Mariano Llinás: la biblioteca como proyecto permanente
El director de El Pampero estrena en Venecia su esperada Biografía de Jorge Luis Borges, pero antes nos muestra su fascinante colección de libros.
San Telmo un martes a la mañana es un barrio mucho más apacible que a otras horas del día: están abriendo algunos comercios, la gente sale del subte y se dispersa en distintas direcciones, y nosotras llegamos puntuales a lo de Mariano Llinás, que accedió a recibirnos para hablar de libros. El director de Historias extraordinarias, de La flor y Clorindo Testa, entre varias otras películas de la productora El Pampero, nos baja a abrir la puerta: vive en un primer piso por escalera, en una casa antigua de esas con pinotea y ventanales altos, con su mujer, la actriz y directora Laura Paredes, y su hijo de diez años. También con su perra Nacha, que nos olfatea amigablemente y se queda recostada cerca durante toda la charla.
La biblioteca es indisimulable. Es enorme, altísima, y ocupa la pared del fondo del living. Ahí están sus libros pero también sus adornos y objetos, a una distancia muy cercana del escritorio. Es fácil imaginarse a Llinás sentado ahí escribiendo y manoteando ejemplares de los distintos estantes. Pero quizás todavía no tuvo la oportunidad: se mudó hace pocos meses a esta casa y está a punto de estrenar su Biografía de Jorge Luis Borges en la Mostra de Venecia, una película de cinco horas y media de duración que acomete la vertiginosa y estimulante tarea de retratar, a su manera, la vida del escritor más importante de la Argentina. “Ya te dije cuando me escribiste que tengo dos bibliotecas. Esta y la del estudio, que tiene el doble de libros, quizás, y está mucho más desordenada”, aclara mientras sirve agua en una jarra y nos acomodamos en los sillones. “Esta biblioteca es un proyecto”, dice también.
–¿Cómo es eso?
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Es la primera vez que ordeno una biblioteca. La mandé a fabricar para poner una buena cantidad de libros, pero no sé cuántos hay. A ver, pensemos. Son diez filas por seis columnas: sesenta anaqueles. ¿En cada compartimento cuántos libros habrá? [Se levanta y cuenta los lomos de un estante para hacer la multiplicación]. Treinta libros. Si hacemos 60×30: 1.800 libros. Más los que están acá a los costados: 2.000 libros. Había calculado eso.
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Contestá la encuesta–¿Y cuál es la distinción por la cual algunos están acá y otros en el estudio?
Estos libros son los de primera necesidad, lo cual no es del todo cierto, porque está también ese estante de arriba de todo donde claramente no están los de primera necesidad porque hace falta una escalera alta para llegar hasta ahí. Ahí arriba mandé los tomos de Las mil y una noches de Sopena, y Las mil y una noches de Mardrus, en francés. Esos no los uso. Si tuviera que leerlos, tendría que buscar una escalera y bajarlos. Arriba están entonces las grandes colecciones, otros libros sobre la historia de Francia y de la Revolución. Una decisión muy dura fue pensar qué hacer con los libros de la juventud. No sé si habrás tenido ese problema, pero los libros que compré entre los 16 y los 27 años ya no los leo, y no quise integrarlos a esta biblioteca. Acá hay libros que uso y que tienen que ver con mi vida. Antes me gustaba que estuvieran todos mezclados, pero ahora decidí ordenar.

–¿Y cómo está ordenada internamente entonces?
La idea era que vos pudieras señalarme cualquier libro y yo mirando el lomo ya supiera cuál es. Desde acá lejos incluso. ¿Quieren que hagamos el experimento? Me sirve, a ver si funciona realmente. Decime uno cualquiera.
–Sí, claro, probemos. [Me levanto del sillón. Camino unos metros, voy hasta un estante y señalo uno al azar] A ver, ¿este cuál es?
Fácil. Son los poemas de Kipling.
–Sí, perfecto. Te digo otro: ¿este de acá cuál es?
Ese es… ehhhh… debe ser latino. El que está al lado es de Horacio, ese blanco. Así que ese debe ser el de Julio César.
–¡Sí! Exacto, Las guerras gálicas. Bueno, queda comprobado que funciona.
Sí, funciona el sistema. Todos los libros que hay sé cuáles son. Los tengo bien organizados.

