acabó el problema de esperar a que alguien viajara y me trajera un libro. Todos los libros del mundo estaban en un dispositivo. Libros de autores franceses, italianos, por ejemplo, los leí traducidos al inglés porque llegan antes que al español.

–Revisemos un poco los estantes. ¿Y este libro de la Colección Robin Hood? Parece de los más viejos.
¡Sí! Soy fan de Violeta, es un librazo muy importante. Whitfield Cook tiene solamente este libro, que es la historia de una chica cuyo papá se casó tres veces. Cuando arranca la trama, el papá está volviendo a casarse con la primera mujer, con quien no tuvo hijos. Violeta es la mayor de los hijos que tuvo con su segunda mujer, una chica que se divierte armando quilombo en la familia. Cuando ve que el padre está en esta, decide convencer a las otras dos esposas de que su papá quiere volver con ellas, y se arma un bardo descomunal. Es una nena muy inteligente que vuelve locos a todos. Y la ironía que hay sobre el divorcio en esa novela es muy rara para la época. Nunca volví a ver un libro así. Ese libro lo amo. Todavía conservo muchos libros viejos pero otros los regalé, como el de Papaíto piernas largas.
–¿Qué tipo de lectora sos?
Buena pregunta. Soy una persona profundamente caprichosa, como lectora sobre todo. No tengo problema en leer cosas que no están de moda, cosas que a otra gente no le importan. No tengo prejuicios con eso. No soy lectora de novedades en general. Leo las que me interesan y nada más. Estoy al tanto de lo que se publica, pero no me pasa nada si no leo el libro del que todos están hablando, no le veo ningún valor a eso. En cambio le doy mucho valor a tener mi propia agenda de lecturas e intereses. Leo muchos libros al mismo tiempo. Leo salteado. Empiezo un libro y lo puedo retomar seis meses después. Y en los últimos años, desde que escribo, la lectura está dominada por las cosas que leo para escribir.
–¿Reordenás tus lecturas en función del tipo de texto que estés escribiendo?
Sí, y me sirve mucho. A la vez incluso me sirve en un sentido muy lateral. Si digo “quiero escribir una novela sobre una familia”, me pongo a leer libros de ese tipo aunque sea infinito. Mis lecturas están muy dominadas por el capricho y por el trabajo. Y a veces me pasa que me pongo a leer un libro y me doy cuenta que no me va a servir para nada pero me gusta igual. O leyendo un libro que me sirve veo citado otro que nada que ver y me engancho con ese otro. En algún punto me siento mucho más obligada al canon que a la novedad. Así como te digo que no me importa no estar leyendo lo nuevo, sí me parece grave no haber leído En busca del tiempo perdido.
–¿No leíste ninguno de los tomos?
Leí el primero nomás. Me preocupan los clásicos que no leí. ¡Sé que me va a gustar y la voy a pasar bien, además!

