Mauricio Kartun: la biblioteca como portal a otros tiempos

El dramaturgo, director y docente, uno de los más consagrados de la escena teatral argentina, muestra sus libros y su obsesión por recuperarlos.

Este mes visité una biblioteca que me intrigaba muchísimo. La del dramaturgo, director y docente Mauricio Kartun, uno de los más interesantes y consagrados de la escena teatral argentina. Y uno de los más activos también, porque en este momento tiene dos obras en cartel (Baco Polaco y La Vis Cómica) y está por dictar nuevamente su seminario intensivo de tres encuentros llamado Dramaturgia de emergencia. Ya me habían advertido que Mauricio no usa teléfono celular, así que coordinamos la cita con ágiles mails y nos encontramos en su departamento del barrio de Villa Crespo, una de las primeras mañanas frescas del otoño en Buenos Aires. 

Pasar por la puerta de su casa es como atravesar un portal en el que el tiempo no se mide con la aceleración cotidiana. Es que en sus estantes los libros y los objetos nos llevan a otras épocas, nos remiten a un pasado que nos interpela con tenacidad. Esa sensación me acompañó durante toda la visita y me transmitió cierto alivio. A la vez, no me alcanzaban los ojos para detenerme en tantos detalles. 

Su biblioteca está distribuida en varios ambientes de la casa, pero nos quedamos en la del living, que es enorme y está dividida en distintos muebles que se continúan alegremente en pilas de libros sobre varias mesas. Los estantes rebosan también de máscaras, muñecos, carteles, esculturas de madera (realizadas por él mismo), carpetas, muchísimos premios, y hasta una colección de estatuillas de ¡ciegos tocando el acordeón!, con las que se obsesionó un tiempo y buscó por toda Latinoamérica. Empezamos conversando en los sillones sobre su formación lectora a lo largo del tiempo, y después nos levantamos para ver de cerca algunos ejemplares en particular.

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–¿Cómo empezó tu recorrido como lector? ¿Cuáles fueron las primeras bibliotecas de las que sacaste libros? 

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

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Cualquiera que mire los rincones de mi casa se va a dar cuenta de que soy un juntador compulsivo, no solamente de cosas que compro, sino de cosas que encuentro en general, pero también de cosas que viví. Conservo por ejemplo la biblioteca infantil original de mi infancia, la tengo en mi estudio, aquí a cinco cuadras. Pero digamos que tuve dos grandes fuentes de las que me vienen los libros. Por un lado, la generosidad de mis viejos, que no habían terminado el colegio primario, pero como clásica familia de inmigrantes tenían expectativas intelectuales puestas en los hijos. Vivíamos en San Andrés y el único lugar más o menos parecido a una librería era la Mickey, un gran kiosco de barrio en el que se vendía de todo, desde los cuadernos para los colegios, los manuales y también algunos libros. Ese fue el comienzo. Cuando mis viejos se dieron cuenta que yo era más retraído que el resto de los chicos de la cuadra, que jugaba menos al fútbol, y que me interesaba la lectura, me abrieron una cuenta corriente allí. Mi primera formación fue la Mickey. Iba ahí y cuando aparecía algo nuevo me lo mostraban. Para mi generación fue muy importante la colección Robin Hood en la que se mezclaban autores inefables como Jack London con Verne, con Salgari. Compraba libros, pero también compraba revistas en esa época. Eran momentos de gloria de la historieta argentina. Mi favorita era una revista que se llamaba Misterix. Con el tiempo terminé escribiendo una obra que se llama Chau, Misterix que de alguna manera retoma cierto espíritu de la identificación que los pibes hacen con los personajes. Todavía tengo una cantidad grande de esas revistas también. 

