La IA lo empeora: la obsesión de la música por el pasado y el fin de la creatividad

El uso de la inteligencia artificial en la creación artística sólo agravó un gesto creciente: el de buscar lo nuevo en lo ya hecho. La vuelta a lo artesanal no puede significar repetición.

Podríamos mencionar tres movimientos en los últimos 50 años que modificaron la escucha de la música, tal vez de manera irreversible. Con la digitalización de los discos, en lugar de poseer –tocar, leer, manipular, ver, disponer, coleccionar, adorar– un álbum, se tuvo archivos (por lo menos en la era de los mp3). Ahora ni siquiera, se da clic a una canción en una plataforma sin saber dónde terminarás ni qué transitarás mientras eso esté sonando –sea una playlist, un video en YouTube, un disco que después te lleva a “una radio” del artista.

Eso a lo que se le da play está en una app despojado del ruido que tiene un disco y también de su contexto histórico, de producción, artístico. Nada se sabe más que lo que el algoritmo dispone. No hay información de si son humanos quienes compusieron e interpretaron la música, de cuándo lo grabaron, en dónde, quiénes, con qué productores –si fue uno solo por disco o siete por canción–, ni cómo es el arte porque se ve diminuto. Le quitaron a la música todo su rastro de hechura artesanal. 

En este momento, entonces, el primer gran cambio en la industria fue la desmaterialización de la música, con su contracara en la desposeída digitalización. Ya nadie tiene sus discos. Todos estamos suscriptos a la biblioteca digital de una misma empresa. Al estar en plataformas, los artistas pueden hacer cambios en sus álbumes, algunos los borran o reemplazan canciones, las discográficas deciden corregir errores, se remasterizan, se agrandan, se suman versiones en vivo, están en perpetuo estado de borrador. Y así no queda registro en ningún lado de cómo fue, en verdad, un disco cuando salió. 

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Eso queda en evidencia, por ejemplo, en la lectura de Unknown Pleasures, el libro de Chris Ott perteneciente a la colección 33 ⅓ que publica Dobra Robota + Walden. En el caso del disco debut de Joy Division, todo lo que el autor analiza de las disputas internas de la banda sobre la grabación y lo que se ponderó en la mezcla final de esa obra maestra del post punk no se puede escuchar en ningún lado. Salvo, claro, que tengas el disco físico, en su formato original, el vinilo de 1979.

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En Spotify están sendos discos de la banda en dos versiones cada uno: el que dice «2019 Digital Master» es una remasterización del original con graves más potentes acorde a los estándares digitales de escucha actuales. Luego está la remasterización del 2007, la de “Collector ‘s Edition” que hizo el productor Jon Davis, donde equilibra y define el sonido de los instrumentos. Es muy fino, son cosas que no todos los oyentes están dispuestos a escuchar, pero así lentamente los originales no están accesibles para nadie. 

El pasado es reformulado, reactualizado, redigerido para que sea actual siempre. Esto, sumado a la forma en la que las plataformas te recomiendan música y fomentan una escucha pasiva con el propósito de que no te vayas de la app, que te dejes llevar por lo que dispone para vos, hace que los plays a la música de catálogo crezca, de la mano de un consumo desinteresado, sin que le prestes tanta atención, sin que dirijas hacia dónde querés que vaya tu curiosidad. 

Un gusto homogéneo

El segundo gran impacto es la algoritmización del gusto. Ya sabemos, hay tanto material nuevo que se publica cada día, sin embargo cuando estamos en el bondi con los auriculares y abrimos la app, o cuando llegamos a casa y queremos poner algo nuevo para pasar el rato, nos ahogamos en un sinfín de posibilidades, que de todas maneras las plataformas no nos muestra. Siempre te sugiere lo que ya escuchaste o algo que matemáticamente podría interesarte. Las recomendaciones algorítmicas son sólo predictivas, analizan lo que ya consumiste y seleccionan contenidos que mejor se adecúan a nuestros patrones de comportamiento. Si te gusta Joy Division, te puede interesar Interpol, y así llegar a Fontaines D.C., pero ese camino es obvio, no hay ninguna sorpresa. Es, incluso, más probable que ese recorrido te parezca demasiado predecible y que pierdas interés.

Ese trabajo de conectar, curar, desde lo que suena en la radio, la forma de unir una canción con otra en un boliche, incluso de escribir una recomendación en una tienda de discos o en una revista cultural, todo lo hacía alguna persona. Ahora es una decisión matemática que se toma gracias a una ecuación desconocida que se hizo en Silicon Valley por ingenieros que trabajan en compañías monopolísticas, alimentada por nuestros datos, que nosotros mismos ofrecemos. Lo que valora el algoritmo es lo más escuchado, lo más vendido, lo que más retiene tu atención, lo que te genera una emoción –indignante, generalmente– durante el suficiente tiempo como para mantenerte en la aplicación. ¿Lo que el arte significa para la humanidad se valora mediante esos atributos? Hasta hace poco, no.

Lo que tampoco tenemos tan en claro es que, efectivamente, el gusto fue modificado por el algoritmo. Esas recomendaciones automáticas condicionaron el modo en que nos relacionamos con la cultura e imponen géneros. Así como hay un rostro de moda –cierto mentón, los pómulos, ni hablar de la boca y el cutis– que fue popularizado por los filtros de Instagram o TikTok, hay clichés estilísticos en la música que se popularizan, como el streambait que describió la escritora Liz Pelly en 2018 como característico de Spotify, un sonido “pop suave, de ritmo medio, melancólico”. Debe haber una playlist sobre día soleado, sobre estudiar de mañana o picnic de primavera llena de esas canciones que suenan parecidas, casi como si las hiciera la misma persona, como si no importara en realidad quién las canta. Ups, capaz hay algo ahí.

