Nada nuevo: Milei reinventa la rueda, pero pedalea en el aire
El presidente acaba de escribir un nuevo paper que, sin saberlo, redescubre conceptos básicos de la teoría del desarrollo. Mientras, en nuestro país crecen la informalidad y el subempleo, lo que sugiere que nos movemos en el sentido contrario al que deberíamos.
El argumento central del paper es más viejo que la escarapela. Ideas muy parecidas se discutían en los años 50 y 60 por la teoría del desarrollo económico. Pensá que en esa época muchos países dejaron de ser colonias y se independizaron. Era lógico que la teoría se preguntara por las posibilidades de estas economías de alcanzar a las más ricas del planeta. Muchas, además, estaban creciendo bastante rápido.
La idea central es que el camino al desarrollo es un campo minado y el resultado no está definido de antemano: una misma economía puede mantenerse pobre o estancada, o encarar un proceso de transformación impresionante que modernice el país. Todo depende.
¿De qué depende? De la combinación de tres cosas: 1) actividades productivas con mucho margen para aumentar la productividad; 2) un excedente importante de mano de obra potencialmente empleable; y 3) algo que dé rienda suelta al proceso de crecimiento, el cual no arranca automáticamente ni por arte de magia.
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El paper no es muy específico sobre los detalles porque usa un modelo matemático muy complejo, pero circula una nota en donde Milei y Reidel mencionan cuestiones que serían las que impulsan la economía, o mejor dicho que impiden el despegue. Concretamente, “regulación” o la “cultura del trabajo”, agregando a lo primero “exceso de…” y a lo segundo “falta de…”. Hasta acá nada raro.
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SumateRedescubriendo la rueda (o de cómo refundar Caracas)
Sin saberlo, nuestro presidente redescubrió la teoría del desarrollo económico. Desde por lo menos los años 50 se utilizan premisas muy similares a las del dúo Milei-Reidel, con una diferencia destacable: los autores originales representaban al universo de los trabajadores de una economía atrasada de una forma mucho más cruda.
Esto que sigue te va a sonar muy familiar si seguís la coyuntura argentina y en particular Rollover. La mano de obra no está haciendo la plancha cuando no hay empleo. Como hay que comer igual aunque no haya laburo, los trabajadores tienen una vida complicada y se tienen que ganar el mango como sea. Hablamos del autoempleo, hoy representado, por ejemplo, por quienes trabajan para las aplicaciones de delivery.
Qué tan grande es este conjunto de trabajadores autoempleados es lo que distingue a las economías de bajos ingresos de las economías de altos ingresos. Cuanto más chico sea ese universo, más avanzado suele ser un país. Pasar de una situación en donde hay un enorme número de compatriotas haciendo changas, a otra en donde aumenta el empleo de calidad, es más o menos lo que implica desarrollarse. Incrementar el autoempleo y la informalidad es lo opuesto.
La razón es sencilla. Si movés un trabajador desde un sector de menor productividad a uno de mayor, la rueda se mueve. O sea, si Rubén o Elsa dejan de pedalear o vender comida en la calle y consiguen un empleo en donde tienen máquinas y tecnología de punta para armar iPhone, la productividad de la economía aumenta.
No sólo porque ahora están empleados en actividades de muy alto valor agregado, sino porque también sus excolegas informales pueden hacer el mismo trabajo que ellos hacían, más el que dejaron de hacer Rubén y Elsa. De más está decir que si crece el número de choferes, porque nace mucha gente o porque se destruye empleo formal de calidad, la productividad baja, exactamente al revés que en el caso anterior.
Mi honra está en juego y de aquí no me muevo (…si me muevo)
En una economía pobre con muchos trabajadores autoempleados, son tantas las ganas de laburar por un poco más que el pancho y la coca, que lo que ocurre es que las empresas son hiper rentables. Los empresarios pueden invertir sin necesidad de pagar salarios muy altos.