Por otro lado, tenía unos tíos que vivían muy cerca de casa. Los visitaba mucho porque jugaba con mis primos, que eran de mi edad, y ellos tenían una biblioteca más seria. Allí, por ejemplo, conocí dos autores que fueron dos grandes palazos en la cabeza en la adolescencia: Quiroga y Arlt. Y digo “palazos en la cabeza” y creeme que no es una imagen exagerada. Fueron los primeros con los que tuve la sensación de que había ahí algo que me conmovía, me perturbaba, y que iba más allá de mi edad y de lo que podía entender en ese momento. 

–Y eran libros que estaban escritos originalmente en tu lengua también, ¿no? Porque las obras de la colección Robin Hood eran traducciones. Ese palazo parece el cross a la mandíbula del que hablaba Arlt, justamente. ¿Cuál de sus libros te pegó así? 

El juguete rabioso. Quedé obsesionado con el tema de los ladrones. ¡Fantaseé incluso con ser ladrón! En mi barrio, en ese momento, se robaban muchas motonetas que la gente dejaba en la vereda y había rateros de repuestos. Fantaseé con robar repuestos. Me fui identificando. 

–¿Y cuándo empezaste a elegir vos qué libros comprar o leer?

Un tiempo después abrieron en San Martín, el barrio más cercano a mi casa, una librería grande que se llamaba La Dante Alighieri y allí sí accedí sobre todo a los cuentistas y a los novelistas contemporáneos. Tengo todo Piglia o Cortázar en primeras ediciones. Llegué a tener una deuda muy grande con la librería, porque compraba mucho más de lo que podía pagar, pero fueron muy generosos conmigo. Y en esa librería, además, viví otra situación mítica. El dueño se llamaba Tito Gurvanov, y un día me dijo: “Vos escribís, ¿no?”, “Sí”, “Bueno, mirá, hay un concurso de cuentos de la revista Hoy en la Cultura. ¿Por qué no te presentás?”. Y fue el primer concurso de cuentos al que me presenté y gané. 

–¿Cuántos años tenías ahí, más o menos? 

Podemos calcularlo rápido porque tengo todavía la plaquita que me dieron acá. [Se levanta y va a buscar a la vitrina una cajita pequeña con una placa adentro] Es del 67, y yo soy del 46, así que tenía 21 años. Muy precoz. Ese premio implicó una serie de coincidencias felices. Yo digo que a veces la vida se organiza en contra y a veces a favor, y en mi caso tuve una vida organizada muy a favor de mi oficio. Porque yo a los 21 todavía estaba en la secundaria, fui un alumno repetidor de tres años. No la abandonaba para no poner en estado de angustia a mi madre, que me decía “la tenés que terminar. Y cuando la termines, podés hacer lo que quieras”. Cuando gané ese premio ya había muerto mi padre y yo trabajaba en un puesto del Mercado del Abasto que heredé de él. Me levantaba a las dos de la mañana para vender papa por mayor, entonces era complicado escribir. Pero las cosas se alinearon muy bien, porque tenía una novia que, muy al estilo de la época, estudiaba dactilografía y taquigrafía. Entonces ella, en un gesto muy amoroso, pasó el cuento de mi cuaderno en limpio, y así como estaba lo presenté y gané. Y funcionó internamente como una especie de mecanismo de prensa, porque me transformé muy rápidamente en “el que escribe”. Creo que mis profesores sospecharon… Si hubiera existido la inteligencia artificial en ese momento, hubieran apostado a que lo había escrito con el Chat GPT, porque era impensable que un alumno repetidor tuviera esas condiciones. Y eso fue el gran impulso. 

–¿Y qué caminos te abrió la lectura?

En el momento en que me formé como lector, no había otra posibilidad que conocer el mundo que no fuera a través de la literatura u otro tipo de escrituras. Hoy conocer el mundo es más sencillo, hay posibilidades virtuales de hacerlo incluso sin salir de casa. Soy un lector que cree en los libros escalera. Conocí el mundo –y no me refiero a la geografía únicamente– con los libros. Tenía instalado un mecanismo de lectura natural: yo vivía en San Martín, pero la cultura estaba en el centro, entonces había que tomarse el tren o el 57 y viajar 45 minutos hasta ahí. Todo ese tiempo en el transporte fue de lectura obligada durante muchos años. 

