Las dos esperas
Cuando algo está tardando se activa una ansiedad nueva. Antes, el tiempo que tomaban los acontecimientos no era percibido como una demora sino como parte de la cosa.
En Plata quemada –la película de Marcelo Piñeyro basada en la novela homónima de Ricardo Piglia–, el Nene Brignone –interpretado por Leonardo Sbaraglia–, mientras aguarda la llegada de unos documentos necesarios para huir junto al Cuervo Mereles y al Gaucho Dorda, dice: “Esperar, la mayor parte del tiempo es esperar”. Y aunque no seamos ladrones escondidos en un departamento de Montevideo esperando concretar una fuga, es probable que la frase nos haga sentir identificados y nos resuene como propia. Es que en tiempos de ansiedad exacerbada, en los que necesitamos todo ya, la espera puede angustiar hasta límites insospechados.
Sin embargo, hubo un tiempo en que esperar no era dramático sino parte de la vida, algo aceptado, incorporado al devenir de los días. Más aún, había una cuota importante de deseo vital sosteniendo esa espera. Esperábamos cartas, o que alguien llamara desde lejos trayendo noticias. Que estrenaran en el cine la película tan anunciada. Que llegara septiembre para poder comer alcauciles. Esperábamos un libro que habíamos encargado en la librería del barrio y que se demoraba semanas. Esperábamos, incluso, para saber, porque éramos conscientes de que adquirir conocimiento implicaba estudiar, aprender durante años, leer, investigar, sacar conclusiones, memorizar. Hasta no hace tanto tiempo, todas esas esperas no eran necesariamente un problema que había que solucionar, sino un dato.
Hoy, en cambio, cuando algo tarda, sentimos que la matrix está fallando. A veces es cierto, pero no siempre. ¿Las nuevas tecnologías que monitorean esa espera nos alivian o nos suman ansiedad? Pedimos un auto y controlamos en el mapa cómo se acerca el dibujo del vehículo en miniatura; si se detiene especulamos con semáforos, un pasajero anterior que no termina de bajarse, o hasta un accidente. Compramos un producto y seguimos su recorrido casi como si pudiéramos acompañarlo físicamente desde el depósito hasta nuestra casa. Mandamos un mensaje y no sólo esperamos la doble tilde que indica si el otro lo recibió, sino que chequeamos a cada rato si se tiñó de azul para confirmar que fue leído. Sufrimos si vemos que la persona está en línea y no se digna a contestarnos. Detestamos al que sacó la verificación de lectura de su WhatsApp (yo soy uno de esos seres detestables). Si lo que mandamos fue un mail y no respondieron de inmediato, reforzamos con un mensaje: “Te acabo de mandar un mail, fíjate cuando puedas”. Pero el “cuando puedas” es hipócrita, porque obviamente queremos que el receptor se fije y conteste ya.
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Esos ejemplos, y tantos más, ponen en duda si las nuevas tecnologías nos ayudaron a soportar el intervalo entre un momento y otro, o empeoraron el asunto. Jason Farman, profesor especializado en tecnologías, estudió precisamente esa transformación en Delayed Response: The Art of Waiting from the Ancient to the Instant World. Su tesis pone la mira en el intervalo entre el envío de un mensaje y su respuesta, pero su argumento no es la nostalgia por los tiempos lentos sino que sostiene que el intervalo entre una pregunta y una respuesta no es un vacío entre dos acontecimientos, sino parte constitutiva de la comunicación misma.
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Contestá la encuestaFarman estudia distintas tecnologías destinadas a transportar mensajes y observa cómo, a medida que conseguimos reducir el tiempo de espera, empezamos también a interpretar la espera como un defecto. Toma como ejemplos los tubos neumáticos del correo de Nueva York, los sellos de cera isabelinos o los palos-mensajes de los aborígenes australianos. Según él, ese tiempo de espera transmite poder, jerarquía y cuidado, tanto como el contenido del mensaje. Farman propone algo que parece sencillo pero que hoy resulta un desafío que pocos pueden cumplir: para recuperar una relación distinta con la espera no hay que eliminarla, sino aprender a habitar sus “costuras”. Cuando aparece un momento vacío, dice, tenemos que dejar de correr inmediatamente a llenarlo y tratar de que sea una ocasión para la reflexión, la creatividad o incluso la crítica. Difícil, antes podíamos, ahora ese tiempo lo suele ocupar el smartphone y las pantallas.
Más allá de la mencionada Plata quemada de Piglia, la literatura le dedicó grandes textos a la espera. Esperando a Godot, de Samuel Beckett, es una obra del absurdo consagrada a ella. Vladimir y Estragón esperan a Godot. No sabemos exactamente quién es Godot, por qué esperan que llegue, ni qué ocurrirá si finalmente aparece. La verdadera protagonista en Esperando a Godot es la espera. En esa espera los personajes hablan, discuten, recuerdan, se olvidan, consideran irse y no se van. La obra comienza con una frase que resume lo que sigue: “No hay nada que hacer”.
Otra gran novela de la espera es Zama, de Antonio Di Benedetto. Don Diego de Zama, funcionario colonial destinado en una gobernación perdida del Virreinato del Río de la Plata, espera durante años un traslado que debería sacarlo de ese lugar. Concretamente, espera una carta que traiga la decisión de una autoridad lejana para que su vida comience en otra parte. Tanto la novela de Piglia como la película de Lucrecia Martel comparten la estética de la espera, que va ocupando el lugar de la vida misma, mientras Zama organiza sus días alrededor de la demora de ese acontecimiento que no se produce.
