La biblioteca de Cazzu, un territorio personal
La cantante abre las puertas de su casa para conversar sobre sus libros y el camino por el cuál llegó a ellos. Una artista que lee sin prejuicios.
El invierno se hace sentir en las anchas veredas de una avenida tranquila del barrio de Belgrano. Es una mañana gris y tocamos el timbre de la casa de Julieta Cazzuchelli, más conocida como Cazzu. En poco tiempo, esta artista jujeña nacida en 1993 transformó el mapa de la música urbana en Argentina: con una voz y una identidad inconfundibles, llevó el trap a una escala internacional sin dejar de decir nunca lo que piensa. Cazzu es potente, cálida y multifacética. Es también una de las figuras más influyentes de la escena latinoamericana. En 2025 editó Latinaje, su último disco, se publicó su libro, Perreo. Una revolución en Penguin, y debutó como actriz en Risa y la cabina del viento (disponible en Netflix). Ella le pone el cuerpo y el corazón a todo lo que hace y se planta desde una perspectiva feminista que a veces cuesta encontrar entre quienes viven de la música.
Nos abre la puerta una de sus colaboradoras, y entramos a un living muy amplio con un rincón lleno de juguetes de su hija de dos años entre los que sobresale un piano blanco en miniatura. Cazzu llega a saludarnos y nos hace pasar a una habitación más pequeña. Ese es su cuarto propio. Ahí están los instrumentos desplegados (varias guitarras, un bombo legüero), un micrófono, la computadora, y muchos adornos y regalos que le hacen sus fans. También están los estantes con libros, de los que hablaremos extensamente. La suya no es una biblioteca de esas rebosantes y caóticas, sino una colección más modesta y precisa. Cada libro que tiene ahí justifica su presencia a medida que avanza la charla: los conoce, los tiene marcados y leídos, sabe de dónde salieron. Ella sonríe muy fresca y nos ofrece unos mates. Se la escucha calma, experimentada, reflexiva. Es interesante el contraste entre la artista popular de grandes escenarios que compone sus propios temas y hasta cantó con Bad Bunny, y esta mujer en pantuflas que pasa tiempo en su casa, concentrada en la escena doméstica de la que también van surgiendo las canciones. Encendemos el grabador y lanzamos la primera pregunta.

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–¿Cómo empieza tu recorrido como lectora? ¿Hasta dónde se remonta?
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateEmpezó con mi abuela, que fue directora de escuela. Nosotros somos de un pueblo chiquitito de Jujuy y mi abuela siempre fue una persona muy respetada y muy conocida. Íbamos por la calle y me decían: “Vos sos la nieta de doña América”. Ella fue muy insistente con la lectura. Esperaba de mi hermana y de mí que fuéramos lectoras, y como buenas nietas, quisimos hacerla feliz. De todos modos, creo que con la lectura no funciona tanto que otro te la presente, sino que una la descubra sola.
–¿Y tus papás te compraban libros? ¿O de dónde los sacabas?
Mi papá tuvo una educación muy corta. A los 12 años falleció su mamá y tuvo que salir a trabajar. Es camionero. Y se convirtió con los años en un lector, en una persona que sabe mucho de manera autodidacta. Él siempre cuenta la historia de que mis tías que estudiaban le prestaban libros de sus bibliotecas. En la conversación con mi papá surgió la necesidad de poder estar a su altura, de tener esa búsqueda y curiosidad. Nunca tuve una biblioteca gigantesca llena de posibilidades. Yo a esas les digo “bibliotecas de diseño”. Como ves, mi cuarto no es una biblioteca de diseño. La mía es una biblioteca de cosas que realmente leí o me regalaron.

