Nick Srnicek: “Debemos reducir la cantidad de trabajo que se requiere en la sociedad”

“Si tu ideología no puede convivir con la realidad económica, terminará por frustrarse”, afirma el autor aceleracionista, promotor de alternativas de futuro al ascenso de las nuevas derechas. Antes de su visita a la Argentina conversó con Cenital.

La Argentina sufrió tantas crisis que olvidó la más impactante a nivel global, la del 2008. Para Nick Srnicek no fue solo una crisis financiera, sino un parteaguas en el desarrollo del capitalismo. De la mano de los capitales de riesgo, a partir de este momento emergen las plataformas como modelo de negocios, de trabajo y de vida. A pesar de la sensación de una evidente automatización y libertad en el trabajo, para Nick existe una gran promesa incumplida de la tecnología y del capitalismo: la reducción del tiempo de trabajo, remunerado y no remunerado, para maximizar nuestro tiempo libre. 

Srnicek es profesor de Economía Digital en el Departamento de Humanidades Digitales de King’s College London y autor de Después del trabajo (2024), en coautoría con Helen Hester, y Capitalismo de plataformas (2018), ambos editados por Caja Negra, Nick visitará la Argentina para dar una conferencia en la Facultad de Ciencias Económicas (UBA) el jueves 29 de agosto a las 19 hs, invitado por el Instituto de Desafíos Urbanos (IDUF). 

Antes de su visita a la Argentina, el autor canadiense conversó con Cenital sobre su obra y proyecto político que incluye el anti-trabajo, además de los debates laboralistas más actuales, las regulaciones sobre las big tech, la renta básica universal y el ascenso de las extremas derechas. 

–Para usted, la crisis del 2008 fue más que una crisis financiera, es un punto de inflexión en el capitalismo, ¿podría desarrollar algunos ejes de sus alcances hasta hoy?

–Hay dos puntos claves de la crisis de 2008 a los efectos del surgimiento de la economía digital. En primer lugar, el aumento del desempleo masivo y la aparición de muchas personas luchando por llegar a fin de mes y tratando de encontrar un trabajo. La otra parte de la ecuación son las políticas monetarias laxas que surgen como respuesta a la crisis para tratar de calentar el sistema financiero. Se obtienen recortes de las tasas de interés y varios otros esfuerzos monetaristas que buscan reducir al máximo el capital. Esto significa que los inversores de repente dejan de ganar tanto dinero con las inversiones tradicionales y empiezan a buscar inversiones más riesgosas. Empieza a circular una gran cantidad de capital que busca nuevas inversiones, como Uber y otras compañías de la economía de plataformas, que surgen en 2008. Surgen solo por dos factores. Por un lado, la presencia de capital que les permite crecer sin tener ganancias (en el caso de Uber durante más de una década) y, en el lado político, hay un grupo grande de personas que están desesperadas por conseguir un trabajo, por lo que están dispuestas a aceptar un trabajo precario cuando antes podrían haber buscado un puesto más seguro y estable.

–¿El trabajo asalariado y el estado de bienestar seguirán siendo centrales, o deberían dejar de serlo en favor de otras formas de trabajo y protección social?

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–Bajo el capitalismo hay que trabajar para ganar dinero. El trabajo remunerado sigue siendo central por eso. Mi trabajo político se centra en cómo maximizar el tiempo libre, cómo permitir que individuos de todos los géneros, clases, razas, ciudadanías y estatus tengan más tiempo libre. Mi proyecto político es anti-trabajo y se posiciona contra la idea de que el trabajo sea una necesidad a la cual debemos dedicar nuestras vidas. El tiempo libre es la base de la libertad. Cuando estás en el trabajo no sos libre: un jefe o un gerente te dicen lo que debés hacer, a dónde ir y a qué ritmo hacerlo. Más recientemente son las máquinas quienes te lo dicen. No sos libre en el trabajo. Hay algunos casos en los que un trabajador puede ser relativamente libre, pero estamos hablando por ejemplo de directores ejecutivos, quienes aún en sus posiciones deben seguir los mandatos del mercado y maximizar las ganancias de los accionistas. No pueden actuar libremente. Así que, para mí, el trabajo es esencialmente un espacio carente de libertad y, como alguien que cree en la libertad –la verdadera– , eso significa que lo que debemos hacer es reducir la cantidad de trabajo que se requiere en la sociedad. Hay muchas formas diferentes de lograrlo. La pregunta central para mi es cómo podemos aprovechar todas las fantásticas tecnologías que tenemos disponibles para maximizar la libertad de todos. 