–¿Los ordenaste por temas? Lo pregunto para entender qué tipo de libros tenés.
Es un sistema. Te hago todo el mapa si querés. En el centro, en el corazón, está Borges, porque estuve haciendo la película y los libros de y sobre Borges organizaron un poco la biblioteca de manera radial. Está Borges y yo, el Borges de Bioy, las Obras completas en distintas ediciones. Hacia el costado, digamos, a sotavento, tenés los de Bioy Casares y Silvina Ocampo, y cosas anexas. Arriba hay libros de Oriente, en líneas generales, donde está esa estatuilla del guerrero de jade. Incluye desde la historia de Persia hasta el Corán, el I-Ching. Hacia el oeste, digamos, están los libros de temática gauchesca, acompañados de un dibujo de Brascó, con vocabularios y cosas que uso mucho, como el Diccionario Folklórico de Coluccio. Más hacia abajo están las obras francesas, y vas bajando y hay otros de temática francesa pero no escritos en francés. La parte de abajo de Borges tiene libros sobre surrealismo; de esos, la gran parte son heredados de mi viejo [Julio Llinás, escritor], y la gran mayoría está en el estudio, pero estos son algunos que me sirve tener a mano. Hacia acá está la zona en inglés, que se divide entre Inglaterra y Estados Unidos. Abajo hay una subzona que tiene libros de viaje, y hay un montón, de distintos tipos de viajeros. Y después, para el otro lado, está el anaquel Stevenson: ese es importante porque es el próximo proyecto. Abajo de Stevenson está Hudson y Cunninghame Graham, y más abajo vuelve la hegemonía de Francia. Italia está metida con los latinos. Y ahí donde está el árbol de la vida hay libros de Brasil. De Stevenson hacia arriba hay cuatro anaqueles de cine. Me siento un loco diciendo todo esto y haciendo este análisis…
–No, dale, venís bárbaro.
Veo que funciona. Entonces seguimos: para el costado hay temas folklóricos, de mitología. Más abajo temas norteamericanos, del Oeste, todas cosas con las que yo laburé. Más arriba hay cuestiones de arte en general y dibujo, en dos anaqueles. Ahí donde ves esa máscara con un barbudo hay literatura medieval; allá arriba está lo de Chile, y arriba pero del otro lado hay libros de historia. Esa sección está dividida entre los que son sobre historia de los indios y la conquista del desierto, y los de antropología y prehistoria.
–No mencionaste nada de poesía.
El grueso de la poesía está en el estudio. Y los cómics están en otro cuartito de la casa. Muchos se los fue apropiando mi hijo. Se va llevando algunos tomos de mi colección a su habitación, y se van mezclando.

–¿Y podés mantener el orden de todos estos estantes?
Estoy tratando. El orden no es lo mío, pero por ahora la biblioteca está funcionando. Me esfuerzo, eso sí. Si saco un libro, lo vuelvo a poner en su lugar. Nosotros nos mudamos acá a fines de abril, y en la casa anterior había muchas torres de libros con cosas muy desorganizadas, parecidas a esas que se están armando sobre el escritorio. El fenómeno de las torres lo quiero combatir, pero no es tan fácil.
–¿Y esta otra biblioteca qué tiene?
Es la de mi mujer. Ella quiso separarlas. No es muy rigurosa con el orden de sus libros… Si venís a entrevistarla a ella lo va a tener que confesar. En esta mudanza hubo una gran negociación que hacer con Laura, porque ella impidió que se trasladaran muchas cosas, y las tuve que llevar al estudio, como por ejemplo las revistas National Geographic. “No las leés”, me dice ella. Y es verdad. No tiendo a leerlas, pero qué tiene que ver.
–Mencionaste libros de distintas procedencias. ¿En qué lenguas leés?
Leo en español, en inglés, en francés. Puedo leer en italiano; no lo hago habitualmente, pero compro libros en italiano. Y puedo leer en portugués. En catalán me gustaría leer, pero no compro libros en catalán. En alemán no leo.
–¿Dónde comprás libros?
Ahora estoy comprando menos. En general usados en Mercado Libre. Pero tengo una costumbre: si voy a una librería, algún libro me llevo. No puedo evitarlo, tengo que comprar alguno. Es casi como una superstición. Me parece lo correcto: vas a una librería, te llevás un libro.