–¿Cuáles fueron los primeros libros que te impactaron?
Haciendo memoria, la primera lectura con la que me fanatizo es la de mitología griega, La Odisea, La Ilíada. Pero sobre todo me gustó mucho la Eneida, que me prestó mi abuela. Era más fácil comprender la Eneida. Es el libro más viejo que tengo, creo. Y este ejemplar de La Odisea lo tuve que reencuadernar yo misma porque estaba todo destartalado. Ahora quedó un libro que no tiene derecho ni revés. Me lo regaló mi hermana, usado, obvio, según lo que dice acá, salió 4 pesos.
–¿Viste La Odisea de Nolan?
La vi, sí. No me gustó mucho. Sentí que le faltó fantasía. Era todo demasiado humano y bastante aburrido. El imaginario estético de La Odisea ya lo vimos desarrollado en otras adaptaciones, en películas como Troya. No sentí que acá Nolan haya conseguido algo muy distinto. Está todo el tema de filmar para Imax, además, que me parece muy elitista. Siento que en este momento el cine debería ser más popular todavía.

–Sí, sentí algo parecido, pero bueno, volvamos a la biblioteca. ¿Eras de comprarte tus propios libros de adolescente?
Como adolescente de pueblo o de una ciudad pequeña, las opciones a las que accedía eran mucho más reducidas a la hora de la lectura. Acá en Buenos Aires hacés unas cuadras y ya tenés una librería chica o grande. Cuando empezaron a aparecer las librerías allá, había una relación económica con el libro que no estaba del todo dada en mi casa. Entonces acceder a la lectura era algo caro, y lo más común era leer lo que teníamos en vez de ir a comprarme algo propio. Así cayó en mis manos El código Da Vinci, por ejemplo, que era de mi mamá, y empecé por ahí.
–¿Cómo se fue armando esta biblioteca en particular?
Tiene muchos libros que llegaron a mi vida de lugares muy distintos. Me encanta, porque me llevan por caminos que no son los que yo elegiría a veces, y eso me sorprende de una manera muy bonita. No tengo ningún prejuicio con la lectura. Acá hay libros que me dieron personas desconocidas que me consideran una especie de amiga. Y como a esa amiga, me regalan un libro que les gusta mucho. Así he leído libros hermosos e inesperados.
–¿Y por ejemplo a qué libros llegaste así?
Mi abuela era muy fanática de Florencia Bonelli y yo nunca le toqué esos libros. Mi primer Florencia Bonelli me llegó de hecho a través de una fan, y fue una casualidad enorme porque era Marlene, su novela sobre el tango, en un momento en el que yo estaba muy interesada en conocer mejor esa historia. Como persona del norte, el tango no es lo que tuvimos más cerca, es familiar pero no tanto. Es más familiar una chacarera que hable del monte y de lo que nosotros vemos que el tango. Entonces así se fue armando mi camino con la lectura. Es sinuoso, poco pretencioso. Estoy rodeada de gente a la que le gusta leer, y somos personas con gustos muy diferentes.
–¿Qué tipo de descubrimientos hiciste a partir de los libros?
Hace un tiempo me pasó algo muy lindo a partir de un libro regalado. Yo tenía una relación con un chico muy capo que tenía un abuelito que falleció. Y su abuelito, antes de morir, me dio un libro viejo. En el momento no entendí bien por qué. El libro se llamaba Sonidos que curan y hablaba del trabajo de un oncólogo que empezó a hacer terapias alternativas para la gente con cáncer a partir de la música. Al libro no lo terminé, pero me llevó a querer conocer el mundo de la terapia de cuencos, por curiosidad. Y ahora la tengo muy cerca: es un recurso que tengo para calmarme. La experiencia de buscar tu propia herramienta para la calma (aparte del psicoanálisis) es importante. De vez en cuando hago armonizaciones con cuencos y me hace muy bien. Me ayuda a pensar en cosas como la emisión de una vibración a través de la voz. Eso me llevó a mí a descubrir la relación que tenía con mi voz y lo que me daba vergüenza. Ese libro terminó siendo una puerta gigante que me dejó él. Me pasan esas cosas con los libros. Por eso nunca subestimo el valor de lo que alguien me regala.

