La soja, el verdadero brote verde

Su producción no solo garantiza exportaciones y la entrada de divisas, sino también media las dinámicas económicas y sociales internas. Un repaso sobre su evolución, los conflictos y el contexto actual.

Si vivís en Argentina hace al menos 15 años de forma consciente, lo más probable es que conozcas al cultivo por los conflictos que vivimos. Pero, la historia se remonta un poco más atrás. Si bien desde los años ’70 comenzó a expandirse la soja en nuestro territorio, no fue hasta la década de los ’90 que despegó. El factor principal que incidió en esos años fue la adopción de un nuevo paquete tecnológico que combinó semillas resistentes al glifosato, la extensión del uso de este agroquímico y la utilización de siembra directa, en lugar de la labranza del suelo. Una década más tarde, la demanda por los productos de soja tuvo un aumento significativo, en gran medida explicado por China e India, con un consecuente aumento en los precios, por lo cual la producción del grano de soja y su industrialización se volvió todavía más beneficiosa, y los conflictos internos en el país aumentaron.

Ahora bien, habiendo tantas cosas importantes en esta vida, ¿por qué hablamos de soja? Ya desde los años ’90, el complejo oleaginoso, aquellos cultivos con los que se puede hacer aceite, es el mayor exportador de Argentina, particularmente el subcomplejo sojero que explicó en 1993 el 17% de las exportaciones totales de bienes. La relevancia de la soja en nuestras ventas al exterior siguió aumentando con los años: en 2004 fue de 22%, en 2014 de 28% y en 2022 se mantuvo en ese ratio, pese a haber aumentado el valor exportado, ya que otros complejos también crecieron fuertemente. Aclaración: 2023 fue un año notablemente malo por la sequía y aún así explicó el 20%.

Dicho esto, ¿creés que exportamos granos o algo más industrializado? Solamente el 13% de las exportaciones de 2022 fueron materia prima pura sin procesamiento industrial, el resto sufrió al menos una transformación. La mayor parte, 48%, son pellets y harina -utilizados principalmente como proteína para alimento animal-, el 28% es aceite -tanto para uso doméstico como industrial- y 7% es biodiésel. Además, cada producto tiene un mercado de destino distinto. Por ejemplo, el poroto -lo que menor valor agregado tiene- tiene por destino principalmente a China, el aceite a India y Bangladesh, las harinas y pellets a Vietnam e Indonesia y el biodiesel a países europeos.

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Estas exportaciones no solo habilitan el ingreso de dólares al mercado local, tan importantes y escasos en nuestro país. También resultan una fuente de recaudación para el fisco: las famosas retenciones (o derechos de exportación), que tantos problemas de cabeza y discusiones han traído a lo largo de los últimos 20 años.

Querida, encogí a los productores

Pese a los enormes beneficios que el cultivo significó para la economía y la capacidad de implementar políticas -probablemente sin la renta captada no se hubiera pensado en mecanismos redistributivos como la AUH-, el boom sojero de las últimas décadas trajo aparejada una serie de tensiones en nuestro territorio.

En primer lugar, la elevada rentabilidad de la soja frente a otras actividades generó el desplazamiento de la producción, tanto de otros cultivos como de ganado criado de forma extensiva -en amplias porciones de tierra-, con un efecto directo en las cantidades y los precios de estos productos, algunos de los cuales sí son consumidos directamente por los habitantes de nuestro suelo.

En segundo lugar, las nuevas tecnologías y la rentabilidad habilitaron el avance de la frontera agrícola hacia zonas menos productivas, dadas las condiciones naturales de los terrenos, y sobre bosques nativos. Este fenómeno no es solamente argentino, sino que en varios países de la región ocurre algo similar: lo que generó una reacción por parte de la Unión Europea para evitar que los productos importados en su territorio surjan de suelos deforestados. Te dejo acá una entrega pasada de este newsletter donde lo tratamos, un artículo de Fundar y otro de Infinito Punto Verde que profundizan este punto.

En sintonía con lo anterior, el avance de la soja significó en muchos casos la pérdida de territorio por parte de pueblos originarios -en tándem con las transformaciones de las tierras en las que realizaban sus actividades- y de pequeños campesinos que se vieron desplazados.

Finalmente, quizás la tensión más relevante y conocida se da en la discusión acerca del uso intensivo de agroquímicos -como el glifosato- que erradican las malezas de las zonas cultivadas, para los cuales las semillas transgénicas están adaptadas para resistir. Numerosos estudios indican que la ingesta de estos químicos es nociva para el ser humano, con impactos más severos según el nivel de ingesta. Por ejemplo, las poblaciones aledañas a las zonas de fumigación -fundamentalmente aéreas y sin cuidado- han sufrido graves efectos sobre su salud -tanto enfermedades como malformaciones-. Te dejo este documento de Fundar en el que relevaron parte del debate.