–¿Qué autores o autoras te dan ganas de escribir cuando los leés?
Hay varios autores que me estimulan. Uno de ellos es Philip Roth, que es de mis escritores favoritos. Me divierte leerlo y siempre hay una novela de él que no leí, porque fue muy prolífico. Cuando termino una novela suya me digo: “Yo debería escribir una novela igual a esta”. ¡Para qué escribir otra cosa que estas novelas! Con él me pasa mucho eso. Y hay una autora que me da ganas de escribir que es Rachel Cusk, quizás porque me identifico bastante con su estilo, con su búsqueda. Leí sus ensayos, su trilogía, sus textos breves. Creo que leí todo lo que escribió y la trilogía me parece su obra maestra. Para mí ella es la mejor autora viva, está en ese nivel. Cada vez que saca un libro nuevo pienso: “¿Otra vez voy a leer un libro de Rachel Cusk? Debería estar leyendo otra cosa”. Y a la vez ya sé que me va a gustar. Es como ir a comer el gusto de helado que siempre pido.
–¿Y leés poesía? Tu primer libro publicado es un poemario.
Soy lectora de poesía, pero hace rato que no leo nada del género. Fui muy lectora de poesía cuando era más chica. Emily Dickinson, los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire. Leí mucho la poesía de los noventa mientras cursaba en la facultad. Y leí teatro español en verso, tipo La vida es sueño, que cuenta como poesía, creo. Era de las pocas cosas que me daban en el colegio que me gustaban, así que me enganché.
–Quería preguntarte por Jane Austen en particular. No solo la tenés muy leída, sino que también diste cursos sobre su obra para lectoras contemporáneas de una autora muy clásica. ¿Qué es lo que se reactiva en ese placer de la lectura de la obra de Austen?
Creo que Austen tiene algo que a otras autoras inglesas canónicas les falta, que es la comedia. El registro de Austen se presta mucho más a la comedia romántica que George Eliot o las Brontë, que en general tendían a unas influencias mucho más oscuras. Austen tiene humor, ironía, algo liviano que se traduce muy bien a nuestra época. Y a la vez hay algo que es interesante, que es que en general, cuando una lee clásicos, el humor es lo que peor envejece. Es raro cuando el humor envejece bien y sigue siendo gracioso. ¡Y sus libros sí lo siguen siendo! Eso me parece una rareza histórica genial, que es lo que hace que siga siendo muy legible. También hay varios malentendidos: los libros de Austen son bastante críticos de su época, que es la Regencia, y sin embargo mucha gente se engancha porque tiene algún fetichismo con la ropa de la época, con las costumbres, alguna romantización del amor o los matrimonios de ese tiempo. Pero Austen es una autora muy poco romántica. Justamente habla de la practicidad del matrimonio, y tiene una visión muy protestante de esa institución, en la que siempre el esquema de las novelas es el mismo: la protagonista conoce a un galán que parece perfecto y termina siendo un chanta. Y al final se queda con uno que al principio parecía medio tristón, pero que es buena persona. Este esquema funciona muy bien con la comedia romántica, por eso hay infinitas adaptaciones.
–A mí me sorprende que en este momento del feminismo algo así siga generando identificaciones.
Totalmente, porque además en esos libros siempre hay una relación muy pragmática del matrimonio con el dinero. Suelen empezar con una herencia, una casa grande que hay que dividir. Muchas veces, cuando veo esas romantizaciones, pienso que lo que le pasa a esa gente es que en realidad querrían leer las novelas de Emily Brontë pero es más difícil, entonces leen a Austen. A mí me encanta, soy fanática.
–¿Cuál es tu novela favorita de Austen?
Mansfield Park. Es el mejor de sus libros. No hay otra opinión posible. Es de hecho lo que piensa también Nabokov. Y es la realidad.

–¿Qué libro de tu biblioteca le recomendarías a alguien que no lee para que se entusiasme?
[Busca durante un rato] Se me ocurren varios. Empecemos con este: Signor Hoffman de Eduardo Halfon. Es un libro apto para todo público. Conocí a su autor cuando leí Monasterio y lo entrevisté para una nota. Nos sorprendimos mucho porque él tenía un personaje que se llamaba Tamara y otro que se llamaba Yael Tenenbaum y yo me llamo Tamara Yael Tenenbaum, lo cual me pareció muy extraño. Es muy buena onda conmigo. Este libro me parece muy gracioso. Es un libro de cuentos, muchos de ellos son de viajes. Él es un judío guatemalteco, que es una bizarreada total; es como si fuera un porteño mental. Su prosa es muy accesible. De sus libros me encanta también El boxeador polaco.
Este otro también se le recomendaría a todo el mundo: Basada en hechos reales, de Delphine de Vigan. Me encanta ella, es de las mejores autoras vivas que mantiene interesante la literatura francesa. Y también sugiero El fin de la novela de amor, que es uno de los más raros de Vivian Gornick. Es un libro de teoría literaria que me gusta mucho. Los libros que recomienda y analiza acá son libros que ningún argentino leyó nunca, pero te dan ganas de ir a buscarlos. Eso lo aprendí a disfrutar en la facultad: leer crítica de libros que una no ha leído. Es importante poder hacerlo porque de otro modo no podés leer casi crítica.
–Siempre termino estas entrevistas dejándoles algún libro de regalo. En este caso te traje un ensayo bien reciente: Misticismo, del crítico norteamericano Simon Critchley. Acá él recorre las raíces religiosas del misticismo pero trae también el tema al presente y a la cultura. Escribe por ejemplo del misticismo en Anne Carson o en Nick Cave. Y te traje también una plaqueta de una editorial independiente marplatense que se llama La Sonrisa con los temas de Blue de Joni Mitchell traducidos como si fueran poemas.
Qué bueno, ¡gracias! Me encantan los dos. Los voy a leer, obvio.

Gracias, Tamara, por recibirnos.