Solo no puede

La esperanza que representa el líder del PT, la fortaleza de la derecha y las dificultades para gobernar que enfrentará quien gane el ballotage.

Pocas veces fue tan difícil comenzar a escribir una nota como lo fue esta. Antes de las seis de la tarde, los boca de urna en Brasil parecían indicar una victoria histórica de Lula Da Silva en primera ronda. Cuando recién comenzaba el escrutinio los datos marcaban una diferencia de 8 puntos a favor del presidente Jair Messias Bolsonaro; en ese momento, solo podría haberse escrito una nota notando la impensada fortaleza de la derecha en el país vecino. Como suele suceder en política, a partir de las nueve de la noche la situación se alejó tanto del extremo de la victoria triunfal como de la derrota sin matices para situarse más en el medio: habrá elección de segunda ronda. La victoria de Lula es concluyente: luego de ser injustamente condenado y pasar por una prisión escandalosa, unificó un espacio, logró el 48% de los votos y le sacó más de cuatro puntos de diferencia al presidente en ejercicio. No es poco lo que logró, es muchísimo. Sin embargo, la realidad es que deberá competir en el ballotage.

Lo más probable es que Lula sea vencedor en la segunda ronda. Sin embargo, al señor Seguro se lo llevaron preso no una sino varias veces. Por un lado, existen incertidumbres propiamente electorales. La diferencia de más de 4 puntos entre Lula y Bolsonaro no es una certidumbre matemática; entre la tercera más votada (Simone Tebet) y el cuarto (Ciro Gomes) suman 7 puntos, con lo cual esos votos podrían (en teoría) decidir la elección en una u otra dirección. Pero, además, hay elementos de incertidumbre extra electoral: Bolsonaro amenazó con desconocer el resultado de las elecciones si el mismo no le era favorable, y no queda claro cuál es el apoyo real extra electoral que tendría para hacerlo entre actores como el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, el empresariado, etc. Otra incógnita es cómo evolucionará en estas semanas que faltan hasta la segunda ronda la violencia política, que se evidenció como nunca antes en democracia, con varios casos de simpatizantes de Bolsonaro que agredieron e incluso asesinaron a simpatizantes del PT.

Es posible discutir si la (posible, muy probable) victoria de Lula marca otro caso de giro a la izquierda o si es solo otro caso de victorias de la oposición al margen de las ideologías. Proponentes de la primera tesis señalarán que si gana la presidencia Lula seguirá a Luis Arce en Bolivia, Pedro Castillo en Perú, Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia. Por su parte, proponentes de la segunda señalarán que el liberal Guillermo Lasso está con muchos problemas en Ecuador, que el proyecto constitucional de izquierda chileno fue derrotado brutalmente y que las encuestas hoy lo ponen 20 puntos abajo a Alberto Fernández en Argentina de cara a la elección de 2023.

Ambas hipótesis se tocan en un punto: los gobierno de izquierda o centroizquierda sudamericanos, aun los que llegaron con perspectivas de refundación, están con muchas dificultades para estabilizar esquemas de gobierno exitosos (igual, hay que decirlo, que los de derecha), y están esperando una victoria de Lula como una persona sedienta espera un vaso de agua en un desierto. La expectativa es que un Brasil gobernado otra vez por el político brasileño más gravitante, carismático y trabajador de los últimos 60 años podría erigirse en algo parecido a lo que fue Brasil durante las primeras dos décadas del siglo: no digamos una potencia hegemónica regional, porque no podría serlo, pero sí una voz aglutinante, una figura capaz de negociar con Europa, los Estados Unidos y China defendiendo los intereses regionales con la autoridad implícita de ser un primus inter pares, un árbitro que pueda terciar en conflictos entre segundos países, un ejemplo de creatividad en políticas públicas que se puedan copiar en otros países, como lo fuera la Bolsa Familia. Un modelo, un leading case, un hermano mayor, un líder.

No cabe duda de que una victoria de Lula sería importante para la región. Realmente no es lo mismo para el resto del continente si el presidente es Jair Bolsonaro o Lula Da Silvia; es un país demasiado grande y con demasiados puntos de contacto, que pueden ser de colaboración o de tensión con sus vecinos, para que dé lo mismo. Pero también hay que preguntarse hasta qué punto se le puede pedir a Lula que calme por sí solo los tembladerales regionales.

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Si gana en segunda vuelta, Lula tendrá que enfrentar una economía nacional en situación difícil, una situación mundial de extremada incertidumbre, un bolsonarismo que estará más institucionalizado en el Congreso y en los gobiernos estaduales que nunca antes, y una derecha radical con más redes internacionales que sus pares de izquierda, como lo mostró la foto reciente de Bolsonaro con Trump y los decenas de mensajes de apoyo de sus pares europeos. Otra cuestión problemática será manejar las demandas de aumento inmediato del bienestar tanto material como simbólico por parte de la propia coalición de apoyo. En el proceso constituyente chileno se vio que no es fácil balancear los pedidos de redistribución material con las agendas étnicas, feministas, de diversidad reprimidas durante los años de gobierno de partidos de otro signo. No le será fácil gobernar al PT, como no le está siendo a nadie en la región.

Lula Da Silva fue dirigente sindical metalúrgico, preso por su militancia antidictatorial, responsable de las primeras movilizaciones por la democracia, creador del primer partido de masas en décadas en su país. Compitió por la presidencia y perdió; volvió a competir y ganó. Su gobierno sacó a millones de personas de la pobreza, creó universidades y derechos. Respetó los límites constitucionales y dejó el poder. Arrojado a prisión por un juicio amañado, sufrió la muerte de su esposa de toda la vida y de un nieto. Cuando fue finalmente absuelto de culpa, no eligió pasar a un retiro cómodo en algún lugar con playa (podría haberlo hecho y lo habría merecido), sino que se lanzó a armar un frente aun con viejos adversarios para derrotar a un presidente que parecía haberse apropiado del poder. Y lo hizo. Salga como salga la próxima elección, su lugar en el panteón latinoamericano ya no puede ser disputado.

Pero no podrá empujar a la región él solo. Como nunca antes, la salida será regional, colectiva y coordinada o no será.

Soy politóloga, es decir, estudio las maneras en que los seres humanos intentan resolver sus conflictos sin utilizar la violencia. Soy docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro. Publiqué un libro titulado “¿Por qué funciona el populismo?”. Vivo en Neuquén, lo mas cerca de la cordillera que puedo.