La plancha del algoritmo

En el libro Mundofiltro. Cómo los algoritmos han aplanado la cultura, el crítico Kyle Chayka desarrolla su teoría que la venta de la atención de los usuarios por las empresas de redes sociales hicieron que todo producto parezca igual, y que estemos de acuerdo con eso.  “La red de algoritmos toma muchas decisiones en nuestro lugar, y sin embargo apenas tenemos forma de responderle o de alterar su funcionamiento. Este desequilibrio nos sume en un estado de pasividad. Consumimos lo que los flujos nos recomiendan sin comprometernos demasiado con ese material”, dice el estadounidense. “La homogeneidad se nos antoja ineludible, alienante, a pesar de que nos la vendan como deseable”.

Esa tiranía de los datos hace que la única vara con la que se mide lo que debe circular-consumirse es lo que más atención retiene. De hecho, hace poco se filtró cómo las empresas de marketing imponen productos musicales comprando esa falsa-atención en las redes. “El resultado de este control de acceso algorítmico es el aplanamiento generalizado que viene produciéndose en todas las formas de cultura”. Cuando dice aplanamiento quiere decir homogeneización, pero también la reducción a lo más simple, “a las formas menos ambiguas, menos perturbadoras y quizás menos significativas” de la cultura. 

Chayka señala que los flujos algorítmicos producen, además, “una atmósfera omnipresente de ansiedad y tedio” ideal para aniquilar el disfrute entusiasta del descubrimiento del arte. Ese que no puede ser un camino matemático, porque uno nunca sabe qué le va a gustar, qué lo va a movilizar. El placer en una obra de arte nunca está garantizado, hay que experimentarlo siempre, entregándose. 

En el capítulo sobre “La (nueva) crisis de la cultura”, del último libro de Éric Sadin, dice que atravesamos “un olvido gradual y muy elocuente del sentido intrínseco de la cultura, que –antes que nada– remite a una visión de la existencia”. El filósofo francés habla de que es un vector de elevación del alma y que la relación con la cultura siempre presupone “el riesgo, o la alegría, de experimentar un descentramiento, una conmoción de nuestros esquemas perceptivos y conceptuales”. Del contacto con algo más grande que nosotros mismos, que nos puede hablar al alma sin entender cabalmente lo que nos emociona, qué es eso que nos conecta con un otro que siente lo mismo.

El abandono de la humanidad

Y es así como llegamos al tercer gran movimiento, la entrega de la creatividad a las máquinas. Sadin dice en El desierto de nosotros mismos. El giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial, que en la primera etapa de la IA, la algorítmica, donde nuestra civilización digital, contrariamente a la apariencia de novedad continua con la que la investimos, en realidad sólo pondera como prioritario lo que ya existió, el pasado. Y así no nos aventuramos más en la incertidumbre de lo desconocido. Una corrupción de nuestra relación con el tiempo. 

Sadin dice que lo que estamos haciendo es “otorgarle un estatuto absoluto al pasado”. Y eso sólo empeoró con la IA generativa, donde el uso del lenguaje y la creatividad se basa en el análisis probabilístico del pasado, quitándole a las personas que la usan el valor que posee la humanidad: nuestra riqueza subjetiva, la potencia de nuestra imaginación y nuestros poderes de acción de nunca pensar o resolver lo mismo dos veces de manera idéntica. El filósofo habla de la desposesión de nosotros mismos, de entregar nuestra fuerza creativa a las máquinas para que nos releven de eso que nos constituye como humanos, la creación del arte. “Es una ecuación que no hará más que empobrecer nuestras representaciones y esquemas conceptuales, nuestras relaciones con los demás y nuestras capacidad inventiva”.

Parece exagerado, pero no lo es. Ya hay músicos artificiales liderando charts, ya es común escuchar la voz de artistas que están muertos siendo usada para canciones nuevas –no me refiero a grabaciones viejas, sino a voces recreadas por IA de personas que ya no están entre nosotros– que aparecen como novedad en los perfiles de Spotify. Ni que hablar de multitudes que van a emocionarse con un holograma. 

Lo cierto es que los programas para generar música con IA como Suno, tienen un valor de mercado aproximado de 2.500 millones de dólares y alrededor de 2 millones de suscriptores. Es casi imposible darte cuenta que una canción tiene un instrumento, una voz o toda la pieza hecha por este método, y esas “composiciones” ya están en todas las playlist, compitiendo por reproducciones y regalías con los artistas humanos.

En el informe de Luminate sobre IA generativa en Música, Cine y TV para 2026 se ve una caída grande de la opinión de los consumidores sobre el uso de la inteligencia artificial en la creación musical, sobre todo entre los más jóvenes (generación Alfa y Z) y los más grandes. Si bien el sentimiento negativo supera al positivo, igual un tercio de las personas se siente cómoda o indiferente respecto a su uso, y eso sólo puede significar una cosa: terreno colonizable para las empresas.

El riesgo de lo artesanal

Ante esa amenaza hay una corriente de volver a lo analógico. Hay jóvenes haciendo revistas en papel o fanzines, comprando vinilos, CDs, incluso cassettes. La música en vivo, con humanos tocando instrumentos o mezclando música frente a su público parece que está en ebullición. Ahora, el riesgo es que volver al pasado implique repetir una fórmula que ya fue probada –no es tan distinto a lo que haría la IA–, sino que en la recuperación de métodos de producción y creación más artesanales se pueda encontrar el futuro del sonido. Que el pasado sirva para una nueva reinterpretación del presente, y que piense en un mañana.

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.