La democracia no estaba muerta, estaba de parranda

Aunque surjan cada vez más voces que lo cuestionan, hay señales fuertes que muestran que, a pesar de todo, el sistema democrático funciona y puede dar respuesta.

Hace varios años que venimos leyendo y escuchando sobre la crisis de la democracia. El optimismo democratico de la “Tercera Ola” de fines de los ochenta y noventa fue sacudido por la guerra de Irak y la crisis financiera del 2008 y 2009; luego de ésta, el descontento ciudadano fue capitalizado por diversos movimientos y líderes de derecha, que ascendieron al poder (o casi lograron hacerlo) gracias a su capacidad de expresar lo que podríamos llamar las “pasiones tristes” (como las llama Dubet) de la política: xenofobia, paranoia, compromiso con visiones jerárquicas y reaccionarias de la sociedad, la familia y la relación entre géneros, conforman una agenda aún más extensa. Entre otros, estos movimientos de derecha expresaron un elemento que había sido desterrado del discurso político mainstream de la era post-1945: la desconfianza sobre la eficacia y, en último término, sobre la deseabilidad de la democracia liberal.

En los ochenta y los noventa la utopía democrática se hizo global: de una manera u otra, casi todo el mundo comulgó con el evangelio de que con la democracia se cura, se come, y se educa. El Muro de Berlín fue derribado por las manos de miles de civiles anónimos, la Guerra Fría se resolvió sin un sólo disparo, la lucha pacífica y cívica de las sociedades civiles derribaron a las dictaduras y fundaron las repúblicas más estables en un siglo en Latinoamérica. Por un momento, fue permitido, hasta hermoso, soñar con la universalización democrática.

Hoy, cuarenta años después, se alzan voces que disputan este sentido común. Hace un par de décadas se mantenían en silencio, avergonzadas, o eran más tímidas, pero ahora están envalentonadas. Señalan las muchas fallas o limitaciones democráticas. Dicen que la democracia es lenta, indecisa, que no tiene voluntad, que le falta poder decisorio. Algunos señalan que las democracias son blandas porque sus pueblos se ablandan. Este es un tema importantísimo para la derecha norteamericana. Por ejemplo, Tucker Carlson, el periodista más importante de la cadena norteamericana de Fox News, produjo recientemente una serie de documentales en donde alerta muy seriamente sobre una supuesta crisis de masculinidad en Occidente por falta de testosterona (se llama “El fin de los hombres¨) y propone remedios que incluyen usar más armas y comer carnes rojas. Vladimir Putin es una figura importante en la diseminación mundial de este discurso que asocia democracia con feminidad, debilidad, indecisión; Viktor Orbán es otra. También lo fue Jair Bolsonaro.

Otros vinculan la crisis de la democracia con el ascenso económico de China. Acaso el espectacular éxito chino no muestra que competir en la salvaje economía actual requiere de una racionalidad tecnocrática desapasionada capaz de poner a toda una sociedad a producir, producir y producir, sin sindicatos ni movilizaciones, sin piquetes, sin ruidos (? Todos deberíamos ser como China, renunciar a derechos en pos de acumulación.

Pues bien, la historia tiene su propia manera de engañarnos; se cubre de velos y luego se desvela; parece girar en una dirección y luego, quizá rápidamente, dobla para otro lado.

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Tal vez la principal historia política de 2022 resulte ser que la democracia mostró que es aventurado apostar en su contra. El discurso que sostenía la superioridad del espíritu marcial y masculino de las fuerzas armadas rusas entró en crisis al enfrentarse con la reacción de las fuerzas armadas y la sociedad ucraniana. Quizás Rusia logre finalmente subsumir a Ucrania, pero el mito de su invencibilidad militar ha quedado severamente dañado. No cabe duda de que China será la mayor potencia económica del mundo, pero la aparición de protestas ciudadanas frente a la inflexibilidad de la política estatal centralizada de “Covid Cero” puso un signo de pregunta frente a la racionalidad tecnocrática y mostraron que un exceso de rigidez puede ser tanto o más amenazante que un exceso de respuesta a la demanda de las poblaciones.

La unidad de la Unión Europea resiste, hasta ahora, la crisis provocada por la guerra de Ucrania y la amenaza de la falta de gas para el invierno. El gobierno de Estados Unidos mostró capacidad de reacción en el ámbito doméstico (con varias condenas legales a actores trumpistas que participaron en la insurrección del 6 de enero 2021) y también en el internacional.

Y, finalmente, 2022 también fue el año en que las derechas empezaron a mostrar agotamiento electoral en algunas democracias occidentales. Lula Da Silva derrotó en las urnas a Bolsonaro con un discurso que no sólo se basó en recuperar la idea de justicia social sino en mostrar otros repertorios de masculinidad posible, basados en la empatía y la responsabilidad y no en la agresión paródica. El Partido Republicano estadounidense hizo una mala elección legislativa, gracias sobre todo al rechazo de los más jóvenes, espantados por la prohibicion de derechos basicos como el del aborto. El partido conservador inglés entró en una profunda crisis con la renuncia de una primera ministra que planteó un presupuesto radicalmente neoliberal.

Esto no significa que estemos entrando en un nuevo momento de panacea democrática global. Los partidos de derecha o ultraderecha siguen siendo competitivos, como lo mostraron recientemente Giorgia Meloni en Italia y Benjamin Netanyahu en Israel. Bolsonaro hizo una elección mucho mejor de lo que marcaban las encuestas. Este no es un momento de victoria, sino de disputa.

Pero la idea de que las democracias son débiles e indecisas es tan antigua como el voto mismo, y un espejismo en el que caen sistemáticamente sus adversarios. Puede ser más lenta o más ruidosa, y no es infalible, pero en esa lentitud y ruido también se expresa la capacidad de llegar a decisiones con legitimidad popular, que pueden ser sostenidas en el tiempo. La democracia mostró que, a su manera, caóticamente, llena de tensiones, de demandas y de conflictos, también funciona y puede dar respuestas.

Soy politóloga, es decir, estudio las maneras en que los seres humanos intentan resolver sus conflictos sin utilizar la violencia. Soy docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro. Publiqué un libro titulado “¿Por qué funciona el populismo?”. Vivo en Neuquén, lo mas cerca de la cordillera que puedo.