Risas al borde de la crueldad: qué hacen los libertarios con el Nunca Más
Una escucha atenta de La Misa, la narrativa de “memoria completa”, la banalización de las víctimas y el goce ante el dolor de los familiares de desaparecidos. ¿Qué hay detrás de esa deriva?
“Hablá más fuerte que no te escuchan desde el Río de la Plata”, decía un comentario en el chat de YouTube. Leímos esa frase con espanto mientras mirábamos una emisión de La Misa de septiembre de 2023, el programa de streaming conducido por Daniel Parisini, conocido en redes sociales como Gordo Dan. La frase acompañaba una escena hiperbólica y desmesurada: mientras algunos “gordos” —así se llaman entre sí— insultaban a los montoneros, otros se reían al son de un parloteo coral sobre la violencia de los setenta y la masacre que sobrevino después con la dictadura militar de 1976.
Quizá haga falta decirlo claramente: quienes no escuchan desde el Río de Plata son las miles de personas arrojadas vivas desde aviones por las Fuerzas Armadas durante la dictadura. No se trata de rumores o habladurías, sino de hechos probados en la causa judicial que se conoció con el nombre de ese modo atroz de aniquilamiento, “vuelos de la muerte”.
En noviembre de ese año, pocos días después del triunfo electoral de Javier Milei, el periodista y varias veces funcionario del área de Inteligencia del Estado, Juan Bautista Yofre, visitó el programa y allí acusó de mentirosa a la memoria que nació de la denuncia de los crímenes de la dictadura. En aquella emisión, ante la pregunta sobre qué habría pasado con los militantes montoneros —la mayoría desaparecidos— si Juan Domingo Perón hubiera completado su último mandato, Yofre se inclinó sobre el micrófono y susurró con ironía: “Los mataba a todos”.
“Como a ratas” agregó enseguida. En el estudio se oyeron, nuevamente, risas y en el chat de YouTube se multiplicaron los emojis y comentarios soeces sobre la cifra de personas desaparecidas, habituales en las redes libertarias: “no son 30.000”; “así hubiesen sido 30.000. Viva Perón”; “ahí da 30.000”; “Los aniquilaba a todos con el uniforme puesto”; “Lamentablemente, no fueron 30.000”, “Grande el General”. Risas, risas, y más risas.
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SumateSabemos que el espanto no es un buen aliado a la hora de analizar los fenómenos sociales. Comprenderlos requiere muchas veces —sino siempre— ir a contrapelo de las inclinaciones primarias, desconfiar de la “ilusión de transparencia de lo social” dirían Bourdieu y compañía. El pensamiento crítico reclama justamente ese gesto: analizar, incluso, con ese espanto a cuestas, y eso nos propusimos hacer en nuestro libro de reciente publicación, ¿Qué están haciendo las derechas con los 70? Durante esa investigación entendimos que esos sentimientos forman parte de las relaciones sociales que intentamos entender.

Por eso, y a pesar de que el estruendo de aquellas risas puede resonar como una forma de crueldad sin más, sostenemos que estas escenas revelan algunas novedades que traen estos jóvenes libertarios: la sacralidad de la figura de la víctima parece resquebrajarse —junto con la disposición a alojar su sufrimiento—, el lenguaje de los derechos humanos ya no tiene la misma pregnancia que tuvo durante décadas y la violencia del Estado dejó de ser impugnada in toto.
Lo que se fue corriendo
Estamos ante una reconfiguración sustantiva de las fronteras de lo decible sobre la dictadura y sus víctimas, en el marco del ascenso de la derecha radical en nuestro país.
Aquellos valores y representaciones que constituyeron un legado innegable que la sociedad argentina construyó tras la transición democrática ya no parecen interpelar a las nuevas generaciones con la misma fuerza. Ahora bien, ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿En qué momento la desaparición, la tortura y el asesinato devinieron objeto posible de risa, burla y sarcasmo? ¿Qué traen de nuevo —y qué de viejo— los jóvenes seguidores de Javier Milei en sus lecturas del pasado reciente?
Aunque marginales y aisladas, algunas de las señales de esta transformación se vienen manifestando al menos desde 2006, cuando organizaciones de familiares de militares lideradas por Cecilia Pando o Silvia Ibarzábal comenzaron a instalar públicamente la consigna “memoria completa”, con intervenciones como pintar blasones negros sobre los pañuelos blancos que rodean la Pirámide de Mayo los días jueves o conmemorar el día de las “víctimas del terrorismo”. Esa consigna, nacida en las filas militares hacia mediados de los 90, vino a articular dos figuras que, tras el informe de la CONADEP y el Juicio a las Juntas Militares, resultaban difíciles de conciliar: guerra y derechos humanos.