Ahora bien, la tensión no radica necesariamente en el efecto sobre la salud humana y animal, sino en por qué se mantiene este tipo de producción, pese a los daños. La relevancia de la soja en la generación de divisas y de ingresos fiscales vía retenciones e impuesto a las ganancias genera una dependencia muy fuerte por parte del Estado para mantener la actividad a flote con los niveles conocidos. Sin esta forma de explotación habría menos recursos para generar políticas públicas y también menos dólares en nuestra economía. Aunque esto no quita que sea sumamente necesario avanzar hacia modelos menos dañinos, que logren reducir el uso de agroquímicos o incluso evitarlos.

Más allá de las tensiones frente a otras cuestiones de agenda pública, también existen tensiones al interior del modelo productivo de la soja. ¿La soja la producen pequeños productores dispersos o unos pocos dueños de todo? La respuesta, como en casi todas las cuestiones, es un poco más compleja. Un relevamiento de hace unos años indicó que más del 70% de la producción se concentra en el 20% de los productores que más hectáreas siembran, lo que es lo mismo que decir que hay un 80% de productores de pequeña escala que también conforman el ecosistema de la soja. Es decir, no necesariamente se cumple el preconcepto de productores millonarios por la explotación de la soja.

La cuestión se complica un poco más. Los campos utilizados no necesariamente son de los propios productores, sino que muchos se alquilan (arriendan) para explotar. Este volumen no es para nada despreciable, según estimaciones de la Secretaría de Agricultura de hace unos años, el 66% de las hectáreas trabajadas con soja en la zona del sur de Santa Fe y del norte de Buenos Aires eran alquiladas. Quienes alquilan son, en este caso, los responsables de invertir el capital necesario para la producción, tanto en lo que refiere a las semillas, como al tratamiento del suelo y la maquinaria necesaria para cultivar y cosechar -es decir, quienes toman la mayor parte de los riesgos-. Además, el costo del alquiler no resulta insignificante frente al margen de rentabilidad que tienen. Dependiendo del rendimiento de la zona y del precio internacional de la soja, el alquiler puede representar entre un 20 y 30% de los costos totales del proceso productivo. Pero ojo, no todos los que alquilan son pequeños productores. Por ejemplo, el modelo de negocio de los Grobocopatel consiste en el alquiler de miles de hectáreas para la producción. No son necesariamente dueños de sus tierras.

Y ahora que sobran ceros en el banco, me piden que cambie

¿Por qué hablamos de esto hoy? Como te comentaba, la liquidación de divisas provenientes de la agroindustria viene mal comparado con otros años. Eso restringe los dólares en circulación y pone una mayor presión sobre el precio del mismo. Pero, por qué sucede esto.

En esta excelente nota, Gonzalo Guilardes analiza si el tipo de cambio está atrasado o no. Esto, aunque no te parezca, es un tema de debate, ya que no solo se trata de cuántos dólares podés comprar con tu salario. Dicho sea de paso, ¿te enteraste que este mes Cenital cumple 5 años y de que cada vez hay más contenidos en la web y tenemos un flamante canal de YouTube con excelente contenido todas las semanas? Es un gran mes para sumarte a los Mejores amigos y ayudarnos a difundir más lo que hacemos.

Volviendo a lo nuestro, si el tipo de cambio no estuviera atrasado, los productores deberían estar vendiendo y liquidando las divisas. Sin embargo, viene lento. Eso se debe en gran medida a que hay cierta perspectiva de que pueda subir el dólar pronto, o al menos el financiero. Resulta que las exportaciones liquidan un 20% de sus divisas en el mercado bursátil, por lo que los aumentos en los tipos de cambios que no son el oficial les significa una leve mejoría en sus ingresos. Algo que en las últimas semanas estuvo sucediendo lentamente.

Sin embargo, y ya con esto vamos cerrando, la situación no es la misma para todos los productores. Los contratos hay que pagarlos, tanto los sueldos, como los alquileres y los insumos -locales e importados-, por lo tanto una parte de la producción es necesario venderla para poder pagar los costos de producción. Además, se requiere contar con un colchón que los habilite a comenzar la próxima tanda de cultivos -la soja se cultiva dos veces por año en muchos lugares-, por lo que se torna clave acceder a los pesos necesarios para la producción. Por el contrario, los productores con más espalda pueden esperar un poco más para evaluar el mercado de divisas y su evolución. Recordemos que aproximadamente el 70% de la producción está concentrada en pocos productores, por lo que no es extraño que gran parte de la liquidación proviniera de los productores más pequeños, mientras los grandes aguardan.

Al mismo tiempo, la soja, al ser una commodity, se rige por el precio internacional, que hoy en día está en alza, pero en valores bajos comparado con años atrás. Eso genera cierto incentivo a quedarse un tiempo más con la soja stockeada, en lugar de desprenderse de ella, ya que por la mera paciencia podrían recibir una mayor rentabilidad.

En conclusión, una serie de variables puede cambiar radicalmente la ecuación y que la situación se revierta.

Escribe sobre temas de sectores y desarrollo productivo y trata, todo lo posible, de cruzarlo con datos. Le importa que estos sectores impulsen el bienestar social. Estudió economía en la UBA, se especializó en políticas sociales en UNTREF y arrancó una maestría en desarrollo económico en UNSAM. Es docente e investiga sobre Política Productiva en Fundar.