–Me dijiste que en tu juventud comprabas muchos libros. ¿Qué recuerdos tenés de ese momento?
Para mí la compra de libros y el hecho de leer fue muy identitario en la segunda mitad de la juventud. Siempre tuve muchos libros, quería tener una biblioteca muy grande. Toda la vida tuve muchos más libros de los que leí. Y uno de los recuerdos más lindos que tengo de la infancia era ir a las librerías de canje. Nosotros veraneábamos en Villa Gesell, donde mis abuelos tenían una casa, y un plan diario era ir a comprar libros y revistas a las librerías de canje. Volvía de las vacaciones con un montón de libros. A los 11 o 12 años ya tenía muchos, y siempre seguí comprando, a veces libros, a veces cómics. Tuve muy clara la voluntad de coleccionar libros. Nunca no existió ese afán en mi vida. También compraba fascículos, muy de otra época. Fascículos de geografía que se pedían en el kiosco de diarios y después se encuadernaban. En un momento hubo que cortar, porque llegaba la cuenta del kiosco de revistas y era terrible.

–Teniendo un padre escritor, que formaba parte de cierta escena literaria y conocía a mucha gente del ambiente, ¿en qué momento empezaste a leer por tu propia cuenta? Por fuera de su tutela o de sus gustos, digamos.
Estás tocando un tema muy sensible. Porque ahora yo soy padre, y estoy muy obsesionado con eso, con que mi hijo empiece a leer por su propia cuenta. Él tiene 10 y ahora está empezando a leer, de a poquito. En mi caso sé que leí solo Las minas del rey Salomón de la editorial Robin Hood, sé que leí muchos de la biblioteca Billiken de Julio Verne, sé que leí las versiones de La vuelta al mundo en ochenta días, pero no puedo recordar si lo hice solo o si me las leyeron. Hay una zona que se mezcla, que se pierde un poco en la noche de los tiempos. Sé que a los 10 años me obsesioné con los monstruos mitológicos y eso hizo que mi viejo me comprara libros de mitología. Y después siempre Asterix y todo eso. Lo fuerte sucedió entre los 10 y los 11 años. A los 11 años ya leía. Mi viejo no me leía mucho, no insistía mucho para que lo hiciera. Y ahora con mi hijo no sé cómo hacer para que leer no sea una cosa de papá. Sé que le compré libros toda la vida. Si ves su biblioteca, es bastante buena…
–A veces cuando visito otras bibliotecas y consulto sobre la transmisión de la lectura, me responden que con ver leer a los adultos, los chicos se van a terminar interesando por la lectura casi por imitación. Pero eso creo que pasaba cuando no había una pantalla compitiendo.
Eso dicen. De todas maneras yo no sé si me siento muy lector.
–¿No? ¿No leés todos los días?
Sí, pero lo que me pasa hace algún tiempo es que leer me genera incomodidad física. Me cansa mucho la vista, tengo que usar anteojos. Es de las cosas que más me gustan, pero si leo toda la tarde después me saco los anteojos y tardo mucho en acomodar la vista. Tengo que pagar un precio físico por leer.
–¿Qué tipo de lector sos?
[Piensa un rato] ¿Hay opciones?
–Me suelen responder tipificando el estilo de lectura: gente que lee salteado, gente más obsesiva que subraya o marca o estudia, gente que lee por placer o por disfrute, otros se dicen adictos a la lectura…
Está bien la pregunta. Yo leo por trabajo. Para mí leer es necesario para mi trabajo. Eso quiere decir que leo cosas que siento que me van a ayudar para escribir lo mío, o para filmar. Son cosas que van a abrir mi imaginación. No leo inocentemente. Todas estas secciones de la biblioteca para mí tienen que ver con propósitos para el cine. Nada es pensando “qué lindo esto”. Tengo un programa de lectura.