–¿Qué tipo de lectora sos?
Yo siempre fui una chica emo, medio dark. Y suelo estar más cerca de los libros de terror y de los ensayos sociológicos. Ese camino con el terror empieza en el manga, en ese mundo de la narrativa ilustrada. Para mí el terror es una manera de denunciar en muchas ocasiones la realidad. Soy sobre todo ese tipo de lectora: la que se engancha con un ensayo feminista o con un cuento medio macabro.
–Veo que tenés libros de Mariana Enriquez y de Samanta Schweblin. ¿Qué te gusta de su literatura?
Nuestra parte de noche de Mariana es muy reveladora. Es un libro que te transforma. Se te instala en la cabeza, sobre todo las imágenes. Mi música tiene una cuota de oscuridad, y se podría traducir a cierto tono que recuerda a estos libros, entonces creo que viene por ahí mi fascinación. Ahora me regalaron El buen mal de Schweblin y lo voy a empezar pronto.
–¿Y qué leíste últimamente?
Acabo de terminar Las malas, de Camila Sosa Villada. Me pareció fantástico. Un libro muy doloroso pero a la vez fácil de leer. Ella es majestuosa. Al principio dije: “No sé si tengo ganas de atravesar este sufrimiento”, porque me imaginé algunas cosas que iban a pasar. Pero la forma de escribir que tiene es lo más importante, su poesía, su manera de narrar, hace que el dolor esté muy presente pero no sea intransitable. En ese sentido, algunas de las imágenes de Mariana Enriquez me parecen más intransitables que estas.

–¿Y cómo elegís los libros que leés?
Me gusta mucho leer cosas latinoamericanas. Me pasa igual que con la música: elijo y prefiero escuchar y leer cosas escritas en mi idioma, a pesar de que respeto lo que no. Hay gente que me manda libros porque piensa que me van a interesar y yo los leo. Por ejemplo, Esther Pineda me mandó estos ensayos: Cultura femicida. El riesgo de ser mujer en América Latina y Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer. Fue muy interesante para mí, porque me acerqué desde una perspectiva ensayística y me ayudó a poner en palabras cosas que tenía en la cabeza y no había bajado del todo. Ella es una mujer muy culta y racializada y analiza el feminismo desde esa perspectiva.
–Supongo que tu vida es bastante ajetreada entre las giras, las grabaciones, la crianza de tu hija chiquita. ¿En qué momentos leés?
Cuando voy en auto de un lado para otro. Cuando viajo en avión. En los traslados me encanta leer. Cuando puedo leo en casa también, y voy saltando entre los libros y la música. A veces una palabra me funciona como disparador. En mi caso, que escribo mis canciones, a veces estoy leyendo y hay una expresión o un disparador que me hace ponerme a escribir.
–Es hermoso que un libro te lleve a tu propia escritura y que eso después se transforme en una canción.
¡Sí! Y hace poco me animé a ir a un taller de escritura, el de Ana Montes. Me pareció muy interesante cómo desde un lugar muy simple ella te invita a estimular todo lo que tenés para decir. La música de ahora tiene una manera de hacerse que a veces da la impresión de que ya se dijo todo, o que se dice siempre lo mismo, y a veces me siento atrapada ahí. Entonces era importante para mí tener distintos disparadores, seguir consignas. Empecé a escribir un diario de los paseos que hago por el barrio, por ejemplo. Y me encontré comparando Belgrano con Fraile Pintado, que es el pueblo donde nací, y el abismo que hay entre uno y otro. Y así, reconectando con mi propia raíz y mi propia cultura, tuve ideas para nuevas canciones. Ahora empecé a probar el método de escribir primero la poesía para después poder hacerlas encajar en algún lugar musical.
–En Perreo mencionás varios libros que me interesa que revisemos. Uno de los más importantes es Teoría King Kong, una especie de clásico feminista.
No me acuerdo cómo llegué a él. Es un libro que leí varias veces en digital porque cuando lo salí a buscar no lo conseguí en papel. Me ayudó mucho a posicionar mi feminismo a partir de la perspectiva de Virgine Despentes. Me enseñó mucho y le puso palabras a un montón de situaciones y experiencias que una tiene. Valoro mucho su franqueza y también el hecho de que las opiniones no estén cerradas, clausuradas. Deja espacio. Cuando estaba escribiendo mi libro pensaba qué pasaría si en el futuro comprendo más cosas y cambio de opinión, o evoluciona cierta idea hacia otro lugar. Luché mucho con ese temor porque una piensa a veces que las ideas tienen que ser redondas. Y es muy jodido pensar que el mundo o la sociedad ya tiene la última palabra. En el momento de escribir Perreo era importantísimo decir esas cosas, y empezar por algún lugar. Quería poner el foco en la relación de la mujer con el arte, con la música urbana, y cómo siempre se pasa por los mismos lugares. No me interesaba hacer un libro complejo, sino sincero.
–Otro libro que mencionás es Brilla la luz para ellas, de Romina Zanellato, que marca bien los linajes en el rock, y vos lo llevás a tu terreno.
Es un libro muy clave. Pasan los años, pasan los premios, y sigue funcionando lo que denuncia. Es tenebroso ver cómo sigue contando una historia que no se deja de repetir. Me encanta el libro, lo tengo bastante subrayado.

