Librerías de barrio: un ecosistema cultural que revitaliza la cuadra

El debate sobre la Ley del Libro no tuvo en cuenta el impacto de estos comercios de cercanía en la trama urbana. Los casos de Bogotá, Southampton y Buenos Aires.

La semana pasada, el presidente Javier Milei le confirmó a Infobae que no va a insistir con la derogación de la Ley del Libro que venía impulsando su ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger. Se cierra así, al menos provisoriamente (el de este mes fue el tercer intento de este Gobierno), la discusión sobre la conveniencia de contar con un precio único fijado por el editor que impida que los grandes jugadores hagan dumping.

Los impulsores de la derogación habían dicho que su objetivo era que “los libros lleguen más baratos a los consumidores” y que sea el ciudadano “quien elija el canal (de venta) que prefiera”. Los defensores de la ley actual citaron el caso del Reino Unido, que en la década de los noventa abandonó su acuerdo de precio fijo (el Net Book Agreement) con argumentos similares a los esgrimidos por la administración libertaria. El objetivo era abaratar los libros; el resultado fue que sus precios minoristas aumentaron más que la inflación general

Pero el acalorado debate de estas semanas se centró en el consumidor, ignorando los múltiples impactos que las librerías tienen en la trama urbana. Y como este es un newsletter de temas urbanos, allí vamos.

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Frente a los gigantes electrónicos

Una librería independiente puede significar una economía pequeña pero ser importante desde lo urbano porque aporta una determinada identidad y sociabilidad al barrio que no necesariamente es sustituible por otro comercio. Así lo entiende el investigador colombiano Luis Enrique Izquierdo Reyes, que definió a las librerías como espacios culturales insertados en un entorno urbano en un breve artículo que analizó el caso de la librería Le Tiende, en el Parkway de Bogotá.

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Le Tiende se especializa en literatura y estudios de género pero es, a la vez, una tienda de vinilos, un café de especialidad y un espacio para eventos culturales. Tiene el problema de estar inserto en un país —Colombia— que históricamente dejó el precio de venta de los libros en un régimen de competencia. “El auge de plataformas de comercio electrónico han provocado una distorsión en la percepción pública del precio del libro. Promociones con descuentos entre el 25% y el 80% refuerzan la falsa idea de que los libreros imponemos sobreprecios o no aplicamos rebajas justas. Esta situación no solo erosiona la sostenibilidad económica de las librerías físicas, sino que también debilita su legitimidad cultural ante el público lector”, explica Izquierdo Reyes.

En este contexto, Le Tiende y otras librerías independientes han optado por potenciar su rol como espacio de mediación y encuentro. Según explican sus gestores, las presentaciones de libros, conversatorios, talleres, ciclos de lectura y eventos artísticos permiten “una experiencia situada en el libro”, donde la voz de autores, editores y lectores se encuentra y se reconoce.

El valor de la proximidad

Uno de los estudios más importantes sobre el rol urbano de las librerías lo hizo Gemma O’Brien, geógrafa de la Universidad de Southampton que durante dos años trabajó en una librería independiente en las afueras de la ciudad haciendo todas las tareas vinculadas al oficio —desde atender y cobrar a los clientes hasta recibir las entregas de libros, y limpiar o decorar el escaparate— y al que le sumó treinta entrevistas a libreros.

La conclusión de O’Brien es que la librería de proximidad no es una tienda más dentro del ecosistema de retail sino un verdadero comercio minorista generador de vínculos sociales. Su presencia en el barrio es importante no solo porque fomenta relaciones que aumentan el capital social y cultural de quienes la rodean “sino también porque aquello que los libreros independientes ofrecen: una presencia personal, de confianza y física en las calles; actividades de aprendizaje e intercambio cultural, social y político, tanto dentro de sus locales como en la comunidad en general; y una capacidad de conexión que se caracteriza por la diversidad de temas que seleccionan y las comunidades locales y más amplias a las que atienden”.

Después de todo, en una librería independiente se construyen relaciones duraderas entre libreros y clientes, se conversa, se intercambian recomendaciones y, a veces, hasta se encuentra compañía o amistad. Para muchos vecinos funciona como un espacio de proximidad y de confianza, que integra sus recorridos habituales y forma parte de su vida cotidiana.

En ese marco el librero cumple múltiples funciones: escucha, orienta, recomienda y conoce a los clientes por su nombre. La escala pequeña de estos comercios favorece, además, una experiencia de compra menos apurada y más personalizada, en el que el conocimiento especializado cobra un nuevo valor en tiempos de abundancia indiferenciada como la que suele encontrarse en Internet. Y dado que las librerías facilitan el descubrimiento, su presencia física hace que los lectores encuentren títulos que no estaban buscando y convierten el paseo cotidiano por una calle en una oportunidad de aprendizaje.

Conectar con lo humano

La librería Vuelvo al Sur queda en Parque Patricios, al sur de Buenos Aires, donde originalmente funcionaba una perfumería familiar. Tamara Cefaratti, hija de los fundadores y actual gestora de la librería, es nieta de la mujer que llevaba aquella perfumería.

“Vuelvo al Sur funciona desde 1985 y durante todos estos años se fue creando una comunidad vecinal y barrial lectora gracias a las recomendaciones y a la bibliodiversidad argentina”, me dice Tamara. “Realizamos talleres literarios y clubes de lectura, pero también encuentros vecinales que van más allá de la oferta literaria: propuestas culturales, políticas, reuniones artísticas… Enlazamos nuestra actividad librera con otros centros culturales del barrio y con la radio zonal.” 

