Lula, de caído a ganador: el determinado a volver

El búnker de Lula se sorprendió ante los primeros datos, que dieron cuenta de un ballotage antes del ballotage. El camino del héroe nordestino tendrá que esperar un mes más para buscar volver al Palacio de Planalto. Campaña violenta, covid, economía y segunda vuelta. Un perfil político del dirigente petista.

Los 580 días que Lula pasó detenido en Curitiba lo templaron: a su salida, caídos los procesos por los cuales fue juzgado luego de la divulgación de la connivencia entre el fiscal Dallagnol y el juez Moro, Lula armó el dispositivo electoral más amplio posible para enfrentar al oficialismo bolsonarista. Colocó a su otrora rival Gerardo Alckmin como candidato a vicepresidente y sumó apoyos variopintos: desde Guilherme Boulos y Luciana Genro del PSOL a Henrique Meirelles, quien fuera presidente del Banco Central de 2003 a 2010 -pero luego también ministro de Hacienda de Michel Temer, impulsando el tan criticado techo de gastos-.

El Frente Amplio lulista da cuenta no solo de su pragmatismo, basado en entender a la campaña bajo el clivaje democracia vs. autoritarismo, sino también de la valoración que la clase política, excepto el bolsonarismo, hace de Lula. El politólogo Andre Singer viene trabajando hace tiempo la categoría del lulismo como más abarcadora, en términos de alcance electoral y social, que el petismo. En la cárcel Lula leyó sobre petróleo y geopolítica. También sobre el comportamiento de las élites brasileñas, en la refinada pluma de Jessé Souza. Pero, sobre todo, sobre la historia del Brasil. Una historia de esclavismo, segregación social y racial, injusticia, pobreza y desigualdad. El nordestino Lula, que llegó a San Pablo a buscarse una vida bajo la protección de su madre Doña Lindú, de quien dice haber aprendido las máximas que lo guían, tiene un historial de resiliencia. Perdió tres elecciones consecutivas (1989, 1994, 1998) antes de ser vencedor en 2002. Sabe lo que es ir y chocarse contra la pared. 

Dejó la banda presidencial con una aceptación de 8 de cada 10 brasileños: había sacado a su país del mapa del hambre de la ONU y cuarenta millones habían llegado a la clase media. Ese es el Lula que, en 2011, le daba cátedra a los gobernantes europeos, mientras la crisis campeaba en el Viejo Continente. Pero luego llegó el cáncer, las condenas por el Mensalao, las movilizaciones de 2013 contra el PT. El clima comenzó a cambiar: el camino del héroe comenzó a mostrar el lado B. En 2014 Dilma Rousseff venció por estrecho margen a Aécio Neves (PSDB), que al no reconocer los resultados cuestionó de origen el cuarto mandato consecutivo del PT. Lo que sigue es conocido: Temer y el golpe palaciego a Dilma, con Bolsonaro votando por el torturador de la presidenta. Un Brasil que, para pasar la página petista, se entregó a los peores fantasmas. 

El viraje de la Federación de Industriales del Estado de San Pablo (FIESP) puede mostrar como un sector del gran empresariado brasileño hace una autocrítica -a veces más explícita, a veces menos- del experimento derrumbe del PT que en poco tiempo derivó en la peligrosa aventura bolsonarista. El arrepentimiento público del influencer Felipe Neto, que destaca con sus 44 millones de suscriptores en Youtube, es otro dato significativo. “Perdón por haber propagado el antipetismo, el discurso golpista y el odio a la izquierda”, escribió en su cuenta de Twitter al contar que le pidió disculpas a Dilma. Luego participó de la franja televisiva del expresidente, estimulando el voto contra Bolsonaro. 

Quien tiene un vínculo directo con el mundo influencer es Janja da Silva, la compañera que Lula eligió para esta etapa de su vida, luego del fallecimiento de Marisa Leticia. La relación, originada antes de la prisión de 2018, se fortaleció con el intercambio de más de 500 cartas entre ambos. Cuando Lula estuvo detenido, Janja participó de forma permanente de la Vigilia Lula Libre. En este 2022, luego del casamiento entre ambos, tomó gran protagonismo en la campaña, orbitando entre el núcleo político petista y el marketing electoral. Incluso reversionó el histórico jingle de 1989, titulado “sin miedo de ser feliz”. Justamente Lula, en su última conferencia de prensa antes de la elección, dijo que la socióloga de 56 años, le devolvió la esperanza. El diario Folha de Sao Paulo exageró y llegó a titular “Evita brasileña” en una nota de septiembre pasado.  