Se trata de nociones que provienen de diferentes campos discursivos y arrastran marcos interpretativos tensionados entre sí: por un lado, la cosmovisión militar —que piensa el pasado en términos de guerra y combatientes como parte de la retórica de la “lucha antisubversiva”—; y, por otro, el paradigma de los derechos humanos —articulado en torno a una dialéctica entre víctimas y victimarios que otorga centralidad al trauma y al sufrimiento como ordenadores de las narrativas sobre el pasado. Sin ir más lejos, el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTyV), presidido por Victoria Villarruel, recurrió a nociones del derecho internacional humanitario —en un contexto global marcado por la “lucha contra el terrorismo”— y profundizó así el desplazamiento discursivo desde “muertos por la subversión” hacia “víctimas del terrorismo” para nombrar a las personas asesinadas por las organizaciones armadas en los setentas.
Así lo hicieron también los hijos y nietos de represores que formaron la agrupación Puentes por la Legalidad, cuando visibilizaron la situación de sus familiares procesados o condenados por delitos de lesa humanidad en clave de derechos fundamentales avasallados —en espejo con la denuncia de los crímenes de la dictadura—, aun cuando eso implicara distanciarse de la narrativa militar.
En un escenario de creciente polarización con el kirchnerismo, la “memoria completa” ofició como motor de un cambio silencioso: los sentidos, demandas y representaciones de la memoria militar comenzaron a salir del ámbito castrense y ganar circulación pública.
Por esos años se publicaron, además, libros con posturas “revisionistas” sobre los sucesos de la década del setenta, como los de Juan Bautista Yofre o Nicolás Márquez. Algunos se convirtieron en best sellers de la mano de retóricas afines a la Doctrina de Seguridad Nacional, y reactivaron términos como “guerra”, “marxismo subversivo” o “fuerzas legales” que parecían haber quedado atrás.
Las narrativas que los jóvenes libertarios hoy elaboran sobre la historia argentina reciente se apoyan y autorizan en estos libros y en la idea de una “memoria completa”. “Vos para nosotros sos Messi —le decía el Gordo Dan a Yofre— porque los pibes de mi edad nos nutrimos cuando vos vas a la televisión y contás en verdad cómo fueron las cosas y nos desasnás de todo lo que nos enseñaron en la escuela”. El propio Agustín Laje, referente regional de la derecha, encontró en los libros de Márquez los argumentos para discutir a sus profesores del secundario. También allí se produjo una transmisión del pasado reciente con efectos visibles en el presente.
El Nunca Más libertario
Los indicios de un nuevo momento memorial se profundizaron en 2020 durante la pandemia, cuando se hicieron frecuentes memes, imágenes e intervenciones en el espacio público ofensivas hacia la memoria de los desaparecidos. El malestar y la irritación por las medidas de confinamiento se dirigían no sólo hacia los representantes del gobierno bajo la forma de un virulento antikirchnerismo, sino también hacia Madres y Abuelas, y por fuerza metonímica se proyectaban sobre el campo de los derechos humanos y la memoria.
Luego de la elección de Javier Milei y Victoria Villarruel como diputados nacionales por La Libertad Avanza en 2021, esta discursividad confrontativa y agresiva se volvió un fenómeno cada vez más frecuente e insidioso.
El activismo callejero y, sobre todo, el de las redes sociales se convirtieron en superficies de intervención de una nueva militancia joven de derecha radical que hizo de las memorias de la dictadura uno de los territorios privilegiados de su “batalla cultural”. Grupos políticos como el Centro de Estudios Cruz del Sur, Jóvenes Republicanos y Pibes Libertarios comenzaron a tener presencia pública, resignificando las consignas claves de la lucha del movimiento de derechos humanos —tales como #NuncaMás #memoriaverdadyjusticia #niolvidoniperdón— para referir a las personas muertas por COVID19, reivindicar a las “víctimas del terrorismo” y acusar de terroristas a las y los desaparecidos.
Este activismo se hizo especialmente visible en escenas como la ocurrida durante una manifestación frente a la Casa Rosada, donde se exhibió una bolsa mortuoria con el nombre de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo o en la intervención de la estación de subte “Entre Ríos–Rodolfo Walsh” con un banner que reemplazaba su nombre por el de “víctimas del terrorismo”, junto a carteles con fotos de Rodolfo Walsh, Horacio Verbitsky y Mario Firmenich bajo la leyenda “terroristas montoneros”.
Las redes sociales, especialmente X, fueron el espacio desregulado de circulación de un lenguaje provocador y antisistema que desafió el discurso de la corrección política del progresismo. El activismo online de influencers libertarios como Danan, El Presto, Gordo Dan, Juan Doe o Traductor, a través del lenguaje de los memes, clips y edits cargados de ironía fue naturalizando un abordaje hostil y burlón del pasado reciente, sostenido en una crueldad traficada como chiste. La aparición de imágenes alegóricas con Ford Falcon verdes, influencers posando junto a fotos del dictador Jorge Videla o el “beboteo” junto al hashtag #noson30000 muestran una tendencia ya instalada de desacralización de las memorias de los desaparecidos. Eso es posible, en parte, porque antes se los redujo de alguna manera a sujetos merecedores de su propio destino.
De desaparecidos a terroristas
En sus intervenciones, los “gordos” en La Misa refuerzan y amplifican una doble reducción sobre las víctimas del terrorismo de Estado: de desaparecidos a guerrilleros y, luego, de guerrilleros a terroristas.