–Y cuando llegabas al centro, me imagino que te encontrabas con las librerías de la calle Corrientes. ¿Eras habitué?

Sí, claro, compraba lo que podía. Era muy lindo que pusieran en las primeras páginas del libro el sello de cada librería. Tenía poca plata, así que buscaba mucho en mesas de saldo y… se sustraía mucho. Era fácil.

–¡Ahí apareció el ladrón de Arlt!

Claro, jeje, el ladrón de libros. Es que merodeaba librerías continuamente. Pero también sucedía que uno se encariñaba con algunos vendedores o con algunos dueños de librerías y esas quedaban fuera de juego, a salvaguarda de cualquier saqueo. 

–Veo en los estantes que tus libros son de distintas épocas. ¿Las librerías siempre fueron los lugares de hallazgo? ¿O tus libros tienen también otras proveniencias?

Si voy desde el presente hacia atrás, te diría con una mezcla de dolor y alegría que muchos de mis libros fueron encontrados. La gente tira libros a la calle y yo los levanto sin parar. La última pila que recogí la traje caminando desde Santa Fe y Malabia. Habían tirado unos libros preciosos y no podía dejarlos ahí. Soy comprador de chucherías, sobre todo de fotografía antigua. Recorro algunas ferias, y en las ferias siempre encontrás libros. Es imposible que algún libro no te tiente. Si no te tienta por el contenido, te tienta por el precio. Así que diría que llegaron de librerías, ferias y de las manos de muchos amigos que alimentan la pasión malsana. Saben que me gustan los libros viejos. Te doy un ejemplo. Yo tengo una casa en la costa, y en enero, en un volquete, encontré libros tirados justo enfrente. Habían vendido una vieja casa familiar porque los dueños habían muerto, y de ese volquete recuperé lo que pude. De repente apareció uno de los nuevos dueños, y me dijo: “Esto que tiraron los albañiles no es nada. Si quiere pase y le muestro la biblioteca. No sé qué voy a hacer con tantos libros”. Así que quedamos para el día siguiente y era, cómo te puedo decir, una mezcla rarísima de cosas. Me ofrecí para hacer de nexo con la biblioteca de Pinamar y llevamos varias cajas para donar. Pero separé quince o veinte libros que me interesaban mucho. A mí me apasiona encontrar viejas ediciones, pero no por la cuestión bibliográfica. Si bien tengo ahí separados algunos libros que sé que valen buena guita, lo que me interesa es más que nada recuperar cosas inconseguibles o traducciones de autores que por alguna razón me interesan y ya no son reeditables para el mercado. 

–Se nota que vos procesás mucho lo que leés, ¿no? Como que el libro es el insumo básico por el cual te sentás a pensar y escribir. 

Sí, definitivamente sí. Y voy a quedar toda la semana agradecido de que hayan venido a hacer esta nota, porque aproveché y más temprano organicé un poco aquel sector de libros del escritorio que era un caos. Había papeles, papelitos, papeluchos, cosas inservibles. Y por supuesto, cuando empecé a revolver la pila, encontré cosas que hace rato estaba buscando, libros que había separado para leer. Porque aunque no parezca, tengo un orden. 

–Eso te iba a preguntar. ¿Cómo están ordenadas estas y tus otras bibliotecas? 

A ver, esto que ves acá a la derecha es todo teatro o material que por alguna razón es detonador de escritura. Estos libros sobre la mesa ratona son los que llegaron o recuperé, que empecé a leer y que los dejo porque están en proceso. Cada tanto agarro uno, lo leo, lo dejo. Cuando lo termino, va al estante. Todos estos otros de la mesa son libros que por alguna razón me interesan. Hay momentos que por la escritura de una obra sé que aquí los tengo, y los vengo a buscar. Aquello de más allá es todo teatro también, más carpetas mías. La biblioteca de aquí a la vuelta tiene algunos autores que me gustan, algunos clásicos, y en la parte de abajo hay libros sobre dos temas que me interesan: los títeres y la dirección teatral. Y en esta otra está todo lo relacionado con creatividad, y hay mucho material que uso o usé para dar clase. En esta, acá a la izquierda, abajo, hay libros sobre anarquismo, que es un tema que me interesa muy especialmente.