–Entonces leés como estímulo para hacer lo propio.
Sí, o estudio incluso. Hay una cosa que no dije: en la biblioteca hay una zona de francés medieval. Es algo que me gusta pero no tengo nunca mucho tiempo para dedicarle a eso. Si pudiera me ocuparía y aprendería más del tema…
–Tenés muy ubicadas tus zonas de curiosidad.
Exactamente. Las tengo muy ubicadas. Este año, por ejemplo, empecé con el tema de los negros en el Río de la Plata. Eso no tiene anaquel, está medio suelto todavía. Pero si llegara a juntar más material, abriría un anaquel de eso. Se abren nuevas zonas. Leo, aprendo. Por placer no leo nunca, pero eso no quiere decir que no obtenga placer leyendo. Más bien lo que me pasa es que siento que tengo muchas zonas de ignorancia. Y no me gusta no saber, entonces trato de aprender por medio de los libros. Para mí tener los libros, aunque no los lea, es como tener control sobre una parte del mundo.
–Aparece tu confianza en la potencia de las ideas que se plasman en los libros. En la tarea intelectual que implica leer e interpretar esos textos. Porque ahora mucha gente en vez de buscar esos saberes en las páginas, pone un video de YouTube en el que le resumen tal o cual tema.
Ojo, yo busco en Wikipedia. Pero de ahí saco las referencias, los nombres, y compro los libros. No necesariamente los leo: los hojeo, los reviso. Tengo una especie de aproximación a lo que compré. Me da seguridad saber que los tengo ahí. Ya leí mucho: no necesito leer todo un libro para entender por dónde va. Tenerlos es una forma encapsulada de la esperanza.
–Al ver los lomos de tu biblioteca ya queda claro que no son libros muy contemporáneos –quizás los más nuevos sean los de los anaqueles de cine–. En una entrevista tuya decías que tu manera de ser contemporáneo era leer libros de los siglos XIX y XX.
Claro, sí. Yo no leo a los contemporáneos. A Selva Almada no la leí. Pero no es un desprecio eh, es que no tengo cómo leerlo. Las cosas más actuales a veces las leo por laburo. Si me llaman para hacer una adaptación, ahí leo. Mantengo la curiosidad abierta. Hay una especie de puerta para que la curiosidad siempre esté.
–¿Sos de regalar libros?
No. La gente no lee los libros que alguien le regala. Ernesto Montequin, por ejemplo, regala libros compulsivamente. Pero creo que es porque compra varios ejemplares para poder regalarlos. Él me regaló todos los de Sivina Ocampo, pero no me enganché mucho con ella. Me gustan algunas cosas, sus primeros libros, pero no soy silvinista. Siento que no prendió tanto, que fue una moda pasajera. Si ahora le preguntás a cualquier mujer lectora qué le gusta, te menciona a Sara Gallardo y no a Silvina Ocampo, me da esa impresión. Ahora todas dicen Aurora Venturini o Sara Gallardo, que prendió como reguero de pólvora.
–¿Y sos de prestar libros?
¡Noooooo! ¡No se prestan libros! ¿Me estás cargando? ¡¿Cómo vas a prestar libros?!

Borges y yo
Nos levantamos de los sillones y nos acercamos especialmente a los anaqueles dedicados a Borges, que están rebosantes de libros de distintas épocas. Primeras ediciones, estudios literarios y críticos, ensayos de aproximación. Es una colección que parece nutrida y valiosa.
–Hablemos un poco de Borges. De tu acercamiento a él como lector de su obra y de la decisión de trabajar sobre él para una película.
Borges ordena mucho, es muy ordenador del gusto literario. Y a la vez es muy lindo pensar en Borges como un gran recomendador de libros. Porque es el principal recomendador de libros de la historia de la literatura. Me acuerdo cuando en la editorial del Malba quisieron hacer con Coetzee lo mismo que con Borges y empezaron a publicar su Biblioteca Personal. Era gracioso, porque era medio obvia: Madame Bovary, El Quijote… ¿Qué tiene de personal esa biblioteca? Borges en cambio tiene unas ideas rarísimas.

–¿Tu primer Borges cuál es?
Leí a Borges en este tomo de las Obras completas, que era de mi viejo. Es bastante raro, porque es la edición de Emecé, pero como él era miembro del Fondo Nacional de las Artes, le tocó este ejemplar numerado y firmado por Georgie. El número 33. Lo empecé a leer por Historia universal de la infamia a los 14 años. Fue un libro muy importante para mí. En esa época leía libros como estos: Pelajes criollos de Emilio Solanet. Lo tengo firmado también. Me sabía todos los tipos de pelaje de los caballos, y me los sigo sabiendo.