–Y hablás también de Ñamérica, el libro de Martín Caparrós. ¿Qué te interpeló ahí?
Creo que lo que hace Martín en este libro es muy polémico. Él sabe provocar, se arriesga siempre mucho. Y sobre todo se arriesga al intentar desarmar los imaginarios culturales que se crearon a través de la literatura. Hace algo que es un guadañazo en la rodilla para un montón de gente, que es desmitificar Las venas abiertas de América Latina de Galeano, por ejemplo. No se pelea directamente, pero hay algo que reclama, que son estas frases en las que él dice que Latinoamérica es experta en perder. Es tan largo y profundo… Por momentos parece que Caparrós dice algo terrible, pero después lo recompone con una resolución diferente a la previsible. Es un libro que te molesta, sobre todo por cómo los latinoamericanos estamos atravesados por ciertas cosas. Tiene además información muy valiosa. Todo este diálogo que se viene dando desde el Mundial sobre Argentina y el racismo, por ejemplo, él lo toma para explicar lo que entiende por racismo latinoamericano. No descanso en él como en la verdad total y absoluta, pero es un libro que me interpela y me hace pensar. Lo tengo en digital y en papel, y cuando estoy llegando a algún país que no conozco, me gusta hojearlo y leer qué escribió él de eso. Esa data política, social o de eventos culturales de cada territorio que él destaca, me ayuda a entender un montón de cosas. Es un libro que está bueno leer para atravesar ese sentimentalismo latinoamericano que en ocasiones tenemos. Tiene el valor de la deconstrucción y la reconstrucción de nuestra identidad originaria. En un momento habla de que defender el imperio anterior a la colonia, cuando también esclavizaba y asesinaba, es bastante loco. Y son cosas que a veces una no quiere leer, porque incomoda. Siempre da miedo hacer temblar las bases más sólidas del pensamiento, pero viene bien también, para reacomodarse.