–El trabajo no remunerado como el de cuidados es valorizable. ¿Cuál es su horizonte? ¿Hay emancipación social ahí o solo es una forma de correr los límites del tiempo libre?

–El trabajo no remunerado tradicionalmente ha sido todas las cosas que se hacen en el hogar: cocinar, limpiar, cuidar a otros. Puede observarse el carácter laboral de este tipo de trabajo porque si sos lo suficientemente rico, pagás a otras personas para que lo hagan. Contratás a una persona que limpie, contratás a un chef que cocine para vos, contratás a niñeras para que cuiden a tus hijos. Para la gran mayoría de los humanos, este es un trabajo no remunerado. Lo que lo hace complicado de definir es que muchas veces se hace desde un sentido de responsabilidad, deber o amor. No puedo observar claramente una falta de libertad cuando me toca cuidar a mis hijos, ya que fui yo quien decidió tenerlos. Es un trabajo, pero al mismo tiempo es una elección libre. Tomé la decisión de tener hijos sabiendo muy bien que tendría que cuidarlos al menos durante los siguientes 18 años de mi vida. Es bastante difícil trazar los límites entre la libertad y la maximización del tiempo libre cuando analizamos el trabajo no remunerado. 

Cuando analizamos los estudios que preguntan a las personas cuánto tiempo pasan haciendo tareas de la casa, la respuesta no ha cambiado en el último siglo. La cantidad promedio de tiempo que pasábamos haciendo tareas de la casa sigue siendo aproximadamente unas 24 horas semanales, lo cual es bastante particular teniendo en cuenta todos los cambios demográficos, sociales, económicos y tecnológicos que hemos vivido en el último siglo. Esto es un claro desafío para mi proyecto político: ¿cómo reducimos este trabajo que se hace en casa para maximizar el tiempo libre? El libro Después del trabajo que escribí con Helen Hester se basa precisamente en esta pregunta.

–En el trabajo pago, ¿identificás nuevas formas de libertad o tecnologías que puedan hacer retroceder esa sujeción? Por ejemplo, interrupción de la jornada, descansos, tiempo libre. ¿Y en el trabajo no pago?

–A nivel tecnológico esta pregunta es bastante interesante. Creo que es uno de los mayores desafíos a nivel mundial. Desde la década de 1970 en adelante hemos tenido un crecimiento decreciente de la productividad en la mayor parte del mundo. El crecimiento de la productividad se mide observando cuánto usamos la tecnología para aumentar la producción sin aumentar los insumos laborales. Y viene disminuyendo. A pesar de sentir que estamos viviendo un cambio tecnológico rápido y que la automatización pareciera ser inminente en todos los trabajos, está sucediendo lo contrario. No estamos viendo cambios dramáticos en términos de automatización. Cuando vamos al trabajo no remunerado sucede un fenómeno similar. Seguimos haciendo prácticamente la misma cantidad de trabajo en el hogar a pesar de que haya tenido lugar lo que la historiadora feminista Ruth Cowan llamó la “industrialización del hogar”: en el mundo occidental se han introducido todas estas nuevas tecnologías del hogar como redes de gas y de agua, lavadoras y secadoras, aspiradoras y congeladores con el objetivo reducir la cantidad de trabajo realizado en el hogar. Pero no lo hizo.

