La dictadura en primera persona del plural

Cenital le pidió a su comunidad que le cuente sus historias personales. Las respuestas fueron abrumadoras. Estas son algunas de ellas.

El sistema político argentino atraviesa uno de sus momentos de mayor crisis de legitimidad. El ausentismo electoral marca récords históricos desde la recuperación del voto popular en 1983 y las encuestas de opinión pública revelan elevados niveles de insatisfacción con las instituciones emblemáticas de la democracia. Este hastío se agudiza entre las generaciones que no vivieron la última dictadura militar y quizás por eso también hoy vuelven a circular con más fuerza narrativas que buscan relativizar los crímenes del terrorismo de Estado.

Muchos creen que la dictadura quedó lejos, que no los afecta. Desconocen que muchas de las leyes hoy vigentes fueron sancionadas en aquellos años. No se imaginan que a metros de su casa pudo haber funcionado uno de los 800 centros clandestinos de detención utilizados por el gobierno de facto como parte de su plan de disciplinamiento social. No dimensionan el impacto que tuvo en sus padres o sus abuelos haber vivido ese período, ni se cuestionan cuánto afectó su propia crianza.

La reconstrucción histórica de lo ocurrido también es muy dificultosa, porque el terrorismo de Estado no solo hizo desaparecer cuerpos, sino también buscó destruir la evidencia de sus delitos. Por eso en Argentina el proceso de memoria, verdad y justicia se articuló en torno a los testimonios de los sobrevivientes. Por eso también, a la hora de armar un especial por los 50 años del golpe de Estado, en Cenital decidimos convocar a nuestra audiencia para que sean sus historias en primera persona las que muestren las marcas presentes de ese período no tan lejano.

Aquí compartimos solo algunos de esos testimonios con el fin de contribuir a la construcción de una historia colectiva de lo sucedido. Debajo del slider hay otras historias, un poco más extensas, que suman perspectivas subjetivas que nos pareció importante destacar. Queremos agradecer a todos los que compartieron sus recuerdos y confiaron en esta búsqueda de transmisión de memoria.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

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¿Cómo se espera a un desaparecido?

Tengo 58 años. Tenía 10 cuando mi madre, Beatriz Arango, fue secuestrada el 24 de noviembre de 1977. Al principio, cuando le preguntaba a mi papá, él respondía que en unos días volvería. Luego dijo que tal vez en un mes o más. Rápidamente dejé de preguntar. Pero la seguía esperando. Con el tiempo, su ausencia llegó a ser “natural”. Ella no estaba, no sabía con quién ni por qué se había ido, no sabía dónde estaba ni qué podría estar haciendo. Estas cosas las pensaba en soledad, en silencio y con culpa. Me convertí en una verdadera muda desde el día que le pregunté a mi papá «¿qué digo cuando me preguntan por mamá?». 

— Decí que se murió —dijo con mucha seriedad. 
— ¿Y de qué? —pregunté yo. 
— ¡De un paro cardíaco! 

Y enmudecí…literalmente. Me quedé sin palabras.

Durante más de 25 negué mi historia. Negué mi pasado y a mi madre. Pero hubo un hito que marcó un antes y un después en mi manera de ver esta historia: mi paso por la universidad.

Ahí empecé a preguntarme, a inquietarme. Muchas veces sentí —y sigo sintiendo— extrañeza o lejanía de «aquella historia». Como si no hubiese sido yo quien la protagonizara. Esta Paula que ahora habla no es la misma que esa niña…

Si bien a mí no me robaron, como a los bebés nacidos en cautiverio y arrancados de los brazos de sus madres, algo de mi identidad sí se llevaron. Crecí como pude, en la mentira y en el silencio, “olvidando” o respetando el mandato de “no vivir del pasado”. Eso hizo que mi identidad fuera frágil, errante, precaria.

Entonces comenzó el doloroso camino de reconstrucción, así como la necesidad de comprender a mi madre, de comprender a una mujer que dejó a sus hijas para “hacer la revolución”. Hoy siento orgullo al contar que Beatriz, así se llama mi madre, es parte de los 30.000 y también siento orgullo por mi abuela, Lola, quien fue madre de Plaza de Mayo desde el año 77 hasta unos meses antes de partir, en su año 92 de vida.