–¿Y la literatura la tenés en el estudio? 

No, la literatura la tengo en lo que era la habitación de mi hijo Julián. Apenas se fue, ocupamos su habitación como un territorio recuperado. ¡Qué lindo es cuando se van los hijos y te dejan todas las paredes liberadas para más bibliotecas! Es infotografiable porque además la uso para guardar las valijas… 

–¿En qué momento descubriste que te interesaba el teatro como tema de investigación? Más allá de como práctica profesional, que lo has contado más veces. Cuando empecé a escribir teatro, tenía muy pocos libros de teatro, y no disfrutaba de su lectura. Leía y era como, no sé, comer papas sin sal. Yo decía: “Es alimento”, pero me parecía soso, faltaba la representación. Era un lector muy goloso de narrativa. Pero me di cuenta que necesitaba leer teatro, entonces fui picando, fui tomando cosas de aquí y de allá, hasta que descubrí la teoría teatral. Y lejos de lo que se piensa, la teoría no está antes que el aprendizaje. Creo que primero está el aprendizaje, y luego la teoría aparece como un lugar al que uno va a reafirmar o a profundizar. Hay que tener un conocimiento general para poder acceder después a la teoría. Cuando descubrí la teoría me puse a estudiar, organicé mi formación. Encontraba un tema que me interesaba y saqueaba a todos los autores que habían escrito sobre eso. Y cuando empecé a dar clases tenía la sensación de saber poco, entonces leía y preparaba todo como loco.

–Eras un maestro inseguro. 

Sí, un maestro inseguro. Y ahora soy una especie de pastor de la dramaturgia: a todos mis alumnos lo impulso a que den clases. Siempre les digo lo mismo: que hay que aceptar que en una clase uno sabe una parte, y la otra va a venir de las preguntas que hagan los alumnos, y eso va a requerir volver a buscar e investigar más a fondo. En ese sentido es clave la biblioteca y el archivo de cada uno. A veces está bien tener un orden, pero también valoro el archivo desordenado en el que vas encontrando senderos no transitados, digamos. De pronto encontrás una cosa y decís “uy, esto no se me hubiera ocurrido”. Los libros escalera, otra vez.

–¿Y no sos de subrayar, de marcar? 

Sí, los libros de teoría o ensayo. Pero el libro que tengo más marcado, y no recuerdo dónde está, es el de Los mitos hebreos de Robert Graves. De allí saqué mucho material para mi obra Terrenal, pero ya lo había leído dos veces antes. Y entonces, cada vez que lo leía, lo marcaba con un resaltador de un color diferente. 

–¡¿Con resaltador?! 

Sí, para los libros con los que realmente trabajo, sí. Es un festín. Otros los marco discretamente. Y me gusta a veces encontrar marcas del pasado. 

–¿Cómo te llevás con los clásicos? 

Los he leído. Releo poco, salvo para algún proyecto. Pero fijate que mi anteúltima obra, La Vis cómica, tiene mucho del universo cervantino. Para escribirla releí absolutamente todo Cervantes. Tengo dos maneras de leer. Una es la manera reposada, donde uno lee, disfruta. Es como comer tranquilo, probar, degustar, disfrutar. Y la otra manera es la ávida, que implica agarrar un libro y leerlo en busca de imagen o de algo que me detone. Como a Cervantes ya lo tenía leído, lo releí con ese criterio: buscando imágenes que me sirvieran para la obra. Y al final no solamente tomé imágenes, sino que también le robé textos: los recorté y los pegué. La semana pasada estuvimos haciendo la obra en Costa Rica y me preguntaban sobre la jerga que tiene. En un momento un personaje dice: “¡Qué taimería putesca!”, y les parecía rara esa construcción. ¡Pero es de Cervantes, no mía! Encontré en él la frase, y me pareció tan bonita que la corté y la usé. Como yo trabajo con lenguajes de época, me sirven mucho los libros justamente para eso. Leo buscando palabras, frases, expresiones, construcciones de otros tiempos. 