Zama nos sirve para introducir una espera de otro tipo, que llega acompañada de una sensación molesta y muy de nuestra época: la respuesta depende de alguien que tiene el poder de decidir sobre nuestro tiempo. Así pasamos de la espera existencial a la espera política. Los antropólogos Manpreet Janeja y Andreas Bandak, en Ethnographies of Waiting: Doubt, Hope and Uncertainty, proponen estudiar la espera no como un accidente de la vida sino como una experiencia social en sí misma. Señalan que cuando esperamos en una fila, en una oficina pública, ante una frontera, frente al sistema sanitario o frente a determinada autoridad por un permiso, la espera se encuentra en la intersección entre esperanza, duda e incertidumbre. Sostienen que es un fenómeno social central en la experiencia humana no como un tiempo muerto entre eventos, sino como un modo activo de estar en el mundo que involucra también la paciencia y la sociabilidad. Parten de la pregunta ¿cuándo vale la pena el tiempo de espera?, y analizan cómo distintas comunidades negocian la espera en contextos muy diversos: colas de comedores escolares, oficinas de pasaportes, tránsito migratorio, rituales religiosos, procesos posrevolucionarios, promesas de que la economía mejorará, entre otros.
No es lo mismo esperar en Japón, Rusia, Ghana, Noruega, Inglaterra o Argentina. Migrantes irregulares esperando sus papeles en Europa, fieles esperando en una “montaña de oración” en Ghana, la espera de la muerte en soledad en Japón o la de un condenado a la pena capital en Estados Unidos. En nuestro país los ejemplos sobran, podemos pensar en quien espera un transporte público que no llega, un jubilado que reclama un aumento digno que le permita llegar a fin de mes, obras hídricas que eviten inundaciones, reparaciones de caminos, puentes o rutas intransitables, la sentencia en un juicio o, peor aún, que se inicie un juicio mientras se cumple prisión preventiva (en Argentina aproximadamente el 40% de las personas privadas de la libertad esperan un juicio, según datos de la SNEEP y CNPT). La espera para Janeja y Bandak no es un vacío, sino una categoría clave para entender cómo las personas viven el tiempo, el futuro y la incertidumbre.
La paradoja es brutal: las esperas que la tecnología consiguió eliminar suelen ser las más pequeñas y las menos importantes; las esperas que permanecen son muchas veces las que comprometen nuestra vida. Y, para peor, no están distribuidas de igual manera. Hay personas que pueden pagar para no esperar. Se paga una consulta médica privada, un trámite acelerado, un envío urgente, una fila preferencial, una aplicación que nos ahorra la cola, un coche de alquiler, un pasaje que evita una escala, un fast track. La no espera también se compra. Y, por lo tanto, es otra de las tantas formas de la desigualdad.
En el mismo sentido, la antropóloga letona Liene Ozoliņa, en su libro Politics of Waiting, a partir de una investigación sobre el Estado de bienestar y las políticas de austeridad en Letonia, analiza cómo las instituciones pueden producir espera y utilizarla como mecanismo de control. En este siglo XXI desaparecieron ciertas esperas cotidianas elegidas y tolerables, mientras permanecen, y a veces se intensifican, las impuestas por las instituciones.
La espera existencial puede tener algo positivo, la política impuesta por las instituciones, no. Por eso no deberíamos romantizarla, hay esperas que destruyen. La de quien busca a un hijo desaparecido, la de las personas con discapacidad que necesitan que una ley finalmente promulgada se ejecute, la de quien no sabe si tendrá trabajo el mes siguiente, la de una mujer que sufre violencia de género y pide restricción de acercamiento. La espera de quien necesita que una institución responda para poder continuar con su vida, puede ser denigrante, injusta y peligrosa, además de que expone el siniestro poder que alguien tiene sobre nuestro tiempo, nuestra vida y nuestro futuro. Parece mentira que a esta altura del desarrollo de la humanidad conseguimos eliminar muchas esperas que podían enriquecernos, mientras conservamos, o incluso multiplicamos, las esperas que nos someten.
Defender algunos minutos de espera no significa defender las colas interminables, la burocracia, la demora de las instituciones, ni la indiferencia de quien tiene poder sobre nuestro tiempo. Conseguimos que un mensaje atraviese el mundo en un segundo, pero todavía no conseguimos que una persona que necesita atención médica deje de esperar meses. Quizás la pregunta de nuestro tiempo no debería ser cómo hacer que todo llegue más rápido, sino qué esperas vale la pena conservar, cuáles deberíamos aprender a habitar y cuáles, sencillamente, ya no deberíamos permitir que nadie tenga que soportar.
Bonus Track:
Gracias al aporte de la escritora Débora Mundani, querida amiga, les recomiendo escuchar la canción de Gabo Ferro “Para traerte a casa”, que dice “… para traerte a casa te he escrito un cuento, un cuento que ha germinado entre el deseo y el tiempo ”. Un cuento también es una espera, entre el deseo y el tiempo, para quien lo escribe y para quien lo lee.