Paula Roffo, 58 años
📌 CABA


La mamá de mi amiga desapareció

Al día siguiente del golpe de Estado, mi mejor amiga —a quien por razones obvias voy a llamar Q— faltó a clase. Habíamos empezado las clases una semana antes o algo así. Uno o dos días después volvió a la escuela. Tenía los ojos llenos de lágrimas todo el tiempo. En el primer recreo, le pregunté qué le pasaba y me respondió que nada, que estaba congestionada. Pero no paró de lagrimear toda la hora siguiente. En el recreo largo, literalmente la arrinconé en un lugar del patio donde en general no iba nadie y volví a preguntarle. Entonces me dijo: «El 25 se llevaron a mi mamá de casa. Vinieron los militares mientras desayunábamos y se la llevaron. No sabemos dónde está. De esto no podés decirle nada a nadie. Pero a nadie, ni siquiera a tus viejos. Nadie puede saber hasta que sepamos dónde está.» Q y su hermana menor vivían con su madre y sus abuelos.

A finales de junio, mi mamá me preguntó si sabía si Q iba a prepararse para rendir el examen de ingreso a la secundaria (nuestro colegio era solo primario), y le dije que no tenía idea. Esa tarde, mis viejos decidieron que fuéramos a hablar con la maestra que desde hacía años preparaba a todos los chicos del barrio para esos exámenes, pero antes decidieron parar en la casa de Q para hablar con la mamá y, en todo caso, combinar para que fuéramos juntas a esas clases. Mi mamá bajó del auto, entró en la casa de Q y una media hora más tarde salió lívida. Subió al coche, giró hacia el asiento de atrás, donde estaba yo, y me preguntó: 

— ¿Vos sabías?
— ¿Qué? —le respondí.
— Hija, que la mamá de Q está presa —(en ese momento ya sabíamos que la había llevado a Devoto).
— Sí —le dije.
— ¿Desde cuándo? —me preguntó.
— Desde el día siguiente a que se la llevaron.
— ¿Y por qué no nos contaste?
— Porque Q me dijo que no podía contarle a nadie.

Sin decir una palabra más, mi mamá se acomodó en el asiento y fuimos a hablar con la maestra.

La mamá de Q era abogada, trabajaba con y para barrios cuyos terrenos habían sido objeto de ventas fraudulentas. Estuvo presa en Devoto hasta diciembre de 1982, a disposición del Poder Ejecutivo. Un mes antes de su liberación, falleció su padre —el abuelo de Q— y ella no pudo verlo antes. Tampoco pudo ver crecer a su hija que hizo toda la escuela secundaria y entró a la facultad a estudiar abogacía mientras estuvo presa, lejos de donde vivíamos. 

De todos quienes asistíamos a esa escuela Q y yo fuimos las únicas que vivimos la experiencia del secuestro, la desaparición, la cárcel y el exilio en nuestras familias. El resto nunca se enteró. 

Cada vez que mi mamá se acordaba de esa tarde, me miraba y me volvía a preguntar porqué no les había contado. Y mi respuesta era la misma.

Clara P. Klimovsky, 62 años
📌 Córdoba

Esta imagen fue enviada por Santino Bravi, uno de nuestros lectores, y forma parte de «Identidades Superpuestas«: un proyecto transmedia que explora la construcción de la identidad a partir de la memoria y los archivos personales.

La casa de los libros perdidos

Mi abuelo Salomón Guerchunoff era hijo de inmigrantes rusos, padre de 5, abogado laboralista y dirigente del PC de Córdoba. Estaba casado con Eva, también militante del PC. En su casa, durante la década del 70, las amenazas de la triple A eran frecuentes. 

Tenía una biblioteca amplia, con volúmenes que incluían desde El Capital y otros clásicos del pensamiento de izquierda del siglo XX, hasta un ejemplar de Pablo Neruda, dedicado especialmente por él a mi abuelo.

Con la llegada de la dictadura en el 76, mi abuelo aprovechó que la casa estaba en remodelación y en familia, durante la noche y a la luz de las velas, decidió esconder toda esa biblioteca en una baulera que después fue tapiada, y pasó a ser parte de la pared. Una noche, a principios del 77, fue secuestrado por un grupo de tareas y pasó a ser un desaparecido más. Sabemos que estuvo en el centro clandestino de La Perla y pasó luego por distintos centros de detención hasta ser “blanqueado” como preso político. Fue liberado en el 81, y a su salida quiso recuperar la biblioteca, pero el dueño nuevo de la casa se negó, quedando así la biblioteca escondida en el tiempo.

En 2006 mi madre, en su lugar de trabajo, conoció a la que en ese momento vivía en la famosa casa. “¿Vos sos Ana Guerchunoff? ¿Qué sos de la casa de los libros perdidos?», le preguntaron. Así se hablaba en Barrio Jardín de la casa de familia de mi mamá . Así que un día organizamos un asado y entre primos y tíos, con ayuda de un albañil, sacamos los libros y viajamos en el tiempo.