–Estos libros de la mesa veo que son más contemporáneos y que muchos están empezados. 

Sí, a este último viaje me llevé Bullet Park de Cheever que me enganchó mucho en el avión y ahora me lo dejo aquí para terminarlo pronto. También estoy leyendo Megafón o la guerra de Marechal. Dejo acá a la vista libros que me están encantando para retomarlos, porque si los guardo en otro lado corren el riesgo de no volver a aparecer. Soy de pellizcarlos, de dejarlos y volver sobre ellos después. Me pasó con Hamnet algo así. Lo venía leyendo, me encantaba, me encantaba, me encantaba y pensaba lo quiero terminar, lo quiero terminar, lo quiero terminar. Pero quedó aquí dando vueltas, oculto en alguna pila. De pronto, apareció la película y la vi. Y me di cuenta de que la cagué. Es mucho mejor el libro. 

Algunos libros tienen un poder mítico, tienen resonancia. No es tanto el contenido literal lo que opera, sino a lo que aluden, lo que construyen metafóricamente, la reasignación de significados que uno le da al relato a través del tiempo. Por eso siempre me parece que las bibliotecas demasiado ordenadas a veces condenan definitivamente a los libros. Te olvidás de ellos, los perdés de vista, van a parar a un estante… Me sirve mucho cierto estado de desorden ordenado. Y también el hacer dos veces por año una recorrida por toda la biblioteca sacando libros para donar. Dono libros que me gustaron pero que no voy a volver a leer, así que no tiene sentido conservarlos. 

–Es una biblioteca depurada, entonces. Queda más condensado lo que permanece. 

Sí, es muy buena imagen. Efectivamente, lo que hago es depurar. Me quedo con aquello que necesito o que sé que voy a releer para hacerle lugar a lo nuevo. Y así evito esa sensación de “no quiero comprar libros porque ya tengo muchos”. Ahí cagaste. ¡Con lo lindo que es comprar libros!

–Veo que tenés varios de ensayo también. Libros bien actuales, sobre problemas del presente.

Sí, tengo como diez de Byung-Chul Han, acá hay de Harari, 24/7 de Jonathan Crary, Paula Sibila, Bauman. Me gusta estar actualizado. 

–Si tuvieras que recomendarle a alguien que no lee algún libro con el cual engancharse, ¿cuál sería?

Hay uno que yo recomiendo mucho, sobre todo para artistas o para personas interesadas en los procesos creativos. Se llama Free Play. La improvisación en la vida y en el arte, de Stephen Nachmanovitch. Es un libro genial para quien quiera reflexionar sobre la improvisación. Cuando fui curador de FIBA, el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires, lo traje para que diera una conferencia. Y gracias a eso se reeditó el libro, porque circulaba mucho en fotocopias. Es de esos libros que uno debería comprar en el supermercado. Tener diez, quince, y regalarlos, regalarlos. Es muy iluminador porque habla de improvisar en términos generales: improvisa el músico, improvisa el actor, y es una buena práctica para transitar por espacios que no nos sirven en busca de lo que sí nos sirve. 