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Una campaña violenta, con ausentes y centrada en la economía

La campaña de la primera vuelta fue violenta. El petista Marcelo Arruda fue asesinado en Foz de Iguazú por un policía bolsonarista, que le disparó en su propia fiesta de cumpleaños. En Mato Grosso, un trabajador simpatizante de Bolsonaro acuchilló y mató a su compañero de trabajo lulista. En Ceará, un hombre entró a un bar, preguntó quién votaba a Lula, y ante una respuesta afirmativa asesinó a su interlocutor. Guilherme Boulos, dirigente del MTST y del PSOL, fue amenazado con un revólver en una actividad en San Pablo. Lula utilizó chaleco antibalas luego de una bomba casera que explotó en Cinelandia, Río de Janeiro. El bolsonarismo impulsó la libre portación de armas como política de Estado. Los clubes de tiro se convirtieron en la fachada para la solidificación de estructuras armadas al margen del Estado, conocidas como milicias. 

Permanentemente apareció la discusión en torno a la pandemia y el accionar del gobierno. Brasil tiene el 3% de la población mundial pero el 10% de los fallecidos por Covid. Son 680 mil personas, historias que aparecen permanentemente en la calle, conversando con la gente, en un comercio o en el Uber. Por eso mismo se viralizó en las redes sociales un video con Bolsonaro riendo, burlándose de los contagiados, imitando a gente asfixiada y diciendo que no era funebrero. “Mientras él reía, mucha gente lloraba”, es el mensaje que aparece en la comunicación. Sumando a todos los fallecidos por covid que estaban en condiciones de votar, se perdieron más de 2 mil secciones electorales en el país. 

La economía fue otro gran tema. Lula reivindicó sus logros sociales y económicos, con el paso de 40 millones de personas a la clase media a través de la implementación de programas como el Bolsa Familia, el crecimiento del empleo formal y la valorización del salario mínimo. Si en su administración Brasil había logrado salir del mapa del hambre de la ONU, con Temer y Bolsonaro el país volvió a ingresar, en un hecho inédito. De acuerdo a datos de la Red Penssan (Red Brasileña de Investigación en Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional) y el Instituto Vox Populi, 33 millones de personas pasan hambre en Brasil. Y seis de cada diez brasileñas y brasileños viven con algún grado de inseguridad alimentaria: la escalofriante cifra de 125 millones de personas. Bolsonaro contrarrestó las críticas con aumentos del Auxilio Brasil y ayudas específicas a transportistas.

El escenario a futuro

Cualquier domingo de elecciones, uno prende la televisión del país donde se desarrollan los comicios y encuentra una cobertura de las votaciones de los principales candidatos, sumado a análisis incipientes sobre las probables tendencias, todo maridado por las vedas y sus imposibilidades. En Brasil esto es distinto: más de una veintena de canales transmitían diferentes ceremonias eclesiásticas. El evangelismo en auge campea a sus anchas por un país que supo tener un abrumador porcentaje de católicos. Bolsonaro mete la cuchara en ese mundo. Si los youtubers importan, en Brasil la televisión todavía también. A la par, la veda se mostraba inexistente: en San Pablo convivían aquellos que iban con la camiseta verdeamarelha y los vermelhos (vestidos de rojo) lulistas. 

El bolsonarismo hizo una elección por encima de las expectativas iniciales. Es un fenómeno político y electoral que llegó para intentar quedarse, como el trumpismo norteamericano. Puede salir del gobierno, pero ahí estará, respondiendo, militando. Con Jair o sus hijos Eduardo y Flavio. Aún así la conferencia de prensa posterior del Capitán fue de alguien abatido: errático y difuso, con apenas una sonrisa en cuarenta minutos. En el PT convivían dos sectores en la previa. Los que esperaban una primera vuelta abrumadora, incontrastable, y aquellos que recordaban que el propio Lula de 2006 ganó en segundo turno. Estos últimos, cautelosos, acertaron en el pronóstico. Por algo la historia es la más grande de las Ciencias Sociales.

Con excepción de Fernando Henrique Cardoso, las presidenciales en Brasil son de dos vueltas. La campaña presidencial 2022 sigue la misma tendencia. Si Lula lograse sumar un porcentaje mayoritario de los votantes de Ciro Gomes y Simone Tebet se podría reeditar un escenario similar al de 2014: una segunda vuelta pareja pero con probable triunfo petista. El bolsonarismo, mientras tanto, apela a reformular los naipes. Serán semanas de definiciones. No solo Brasil: todo el continente prestará especial atención al desarrollo final de la elección. Lula busca la tercera, la histórica. ¿Se dará?

Politólogo (UBA). Comunicador. Internacionales en Radio Nacional y Futurock.