La situación de mi abuelo me atraviesa: su militancia, su captura, mi abuela atravesando un cuadro delicado de salud mental y esos 5 hijos que trataron de sobrevivir durante ese tiempo de oscuridad. Por eso desde niña, como por inercia y sin que nadie nunca me explique, entendí el concepto de memoria y de lucha por la verdad y la justicia. 

Martina Reartes, 27 años
📌 Córdoba


Mi papá trabajaba en la Fuerza Aérea

Soy hija de un piloto de la Fuerza Aérea. Me crié en una Base Militar en Palomar, provincia de Buenos Aires. Tenía 14 años cuando fue el golpe. En esos tiempos y en el microclima en el que yo vivía, donde ver soldados armados era habitual, mi miedo era que en la calle se me acercara un joven barbudo.

Iba a una escuela secundaria en Haedo. A veces, el colectivo en que volvía era desviado por un «operativo» y no dejaban entrar gente al barrio. Yo tenía que mostrar mi carnet de hija de mi papá y un soldado con fusil al hombro me acompañaba hasta la puerta.

Mi papá, que por ese entonces era sólo un capitán, no estaba totalmente de acuerdo con el golpe militar. Me decía que los militares no estaban hechos para gobernar. Su padre, mi abuelo paterno, había sido un anarquista español que luego de emigrar a la Argentina, a Salta, se volvió referente del laborismo y luego de la construcción del peronismo en aquella provincia. Había muerto en el 52. Mi papá, pese a ser militar, me había transmitido un gran orgullo por las ideas de su padre y, en especial, por las de justicia social.

El 23 de marzo del 76, el día anterior al golpe, recuerdo que me mostró un telegrama de sus superiores en el que le decían que a X horas de la mañana del día siguiente debía presentarse en Radio Splendid y Excelsior como «interventor». Lo vi estremecido, como ante algo fuertísimo y me di cuenta de que no hubiera querido meterse en asuntos civiles. No era para lo que se había hecho piloto de la Fuerza Aérea. 

Estuvo allí unos meses. Luego lo destinaron como profesor en la Escuela de Guerra Aérea y pasó a enseñar a oficiales superiores estrategia aéreas en las distintas guerras, lo que era una de sus especialidades. Entendí con el tiempo que si bien él era valorado por sus compañeros y jefes por ser honesto, metódico e inteligente, no era una persona confiable para las cosas que querían llevar a cabo.

En el 82, cuando fue llegando la democracia y me fui enterando de las atrocidades cometidas, fui cayendo también en la cuenta de que yo vivía tranquila y segura a 10 cuadras de donde se secuestraba y torturaba gente. Eso me estalló la cabeza (o el alma). Sentía como si algo de todo aquel horror fuera culpa mía. Y es algo que aún no supero. No se si lo superaré. Recuerdo también que me enojé con mi papá por pertenecer a la Fuerza Aérea y por quererla pese a todo.

Identidad reservada, 64 años
📌 Palomar

Esta imagen fue enviada por Santino Bravi, uno de nuestros lectores, y forma parte de «Identidades Superpuestas«: un proyecto transmedia que explora la construcción de la identidad a partir de la memoria y los archivos personales.

La dictadura me robó el lugar donde tendría que haber nacido

Detestaba esos días de escuela cuando teníamos que llevar el documento. La maestra armaba una pila con todos los “libritos” y yo veía el mío fácilmente, el color marrón sobresaliendo de entre los verdes. Un día lo disfracé: le compré una funda de estampado escocés con el escudo argentino en relieve. La excusa era cuidarlo, “es el DNI”, pero la verdad es que quería tapar lo que lo hacía diferente. Seguía sin ser verde, pero por lo menos se parecía a otros DNI enfundados. Y, claro, estaba el maldito momento en que te pedían el número. Otra vez la diferencia. “¿92 millones? ¿Por qué, dónde naciste?”. Y ahí nomás, después de decir “en Madrid”, la pausa del interlocutor, que para mí implicaba: “Madrid, 1979, exilio”. 

Así como disfracé el DNI, intenté disfrazar una especie de agradecimiento orgulloso hacia el lugar donde nací, porque Madrid fue una oportunidad de vida. Pero eso no quitaba la rabia inmensa que tenía por una nacionalidad que sentía ajena, la española, y por otra que sentía robada, la argentina. Porque el DNI marrón era eso, el número 92 millones era eso: la marca omnipresente de un lugar de nacimiento que debió ser y no fue. Un lugar de nacimiento arrebatado un 24 de marzo de 1976, antes de que yo naciera, que definió para siempre lo que iba a ser. Un ser y no ser doloroso, de nostalgias, distancias y afectos repartidos.