–Ves un caballo y sabés qué es.
Sí, pero ahora hay una generación nueva de paisanos que no me respeta porque me ve como un hombre de ciudad. Me pasó algo curioso en una de esas discusiones por Twitter: apareció un Solanet, un economista medio facho, y me criticó. Entonces le respondí: “¿Usted es pariente de don Emilio Solanet?”. “Sí”. “Bueno, escuchemé, don Emilio sabía lo importante que fue el Estado para la raza criolla”. Y no me contestó más… No tuvo ese grado de distinción.
–Volvamos a Borges. Como lector ¿qué preferís de Borges? ¿Qué momento o qué libro?
Históricamente, como todo el mundo, los Textos cautivos y El hacedor.
–Me parece que no todo el mundo elige esos.
Ah, ¡pensaba que sí! A cualquier borgeano lo que más le gusta son esas cosas. Pero haciendo la película me reconcilié con los grandes cuentos, con los de Ficciones sobre todo. Ahora Bioy Casares dejó de estar de moda de nuevo, ¿viste? Tuvo una moda efímera gracias a Fresán, y ahora nadie le da bola. La gente ya no sabe quién es y lo han vuelto a llamar “Casares”.
–Bueno, pero se está por reeditar el Borges de Bioy en dos tomos. ¿Qué opinás de ese libro en particular?
Es buenísimo. Lo banqué siempre, incluso cuando todos se burlaban de él, y lo sigo bancando. Me parece un libro increíble, único en la historia de la literatura, aunque Borges por momentos quede mal parado.
–Me imagino que leíste muchos libros sobre Borges. ¿Qué tipo de aproximación es la que más te interesa?
La mía. [Risas] No sé, qué sé yo. Entiendo que María Ester Vázquez se ha ganado su derecho de escribir sobre Borges. Estela Canto también, ciertamente. Incluso podemos decir que ha ejercido su derecho ampliamente. Leer interpretaciones sobre Borges no es lo mismo. No leí biografías para hacer la biografía. Fue distinto el proceso. Mi película se llama Biografía de Jorge Luis Borges porque es eso: una biografía. En inglés es The Life of Jorge Luis Borges. Lindo título, ¿no? Como la de Samuel Johnson. Dura cinco horas y media. Si querés que te cuente más de la película volvamos a los sillones.
–Dale. Hay muchas maneras de filmar una vida, de aproximarse a los hechos, de destacar algunos y no otros. ¿La tuya cómo es? Sé que es raro preguntarte esto, pero todavía no vi la película.
Es bastante lineal, salvo que empieza en Ginebra. Entonces se va de la muerte a la juventud. Siento que viéndola se arma una comprensión clara de cómo fue la vida de él. No es caótica ni experimental.
–¿Partiste de un archivo?
En 2023 me llamaron porque la colección que pertenecía a la Fundación San Telmo iba a ser transferida a otra fundación en la ciudad de Nueva York. Esa colección era importante: tenía manuscritos, primeras ediciones, cartas e infinidad de artículos periodísticos y misceláneas. También algo muy curioso: el archivo de Elsa Astete Millán, la primera esposa de Borges. Eso no se conocía para nada. Entonces nosotros fuimos a filmar esos materiales, y el momento en que un experto como Ernesto Montequin tomaba contacto con eso. Al ver la manera en que él se relacionaba con los materiales, tuve la intuición de que se podía hacer una biografía de Borges de esa manera, con esa colección. Cuando estábamos en Nueva York, filmamos también otras cosas de la ciudad, y me di cuenta entonces de que podía trabajar a partir de los objetos y de los lugares. A Montequin le pareció bien, así que lo empezamos a acompañar a otras excursiones que él hacía. La persona que originariamente había formado la colección es Nicolás Helft, y lo acompañamos en sus investigaciones también: fuimos a Las Nubes, que es la estancia de Enrique Amorim en Salto. ¿Viste que el cuento “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” termina diciendo “Salto Oriental”? Bueno, fuimos hasta ahí. También rehicimos el famoso viaje de Borges a la frontera entre Uruguay y Brasil, y a partir de ahí empezamos a hacer un montón de excursiones borgeanas. Viajamos a Austin, a Nueva Inglaterra, adonde fue a dar las clases en Cambridge –ahí está el famoso banco donde se encuentra consigo mismo en el cuento en Ginebra–. Fuimos a Islandia. Entonces la película es mitad filmar esos materiales, y mitad el viaje por todos esos lugares. Y hay un poco de digresión también, es justo reconocerlo.
–Me estás dando muchas ganas de verla.
Es una biografía que sale de las cosas. No hay una hipótesis biográfica desde antes. Hay algo muy llamativo, por ejemplo, que es un cuaderno en el que se reconoce la letra de Borges, una letra chiquita. Y mientras pasás las páginas vas viendo que el trazo empieza como a caerse del renglón, a irse de la página. Hasta que en un momento para de escribir. En la página siguiente, ya hay otra letra: la de su madre. ¿Qué pasa? Ahí está la ceguera. Es la transición entre la última página que él escribe, y la primera que ya le dicta a ella. La ceguera se explica así, es impresionante. En el cuaderno ves el pasaje exacto de una a la otra. Es estremecedor. Así es la Biografía. Y es bastante cinematográfica, creo, para estar basada en libros y letras. Vamos a tratar de estrenarla en Argentina antes de fin de año.
–Volvamos a los estantes, ¿te parece? Así me mostrás algunos libros importantes para vos, por el motivo que sea.
Ya te dije que todos estos son importantes, pero dale, vamos a tratar de buscar algunos.