Pero la verdad es que más que un libro, recomendaría una costumbre. Existe una especie de mito que a veces se vuelve muy pesado de que solo hay que comprar libros que uno sabe que va a terminar. Ese mandato de “si empiezo un libro, lo debo terminar” o “no me compro libros porque empecé tres y todavía están ahí sin leer”. Entonces ya eso me creó la sensación de que nunca voy a terminarlos. Es importante entender que a los libros no necesariamente se los termina, de la misma manera en que se puede comer algo extrañamente rico y llegar hasta la mitad del plato. Los libros permanecen, y lo que no nos gusta en una época nos puede gustar un año después. La cabeza hace giros, incorpora nuevos deseos, nuevas necesidades o nuevos conocimientos que nos permiten acceder a un libro. Entonces no hay que preocuparse por eso. Lo terminás si el deseo te lleva y, si no, será un lindo recuerdo. 

–Me parece clave que alguien como vos rodeado de todos estos libros aliente a leer salteado también.

Es que hay que sacarle la connotación académica a leer, hay que sacarle la connotación obligatoria también. Se lee realmente por gusto y picar es clave. A veces descubrís un autor que te gusta y sentís las ganas de ir a buscar más libros suyos. Es importante dejarse llevar. Me parece que la lectura tiene que ver con eso. Naturalmente hace falta tiempo. Hoy el teléfono es proveedor de ficción y es proveedor de muchas cosas que de alguna manera operan como reemplazantes de la literatura. Pero hay algo que uno puede encontrar en el libro que, insisto, son escalones: la posibilidad de transitar la vida ampliándola. Cualquier cosa que te guste podés ampliarla con un libro. A mí me gustan mucho las plantas y de pronto leer sobre plantas, descubrir algo nuevo ahí, me hace disfrutar más de eso. En todos los campos encontrás literatura que te sirve. 

–¿Y les pudiste transmitir estas prácticas lectoras a tus hijos? 

Sí, especialmente a mi hija. Ella está en este momento en Madrid y nos pidió que sacásemos sus cosas de su departamento porteño para alquilarlo. Entonces nos trajimos sus libros y me pasé una tarde disfrutando mucho de ver fundamentalmente dos cosas: sus gustos literarios y algunos libros míos que habían desaparecido de la biblioteca. ¡Por fin descubrí dónde estaban! Y pensaba: “Qué suerte que me manoteó estos libros”, porque entendía perfecto la razón. También me pasa con Julián: voy a su casa y encuentro libros abiertos por todos lados. Él no pintaba como lector de chico, siempre parecía más inquieto por otras cosas, y sin embargo encontró algo en los libros también. 

–¿Leés poesía? ¿Qué rol tuvo en tu vida? ¿Qué relación encontraste entre la dramaturgia y los poemas?

La poesía para mí fue fundamental en varios campos. Al principio tenía cierto prejuicio, como si fuera una zona más cursi, más afectada, de la literatura. Pero eso te pasa hasta que descubrís a tu poeta, a uno que por alguna razón te está hablando. A mí me pasó de una manera curiosa, porque no fue leyendo sino escuchando: conocí a Raúl González Tuñón musicalizado por el Tata Cedrón. Tuñón fue como una especie de hermano de imaginario. A este tipo, hace cincuenta años o sesenta años le gustaban las mismas cosas que me gustan a mí, lo mismo que a mí me conmueve… Y entonces encontré una especie de fuente de inspiración muy grande, tanto es así que hago una especie de performance con el Tata Cedrón en la que él toca y yo leo textos en los que cuento esta historia sobre Tuñón. 

Resulta que corrían los años ochenta, ya habían nacido mis hijos, y yo había dejado de escribir teatro porque había que pagar las expensas. Había asumido con mucha energía un laburo que no tenía nada que ver: vendía electrodos de soldadura eléctrica. Pero estaba muy angustiado. A veces tenía subidones de satisfacción dopamínica cuando concretaba una buena venta, y volvía exultante pensando “qué bien que me fue”, pero era una sensación engañosa. En esa época manejaba mucho, hacía repartos, y hay algo que siempre me pasa en la ruta que es que me empiezan a aparecer imágenes. Y yo decía: “No tengo tiempo de escribir… No puedo perder tiempo en ellas”. Y eso me creaba una angustia muy grande. Un día, yendo por la Panamericana –en la época en la que todavía tenía jardines al costado–, había parado el coche en una de esas banquinas con pasto y me había quedado media hora escribiendo algo con la sensación de no saber cuándo iba a tener tiempo de desarrollarlo. Era una especie de imaginario de una obra de teatro. 