Un día decidí que ya era tiempo. Habían simplificado el trámite de nacionalización (¡por fin!), tanto que casi ni pude peinarme para la foto. Eso no me importó, ni el más fotogénico sale bien ahí. El número que me dieron siguió siendo distinto, pero tampoco me importó porque me hacía parecer más joven. Mi generación es 27 millones y a mí me asignaron uno que empieza en 19 millones. Salí del registro y la Plaza de Mayo brillaba como nunca. Todavía hoy, pasados algunos años, me emociono cuando agarro el DNI, nunca más marrón, y leo “nacionalidad argentina”. Es dejar de saltar la rayuela, es tocar el cielo con las manos, es saber que este es mi lugar.

Todavía, cada vez que me piden el documento, debo dar explicaciones. Y cada vez que lo hago es un pinchacito en la herida, un escalofrío que me recorre desde la coronilla a la punta de los dedos del pie, un grito contenido que insiste en gritar: la dictadura me robó el lugar donde tendría que haber nacido.

María Celeste Benetti y Catarineu, 46 años
📌 CABA


Todos bajamos las persianas y apagamos las luces: el edificio tenía que parecer vacío

En 1975, en Mar del Plata, el sindicato de trabajadores gráficos —imprenteros y obreros de los diarios— consiguió que se aprobara un plan de viviendas del Banco Hipotecario. Alquilar era entonces, como ahora, una ruleta sin fin. Mi papá era oficial gráfico, estudió durante el primer gobierno peronista en una escuela técnica de la Obra Don Orione, y manejaba máquinas offset. Mi familia, como la de muchos otros agremiados, se inscribió en el plan de viviendas a pagar a 30 años y nos tocó un 4 ambientes porque éramos cuatro (!!), con calefactor y calefón a gas natural. 

El barrio no era muy receptivo a las viviendas sociales, pero el edificio se construyó a velocidad de rayo. No había tiempo que perder, decían. Poco antes del golpe hubo mucha preocupación porque se decía que los militares iban a tomar el sindicato y quitarles las viviendas. Por eso (quizás en los días previos al 24 de marzo, no estoy segura), un grupo grande de trabajadores, entre los que estaba mi papá, tomaron preventivamente el sindicato mientras las familias se mudaban al edificio en un orden preasignado. 

El complejo no tenía aprobada la instalación de gas, así que había que llevar una cocina de queroseno para cocinar y calentar agua. Mi hermano y yo íbamos a la escuela primaria y recuerdo que durante un par de meses vivimos de incógnito en el barrio. El edificio tenía 12 pisos, 9 departamentos por piso y espacio para cocheras abierto. Quedaba sobre una avenida de talleres, chalecitos y casas con algún terreno con quinta. De la noche a la mañana, cientos de niñas y niños aterrizamos en los dos colegios públicos de la zona; y unas 108 mujeres hacían mandados cada mañana. 

Una noche vimos camiones militares cortando la avenida y todos bajamos las persianas y apagamos las luces: el edificio tenía que parecer vacío. Mi mamá rompió almanaques y tarjetas con fotos de Evita y Perón, algunos heredados y otros más contemporáneos, porque si los militares entraban y los encontraban podían llevarnos presos. Todo fue a parar a la tolva del incinerador: cientos de fotos, diarios, libros. Eramos familias de gráficos, así que había mucha prensa y volantes políticos por todos lados. 

Vigilamos el operativo por las ventanas del lavadero que daban a la avenida: los militares cortaron las calles y se desplegaron por el barrio, pero «del otro lado». No intentaron entrar al edificio. Tampoco al gremio. 

Un par de noches después mi papá volvió a casa. Cada vez que los camiones militares recorrían la avenida, todo volvía a la oscuridad y el silencio. Así, hasta 1978. Cuando se confirmó que Mar del Plata sería una de las sedes del Mundial de fútbol, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel) instaló teléfonos en el barrio porque los cables pasaban por la avenida. Para ese entonces, muchos gráficos habían perdido sus trabajos en diarios e imprentas y se hacían «cuentapropistas» a la fuerza.

Claudia Bacci 
📌 Mar del Plata

Soy periodista. Estudié para trabajar de esto, pero el oficio me enseñó lo más importante. Aprendí sobre gestión de medios como presidente de la cooperativa que recuperó el diario Tiempo Argentino. Me seguí formando en EEUU, España y Reino Unido. Trabajé en medios gráficos, radio y televisión. Conduje noticieros y fui columnista político. Publiqué en diarios y revistas de Argentina, Uruguay y España. Actualmente soy responsable de Comunidad y Membresía en Cenital.