Cuenta Tamara que el auge de las redes sociales les permitió llegar a quienes viven más allá de Parque Patricios, sobre todo en épocas de pandemia. “Ese lazo en muchos casos quedó y con ello sentimos que nuestra comunidad prefiere la presencialidad, conocer y visitar físicamente la librería y conectar con lo humano.”

Vuelvo al Sur, ubicada en Parque Patricios, ganó un premio de Feria de Editores (FED) en reconocimiento por las tareas de difusión y promoción de la lectura. Foto: Instagram Vuelvo al Sur / Pablo F. Mandel

Parte del ecosistema

Librería Hernández funciona hace ya setenta años en la calle Corrientes. “Podemos afirmar, con mucho orgullo, que somos un espacio de referencia dentro del ecosistema cultural”, dice Mariana Leder Kremer, su encargada de comunicación. “Formamos parte de un circuito que también integran otras librerías, los cines, los teatros, y aún nos mantenemos como una propuesta robusta”.

En términos urbanísticos, a Mariana le gusta destacar las dinámicas que la propia presencia de la librería activa en diferentes momentos de la semana. “Nuestro público es muy diverso porque se generan varias situaciones en paralelo. Por un lado, la gente que labura por la zona y que pasa a buscar sus libros después del trabajo. Después está la gente que va al centro como salida, principalmente el público de los viernes y sábados: van al cine, pasan por la librería, después van a comer una pizza… Y luego hay un tercer público, compuesto por gente que viene de muchas otras partes de la ciudad, o incluso fuera de Buenos Aires, que sabe que nuestro equipo está conformado por libreros y asiduos lectores, lo que hace que puedan mantener en el salón un diálogo enriquecedor, fructífero, que vaya más allá de la mera compra-venta”.

El mes pasado, Mariana y Ecequiel Leder Kremer, gerente de Librería Hernández, publicaron una columna en Cenital en la que explicaron el rol de Ley del Libro a la hora de sostener a las librerías como “lugar de privilegio en su encuentro con los lectores”.

Un punto de encuentro

Pero, ¿qué espacios se habilitan exactamente y qué tipo de conversaciones se genera con los vecinos? Para eso consulté a la escritora Anshi Moran, que integra la cooperativa, librería, editorial y espacio cultural La Libre, en el sur de la ciudad.

“La Libre es un punto de encuentro para gente de San Telmo y alrededores. Los vecinos a veces salen a comprar pan o vienen de dejar a sus hijos del colegio y se dan una vuelta para chusmear novedades, charlar sobre la coyuntura o simplemente sumergirse entre las mesas, bateas y bibliotecas”, dice Anshi. “Con la crisis, el sector de libros usados se volvió más concurrido, además nuestros lectores y lectoras saben que siempre ingresan nuevas joyitas de segunda mano”.

Las librerías independientes realizan curaduría cultural y cumplen funciones de mediación entre libros y lectores. Foto: Instagram La Libre / Cristina Sille

A Anshi le gusta formar parte de un espacio y un punto de venta “que en una gran ciudad como Buenos Aires pueden parecer minúsculas, pero que tienen relevancia e impacto en sus comunidades” y apunta directamente al impacto concreto en el entorno.

“Cada vez que se abre una librería, la cuadra florece, se embellece. Antes de mudarnos era una cuadra medio abandonada, alejada del mercado, la feria y los bares, tenía poca luz y hasta podía considerarse ‘evitable’. Temíamos que nadie llegara”, relata la escritora, y apunta un efecto contagio, casi imperceptible, que generan las librerías de barrio: “Antes de mudarnos, le preguntamos a la librería Club Burton –en la esquina– como veían la cuadra y su circulación. Ellos nos comentaban que en invierno a las seis de la tarde cerraban porque la noche era complicada. Nosotros, en cambio, cerramos a las ocho, nueve de la noche y la cuadra está más tranquila: incluso Club Burton empezó a cerrar más tarde. Ahora están abriendo más locales en la cuadra: un bar, un centro cultural, ropa vintage, un lavadero de perros, una bicicletería. Gracias a que La Libre existe y funciona, las personas del barrio comenzaron a apostar más a esta zona”.

Su comentario me hizo acordar a otra investigación que se hizo en Colombia a partir de cientos de entrevistas a libreros y usuarios. Allí, las investigadoras Paula Andrea Marín Colorado y Ana María Agudelo Ochoa encontraron que en Bogotá las librerías se concentran principalmente en La Candelaria, Santa Fe, Teusaquillo, Chapinero y Usaquén, es decir, en un corredor que va del centro hacia el norte y que coincide con zonas de concentración financiera, cultural y universitaria, mientras que en Medellín aparecen sobre todo en La Candelaria, Aranjuez, Laureles-Estadio, El Poblado y La América, un conjunto de barrios residenciales de clase media-alta donde se concentran buena parte de la actividad cultural de la ciudad. Eso abre una discusión interesante: ¿las librerías siguen a los barrios culturalmente activos o contribuyen a producirlos? Historia para otra columna.

Es magíster en Economía Urbana por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) con especialización en Ciencia de Datos. Cree que es posible hacer un periodismo de temas urbanos que vaya más allá de las gacetillas o las miradas vecinalistas. Sus dos pasiones son el cine y las ciudades.