¡Sorpresa!
Todos andan detrás de las certezas, de no perder el tiempo, de saber de antemano lo que va a pasar. No queriendo encontrar, queriendo buscar.
I. Martes a la mañana: estoy en mi casa en una situación muy cotidiana, muy habitual, incluso algo tediosa, y tocan el timbre: es un ramo de flores para mí, precioso, enorme, flores de varios tipos, todas blancas, arregladas de modo sutil, un ramo ornamentado, pero fresco, liviano. Me lo manda una amiga por el estreno de Qué gran invento el amor. Cuando la llamo para agradecerle, me cuenta que de la florería no querían enviarme el ramo sin avisarme antes, que pretendían que les diera mi teléfono para avisarme que llegarían. Ella insistió mucho, les dijo que quería que fuera una sorpresa. Me relató su insistencia y la necedad de la florería. Finalmente lo logró, el ramo llegó por sorpresa. Me alegró especialmente el gesto, el de las flores, pero sobre todo, el de la sorpresa. Lo inesperado en ese caso, además, me sacó de esa situación en la que estaba, en ese instante algo de ese tedio se disipó.
II. Pienso entonces en cómo hoy en día ya casi nadie quiere sorpresas, ni no saber qué va a pasar. Por eso la vida cotidiana se llena de confirmaciones, ratificaciones, confirmación de la confirmación. Y gerundios, se llena de gerundios: “saliendo/yendo/llegando”, etc., etc. Una narración minuto a minuto de todo lo que hacemos. Todas las citas se confirman antes y se mezcla la confirmación del odontólogo con la confirmación de los amigos. Todos nos comportamos de igual manera: como una maquinita que no está dispuesta a fallar. Ya casi nadie está dispuesto a perder algo y quiere saber de antemano lo que va a ocurrir. Con lo cual se aplasta, justamente, la ocurrencia. Las agendas atiborradas de cosas, la de todos nosotros. Porque en la agenda se consigna el trabajo, pero también el ocio, el entretenimiento, el amor, los amigos. Todo metido en la grilla horaria, en la apretada y apestada cronología de los días. Sin sorpresas.
III. Sábado a la mañana: me tocan el timbre dos testigos de Jehová. Por un instante, hasta que llegué a la puerta, tuve una micro ilusión de que fuera alguien que no esperaba, pero que me alegraría ver. Pienso que ya casi nadie toca el timbre, ni siquiera cuando lo estamos esperando (“llegué”). Cartas documento y testigos de Jehová: ellos sí tocan el timbre sin avisar.
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IV. Fui a buscar si Leila Guerriero había escrito algo sobre la sorpresa. Porque es alguien que se detiene en este tipo de cosas. Sí, escribió: “Siempre he creído que las expectativas son una bruma mental: quedamos colgados de una fantasía en vez de contemplar lo que efectivamente hay y decidir, en todo caso, si nos gusta o no. Ilusiones, expectativas. El camino al infierno está tapizado por palabras como esas que, sin embargo, gozan de enorme prestigio social. Yo creo que son princesas envenenadoras. Que muchos problemas podrían evitarse si, en vez de cultivar tanto la rigidez que anida detrás de la aparente blandura de las ilusiones, cultiváramos la posibilidad, mucho más inestable y más tierna, del hallazgo y la sorpresa. Pero pocas veces nos atrevemos a encontrarnos con lo que no sabíamos que nos íbamos a encontrar”.
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Contestá la encuestaV. Ya casi nadie está dispuesto a perderse. Ya hablé de estas cosas acá. Y pienso que muchas escenas de la vida cotidiana se han convertido en ir a encontrar lo que se busca. En ratificar lo sabido. No queremos encontrar, queremos buscar. Y las cosas más lindas no se buscan, se encuentran. “Yo no buscaba a nadie y te ví”.
VI. José Luis Juresa escribió un libro que se llama La realidad por sorpresa (Paidós). Ahí dice: “No queremos encontrarnos con el silencio ni con la oscuridad que nos traen voces e imágenes insospechadas, el peligro de truenos y relámpagos que nos asalten por sorpresa. No queremos soñar ni hacer hallazgos desagradables. Buscamos afirmarnos como individuos dueños de nosotros mismos. Y la pasamos mal en el intento”.
VII. No siempre queremos sorpresas, ya sé, ya sé. No digo que haya que vivir de sorpresa en sorpresa, hablo de no rechazarla y de no pretender una vida aséptica en la que nada nos afecte y en la que no afectemos a los otros, casi como cerrada al vacío. Hablo de no pretender resistir tanto a lo inesperado.
VIII. Inconsciente y sorpresa son casi sinónimos. Sorpresa y sujeto, también. Poner la sorpresa al lado de la verdad es una de las enseñanzas de Freud; es hablar del inconsciente en la lógica del acontecimiento, de la experiencia, de lo no realizado, de lo que no está dado y se produce; porque se trata del efecto que produce que la verdad hable. El inconsciente no es lo ya dado, no es lo ya sabido, el inconsciente es lo inesperado y lo sorpresivo. En un análisis no se trata de la verdad establecida, de la verdad que repite el sentido común; se trata de sentidos nuevos, de sentidos que no estaban, de sentidos que la verdad literalmente introduce, hace surgir en el mundo, en nuestro mundo. El lugar del analista también implica sorpresa. Si la práctica se institucionaliza, empiezan el aburrimiento, el tedio y el rechazo a la sorpresa. Lacan se pregunta: “¿Qué es lo que hace que un sujeto pueda perder la aptitud para el asombro, para ser sorprendido, y conocer el aburrimiento?”. Un analista no está exento de perder la posibilidad de sorprenderse. Y ahí donde ya no se sorprende, porque ya sabe lo que va a pasar, comienza a “profesionalizar” la práctica con gestos impostados, revestidos de Saber, con certezas acerca de su SER analista. “El aburrimiento es lo que se produce cuando un sujeto ya no es apto para la sorpresa, para el anonadamiento”, dice Lacan. Pienso en el tedio y el hastío contemporáneos hechos de muchas cosas, pero sin dudas el rechazo de la sorpresa es uno de sus ingredientes fundamentales.
IX. Una vida deseante, una erótica de la vida es aquella que no rechaza lo que de infernal puede tener el deseo. El deseo es el nombre del hallazgo y de la sorpresa. Es ese tropiezo que nos detiene de la carrera hiperactiva hacia el consumo agobiante; es el mal paso que nos posibilita detener la marcha segura de sí para poder vacilar. Acaso se trate del placer de la sorpresa y de la sorpresa del placer. En esas escenas pasan cosas, cosas que no sabemos; pasan cosas y producen efectos que, muchas veces, nos despiertan. Si cerramos las vías para que esas cosas pasen, sólo nos resta el eterno retorno de lo mismo –un poco lo que canta Radiohead en “No surprises”–. Sin sorpresas: ¿descansar en paz? Sin sorpresa no hay chiste, ni chispa creadora, ni encuentro de los cuerpos, ni amor, ni deseo; pero tampoco hay sueños, ni posibilidad de inventar mundos.