Las Obras Completas de Alfred Jarry en francés, sin dudas. Este es un libro que siempre atesoré. Es importantísimo. Fui llevando los tomos de un lado a otro. Esto era de mi viejo. En este tomo, por ejemplo, está Faustroll. Es glorioso. Una herencia que recibí.

Este libro de magia tiene muy lindas imágenes. Se llama Le miroir de la magique, el espejo de la magia. Lo que me interesa es que a mí me daba mucho miedo hasta de hecho bastante grande. Me daba miedo hasta pasar al lado, me parecía que estaba hechizado. Cuando logré llevarlo a mi casa, sentí que estaba venciendo algo potente. Los dibujos son fabulosos. Aparece en La flor, de hecho. Tiene hasta ritos diabólicos… Tremendo.

Este es un libro que toda la vida perseguí: el Paulino Lucero de Hilario Ascasubi. “Los gauchos del Río de la Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de las Repúblicas Argentina y Oriental del Uruguay”. Esto le encantaba a Borges. Es de 1872. Con esto también me gustaría hacer algo. Los libros importantes son aquellos con los que me gustaría hacer películas.

–Hablemos un poco de Stevenson, que veo que tenés muchísimos libros suyos y dijiste que será tu próximo proyecto.
Es un autor muy central para mí. Este librito, Virginibus Puerisque, por ejemplo, me lo regaló mi amigo José, que sigue siendo muy amigo mío. Me puso en la dedicatoria: “Este librito es mi Biblia”. Y se convirtió un poco en mi Biblia después. Una Biblia pasada de un amigo al otro. Es un libro que es casi una moral para jóvenes. Es importante Stevenson, porque a partir de él quiero hacer una película, o una serie de películas.
–Para ir terminando, siempre pregunto esto: ¿qué le recomendarías a alguien que no lee mucho?
¿Pero por qué no lee? Si no lee, no va a leer. Dejame pensar… Lo que pedís no es fácil. Si leer a esta altura no les resultó algo interesante, ¡que no lean! Bueno, quizás te diría, si saben inglés, que intenten con los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot. No soy especiamente fanático, pero si algo en eso no te gusta, no tiene sentido que leas, porque no te interesa la literatura.
–Te traje dos libritos de regalo para tu biblioteca.
Muchas gracias, ¿a ver? Qué maravilla. ¿Qué son?

–Un perfil sobre Carlos Mastronardi del escritor y traductor argentino Miguel Ángel Petrecca, que pinta a este personaje bastante opaco amigo de Borges y Gombrowicz. Y los Aforismos de Chesterton. Me pareció que te podrían gustar.
¡Oh! Me encantan los dos. Vení, dame un abrazo por el regalo.
Gracias, Mariano, por recibirnos.