–Veo que tenés libros de tarot. ¿Por dónde pasan esas búsquedas?
Hay algo interesante ahí. No me considero una persona que sepa mucho, pero tengo un mazo que me regaló una amiga. Creo que tiene que ver con este recorrido casi obvio que puedo haber hecho por la lectura que empieza por la mitología y sigue por Hermes y por Egipto. Hice estudios en historia del arte también, cuando cursé la carrera de Cine, video y televisión en Tucumán. Tengo los tomos de la Historia social del arte de Hauser en sus dos ediciones. En su momento fue interesante leerlo y recorrer las tradiciones. Solo que llegué a un momento en el que me di cuenta de que todos esos libros podrían estar faltando a la verdad, o por lo menos sesgando información. Cuando entré en el feminismo entendí que toda la historia que leí está totalmente manipulada. Los libros de Hauser los tengo ahí para consultarlos de vez en cuando si necesito entender algo, pero con reservas. Me enoja un poco.
–¿Cómo te llevás con los clásicos? Ya contaste un poco lo de la Odisea y la Eneida, pero veo que tenés también dos ediciones de la Divina Comedia.
Tengo dos porque una es muy vieja, era de una abuelita de mi novio, y la trajo para que la podamos comparar con la otra, con la mía, que la compré y está comentada. Es divertido compararlas. Otro libro que tengo repetido es Drácula, en español y en inglés. Amo Drácula. Lo leí cuando era chica y dije: “Aquí están mis gustos”. Después me encontré con El retrato de Dorian Gray de Wilde y fue una revelación. Hace poco lo compré en inglés para intentar tener la experiencia de leerlo en su lengua original. No soy bilingüe para nada, pero puedo entender y me ayudo con el diccionario al lado. Hay algo de eso que te acerca un poco más al imaginario de los escritores, ¿no?
–¡Sí, sin dudas! ¿Y a tu hija le estás tratando de inculcar el hábito de la lectura?
¡Sí! Sus libros están al lado de la cama. Tenemos muchos porque a los tíos y a las tías les gusta regalar libros. Es hermoso compartir ese momento de lectura. Y me parece importante también dejarla elegir sus libros. Aunque tiene 2 años, vamos a la librería juntas y ella busca lo que le llama la atención. Lo último que quiso es un libro sobre una bruja adolescente. Me gusta también inventarle cuentos para que conozca su cultura, y que su imaginario de la fantasía no esté instalado solo en los cuentos clásicos o en la Bella Durmiente. Le gustan mucho las princesas, obviamente, pero tenemos conversaciones sobre las decisiones que toman ellas y los príncipes. Me gusta que mire Mulán o Encanto que no tienen tan presente la historia de amor, sino una trama más familiar. Ahora estamos viendo la película Manuelita, en la que aparece Gardel, Larguirucho, y hasta cantan algunos tangos.

–¿Leíste más cosas sobre tango además de la novela de Bonelli?
Sí, me enganché mucho con este ensayo de Ferrer, El tango. Su historia y evolución. Él es entre poeta, músico y escritor. Hace una crítica fuerte a lo que pasa en 1960, cuando en Argentina se llena de música de otros lugares. Con mis amigos que son también de afuera de Buenos Aires decimos que acá hubo una lobotomía cultural, que él aborda a partir del desprecio por lo regional. Y habla de cómo lo aspiracional termina generando una desconexión de la propia identidad. Es un libro que sintoniza bien con algunos diálogos que se están dando, me parece.
–Si tuvieras que recomendarle un libro a alguien que no lee mucho, ¿cuál sería?
Este: Dantescas. Cuentos de mujeres que descendieron al infierno. Es una antología de terror que adquirí por mis propios medios. Soy fanática de este libro porque me abrió el abanico de un montón de autoras. No estoy en un mundo en el que circule la literatura. Yo a la literatura la tengo que descubrir sola. Entonces son también tan valiosas estas compilaciones, porque me van presentando distintos mundos. Así leí a Mariana Enriquez, a Amparo Dávila. Me parece muy bonita la selección de María Fernanda Ampuero. Y me gusta cómo el terror describe el horror de la realidad. Es un recurso re valioso y tiene una relación muy cercana con mi música. Es un libro que siempre vuelvo a buscar para regalárselo a alguien. Otro que me gusta recomendar mucho es Las esferas invisibles, de Diego Muzzio. Te da ficción, pero al mismo tiempo te da contexto argentino y te da historia. Me encanta. Me lo regaló mi bandoneonista. En esta recuperación de nuestra historia contada mejor, ese libro es clave.

–Como siempre que hago estas entrevistas, traje algunos libros para dejarte de regalo. Esta vez incluí un cuento ilustrado para tu hija: La bufanda roja, de Nicolás Schuff y Mariana Ruiz Johnson. Y para vos un ensayo y una novela: Todas las exigencias del mundo. Un ensayo sobre la adultez en el siglo XXI, de Flor Sichel, una filósofa argentina que escribe sobre maternidad, y Comerás flores, la primera ficción de la escritora española Lucía Solla Sobral, que cuenta la historia de una chica joven que entra en una relación enfermiza con un tipo que es mucho más grande. Espero que te gusten.
Sí! Muchas gracias. Los leeré pronto.

Gracias, Cazzu, por recibirnos.