Si los empresarios ponen el mango, el resultado es una economía que ahorra e invierte a lo pavote y crece a las famosas “tasas chinas” (del orden del 8-9% anual, por decir un número). El excedente de mano de obra autoempleada se va a ir progresivamente agotando, quizás en un período de varias décadas, y entonces los salarios van a empezar a subir. Eventualmente, las empresas dejarán de ganar tanta plata, quizás porque los trabajadores logran organizarse y presionar, y el crecimiento probablemente se ralentice un poco. Felicitaciones a este país, acaba de dar pasos muy importantes hacia el desarrollo.
Te doy un caso concreto. China, por ejemplo, era hasta hace no mucho tiempo una economía en donde el grueso de su población se autoempleaba en el sector rural y pagaba salarios bajísimos (que de hecho se denominaban “salarios chinos” hace poco). Hoy es la potencia industrial por excelencia.
En nuestra región, Brasil y México crecieron muy fuerte durante varias décadas, aprovechando la cantidad enorme de trabajadores en similares condiciones. Pero a diferencia de lo que ocurrió en el sudeste y el sur de Asia, no lograron completar su transición. Nuestro país nunca tuvo un excedente demasiado grande de mano de obra y la tuvimos que importar (así vinieron muchos de nuestros abuelos). Por eso, ya bastante temprano en el siglo XX teníamos una sociedad muy integrada, con un mercado laboral muy pujante y niveles de vida similares o superiores a los europeos.
Las preguntas que el adelantado no se adelantó
Lo que no te expliqué es cómo hizo China para desarrollarse. Lamentablemente, los economistas no tenemos “la” respuesta. Es decir, no tenemos una respuesta simple o, si tengo que ser honesto, la verdad es que los economistas no terminamos de ponernos de acuerdo. Si así fuera, ya habríamos resuelto el tema que nos deja sin dormir desde la época de Adam Smith (¿por qué hay países ricos y países pobres?).
El paper presidencial atribuye nuestros problemas para desarrollarnos al exceso de regulaciones y a que los trabajadores sean todos vagos, estimulados por una política pública muy concesiva.
No creo que sea eso. Hay cosas que nos faltan que explican mucho mejor nuestros problemas. Sólo por mencionar algunos ítems como la inversión pública (que es un factor poderoso para catalizar inversión privada), una política industrial o productiva efectiva (que selecciona sectores con potencial, asignando premios y castigos), o una saludable expansión del mercado interno (que le da salida a los productos que puede producir el sector en donde la productividad tiene espacio para crecer e incorporar trabajadores).
Es más, el debate ni siquiera se agota en el tradicional “defensores del mercado” vs. “defensores de la intervención estatal”, que es el solteros contra casados de la economía. La lista excede incluso a cuestiones que generalmente toca nuestra profesión. Te puedo mencionar, por ejemplo, elementos de geopolítica: cuando una potencia invierte fuerte en tu territorio porque otra potencia enemiga queda justo al lado; la geografía o el clima, porque te definen la dotación de recursos naturales; o incluso la suerte, ya que si tu vecino hace una mala política tal vez todas las empresas se mueven a tu territorio.
Al margen de discutir cómo el presidente caracteriza los procesos de desarrollo y qué fuerzas los impulsan, hay una cuestión que flota en el aire y es hacia dónde va la Argentina. ¿Está nuestro país realmente en un sendero de desarrollo?
No seamos ingenuos y leamos entre líneas: lo que pretende afirmar Milei es que la Argentina al fin está despegando. Pienso que si miramos lo que está pasando con el empleo, en particular el empleo formal, creo que la respuesta es claramente otra.
Porque si un país que avanza es aquel que mueve trabajadores hacia sectores de punta y reduce los bolsones de informalidad y pobreza, un país que va en la dirección contraria es aquel en donde cada vez es más difícil llegar a fin de mes y el trabajo de calidad no abunda, a pesar de Vaca Muerta.