Así, en primer lugar, quedan invisibilizadas las víctimas que no eran parte de las organizaciones armadas: el conjunto amplio de militantes de base, sindicalistas, trabajadores, estudiantes, etc. Y, en segundo lugar, hacen coincidir a las organizaciones armadas con la figura de terrorismo, borroneando la ligazón de sus acciones con la política.
En cualquier caso, si los desaparecidos son todos calificados como terroristas, su condición de víctimas vuelve a quedar atrapada en la misma lógica que cincuenta años atrás sirvió para justificar su desaparición.
Junto al uso estratégico de recursos habituales en el mundo digital —como el anonimato de perfiles falsos, la proliferación de rumores o fake news y las prácticas de “troleo” a otros usuarios— la broma se volvió un modo banal de hablar de la masacre organizada de miles de personas.
En La Misa no se niega la existencia de los crímenes de la dictadura ni se discute su ilegalidad, sino que se los celebra de manera elíptica. Abordar la violencia del pasado dictatorial en clave burlona, ridiculizar a los muertos y desaparecidos o bromear sobre la suerte atroz que corrieron muestra cómo las derechas radicales recurren, además de a la confrontación abierta, a registros de risa que producen cercanía y complicidad con su audiencia, especialmente entre los jóvenes.
Así, ponen en escena un modo de abordar la violencia del pasado que se apoya en repertorios de burla y “gastadas” propios de formas de sociabilidad masculina, que contribuyen a correr los límites de lo decible sobre el pasado dictatorial.
A pesar de la perplejidad que pueden provocar estas risas, tanto subestimarlas por frívolas o superficiales —“son solo chistes”, “no significan nada”— como sobreestimarlas por tomarlas de modo literal —“no tienen nada de gracioso”— implica perder de vista su carácter potente y contagioso. “No la ven”, responden los jóvenes libertarios a la indignación moral. Este registro humorístico —que tan bien están usando las derechas a nivel global a través de la cual se movilizan contenidos crueles, agresivos y estigmatizantes— muestra capacidad para producir lazos de pertenencia entre los más jóvenes a costa de otros sujetos burlados y ridiculizados, ya sean mujeres, homosexuales, migrantes, ancianos o personas con discapacidad.
En los programas de La Misa las minorías son blanco permanente de burla y desprecio, denunciadas por usar su posición de vulnerabilidad para obtener privilegios. En ese gesto se borra su condición de sujetos históricamente estigmatizados, y se cuestiona, sobre todo, que hayan sido objeto de políticas de reconocimiento de derechos. Lo que está bajo fuego es la idea misma de derecho como valor social.
Los gordos y su memoria
Entonces, ¿qué memoria del pasado reciente activan los “gordos” —y las risas— junto a su audiencia en el chat de La Misa? Sin duda, lo que se pone en juego en estas escenas es un rechazo de la noción de trauma como elemento central de la memoria de esos años.
No hay lugar para las víctimas ni para el reconocimiento de su dolor. Más bien, se trata de una memoria de la masacre, que reactualiza discursivamente la violencia del pasado reciente para expandir sus efectos en el presente político. Pero más que destacar el poder destructivo que tuvo sobre miles de personas desaparecidas, lo que se ofrece es un regodeo en el dolor y el sufrimiento que esa violencia produjo, especialmente entre quienes se identifican con su recuerdo.
En estas evocaciones parece operar un plus de goce —no necesariamente presente en todo acto de violencia— que incluye la humillación y la degradación de las víctimas y sobrevivientes: gozar al otro, gozar del otro. Así se da la espalda a la lógica de los derechos humanos que pone a la víctima como figura central y como clave interpretativa, y desplaza el foco hacia una representación del pasado donde el sufrimiento ajeno es objeto de exhibición y burla, y ya no de duelo, reparación o condena.
Esta memoria sostenida por la derecha libertaria en Argentina se articula con una agenda global: el declive generalizado del paradigma de los derechos humanos y ascenso de la figura de terrorismo como ordenador de los conflictos políticos y sociales. Las risas en el streaming La Misa escenifican una voluntad de poder sostenida en la doblegación del otro (los leones frente a los mandriles) y la exaltación de la capacidad de provocar miedo y hacer sufrir.
Y aquí la risa muestra su potencia política: la de cuerpos “cagándose de risa” como vehículo de estas memorias que aluden de manera elíptica a la masacre más horrorosa de la historia argentina.
Una memoria que no se construye a partir de la víctima, ni de la escucha de su padecimiento, ni de la solidaridad con su dolor, sino que hace gala del terror que la violencia fue capaz de provocar.
La violencia, que había sido expulsada de la vida política con la transición democrática, reaparece desde las sombras y gana presencia simbólica en el escenario memorial, de la mano de un pequeño grupo —aunque ruidoso y prolífico en el entorno digital— que se autopercibe como la “guardia pretoriana de Milei” y cuya función política se concentra en una misión: “domar” al otro.
Esta nota es parte de un especial de Cenital por los 50 años del golpe de Estado de 1976. Mirá el especial completo acá.