Nick Srnicek junto a Helen Hester, autores de Después del trabajo (Caja Negra)

–En el libro Capitalismo de plataformas veía con escepticismo la posibilidad de regular las plataformas y abogaba por alternativas tales como las plataformas en cooperativa. La OIT comenzó un proceso de debate sobre la regulación del trabajo en plataformas, la UE dio algunos pasos en este sentido, incluso en la regulación de la IA. ¿Tiene alguna expectativa sobre este proceso?

–Sigo siendo bastante escéptico sobre las regulaciones en torno a las leyes antimonopolio, las grandes tecnológicas y su poder. Si se observan las leyes de la Unión Europea de Mercado Digital, de Servicios Digitales o la ley de IA así como los diversos esfuerzos legislativos dentro de los EE. UU., los elementos centrales de estas propuestas son controlar el peor comportamiento de las grandes tecnológicas. Simplemente se les dice que no pueden comportarse de alguna manera en particular, pero tienen la misma concentración y poder que antes. El otro enfoque es el de promover la competencia. El problema es que en la economía digital no se pueden resolver muchos problemas simplemente aumentando la competencia, por ejemplo, en términos de la privacidad y las violaciones de datos. Las grandes tecnológicas que dominan la economía digital tienen los mejores equipos para mantener la privacidad y evitar que los piratas informáticos accedan a tu cuenta de Facebook. En cambio, los pequeños emprendimientos individuales que surgen no tienen la misma capacidad para proteger la privacidad. Muchos de los problemas más acuciantes tienen más que ver con la competencia por los datos, la publicidad digital y la atención de los usuarios. Para mí, las regulaciones antimonopolio no llegan al corazón de la cuestión, que son las grandes tecnológicas. Hay una posible excepción para esto, que es el caso de la demanda por monopolio ilegal a Google resuelto por un juez federal de Estados Unidos este mes. Dividir una gran empresa tecnológica sería un gran paso e iría más allá de los enfoques regulatorios que hemos visto hasta ahora.

La otra cara de esto tiene que ver con la regulación laboral. Para mí, la definición más simple, aunque políticamente difícil de lograr, es que los trabajadores de plataforma son empleados y no contratistas independientes. No son personas que trabajan por su cuenta, sino personas que deberían estar empleadas junto con todas las responsabilidades y derechos de los empleados. Probablemente haya algunas excepciones a eso, pero debería ser responsabilidad de las empresas demostrarlo legalmente, en lugar de lo que sucede ahora, que los trabajadores tienen que llevar el caso a los tribunales para que estos decidan si en realidad son empleados. Debería ser al revés, debería suponerse desde el principio que son empleados. Eso no existe en ningún lugar del mundo todavía, pero creo que es la dirección hacia donde deberíamos ir.

–¿Ve una suerte de competencia hacia el interior de las izquierdas entre las propuestas que buscan distribuir mejor la seguridad social y las alternativas como la renta básica universal (RBU)? ¿Cuál es la mejor vía de financiación de la RBU?

–Creo que hay cierta tensión entre los dos enfoques en relación a dónde dirigir los recursos estratégicos dentro de la izquierda. ¿Dedicamos nuestro tiempo como movimiento a impulsar mejores condiciones laborales en el lugar de trabajo o utilizamos esos recursos para luchar por algo como la RBU? Creo que hay una tensión en términos de recursos estratégicos, pero, en la práctica, no creo que ambos tengan que estar en tensión. Podemos tener ambas al mismo tiempo: RBU y también el fortalecimiento de los estados de bienestar tradicionales tal como los conocemos. En términos operativos pueden coexistir felizmente y creo que deberían hacerlo.

Para mí, parte de la tensión sobre dónde poner los recursos en la izquierda se resuelve en el contexto de cada movimiento y según en dónde resida el poder dentro de cada país, región, provincia o ciudad. La respuesta a esa pregunta no va a ser la misma en todo el mundo. La capacidad del Reino Unido para realizar una RBU es muy diferente a la de Argentina. No hay una respuesta que sea universal. 