Al rato seguí manejando, y paré en lo de un cliente en donde no me compraron nada y no me trataron bien. Cuando me volví a subir y puse en marcha el coche, en un cassette sonaba el Tata Cedrón cantando un poema de González Tuñón que se llama “La cerveza del pescador de Schiltigheim”, que sin duda es mi poesía preferida. Ese poema es mi I-Ching. Y lo digo en el sentido más específico, porque al I-Ching uno le hace una pregunta y te contesta con una metáfora, y yo venía haciéndome preguntas sobre cómo seguir mi vida, qué hacer. Y encontré en ese poema las dos grandes imágenes del futuro. La fundamental: hay que animarse a partir y volver. “Estamos en una encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven”. Y la otra es: para poder decir “estuve”, hay que hacerlo. Hay que animarse a partir y volver. Fue tan fuerte el impacto que esa misma noche reorganicé mi vida. Tomé la decisión de enfrentar mi futuro esa noche.

–¡Qué bueno que haya sido un poema lo que te llevó a transformarte tanto!

Y te voy a decir más. Hace unos dieciocho años, un día, de la nada, recibo una llamada de Leonardo Favio. Su asistente me decía que Leonardo quería hablar conmigo. No lo conocía en persona, pero lo admiraba, así que fui a su estudio y conversamos. Resultó que quería montar una obra mía, estaba apasionado con un texto que ya se había montado, el de Sacco y Vanzetti. Pero el relato viene a esto: él estaba sentado en su escritorio y detrás suyo había un cuadro que yo miraba con cierta sorpresa, hasta que me acerqué a verlo mejor, y era la tapa enmarcada de un libro de una vieja colección infantil. Creo recordar que se trataba de La moneda volvedora, de Constancio C. Vigil, un cuento que yo había leído en mi infancia. Me parecía raro que tuviera enmarcado un libro, así que le pregunté y me dijo: “Es el primer libro que leí. Si no hubiera sido por este libro, no me hubiera dedicado a esto. Yo me dediqué a esto porque leí”. Y entonces me pareció que yo tenía que hacerle un homenaje y enmarcar los versos de “La cerveza del pescador de Schiltigheim” de González Tuñón. Todavía no lo hice, pero muy seguido entro a YouTube y escucho la versión del Tata Cedrón.

–Me encanta que hayamos llegado a Tuñón, porque para terminar yo siempre traigo un libro de regalo, y justo elegí uno de los tomos de La vida en serio, la obra poética completa de Juana Bignozzi, una poeta argentina que se consideraba discípula suya. Me parece que te puede gustar mucho. Este libro acaba de salir y reúne los poemas de su juventud, que eran inconseguibles, y también muchos que nunca se publicaron en libros. 

¡Qué bueno, me encanta! Además los poemas los puedo leer salteados. Es lo que disfruto de la poesía. Abrir el libro y leer poemas sueltos al azar. Muchísimas gracias.

Gracias, Mauricio, por recibirnos.

Nació en Buenos Aires. Es licenciada en Letras por la UBA y trabaja como editora y periodista cultural. Forma parte del equipo de la editorial Caja Negra. Desde 2020 a 2024 escribió el newsletter El Hilo Conductor en Cenital. Fue editora en la revista Los Inrockuptibles, tuvo un ciclo de entrevistas con escritores en el Malba y fue columnista en Futurock. Participa también del podcast Algo Prestado.

Es fotoperiodista y licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA). Desde 2022 colabora con distintos medios y agencias entre los que se destacan Télam, Reuters, DPA, Clarín y Cenital. En 2025 su trabajo obtuvo una mención en el concurso iberoamericano de fotografía PoyLatam.