Para mí, la pregunta estratégica fundamental siempre es cómo aumentamos el poder de las clases trabajadoras, y eso se puede hacer de distintas maneras. Se puede hacer con la RBU, lo que implica que el trabajador ya no esté en deuda con un empleador ni con el mercado laboral. Eso aumenta el poder de las clases trabajadoras. Por ejemplo, la atención médica universal en los EE. UU. aumentaría el poder de las clases trabajadoras porque ya no tendrían que obtener su seguro médico a través del empleador. Para mí, el objetivo final es un mundo en el que se minimice el trabajo necesario. No que se lo elimine por completo, creo que eso no es posible. Pero sí un mundo en el cual, como decía John Manyard Keynes, trabajemos 15 horas a la semana y pasemos el resto del tiempo haciendo lo que nos gusta. Eso me parece eminentemente alcanzable y es algo a lo que deberíamos aspirar e intentar hacer realidad al menos en este siglo.

–En Argentina quizás se haya combinado un cóctel libertario: precariedad laboral, debilitamiento de la seguridad social, libertad personal e individualismo, y un extremismo monetarista. Es un cóctel perfecto para el conservadurismo, que goza de mayor popularidad. Las izquierdas están en jaque, ¿la racionalidad del estado de bienestar se percibe como opresiva?

–Para mí, uno de los hechos fundamentales del momento actual a nivel mundial es la disminución del crecimiento económico, combinado con una disminución del crecimiento de la productividad. Esto significa que la torta económica global no está creciendo tan rápidamente, por lo que la capacidad de hacer crecer la economía global y redistribuir de manera equitativa es cada vez más difícil de lograr. Esto solo sucedió en el mundo occidental reciente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo un tipo de crecimiento capitalista en donde los trabajadores vieron mejorar su nivel de vida. Ahora no tenemos eso. Lo que está sucediendo en el Reino Unido, en Estados Unidos, en Europa, y entiendo que también en Argentina, es que la izquierda tradicional, sea la izquierda laborista, la izquierda demócrata o la izquierda peronista en Argentina tienen un discurso que no puede convivir con la disminución del crecimiento económico. No es un problema a nivel de país, es un problema global. Si tu ideología no puede convivir con la realidad económica terminará por frustrarse. Y la centroderecha tampoco puede ofrecer una alternativa. 

–Pero hay alternativas más populares que otras. 

–El enfoque neoliberal sí puede ofrecer una alternativa. Por eso vemos el surgimiento de gente desilusionada con las fuerzas tradicionales de izquierda y derecha de la mano de Donald Trump, de Javier Milei y de Liz Truss en el Reino Unido. Los partidos políticos tradicionales tienen que responder a los problemas de declive del crecimiento económico y sus nuevos desafíos. La extrema derecha está ofreciendo respuestas, no soluciones. Ellos dicen “culpen a este grupo de personas y nosotros haremos estas cosas radicales”. Y eso da una respuesta. No es una solución, porque no creo de ninguna manera que vaya a funcionar. Pero le da a la gente una sensación de cambio: “lo anterior no ha funcionado, son todos corruptos, vayamos por esta alternativa”. No es que las poblaciones se hayan vuelto de extrema derecha, sino que están interesadas en las narrativas que prometen una respuesta. Esto está sucediendo en todo el mundo. La izquierda tiene que construir una narrativa alternativa para salir del enfoque de extrema derecha.

Abogado laboralista especializado en Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social por la UBA. Actualmente es investigador del CETyD, de IDAES-UNSAM y de Fundar. Es asesor sindical, divulgador y especialista en temas de trabajo y cambio tecnológico.

Soy politóloga (UTDT) y docente en la misma universidad. Trabajé en el sector privado como consultora de riesgo político, en el sector público como asesora en la Secretaría de Asuntos Estratégicos y en el Ministerio de Trabajo y en organismos internacionales como consultora en proyectos para el BID y la CAF.